sábado, 20 de junio de 2015

Frases hechas

Cuando se sentó frente a su hijo no tenía claro ni lo que le iba a decir ni cómo se lo diría. Al día siguiente, su único vástago partiría a otra ciudad a estudiar aún siendo poco más que un adolescente. Realmente solo era una nueva etapa, pero él sabía lo que eso significaba: unas pocas llamadas de teléfono que se irían espaciando en el tiempo, algunas visitas a casa en vacaciones más destinadas a dar tiempo a los amigos y novias con un par de conversaciones breves -casi comentarios- sobre cómo les va la vida y que siempre terminarían con la billetera vacía, y poco más.

Lo sabía bien. Él también lo había hecho, al igual que lo hicieron sus compañeros, sus amigos y casi todos los que le acompañaron en su viaje por la vida.

Así que pensó en lo que su padre le había dicho: "Vas a vivir una de las etapas más hermosas de la vida. Aprovéchala. Disfruta pero sé responsable. No te quedes con ganas de nada, pero no derroches. Para tus padres esto es un sacrificio: que esto no te limite pero no lo olvides".

Recordó que entonces todo le habían parecido frases hechas. ¿Qué podía saber su padre sobre lo más hermoso de la vida si siempre había sido un "viejo" preocupado de llegar a final de mes?¿Cómo se podía disfrutar de la vida con responsabilidad?¿Por qué no iba a derrochar si quería quedarse sin ganas de nada? Y en cuanto a lo del sacrificio... Y pensó que a lo más, un gasto. Nadie se iba a quedar sin comer ni les iban a cortar la luz. Y bueno, eran cinco años o seis, tampoco sería para tanto.

Por eso de las asociaciones de ideas recordó también todas esas frases hechas a las que sólo la madurez dotó de sentido. "Todo tiene su proceso", "vísteme despacio que tengo prisa", "otros vendrán que bueno te harán", "la experiencia es un grado", "lo que no mata te hace más fuerte", "el tiempo lo cura todo", "no ofende el que quiere sino el que puede", "todo tiene solución menos la muerte", "solo el amor es capaz de generar cosas hermosas" y lo que se le antojó la frase más compleja para explicarle a alguien que se abría a la vida: "el tiempo vuela".

Pensó que los hijos deberían venir con una entrada USB en la que conectar un disco duro que contuviera todas las experiencias que un padre quiere transmitir. Pensó también  en todo lo que le quedaba a su hijo por descubrir: el amor, el dolor, el sexo, la frustración, el desengaño, la camaradería, la amistad, la vida y la muerte.

Fue así como se dio cuenta de que "la mejor escuela es la vida", y que él solo podía estar, y volvió a recordar las frases que le sonaron a "hechas" que su padre le decía. Y comprendió que una vez más llegaba tarde, y que probablemente su hijo se daría cuenta tarde también de todo cuanto él quería decirle.

Cuando el hijo llegó, el padre lloraba.

-"Papá. Que no me voy para siempre", le dijo el joven.

Y papá lo abrazó sin decir nada y comprendió entonces que los abrazos que su padre le había dado hacía tantos años atrás y que a él le parecieron "abrazos hechos", guardaban mucho más que cariño.

domingo, 31 de mayo de 2015

Nadie pregunta por mí

Mis recuerdos de infancia son los de un niño preocupado porque su hermano y su hermana no se perdieran al volver del colegio. Siempre he sentido esa responsabilidad hacia ellos. No sé si me impusieron, me la transmitieron o es que simplemente soy así.
Deduzco que no era un chico problemático. Si alguna vez lo fui, debí ser demasiado discreto porque nadie lo recuerda. Guardo en mi mente ciento de conversaciones de mi madre sobre mi padre, de mi padre sobre mi madre, de mis padres sobre mis hermanos y de mis hermanos sobre mi padres, pero no guardo ni uno solo de ellos hablando de mí que no fuera un breve: "le va bien, es feliz".
Así crecí. Cuidé de mis hermanos, colaboré con mis padres, nunca di un grito ni monté una escena. Comía lo que me ponían, ordenaba mi cuarto, recogía mi ropa, respetaba a los mayores, llegaba a mis horas, cumplía con cuanto se suponía que eran mis obligaciones...
Y es probable que me fuera bien. Al menos de forma general. Pero tuve muchos momentos en los que habría querido una mano, un hombro, unos brazos enteros que me acogieran. Nada de eso me habría cambiado la vida, pero me habría servido para saber que existía. Y ciertamente, no creo que eso pudiera valer para ser feliz. Pero debía parecerlo.
En la universidad seguí siendo ese ejemplo que nunca nadie pone, ese problema matemático que se da por resuelto sin hacer cálculos, ese alumno que todo profesor quiere porque ni da trabajo ni conflictos pero sirve para aumentar las mejores estadísticas.
Fui el novio ideal y, después, el marido perfecto, el yerno deseado, el cuñado que nunca sobra y, por fin, el padre correcto.
Tuve dos hijas que mientras estuvieron en casa recibieron estrictamente lo que necesitaban. La cantidad justa de cariño, la medida adecuada de disciplina, los bienes necesarios para que vivieran bien... Podría decir que era un padre al que se respetaba, pero al que no se molestaba con problemas ni con nada que pudiera llevar una contrariedad o una preocupación. Al fin y al cabo, para ellas era un padre feliz al que le iba bien.
Tenían motivos para creerlo. Nunca discutí de política ni me posicioné ante los abusos sociales. Nunca me quejé ni me entretuve a mirar las cosas que pasaban a mi alrededor. Para qué. Mi vida ya era perfecta y, diría, yo también.
Ahora soy un abuelo perfecto. Cuido de mis nietos cuando me lo dicen, me tomo las medicinas que me mandan, no me quejo aunque me duela la vida que no he vivido y quizá llegue a los 90 años sin haber dicho nada inconveniente.
Desde mi cama veo el mundo girar, pero escucho que nadie pregunta por mí.

martes, 26 de mayo de 2015

Sus ojos

Tardé más de 25 años en regresar a aquel lugar. Lo intenté miles de veces, pero siempre tuve miedo. A penas tenía 20 años cuando llegué por primera y única vez. Hasta ahora. Trataba de curar alguna contractura provocada por no recuerdo ya qué y, recomendado por no recuerdo ya quién, fui en busca de una tregua muscular que me devolviera a la normalidad.

Recuerdo haber dado todo tipo de explicaciones a una especie de galeno que, tras palparme la zona dolorida, me invitó a entrar en una habitación de tenue luz y olor a fragancias asiáticas mezcladas con eucalipto.

En el centro de la habitación: una camilla acolchada, cubierta por una tela que se me antojó de hilo, con un pequeño orificio que enseguida comprendí, tenía como función mantener la cabeza en una posición natural sin aplastarse la nariz ni la boca. A un lado, un pequeño mueble con unas pequeñas varitas como las de incienso de sándalo o pachulí, unos tubos de cremas perfectamente ordenados pero deformados por su uso, una pequeña palangana con agua y, en la parte baja, varias toallas del mismo color y perfectamente ordenadas como si las hubieran puesto para rodar un anuncio.

En la pared de enfrente, un pequeño adorno con características orientales servía para mantener una percha muy occidental de madera.

“Quítese la ropa, cuélguela, déjese sólo la ropa interior, y colóquese boca abajo sobre la camilla. Enseguida vendrán para darle el tratamiento”, me dijo el hombre en un tono amable pero rutinario antes de cerrar la puerta y dejarme solo en aquella penumbra de la habitación y de mi inocencia.

Con algo de dolor por la contractura, me descalcé, me quité la ropa, la coloqué en la percha y reburujé los calcetines metiéndolos en los zapatos. Me tumbé sobre la camilla y traté de encontrar sentido a la colocación de mis brazos que, animados por la gravedad, insistían en salirse de mi lado para quedar colgados, como lo hacen en las imágenes los de los ahogados.

En ese pensamiento me encontraba cuando la quietud del ambiente se modificó. “Hay una perturbación en la Fuerza”, pensé como si fuera un entendido jedy y me sonreí seguro de que mi rostro era invisible para quien hubiera entrado. Por unos instantes no tuve tampoco seguridad de que alguien más se encontrara en la habitación pues, si lo había, se había asegurado de hacerlo con la mayor discreción posible. Ni había pasos ni golpes ni respiración que pudiera oir más allá de la mía. A pesar de ello, la terrible sensación de que alguien o algo se movía por la habitación era tan real como debe ser el aliento de la muerte entre el penúltimo y el último suspiro.

En mis pensamientos descarté al médico. Era demasiado corpulento como para trasladarse con tanta delicadeza. Aún no había pensado en una segunda opción cuando, por el orificio donde había colocado la cabeza, observé unos pequeños pies descalzos que caminaban hacia el mueble de las cremas y las toallas.

Eran pies de mujer. Los dedos pequeños se adaptaban con total naturalidad a la madera del piso y unos perfectos tobillos dibujaban movimientos sencillos pero armónicos sobre el aire en cada paso. Un repentino olor a sándalo me trajo a la mente la imagen del incienso sobre el mueble, aunque por los movimientos debía haberlo depositado en una esquina de la habitación y, supuse, sobre el suelo.

Sus pequeños ñoños me sorprendieron en esas elucubraciones cuando se quedaron frente a mí, diría casi que mirándome. Recuerdo, como si hubiera sido esta misma mañana, cómo pasé de ese pensamiento casi infantil al total estremecimiento de mi cuerpo cuando, sin mediar palabra, sus manos se apoyaron sobre mis hombros y colocaron mis brazos que, incomprensiblemente, alcanzaron el punto de equilibrio perfecto que yo había estado buscando durante tanto tiempo. La respiración se me cortó por algo más que un instante. Eran las mismas manos que me habían tocado hacía 25 años.

Parecía imposible, pero media vida después reconocí el tacto de los dedos por su tibieza. Casi me insulté en silencio por no haberme dado cuenta desde el primer momento de que aquellos pies que me miraban eran los mismos que ya me habían mirado y que en todos estos años solo había olvidado por unos segundos.

¿Se acordaría de mí como yo de ella?¿Me habría reconocido solo con tocarme?¿Sentiría mi piel como la sintió aquella vez?

De todas las preguntas que hacían cola en mi cabeza, una me trajo al presente. ¿Cómo podía seguir igual 25 años después? Así que traté de seguir los pies y de fijarme en algún signo del paso del tiempo, pero no había ningún síntoma. Eran los mismos pies, los mismos dedos, la misma piel.

Volví a revivir el milagro que había ocurrido un cuarto de siglo antes. Como, quien no creía en el amor a primera vista, había sucumbido al amor al primer contacto; como, aquella habitación en penumbra, había sido el lugar de mayor claridad de mi historia; como, alguien que soñaba con su futuro, se quedaba anclado en un presente que nunca logró convertir en pasado.

En aquella ocasión el instinto me hizo volverme y descubrir lo que sería el rostro de la única mujer que he amado en mi vida. Ahora, sentía las mismas ganas que entonces, pero también el mismo miedo que me había impedido volver.

¿Cómo iba a regresar?¿Qué podía decirle o darle a la muchacha que me había dado todo sin pedirme nada?¿Cómo te presentas ante el amor de tu vida cuando el corazón se acelera y la sangre te hierve y las manos no responden y los pies te tiemblan?

Pero ya estaba allí. Ya había llegado y el destino me ponía a la misma mujer delante. Más viejo yo, pero por ella parecía no haber pasado el tiempo.

Fue así como el corazón empezó a bombear más fuerte, los músculos se contracturaron y la cabeza comenzó a pesar tanto que pensé que partiría la camilla.

“¿Se encuentra bien?”, -me dijo una voz conocida.

No pude evitarlo. Todo el valor que me había faltado se dio cita en ese momento para girarme y verle el rostro. El mismo pelo, el mismo cuello, la misma boca, las mismas orejas… pero no era ella.

Algo en su cara no cuadraba. No era ella. Algo fallaba en ese rostro que, además, me resultaba tremendamente familiar. Podría ser su hija. Tanto parecido lo justificaba, pero en aquella penumbra no lograba identificar cuál era esa pequeña diferencia, y sin embargo me recordaba a alguien diferente.

Quise preguntarle, pero cuando la miraba volvió a decir: “¿Se encuentra bien?”.

Supongo que no pude resistir la presión. Quizá la tensión era mucho mayor de la que creía. El caso es que me puse a llorar como un niño.

Me abrazó y me sentí realmente acogido. Puede que fuera solo un minuto, a lo mejor dos, pero para mí fue toda una eternidad. Regresé a los 20 y a los 10. Me di cuenta de como había desperdiciado mi vida, como había dejado que los temores y las inseguridades me alejaran de todo lo que hubiese dado sentido a los años vividos y los que estaba por vivir.

Por fin me tranquilicé. Me sentí en la obligación de explicarle que ella me recordaba a alguien, que por un momento me había hecho retroceder 25 años y le pedí disculpas.

“No te preocupes. Ahora te reconozco”, me dijo.

No me dio tiempo a decirle nada. Según terminó de hablar, apretó mis manos entre las suyas, me besó en la frente y salió.

¿Qué había querido decir? ¿Quizá se tratara de algún tipo de frase budista que tenía algún sentido oculto para mí? Quizá ese rostro que se me antojaba familiar ya lo había visto en algún otro lado. Quizá me estuviera equivocando y estuviera autosugestionado llevado más por las ganas que por la evidencia. Quizá.

Una vez me sentí con fuerzas me vestí, no sin dejar de pensar en todo lo que había pasado. Salí de la habitación y a punto estuve de preguntar por la chica que me había atendido, pero todo el valor que me asistió en la habitación ahora me abandonaba.

No pude sacarme a la muchacha de la cabeza, y como en un juego de "encuentra las siete diferencias", traté de averiguar qué era lo que las hacía tan distintas. Evidentemente no podía ser la misma mujer, pero todo en ella era igual salvo algo que no lograba identificar, algo que conocía pero no identificaba, algo que debía ser obvio, debía tenerlo delante, pero no lo veía.

Llegué a casa y me dispuse a darme una ducha para tratar de relajarme. La cabeza seguía girando, exigía una respuesta. Así que me miré fijamente al espejo como si el yo que se reflejaba pudiese darme una respuesta. Y por raro que parezca, así fue. El pequeño detalle que las distinguía, lo que me estaba volviendo casi loco y me resultaba tan familiar y a la vez tan difícil de identificar, era que la muchacha tenía los mismos ojos que su padre.

sábado, 18 de abril de 2015

Confieso que he vivido

"Vivo" -contestó al preguntarle qué hacía-.
"Sí. Eso está claro. Si no, no estaríamos hablando" -le replicó-. "Lo que quiero saber es a qué te dedicas" -insitió ella-.

"A vivir" -insistió él-.

"Vale, vale" -dijo como el que comienza a creer las reglas de un juego-. "Pero además de vivir te dedicarás a algo que te permita hacerlo. Tendrás un trabajo..." -protestó dando por supuesto que por fin había quedado la cosa clara-.

"Sí. Lo tengo. Pero también eso lo vivo" -dijo-.

"Y familia, amigos y amigas, compañeros y compañeras, amantes... Algo tendrás que hacer..." -repitió-.

"Los vivo".

"Desamores, envidias, celos, cariños, ternura...".

"Los vivo".

"¡Venga! Me vas a decir que te sientas en una silla y todo eso te pasa y ahí estás tú sin hacer nada".

"No" -replicó-. "Precisamente porque no me quedo en la silla sin hacer nada es por lo que vivo". 

Y después de decir eso, le abrazó. Y ella, no entendió nada.

viernes, 3 de abril de 2015

Combatir la verdad

Lo normal era que fallara. Las coordenadas que me dieron solo correspondían a miedos transmitidos por otros que crearon enemigos ficticios. Era de esperar. Quienes dirigen hacia dónde deben apuntar los cañones, por lo general, tratan de vengar lo que no supieron solucionar a pecho descubierto reconociendo sus miserias. Siempre ha sido mucho más fácil aumentar el número de enemigos al enemigo que reconocer el error propio o acierto ajeno.

Así fue como una y otra vez fallé. Haciendo mía batallas de otros, sosteniendo banderas que no representaban mis colores o poniendo el pecho ante balas que nadie disparaba contra mí.

Hasta que me pregunté cuál era mi frente. Y los cañones dejaron de sonar al quedarse sin argumentos ante un enemigo que no existía.

Fue entonces cuando descubrí que las heridas que mi cuerpo presentaba respondían a guerras en las que no había luchado, siquiera en las había estado quien me lanzó al frente. Batallas que se alimentaban de la miseria, del miedo en el que habíamos sido educados.

Fue entonces cuando supe que podía abandonar la trinchera, pues las balas que me atravesaban me daban más vida. Y comprendí que la muerte no llega con la diferencia, sino cuando el miedo a estar equivocado nos impide ver la verdad y decidimos combatirla.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Independientes, o no

Si alguien le hubiera preguntado, habría asegurado que se conocían de toda la vida, y sin embargo, era la primera vez que se veían. O no. A lo peor cara a cara y a lo mejor cuerpo a cuerpo. Lo realmente cierto es que encontraron sus almas desnudas a simple vista.
Ella, acostumbrada a hombres que solo querían justificar una noche injustificable, comprendió que su abrazo no era un atrevimiento. A lo más, una propuesta, una invitación a un mundo al que prefería ver llegar antes que ponerse a construir. Él, en el fondo de su corazón, solo quería proponer un nido en el que acoger a alguien suficientemente fuerte para entregarse y suficientemente débil para aceptarlo.
Ella, que sabía lo que era desesperar, tuvo el tiempo justo para entregarse antes de que saliera el sol, pero no quiso. Él, que no sabía serenarse, reconoció en ella el sol y la luna que esperaba, pero la perdió entre las miserias de un reino que no era de su mundo.
Quizá todo habría sido diferente si ella le hubiera pedido que esperara, o si él le hubiese rogado que no se fuera, pero ninguno dijo nada cuando la música que les unía les separó.
Él, habría hecho todo cuanto fuera posible por ver pasar la vida a través de sus ojos, pero ella no volvió a recordar los pocos minutos que sus vidas se cruzaron.
Nunca supieron lo cerca que Canarias y Galicia estuvieron de ser una república independiente. Fue sólo por unos segundos, pero completamente independientes, o no.

domingo, 26 de octubre de 2014

martes, 9 de septiembre de 2014

viernes, 5 de septiembre de 2014

Salvar los muebles

Podría haber mentido otra vez pero, la verdad, ni tenía por qué ni intención de crear una imagen diferente a la que era. "Para qué?", me pregunté. Al fin y al cabo, más tarde o más temprano tendría que mostrarme como soy y tampoco es que ella mereciera un simulacro de mi persona.

Entiéndame bien, señor agente. No quiero decir que psíquica o físicamente no mereciera la pena hacer un esfuerzo por alargar el encuentro, solo digo que no había nada en su haber como para mostrar algo que no soy.

Quizá fuera eso lo que agradeció. Quizá. El caso es que sin trucos ni mentiras (ya sean a medias o a tiempo completo), ahí pasamos el rato viendo como las diferencias nos encontraban a medida que las horas nos hacían más ella y más yo.

No puedo decir que me sintiera orgullo de mí. Al fin y al cabo se trataba de no llevar a nadie a donde nunca iría. Tampoco yo quería atravesar caminos construidos en nubes y cascadas.

La experiencia fue mejor de lo previsto. A esa noche de desencuentros le siguieron días de encuentros, y a esos días de verdades le llegaron noches que parecen mentira.

Como ve, inspector, la cuestión no tenía por qué cambiar. Cada uno se mostraba como era y cada uno era como se mostraba, nadie tenía que llevarse al desengaño.

El problema comenzó cuando nos dimos cuenta que el engaño no era de uno hacia otra ni de otra hacia uno, sino de cada quien con cada cual. Y que cuando dijimos que "yo puedo perdonar todo menos que no seas sincero", nos dimos cuenta de que habían verdades que dolían más que la mentira; o que cuando cantábamos aquello de "quiero saber que la noche contigo no va a terminar" nos habíamos olvidado que la noche no solo termina sino que, también, agradece ocho horas de sueño.

Y la verdad, lo más triste, es que cuanto más coincidíamos en nuestros errores, cuantas más pruebas teníamos de que los cálculos estaban erróneos por mi parte y por la suya, mayor era la distancia que se creaba.

Quizá sea por eso que cuando ella tachó de la lista "nunca podré abandonarte", yo borraba de la mía lo de "nunca te dejaré ir", y reconocerá que no fue extraño que mientras ella hacía la maleta, yo dejaba la llave en el llavín, y que mientras yo tomaba un taxi a ninguna parte, ella cerraba la puerta dejando su llave sobre la mesilla de noche.

Y es por eso que nos encontramos aquí, porque si la sinceridad nos hubiese dado para algo más, hoy no tendría la mitad de mis cosas dentro de esa casa, yo no hubiera tenido que descolgarme por el bajante para entrar por el patio y el vecino no habría denunciado un intento de robo.

Ahora, si no es molestia, ayúdeme a salvar los muebles y dele un telefonazo. 

viernes, 1 de agosto de 2014

Profesionales

Uno no llega a disfrutar de las cosas en su plenitud hasta que se hace un profesional.
Así, el profesional del vino logra distinguir en el paladar los amargos y los afrutados que esconde cada botella, así como su aroma, su madera –si la hubiera-, su aspereza y hasta la densidad del líquido en el paladar. Un profesional del vino sabe que lo importante no es la forma de la botella ni el diseño de la etiqueta; que la copa ayuda, pero no es vital; que su preferencia es el corcho al tapón sintético; que el pescado puede disfrutarse con un tinto así como algunas carnes con un blanco.
El periodista profesional, por ejemplo, sabe que escribir con corrección es importante, pero no tanto como la noticia; que el encuadre en la imagen da calidad pero por encima está el momento, la imagen misma, el instante histórico que se quiere robar a lo que ha pasado. Por eso no disfruta de ver su nombre en el periódico, sino de ver su nombre junto a la información que ofrece.
El médico profesional, por su parte, sabe que distinguir una enfermedad depende más de su capacidad para comprender la dolencia del paciente que en dar remedios hasta que se atina; que por encima del diagnóstico está la cura; el doctor profesional sabe que la alarma de lo que parece evidente no se corresponde con la urgencia de la atención. Por eso no disfruta cuando descubre qué tiene el paciente, sino cuando sigue la evolución de su cura.
El vendedor profesional, que los hay, sabe que su trabajo es vender, pero su riqueza está en que lo vendido no sea devuelto. Sabe que hay clientes que exigen mucho para comprar poco, o quienes están dispuestos a comprar cualquier cosa. En cualquiera de los casos, lo que sabe seguro es cuál es la mercancía que puede ofrecer a cada uno o una, es capaz de hacer una relación directa entre su cliente y su producto. Sabe también que la atención es, la mayoría de las veces, más importante que la venta, porque en ello está la diferencia entre ganar clientes y perderlos. Por eso no disfruta cuando ve salir al cliente con las bolsas sino cuando lo mira regresar reclamando su confianza.

Pero llegamos al profesional de la vida, ese o esa que lo único que sabe es que siempre va a seguir aprendiendo. Por eso no disfruta del camino andado, sino de cada uno de los pasos que da.

domingo, 6 de julio de 2014

Atrapar el sueño

Subía cada mañana a las montañas más altas de los Andes para poder contemplar el vuelo del cóndor.


No podía resistirse a ver como un ave con tres metros de envergadura podía desplazarse como una paloma entre corrientes de aire. Admiraba esa facilidad con la que ascendía hasta tocar el cielo para, después, dejarse caer sobre su presa. Casi podía sentir su fuerza y esa increíble capacidad de reinar sobre las cumbres más altas.

Se sintió tan atraído que con los años decidió cazar uno para no tener que ir tan lejos a contemplar lo que considera la imagen más bella del mundo. Y así lo hizo.

Durante meses trabajó en su casa preparando una enorme jaula con todos los lujos que pensó que necesitaría el animal. Gastó prácticamente todos sus ahorros en comprar el piso superior y el inferior para tener más espacio, negoció con las carnicerías la compra de kilos de la mejor carne, e hizo todo cuanto se le ocurrió que pudiera necesitar el cóndor para que fuera feliz.

Pero no había altura suficiente, ni corrientes de aire, ni cumbres sobre las que reinar. Así que el cóndor no se adaptó al papel de canario, y el hombre se decepcionó, porque cuantas veces quería mostrar la inmensidad del bicho, lo que se encontraba no era más que un montón de plumas negras y sucias, con unas garras cada vez más atrofiadas y que tenía la jaula llena de mierda y desechos.

Evidentemente, el tipo terminó odiando al bicho porque ya no era capaz de hacer nada más que comer y cagar. No sólo abandonó su cuidado, sino que a cada amigo que acudía a verlo le contaba lo desagradecido que era el “pájaro” después de todo el esfuerzo que había realizado para que todos vieran lo que él había visto ciento de veces.

Tras el fracaso, decidió que lo mejor era sacarlo de su casa y de su vida, y que lo más fácil sería abrir el techo de la jaula y esperar a que escapara.

El cóndor tardó unos días en darse cuenta de que era libre, pero en cuanto vio que nada lo mantenía esclavizado, se lanzó casi en vertical hacia las nubes. El hombre, que vio ascender al cóndor y extender sus alas de nuevo en toda su dimensión, observó como las primeras maniobras fueron algo torpes, pero en cuanto consiguió cierta altura volvió a realizar los ejercicios perfectos que le viera hacer entre los picos andinos.

Entonces volvió a sentir ese sentimiento que casi había olvidado, lamentó haberle dado la libertad, y pensó que si lo hacía bien y aprendía de los errores, el próximo cóndor que atrapara podría ser tan hermoso en cautividad como en libertad.

Así ocurrió una y otra vez, siempre cambiando algún detalle, pero con el mismo resultado: el fracaso. A pesar de los años, nunca llegó a comprender que lo que más le atraía del cóndor era la libertad que les robaba.

domingo, 15 de junio de 2014

Última llamada

Prudencio Piñeiro jamás gastó una broma en su vida. No por carecer de sentido del humor, sólo que al buen hombre no se le ocurría cómo hacerlo. De hecho, si no fuera porque alguna vez desde su despacho veía a los empleados del banco intercambiar risas, o por alguna que otra conversación con su mujer que le ponía al día sobre el anecdotario de sus hijos, habría pasado por la vida sin saber lo que era provocar intencionadamente una situación incomoda y/o divertida y, por supuesto, sin recibirla.

Vilma, su mujer, era distinta. Gracias a ella, los cuatro hijos del matrimonio habían tenido la posibilidad de echar más de una risa y de desarrollar la capacidad de bromear sin que ello supusiera un conflicto. De todos, Prudencito, el mayor, había heredado un especial sentido del humor.

El 25 de diciembre, el primogénito decidió que ya era hora de que papá saliera del burladero de la plaza de las bromas familiares y saltara al ruedo, y esperó a la noche de la víspera del Día de los Inocentes para coger el móvil paterno, un aparato con cientos de prestaciones, sonido estereofónico, capacidad para reconocer cualquier formato audio y de vídeo, extraplano, mínimo peso, etcétera, pero que el padre sólo utilizaba para recibir y mandar llamadas.

Prudencito lo conectó al ordenador y le bajó la célebre expresión de Pedro Picapiedra “Pum pum pum. Vilma, ábreme la puerta”, y asoció el tema a los teléfonos de “casa” y “mamá”. Después elevó el volumen al máximo.

Mientras lo hacía, podía imaginar la cara de Prudencio ante los empleados del banco, en la cafetería en donde desayunaba, o en la reunión con algún cliente, intentando explicar semejante tono polifónico. “Me va a matar”, pensó, “pero lo que nos vamos a reír”.

El amanecer del 28 de diciembre fue como de costumbre. Desayunos apresurados, ruido de electrodomésticos exprimiendo naranjas o lavando ropa, las instrucciones del día entre buches de café y carreras para que los hermanos más jóvenes no perdieran la guagua escolar. Sólo Prudencito intentaba disimular una risa fácil que le dificultaba tragar con normalidad y que incluso le obligó a cambiarse de camisa cuando se atragantó con el zumo. Hasta la estampida familiar que dejó la casa prácticamente ausente de vida, todo fue normal.

Lo que ocurrió a continuación no estaba previsto. Mientras Vilma metía en el lavaplatos los cacharros que sus hijos y su marido no habían recogido, y antes de salir hacia el despacho de arquitectura donde trabajaba como aparejadora, calculó que siendo las 07.59 horas, su marido ya habría llegado a la oficina e hizo una llamada al móvil de Prudencio para recordarle que era el Día de los Inocentes y, por tanto, debía esperar que ocurriesen cosas extrañas ese día en la oficina. El mensaje era sencillo: “déjalas pasar y no te agobies”.

Le resultó extraño que no contestara, pero no le dio mayor importancia y terminó de maquillarse para salir.

Ya tenía el bolso en la mano cuando una llamada a su teléfono le avisaba que su marido se encontraba camino al hospital tras sufrir un infarto.

“¿Cómo?¿A qué hospital? Pero, ¿qué ha pasado?”. Desde el otro lado las respuestas no fueron ni claras ni tranquilizantes. Lo único que resultaba evidente es que su marido había sufrido un infarto y que iba camino al Hospital Universitario.

Vilma, que ya estaba junto a la puerta, salió tan angustiada que olvidó cerrar con llave.

Tomó el primer taxi y llegó al hospital en apenas 12 minutos.

Varios compañeros del trabajo se encontraban hablando con un doctor en la sala de urgencias. Su presencia provocó un espantoso silencio. Don Eladio, el empleado más antiguo de la oficina bancaria, se acercó para abrazarla y decirle. “Tranquila. El médico tiene que decirte algo y no es bueno. Tienes que ser fuerte”.

Vilma sintió como una piedra le caía en el estómago.

Por un momento no supo si debía correr hacia la salida o hacia el médico. Mientras decidía vio al galeno acercarse. La sensación que recibió en ese momento fue la misma que tenía al ver una pantera aproximarse a su presa a cámara superlenta en un documental de National Geographic.

“No se pudo hacer nada”, dijo el doctor, “lo siento”.

¿Cómo que no se pudo hacer nada?¿Qué quería decir?¿De qué le estaba hablando aquel señor?¿Dónde estaba su marido?¿Qué había pasado?¿Qué coño le estaban contando?... Mientras todas esas preguntas rebotaban por cada rincón de su cerebro, sus ojos empezaron a empañarse y las lágrimas a rebosarse hasta el punto de que la solapa izquierda de la chaqueta de don Eladio parecía recién salida de la lavadora.

Pasado el primer momento, superadas las preguntas que ella misma se hacía sin tener respuesta alguna, se abrió ese momento que, tras la muerte de un ser querido, nos ata al suelo: había que avisar a los niños, a la familia, a la madre de él, a los padres de ella…

Así que le pidió a don Eladio que se encargara de dar la noticia a los compañeros y compañeras de la oficina mientras ella iba llamando a los más allegados y les iba dando instrucciones para crear una cadena que llevara la noticia a cuñados, primos, y otros parientes y amigos.

A eso de la 11.30 horas, una joven enfermera con cara de estar verdaderamente compungida le preguntó cómo quería que el marido fuera amortajado. “Qué lleva ahora”, preguntó; “lo hemos tenido que desvestir, pero ingresó con un traje oscuro listado, camisa blanca y corbata gris”, contestó la enfermera. Fue entonces cuando recordó cómo lo había visto salir esa misma mañana con el traje que le regaló por Reyes hacía casi un año. “Esta bien así”, dijo para añadir enseguida: “No estará muy arrugado”.

A medida que llegaban los parientes más cercanos, Vilma se iba enterando de los hechos. Prudencio llegó al banco, saludó según su costumbre, entró en su despacho y, antes siquiera de quitarse la chaqueta, cayó fulminado. Los empleados lo vieron desde lejos a través de la pared de cristal de la oficina. “Fue un minuto antes de las ocho”, explicaba un compañero que recordaba la hora porque él ya estaba junto a la puerta del banco para abrir la sucursal al público.

El abrazo de Prudencito con su madre fue el más triste de los encuentros entre una madre y su hijo. Las lágrimas de ellos y la de los presentes hicieron subir la humedad de la sala de espera del tanatorio hospitalario hasta el 70%. No había palabras para describir la escena. Nadie recordaba un momento tan tristemente triste.

Cuando el higrómetro volvió a parámetros más o menos normales, Vilma contó a su hijo que al padre le había dado un infarto nada más llegar a la oficina, a pesar de gozar de una magnífica salud y de que, hasta la fecha, nunca se había quejado. Nada dijo de la llamada no respondida. Después, dio instrucciones a su primogénito para que se hiciera cargo de los hermanos pequeños, de recoger en casa los papeles del seguro y encargarle la compra de valeriana en un herbolario.

La llegada de la abuela paterna coincidió en tiempo con la recogida de los más pequeños por parte del hermano mayor, y la llegada a casa para recoger la documentación del seguro, con el aviso a los familiares por parte de la misma enfermera que ya conocía Vilma, para que los más allegados acompañaran al finado hasta la sala acristalada donde se le iba a velar.

Mientras la mujer y la madre de Prudencio colocaban las coronas en torno al ataúd a la vista de los amigos que se encontraban al otro lado del cristal, Prudencito en casa se acordaba del teléfono del padre, así que preocupado por que no se perdiera y por saber dónde estaba, llamó desde el aparato de casa, así que mientras la madre y la mujer del difunto se encontraban en la habitación junto al cadáver, desde el ataúd se oyeron tres claros golpes seguidos de la frase: “¡Vilma, ábreme la puerta!”.

El aviso por vibración del aparato que pegaba con la tapa y los huecos vacíos dieron un realismo brutal al grito. Casi al instante, la abuela, que se encontraba junto al ataúd, cayó desplomada al suelo con las manos en el pecho, mientras que Vilma, al grito de “¡Prudencio!¡Prudencio!”, se lanzó sobre la caja, cediendo las burras que la sostenían con la mala fortuna de que al volcarse, la cabeza del Cristo que adornaba la caja se le incrustó en la frente y las rodillas le aplastaron la nariz, muriendo casi al instante.

Desde el otro lado del cristal la escena era seguida con terror e incomprensión, pues el cristal impedía escuchar el móvil y por tanto la escena carecía de todo sentido.

Don Eladio fue el primero en correr hacia la sala demandando a gritos la presencia de un médico. Cuando llegaron a la habitación, nada se podía hacer por ninguna de las dos mujeres.

Prudencito, por su parte, ya había comprobado que el móvil no se encontraba en casa. Ya estaba metiendo los papeles en una carpeta cuando sonó su móvil. Su tío le avisaba de que don Eladio se había puesto en contacto con él para comunicarle un desgraciadísimo e inexplicable accidente, y aunque sabía lo de las muertes, al sobrino sólo le dijo que corriera al hospital.

Todo lo que siguió no fue más que llantos, lamentos y la búsqueda de explicaciones a lo sucedido, un sinfín de conjeturas que ni por asomo se acercaban a la realidad.

La experiencia marcó a Prudencito toda la vida, quien un día tras otro lamentó las muertes de sus padres y su abuela, pero se entristecía de forma especial cuando contaba que su padre falleció sin que nadie, nunca, le gastara una broma.

jueves, 29 de mayo de 2014

Calamares

-"No es grave", -dijo el doctor después de auscultarme por segunda vez.

-"No lo será" -le dije-, "pero anoche casi no pude dormir, comí con desgana, me despierté triste, he estado todo el día agotado... Ni siquiera discuto".

-"Ya" -respondió-, "pero sus análisis son perfectos, siempre dentro de los parámetros normales. No tiene problemas con sus articulaciones ni con el corazón ni de memoria... La vista, bien; el oído, bien; los reflejos, bien... Por más que miro, no padece usted nada que yo sea capaz de detectar".

-"Pues doctor" -exclamé resolutivo-, "desde que me levanté esta mañana siento un terrible vacío en el estómago, como si me hubiera quedado hueco por dentro, como si se pudiera ver a través de mí. Es una sensación extraña, como que me pasa algo malo".

-"Con esos síntomas" -sonrió-, "podría ser soledad o hambre".

Indignado me levanté, me di la vuelta y entré en el ascensor que casualmente me esperaba. Mientras los números saltaban de forma descendente en el panel de botones, no pude evitar pensar en el tiempo que llevaba solo, en los años que no compartía una risa o una caricia, una noche, un beso, un minuto de ternura.

Salí del edificio y maldije al doctor. ¿Cómo se atrevía a cuestionarme?¿Cómo podía soltarme eso así?

Entré en un café y pedí un zumo y un bocadillo, -"el que usted me ponga"- le dije al camarero.

¿Me habría vencido la soledad?¿Podría sentirme tan vacío después de tanto tiempo?

-"¿Se encuentra usted bien? Tiene mala cara", -me preguntó el camarero con el pedido en la mano.

-"Sí. Gracias", -contesté a la vez que me recolocaba en la silla y volvía a la realidad.

Y mientras desayunaba y veía pasar a la gente, pensé en la vida que había tenido, lo que gané y lo que perdí, lo que me hizo sufrir y lo que me hizo más fuerte, en lo que esperé que no llegó y en lo que vino sin invitación previa... Y me di cuenta de que el doctor llevaba la razón: lo que tenía era hambre. Así que pedí una de calamares.

miércoles, 7 de mayo de 2014

lunes, 17 de marzo de 2014

Disparando al fantasma

Dispararé sin balas a un fantasma que no podía ver hasta que le acerté en el corazón.

Su presencia era evidente. Me impedía dormir, comer, concentrarme... vivir tranquilo. Me devolvía miradas que no le hacía y se negaba a darme las preguntas que necesitaban mis respuesta. Imposible vivir así.

Cansado de estar perdido me puse a correr hasta alcanzarme, y ahí fue cuando me identifiqué, porque el fantasma era yo mismo, o mejor dicho, mis miedos, mis temores, mis "qué dirán", mi vergüenza ajena, mis sueños rotos, mis oportunidades perdidas... Todas mis miserias pululaban por la casa, tomaban posiciones, arrastraban sus cadenas, vagaban entre el dormitorio y la cocina.

Mi primer disparo sin bala fue dejarme ver de nuevo por la luna, y que mi perra me paseara, y recuperar el encuentro con las personas que quería allí dónde las dejé, y devolver las sonrisas y los besos, y el tiro de vida: dejar escapar los monstruos que me habían atrapado.

A los pocos días el fantasma casi era humano.

Ahora sé que sigue ahí, pero no ejerce. Se sienta y mira la tele, esperando que vuelva a atrapar mis propios monstruos y a crear mis propias pesadillas.

Ahora que lo sé, reconozco que no lo alimento, pero sí es cierto que de vez en cuando compartimos unas cervezas y brindamos por aquellos tiempos.

martes, 11 de febrero de 2014

Llegamos a 30.000

Poco a poco esta página ha alcanzado las 30.000 visitas. Gracias a todas las personas que lo han hecho posible. Un abrazo por cada visita.

jueves, 6 de febrero de 2014

Piedras al sol

Tiré al sol piedras sólo por ver cómo se cubría de ondas toda su superficie. Las lanzaba con fuerza, pero las piedras caían sobre las azoteas y los transeúntes como una lluvia ácida.

A pesar de los gritos de la gente, de las quejas vecinales y de mi propia frustración, seguí lanzando piedras de todos los tamaños y formas convencido de que alguna vez daría de pleno en el centro del astro rey y entonces, sólo entonces, la gente que me gritaba y me maldecía sería capaz de entender la importancia del logro: tener el sol a tiro de piedra.

Lo hice una y otra vez. Cogía una piedra, miraba fijamente al sol, ponderaba fuerza y distancia y ejercía toda mi  fuerza para alcanzarlo. Así una y otra vez hasta que me dí cuenta de que, de tanto mirar al sol, su fuego me había dejado ciego.

Entonces ya no encontré piedras para tirar, ni supe hacia dónde había que apuntar porque no veía el movimiento de la esfera luminosa sobre el firmamento. Sólo entonces me senté, y mientras trataba de superar mi frustración pude prestar atención a los gritos de la gente.

Contra todo pronóstico no se quejaban de la lluvia de piedras ni de los cristales rotos de las ventanas ni de los daños ocasionados a los coches. Sólo me advertían de que no mirara al sol, porque podía quedarme ciego. Eso era lo que me gritaban, pero yo no les escuchaba.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Limpieza general

Siempre llega un momento en el que ante el armario, la zapatera, la cocina, el salón  o la mesa de trabajo, uno decide hacer una limpieza general. El detonante suele ser que uno se da cuenta de que hay cosas que ya no tienen sentido en su vida si quiere seguir avanzando.

Por mucho que seas ordenado o meticulosa, siempre queda una lata que caducó, una camisa que hace años que no te pones, unos papeles que nunca llegaste a resolver o un colchón en el que dormir se convierte en un tormento.

No hay plazo ni plan trazado, sólo se puede uno remangar y mirar cosa por cosa para decidir qué va al cubo de la basura o al del reciclaje y, por supuesto, qué salvamos de la quema. Es un trabajo intransferible. No hay cuestiones puramente objetivas en todas y cada una de esas cosas, pues de una manera u otra son ya parte de la vida y, sobre todo, de la historia propia.

Unas, las consideramos imprescindibles y no estamos dispuestos a renunciar a ellas; otras son completamente prescindibles y no nos cuesta nada apartarlas de nuestro lado; podríamos decir que otro grupo lo forman aquellos elementos que no sabemos si se quedan o se van, ya que dudamos si nos harán falta o nos supondrán una carga. Pero de todos los “paquetes”, el que más me impresiona es el que se configura con las cosas que sobrevivieron a todas las limpiezas anteriores y, sin embargo, ya han dejado de tener ese valor que las hacían diferentes, dejaron de retener ese trocito de historia que tanto significó para convertirse en algo que ya puede salir de nuestra vida.

Claro que hay gente que puede prescindir de cualquier cosa en cuestión de segundos, que puede cambiar la fotografía de un portarretratos sin esperar siquiera a que la que va a sustituirla esté impresa.

Yo no, yo cada cierto tiempo me enfrento a la cucharita de plástico con que compartí mi primer helado con mi primera novia, unas cintas que escuchaba con mis amigos en el coche recién sacado el carné, unas servilletas con poemas, una camisa que me regaló una amiga antes de partir, unos zapatistas de barro que han ido perdiendo brazos y piernas tras cada mudanza, unas cámaras de fotografía que se jubilaron hace años y unas cientos de cosas más que me recuerdan cuan buena ha sido la vida conmigo.

Claro que cuando uno la limpieza la hace en el alma, escoger lo que uno deja en el camino es bastante más sencillo de decidir, pero mucho más doloroso decidir sobre los sueños que apartamos y los odios que dejamos hasta la próxima limpieza general. 

PD: Que cada un de los días del 2014 les valga la pena vivirlo. Feliz año.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Una pareja de circo

No saben bien como fue, pero desde el momento en que los presentaron la magia se hizo presente. Durante varias semanas estuvieron escondiendo la bolita entre las copas que les servían de excusa para aparecer y desaparecer de la vida del otro.
Los primeros meses vivieron el mejor espectáculo del mundo, y daban triples mortales sin red seguros de que al otro lado estaba el otro para atraparle. Era el tiempo en el que la frescura y la inconsciencia permitían retar a la ley de la gravedad.
Pero no faltó mucho para que se pusieran a hacer equilibrios en la cuerda floja.
Ella hacía malabares para que no cayera ni en la rutina ni en el cansancio. Él sacaba del sombrero todas las sorpresas que escondían la verdad en agujeros oscuros. Ambos se habían dado cuenta de que la mano era más rápida que el ojo, pero el ojo más lento que el corazón, pero como buenos artistas, mantuvieron sus secretos durante todo el espectáculo.
Cuando el payaso rozaba el ridículo, se dieron cuenta de que había llegado el momento en el que las luces debían apagarse y las palomas y los conejos, volver a sus jaulas, y ya no quedaron más cartas en las mangas ni más mentalistas para tratar de adivinar los pensamientos del otro.

La despedida, como debía ser, también fue mágica. Echaron unos polvos y desaparecieron para siempre.

jueves, 21 de noviembre de 2013

domingo, 17 de noviembre de 2013

La despareja

Nunca había querido encontrar un príncipe azul. De hecho, adoraba su independencia. Esa libertad para ser y hacer lo que le apetecía en cada momento era impagable. Sin miedo a nada, sin problemas de pareja, sin calenturas de cabeza, sin interpretaciones, sin “tú dijiste” ni “tú sabrás”...

Si tenía ganas de salir, salía; si quería quedarse en casa, se quedaba; si quería poner la radio, ver la tele, leer un libro, estar sola o bien acompañada, no tenía que consultarlo, compartirlo, discutirlo. Lo hacía si podía y ya está.

Así que hacía años que tenía claro que en su mundo no había uno más uno sino una y otro, y ahí se acababa la cosa. Por supuesto que sus amistades, la familia, los compañeros y compañeras de trabajo le implicaban compromiso, buscaba encontrar lazos personales y se vinculaba con ellos, pero otra cosa era proyectar un futuro, compartir el día a día, las vacaciones, la cama, la casa y besos. No tenía sitio para otra decepción más.

El, por el contrario, buscaba una reina para su mundo. Seguía creyendo que, a pesar de los desengaños, en alguna parte debía encontrarse con alguien que tuviera ganas de compartir sus sueños. No se trataba de soñar lo mismo, sino de que uno y otra u otro y una, hicieran posible que el amor no fuera sólo una idea sino que fuera parte de su vida.

Entendía que cuanto pasa en la vida había que compartirlo, y que la única forma de que esa realidad fuera plena consistía en vivirla con alguien a quien abrazar por la noche, a quien mimar por las mañanas, a quien ilusionar cada día.

Cuando se conocieron, sólo les costó tomar dos cervezas y una copa para llegar a esa parte de la conversación en la que los hombres y las mujeres marcan más miedos que diferencias. Y ya en el segundo “mojito” de ella y el tercer cubata de él, se dieron cuenta de que para cada conflicto que ella auguraba, él construía una solución, y que a cada solución de él, ella enfrentaba un problema.

A la quinta copa se dieron cuenta de que estaban a punto de ceder no sólo a sus convicciones sino que también a sus cuerpos. Así que pagaron y fueron a complicarse la vida con soluciones o a solucionársela con complicaciones, según hablara una u otro.

Al llegar a casa, la de él, encontraron un punto de encuentro sobre su sofá, y otro más en la cocina, y un tercero en el colchón, en donde dieron por terminada la discusión.


Por la mañana, ambos se miraron, se besaron de nuevo, ella apoyó la cabeza sobre el hombro de él y pensó: “Tiene razón. Ciertamente no creo en el Príncipe Azul, pero sí es posible que haya alguien con quien pueda compartir mi vida”, y se alegró de tenerlo a su lado porque ya sabía lo que pensaba y no se darían malas interpretaciones. Él, mientras la abrazaba, también pensó que ella tenía razón, que no había ninguna necesidad de complicarse la vida ni de establecer lazos que siempre terminaban siendo frágiles, y se alegró de tenerla a su lado porque ya sabía lo que pensaba y no se darían malas interpretaciones.


viernes, 8 de noviembre de 2013

A quién se le ocurre

Cuando la temperatura de los cuerpos comenzó a descender y sus pieles se separaron casi por completo, unidos sólo por las palmas de la mano, él le preguntó:
"Con una sola palabra ¿cómo me definirías?"
Ella, tumbada en el lecho boca arriba, lo miró. Él permanecía desnudo con los ojos perdidos entre las humedades del techo y con algunas gotas de sudor corriendo aún por su sien. Ella comprendió la trascendencia de su respuesta en aquellos momentos, después de que el amor y el gozo hubieran llenado la habitación. Así que se tomó su tiempo para contestar.
"En el fondo", pensó, "sólo necesita escuchar algo bonito, así que lo que debo decir debe ser  directo y claro, algo no demasiado obvio pero sí claro, algo que le haga sentirse especial, que le diga que para mí no es uno más".
Sin dejar de mirarlo contestó: "Amor".
Él sonrió y, por primera vez, apartó la mirada del estucado para contemplarla desnuda y volver a sonreír.
"Y tú a mí", preguntó curiosa ella.
Sin apartar la mirada, él vio en ella a la mujer que siempre había esperado, el cuerpo en que siempre deseó sumergirse, el manantial donde se cumplían todos sus deseos, el lugar de encuentro de su presente y su pasado, el espacio donde celebrar la victoria sobre la vida y sobre la muerte, la alegría del agua brotando en su boca...
"Fuente", dijo él, "eres mi fuente".
Ella se dio la vuela y respondió: "Qué simple has sido siempre. Fuente. ¡A quién se le ocurre!".

lunes, 28 de octubre de 2013

Una pareja civilizada

Civilizada. Si a cualquiera que los conociera les hubiesen preguntado, con toda seguridad los habrían calificado como una pareja “civilizada”. Nunca una discusión. Nunca una mirada inquisidora. Nunca una corrección en público. Todo era tan civilizado que cuando ambos decidieron que lo que en otro momento fue amor ahora era cansancio, lo hicieron sentados en el salón, ella con un gin-tonic en la mano y él, con una copa de su mejor whisky.
No hubo escenas ni gritos ni lágrimas ni lamentos, sólo algunos recuerdos que comentar, unas risas que recuperaron del pasado y alguna mirada con la que decirse lo que sabían que, civilizadamente, no debían explicarse en ese momento.
Y así pasó el primero, el segundo y el tercer día de separación.
En el cuarto, ella trató de ser civilizada al decirle:
-Si vas a llegar tarde todos los días, lo mejor es que te mudes cuanto antes.
Él, que trataba de mantener la civilizada relación que tenían le explicó:
-Si llego tarde es porque no tengo nada aquí que me haga venir antes. Y si tienes prisa porque me marche, también te puedes ir tú.
Ninguno de los dos quiso insinuar nada sobre el comportamiento del otro, sólo querían rehacer sus vidas cuanto antes, pero la civilización todavía no había llegado a la interpretación de los mensajes. No fue extraño que tras un civilizado silencio ella dijera:
-Creo que he hecho por esta casa mucho más que tú, pero no hay ningún problema, quédate tú con la casa que yo me iré mañana mismo.
-No es eso lo que he querido decir -dijo él-, sólo que no sé a qué viene tanta prisa en que me vaya, como si ya tuvieras tu vida rehecha.
Ella quería decirle que no tenía más prisa que volver a tener una vida propia ahora que todo había terminado, pero en cambio, lo que dijo fue:
-Si tengo mi vida hecha o no es cosa mía. No como tú, que hiciste lo que querías cuando quisiste.
Él pensó que lo más sensato era explicarle que nunca hizo su vida, que sólo trató de hacer lo mejor para todos, pero que el día a día, que la vida, que lo cotidiano, hace que las cosas sean como son y no como uno quiere que sea, que la distancias se crean poco a poco, sin un motivo, que cuando uno ve el problema, por lo general, no ve las soluciones, que ya es tarde. En cambio de su boca salieron frases como “pues bien que tú tenías tus cenas y tus amigos con los que llegar a las tantas”, “de hacer su vida y amargar la del otro  bien que sabes”, “estoy cansado de tanto reproche”, “haz lo que te dé la gana”.
El resto fue recordar de memoria todo aquello que civilizadamente habían callado y hacerlo incivilizadamente, como toda pareja civilizada.

viernes, 18 de octubre de 2013

El hombre que hablaba con las sombras

Tuvo que esperar a su adolescencia para descubrir que tenía un grave problema: todo aquello que no era auténtico perdía densidad ante su vista.

       Podía ser un don, pero desde que tomó conciencia de lo que sucedía, su vida parecía el guión de una tragedia griega.

       Él siempre había pensado que las cosas eran así, y punto. Hasta los 14 años no comprendió que ese extraño fenómeno sólo le ocurría a él y que, a pesar de que había hablado de este tema en numerosas ocasiones, todo el mundo pensó siempre que se trataba de que “el niño es muy maduro y ya habla con metáforas”.

       No le extraño a su padre, por ejemplo, que un día el niño, tras una discusión con su mujer, le planteara que le veía más “transparente”, o que prefiriera no ver la televisión “por que no hay nada que ver”.

       La pérdida de visión iba en aumento, así que a los 14 años la criatura acudió al oculista. Allí no le detectaron nada extraordinario, sólo que sonrió cuando descubrió que la enfermera perdía color y el cuerpo del oculista nitidez cada vez que se cruzaban miradas.

       A medida que fue creciendo se habituó a mirar a las sombras, pues ellas seguían siendo auténticas. Los amigos pensaban que era timidez, pero era sólo necesidad de identificar a las personas, pues a medida que iban creciendo, todas perdían densidad y se volvía vaporosas.

       Tardó algo más de 30 años en encontrar a una mujer que fuera totalmente nítida. Por fin había alguien a quien mirarle a los ojos.

       Ella comía justo en la mesa que había junto a la venta del restaurante en el que solía almorzar. A pesar del contraluz, lucía nítida como la línea del horizonte al atardecer. Su perfil, su pelo, sus manos al coger la copa de vino… Era imposible no verla allí, nítida, opaca, completamente entera.

       Lo pensó varias veces y por fin se decidió a acercarse.

       -“Disculpe señorita”, -le dijo-.


       Ella levantó la cabeza y, tras mirarle a la cara, bajó los ojos para mirar a su sombra.

lunes, 7 de octubre de 2013

Circunstancias

-“¿Le importa si me siento?”, preguntó el anciano al joven que leía los últimos folios de lo que parecían ser unos apuntes universitarios.

-“No, no. Siéntese”, le dijo el muchacho después de dudar un poco al ver que habían más mesas vacías a su alrededor.

Volvió la mirada de nuevo a los papeles y, cuando iba a empezar a concentrarse el señor le interrumpió.

-“¿Le molesto si le robo unos minutos?”.

-“La verdad es que estoy bastante ocupado, pero si le puedo ayudar en algo y van a ser sólo unos minutos…”

No había terminado de hablar cuando comprendió que el hombre ya había tomado el “pero” como una invitación a la tertulia.

-“No vaya usted a creer que voy sentándome por ahí contándole mi vida a todo el que me encuentro”, comenzó diciendo. “Sólo es que viéndolo aquí corrigiendo exámenes recordé mi etapa de profesor universitario. También a mí me gustaba corregir las pruebas en un local similar a éste y sentado junto a la ventana. Me hacía sentir más cercano a la realidad, y no aislado en mi despacho de la facultad”.

El muchacho se sorprendió. Sabía qué era lo que trataba de explicar porque sentía lo mismo.

-“¿Fue usted también profesor universitario?¿Hasta cuándo?”, preguntó.

Fue entonces cuando comenzó a fijarse en que no se trataba de un anciano en el sentido más estricto. Quizá anduviera entre los 65 y los 70 años, así que realmente era un hombre de edad, más que viejo.

-“Sí. Trabajé varios años como profesor titular y durante otros pocos, como director de departamento. Antes, en la Escuela de Magisterio fui profesor adjunto. Aún trato de seguir poniéndome al día en mi materia a pesar de que intento convencerme cada día que ya soy un hombre jubilado”.

-“¿Y hace mucho tiempo de eso?”.

-“Pues realmente casi una década”, contestó sin dudar, dando la impresión de que podría decir el día exacto, la hora concreta y la climatología existente el día en que recogió sus cosas para salir de la Universidad.

-“Nueve años llevo yo”, contestó el más joven. “Pero no parece usted tan mayor”, añadió pensando en alto más que por curiosidad.

-“Bueno, me acogí a una jubilación anticipada. Digamos que me marché antes de hora”.

-“Agotado, supongo”.

-“No, no crea. ¿Cansado? Quizá, pero podría haber seguido. De hecho no fue una decisión fácil”.

-“Perdone que me meta en algo que quizá no me convenga, pero alguna enfermedad, tal vez…”

-“La vida”.

-“Circunstancias personales, intuyo”.

-“Bueno, se puede decir así. La vida está llena de circunstancias personales. Todo cuanto hacemos tiene bastante que ver con nuestra realidad. Pero no siempre tiene que ver esa realidad con uno mismo, los compromisos que adquieres hacia otros, las decisiones que tomas en un momento determinado y que no sabes hasta dónde te condicionarán la vida, el mundo que te rodea, las normas explícitas y las tácitas… Tantas cosas son las que determinan las decisiones que uno adopta, que al final se da cuenta de que vivimos envueltos en situaciones que tenemos que resolver según cada circunstancia y echando mano de las habilidades de cada uno”.

-“También uno toma decisiones de por dónde ir o no. Las circunstancias importan, pero no son definitivas, podemos asumir el mando de nuestro destino, no estamos predeterminados”.

-“Sí, algo así enseñaba yo también en psicología”, dijo el hombre mayor. “Y en parte es cierto, si bien en una parte muy pequeña. Usted…”

“Tú, por favor”, le interrumpió.

“Te lo agradezco de verdad”, le dijo. “Tú, por ejemplo, cómo has llegado a ser profesor, cómo llegaste a esa plaza, cuánto has hecho tú por llegar a dónde estás y cuánto han hecho otros u otras. ¿Te has preguntado cómo habría sido tu vida si tus circunstancias o las de las personas que te rodean o rodearon hubieran sido otras?”.

-“Evidentemente he dependido de otras personas, pero en mi caso puedo decir que he conseguido llegar a donde he llegado a base de esfuerzo y trabajo. No sé por qué le cuento esto, pero yo soy hijo de madre soltera. Mi madre es maestra, tiene un buen sueldo pero no cobraba tanto como para pagarme la carrera. Así que desde que terminé el Bachillerato trabajaba todos los veranos para poder reunir algo de dinero que me permitiera estudiar. Durante los cursos también iba haciendo algunos trabajitos. Es cierto que mi madre me mandaba dinero y que hizo un gran esfuerzo porque pudiera estudiar en una universidad privada, pero yo también hice mi parte del trabajo. Después, al terminar la carrera y volver a casa, tuve la suerte de que alguno de mis profesores se pusiera en contacto con la Universidad y que en ese momento quedara vacante una plaza. Así es como he terminado dando clases. Es cierto que tuve suerte al quedarse vacía la plaza, pero también es cierto que si no hubiera trabajado duro, no habrían hablado de mí”.

El hombre calló durante unos segundos.

-“Nada es lo que parece”, dijo. “En este mundo, nada es exactamente igual a lo que nos parece”, puntualizó. “Uno crece en la creencia de que la gente es buena, que se muestra tal y como es, sin aristas ni medias verdades. Pero no es así. Ya te habrás dado cuenta que no hay nadie que al ser presentado diga: Soy un tipo antipático, carezco de sentido del humor y siempre que puedo trato de medrar allí en donde la vida me coloque. Lo normal es que en las relaciones personales más íntimas, este patrón se repite. Tratamos de conquistar a la otra persona mostrando lo que no somos. Sí, ya sé que vas a decirme que parte de lo que mostramos somos también nosotros, pero el conjunto, lo que la otra persona ve porque tú se lo haces creer, no existe. Si tratas de conquistar a una mujer o a un hombre, contarás lo que intuyes que a la otra persona puede seducirle. Por eso, cuando la relación se vuelve cotidiana empezamos a sentir que nos han engañado. “Cuando lo conocía no le gustaba el fútbol”, “cuando la conocí era la mujer más puntual del planeta”, “cuando empezamos, me iba a recoger cada vez que se lo pedía y no le molestaba”… Frases como esas las debes haber oído unas cuantas veces, y sólo reflejan que nunca mostramos lo que éramos. Dos cosas: es verdad que hay gente que se adapta porque vas conociendo a la persona y eso que no te mostraba lo relativizas y lo asumes porque te compensa, pero también es cierto que hay veces que las actitudes y los proyectos de vida llevan caminos distintos. La disposición al diálogo, la comprensión, el nivel de exigencia, el concepto de orden o de limpieza, los gustos por los animales, la exigencia de compromiso en la pareja, el posicionamiento político, los niveles de compromiso social, los planteamientos de vida hacia el dinero, los amigos/as o hacia la familia en sí… Es probable que cada cosa por separado no sea un argumento, pero todo junto hace que un día te preguntes: “qué tenemos en común la persona que vive junto a mí y yo”, y digo “vive” y no con la que “comparto la vida”, porque qué es lo que realmente compartes. Encontrar a una persona que te lleve a “compartir vida” no es sencillo, y tiene bastante de suerte pero también de saber qué buscamos. ¡Las líneas son tan finas..! Puede que encuentres a esa persona y sería maravilloso. No quiero que entiendas que digo que no sea posible, sólo que mi experiencia dice que es difícil. Hoy es común empezar una relación con alguien con quien crees tener esa unión, convivir con ella, mantener una relación afectiva importante hasta que comienzan a aparecer las grietas. Esas grietas sólo tienen dos destinos, o se apuntalan los muros hacia ellas o terminan creciendo hasta derrumbar la casa. A veces eso pasa tras tener hijos y/o hijas, otras, a los pocos meses o semanas, a veces, tomas la decisión una mañana cuando ves que la persona con la que te despiertas hace gris cada día. Al final tienes que tomar decisiones sabiendo que eres víctima de circunstancias a la vez que tus decisiones crearán otras circunstancias que determinaran a otras personas. Por ejemplo, si te soy sincero, en mi caso, cuando la aluminosis afectiva terminó con una de mis parejas, ella estaba esperando un hijo. Nunca me lo dijo, pero me enteré meses después de dar a luz por un mero cálculo. Hablé con ella pero prefirió que yo no asumiera ningún papel, sólo aceptó que ayudara al chico desde la distancia. Así que durante muchos años pasé un dinero para el mantenimiento. Por su madre supe que quería trabajar en verano para ganar dinero e irse fuera, así que hablé con personas conocidas para que le encontraran un trabajo adecuado, sin demasiados riesgos pero en donde supiera que la vida no es fácil. También tuve que tirar de contactos para que le permitieran estudiar en la universidad privada que había elegido, y cuando terminó, habiendo estudiado lo mismo que yo y ante la imposibilidad de encontrarle trabajo, decidí jubilarme anticipadamente para que las plazas de la Universidad corrieran y él pudiera entrar en el puesto que quedaba vacante. Como ves, mis circunstancias me han llevado por un camino al igual que las de mi hijo le ha llevado por otro, aunque él crea que lo ha elegido libremente”.

El profesor jubilado suspiró y miró a la calle a través del escaparate.

-“Pues igual debería presentarse un día a su hijo y explicarle todo esto”, dijo el más joven.

Ambos permanecieron callados unos cuantos segundos hasta que el profesor jubilado se levantó. De pie, junto a la mesa le estrechó la mano.


-“Gracias por escucharme”, señaló. “Como te dije, nada es como parece, hijo mío”.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Una de piratas

Todos y todas deberíamos tener un pasado bucanero al que regresar cuando sentimos que la armada del mundo aprovisiona pólvora para limpiar los mares de quienes se sienten sin patria. Cada uno (o una) debería tener una isla perdida de Dios y de los mapas, con una playa de arena blanca en la que poner pie a tierra con la certeza de que no hay amenaza más allá que el olvido, con una caleta a la que cualquier navío tenga querencia y dibuje su reflejo al atardecer sobre mansas aguas.

Pero cuando uno (o una) es pirata, sabe que esa isla es sólo de paso, la calma que precede a la tempestad, porque ningún Barba Negra ni ningún Capitán Garfio ni siquiera Jack Sparrow, quisieran morir en semejante paraíso. Sus cicatrices en el pecho, sus aretes en las orejas, su pata de palo y sus tesoros escondidos les recuerdan que antes que sentarse a esperar la muerte es preferible salir a su encuentro.

Así que con "diez cañones por banda" y con "viento en popa a toda vela", enarbolan dos tibias y una calavera anunciando que no ha sido una retirada, sino el paso previo que le permite volver al mar, listo para el naufragio pero, sobre todo, listo para dar guerra, para abordar, para mancharse de sangre propia y ajena, y sentir que el viento trae el olor de la pólvora de sus enemigos y el de el temor de quienes naufragan en tierra firme.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Álvaro y Káiser

Desde que enfermó su perro, le era imposible sacarse de la cabeza la idea de que un día llegaría a casa y se lo encontraría muerto.

"Le pueden quedar unos cuantos meses o unas pocas semanas", le había comentado la veterinaria. Algo que había comido de la calle, alguna enfermedad extraña que no merecía la pena indagar, la edad... El caso es que después de 13 años compartiendo la vida, Káiser había tocado fondo.

Káiser era un gran danés azul, de más de un metro de altura hasta la barbilla y de unos 95 kilos de peso. Pero no siempre fue así. Recordaba su dueño el día que se lo regalaron.

-"Álvaro", le dijo un amigo por teléfono, "¿tú que eres medio ecologista, no conocerás a alguien que quiera un perro?".
-"¿Qué raza?", preguntó él.
-"Un gran danés. Se lo regalé a mi hija que estaba loca por uno, pero mi mujer al ver en internet lo que come y lo que miden estos bichos, ha dicho que el perro o ella, y no veas cuando la chiquilla discutía que se quedaba el perro cómo se ha puesto. Nada, que o me deshago del perro hoy o me cuesta el divorcio".

En zapatillas salió de la casa para recoger al perro y tratar de buscarle un dueño apropiado. Hizo algunas llamadas por el camino. "Si me lo dices hace unas semanas... Acabo de comprar un perro"; "carajo, es un perro muy grande, cuando crezca..."; "tú quieres que mi marido me mate"; " mi hijo es asmático, por eso no tenemos perros"... Fueron las respuestas que fue recibiendo a medida que iba avanzando en la agenda.

Finalmente tuvo que volver a casa con una bolsa de comida, un collar, una correa y algún juguete en una mano y al perrito en la otra. Al cogerlo, el dejó caer las patas traseras a ambos lados de la muñeca y apoyó la cabeza sobre las delanteras, que recogió entre el índice y el meñique.

Al llegar a casa Kaiser seguía durmiendo.

-"Qué hago ahora contigo", le preguntó Álvaro sin esperar respuesta, pero el chucho levantó la cabeza, le miró y volvió a apoyarla, como si le fuera a contestar pero se hubiese arrepentido a última hora.

Desde entonces hasta ahora las cosas no habían cambiado demasiado. Era cierto que hacía tiempo que no había manera de levantarlo del suelo, pero seguía durmiendo en el mismo lugar que eligió hacía 13 años, mantenía la mirada de quien se calla las respuestas para que uno solito las descubra y seguía a su dueño como si fuera un apéndice.

Ambos habían perdido algo de peso. Uno por la enfermedad y, el otro, porque había perdido el apetito. Así que para cenar abrió la nevera y sacó una tarrina de helado. Al principio pensó en prepararse un pan con jamón serrano salpicado con un poquito de aceite, pero sabía que a su compañero de piso le gustaba lamer el envase de helado cuando él terminaba.

Se sentó en el suelo apoyando la espalda en el sofá. Káiser se tumbó a su lado y estiró el cuello para ver cuánto helado quedaba.

Mientras veía el informativo, Álvaro decidió que no iba a esperar simplemente a verlo morir. Así que en cuanto terminó de comer (dejó algo para que le quedara más que lo pegado al envase y que tanto le gustaba lamer a Káiser), mandó un e-mail a su jefe pidiéndole los días de vacaciones que le correspondían y buscó por internet una casa rural cerca del mar a la que irse los dos a pasar esos días.

No era un perro que se metiera en el agua, pero disfrutaba corriendo por la orilla salpicando y lanzando arena tras de sí. Cuando se cansaba, se echaba sobre la arena mojada y miraba al horizonte como si esperara la llegada de algún pariente emigante. El contraluz que formaba con el cielo dejaba a Álvaro embelesado, y como si el perro lo supiera, de pronto se daba la vuelta y corría a lamerle la cara y a llenarle la toalla de arena. Con su peso y su tamaño, era imposible pararlo, así que lo único que se podía hacer era esperar a que se le pasara el rapto de cariño.

"Para lo que le queda", pesó Álvaro, "que coma lo que le apetezca", así que compró chuletas para los dos, helado para los dos, queso para los dos y agua para los dos. Un hueso enorme de vaca que pidió al carnicero para Káiser y cerveza, vino y una botella de ron Zacapa para él.

A los pocos días de estar, Káiser dejó de comer chuletas y abandonó el hueso. Sólo conseguía alzar la cabeza para lamer algo de helado y las manos de su dueño.

Cuando llegó el momento de desalojar la casa, la señora de la limpieza se encontró a ambos en el suelo, él con la espalda en el sofá, Káiser tumbado con la cabeza sobre su muslo y una tarrina de helado de Hacendado derretida a su lado.

Las autopsias detectaron que ninguno murió de muerte natural. Ambos lo hicieron de pena. Álvaro primero y Káiser, como siempre, lo siguió allá a donde fuera.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Difícil de olvidar

Desde el minuto uno ya sabía que aquel no iba a ser un buen día.

Como si se tratara de un aviso a navegantes, pasados unos segundo de las 00.00 horas de la fecha en cuestión, la televisión dio un pequeño quejido en forma de cortocircuito y se apagó. "Ya te dije yo que la tele estaba haciendo cosas raras", me dijo ella, "pero tú, como siempre, como si hablara con las paredes. Ahora estarás un mes para llevarla a reparar y otro mes para recogerla", me espetó.

La verdad es que no podía contradecirla. Lo había dicho, como lo había dicho de la lavadora, la nevera, el grifo del baño y también sobre el de la cocina, del vecino de arriba, de la vecina de enfrente... Era difícil que algo saliera mal sin que ella no lo hubiese anunciado. Daba igual que fuera una catástrofe natural o un error humano de dimensiones desorbitadas o nimiedad entre las nimiedades.

"La energía nuclear nos va a causar un disgusto", decía, pero también lo decía de los coches, de los móviles, del cine, del teatro, de los periódicos, del progreso, de la medicina, de los impuestos, del gobierno entrante y del saliente de cualquier país, de los bancos, de los medianos inversores, de los estudiantes, de los militares... En fin, no había nada en este mundo que no tuviera su profecía.

Claro que ella jugaba sobre seguro. Primero, porque lo malo siempre estaba por pasar y sólo si ocurría podía confirmarse. Por ejemplo, se inauguraba una tienda. "Este negocio terminará cerrando", era el vaticinio. Si a los dos años no había cerrado y alguien se lo recordaba, la respuesta era, "ya veremos si tengo razón. ¿No lo ves?". Cuando tras la muerte de los propietarios, unas décadas después los herederos traspasaban el negocio, allí estaba ella para decir eso de: "¿Te lo dije o no te lo dije?".

Por otra parte, eran tantos los augurios, que cualquier cosa negativa que pasara era prácticamente imposible discernir si ella lo había anunciado o se le había pasado.

Así que aquel día comenzamos con la tele, pero le siguió la luz del dormitorio que se fundió tras cuatro años y unos meses de uso -"ya te dije cuando compraste esos bombillos, que no eran buenos"-, y con la mesilla de noche cuando me quedé con el pomo del cajón en la mano -"si ya lo sabía yo que te iban a engañar en aquella tienda"-, y con el despertador cuando al ponerlo en hora se me cayó al suelo y se convirtió en un desmontable imposible de montar -"si es que haciendo las cosas como las haces ya te había dicho que ibas a romperlo"-.

Quise creer que sólo era un mal final para un día y ame dormí cuanto antes. Pero al despertar la mala fortuna también lo hizo junto con toda la retahíla de profecías siniestras. La cafetera se rompió, el pan para las tostadas presentaba moho, con la noche que tuvimos no nos acordamos del cambio de hora y por lo tanto íbamos una hora tarde a todo, el perro del vecino se había meado en el felpudo y, nada más arrancar el coche y ponerlo en marcha, por algún motivo desconocido, se inflaron los airbag, provocando que me fuera de frente contra la valla de la rampa del garaje, partiéndola y cayendo a la planta inferior, destrozando mi Volvo y los dos coches sobre los que caer y que, probablemente, me salvaron la vida.

Salí por mi pié, llamé por teléfono al trabajo y conté lo sucedido antes de que dos enfermeros me metieran en la ambulancia que el encargado del aparcamiento había mandado llamar.

-"¿Avisamos a alguien? ¿A su mujer?", preguntaron. "
-"A mi mujer no hace falta que seguro que ya lo sabe",
contesté yo asustado de que ella apareciera allí y comenzara a hacer apología de sus advertencia y augurios, y convencido como estaba de que mi señora en algún momento me habría anunciado una caída sobre los coches de los vecinos provocado por el salto sin motivo aparente de los airbag, a lo que le añadiría sus advertencias sobre cafeteras, la necesidad de cambiar el horario de verano y de dar un escarmiento al perro del vecino y al vecino por dejarlo mear en el felpudo, y no sé cuantas cosas más que iban a pasar o ya habían pasado.

Así que llegué más nervioso al hospital pensando en que mi mujer se presentara allí que por mi estado de salud. Así que negué cualquier relación que no fuera con mi madre o mis hermanos, y falseé la dirección de mi vivienda y el teléfono fijo.

 A medida que pasaban las horas y los días, mi recuperación se iba haciendo cada vez más evidente, pero nadie se explicaba aquellas subidas de tensión extraordinarias, aunque yo sabía que se trataba del estado de estrés al que estaba sometido pensando en que mi mujer aparecería en cualquier momento como la reencarnación de Casandra de Troya por la puerta e la habitación.

Tan pronto me dieron el alta me escondí en casa de un hermano, hasta que encontré un lugar dónde vivir y allí me instalé hasta ahora. De eso hace ya más de siete años.

He oído que cuenta que ella ya había dicho que un día yo me iba a ir de casa y que ni siquiera me despediría, y también había anunciado que con tal de no compartir el coche, yo terminaría por tirarlo por cualquier sitio y cosas así.

Pero la verdad es que, después de tanto tiempo, después de valorar las cosas que he ganado y que he perdido, tengo que reconocer que sigo echándole de menos, que es verdad que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde, que más vale malo conocido que bueno por conocer. ¡Ah, cómo he echado de menos ese Volvo!