sábado, 27 de agosto de 2011

Entre el cielo y el suelo


Un vuelo de Air Europa los juntó en la fila 19 de un Airbus 737 con destino a Mallorca. Ella iba a pasar unos días en casa de una amiga y él, a un congreso nacional de astronomía. A ella le había tocado ventanilla, pero no le importó cambiarle el asiento y quedarse en el pasillo. Al fin y al cabo, su intención era quedarse dormida nada más despegar.

            Probablemente habría sido así si ambos no hubieran sacado como lectura el mismo libro: “Filomeno a mi pesar”.

            Ninguno pudo disimular su sorpresa, e intercambiar algunas frases poco ingeniosas pero muy coloquiales que les llevó de Torrente Ballester hasta Salinger, Paulo Coelho, Umberto Eco, García Márquez y Ruíz Zafón.

            De la literatura pasaron a los detalles personales. Ella era trabajadora social y vivía en un barrio marinero de Las Palmas de Gran Canaria. Estaba especialmente implicada en la lucha de los movimientos sociales y comprometida con el día a día. Él, licenciado en física, se había dedicado profesionalmente al estudio de los cuerpos celestes, especialmente al análisis de datos para definir la composición de las estrellas, y pasaba más tiempo mirando al firmamento que a lo que pasaba en la puerta de su casa.

            Por eso no les fue difícil pasar de las injusticias sociales a los anillos de Saturno, y de ahí al descubrimiento de sus propios planetas y a los intercambios de teléfonos que apuntaron en un pedazo arrancado de una de las hojas de la revista de la compañía aérea ante la imposibilidad hacerlo en los móviles dentro del aparato, convencidos de que la fuerza de atracción les había convertido en satélites.

            Ya fuera por una extraña conjunción de los astros o por las miserias de la vida misma, el trozo de papel de él con el número de teléfono de ella, cayó del bolsillo de su pantalón al sacar el dinero para pagar el taxi. El papel de ella con el teléfono de él fue absorbido en el agujero negro que habita en todos los bolsos de mujeres.

            Así que cuando llegó la hora de llamarse, no lo hicieron, y de la misma forma que un 737 les juntó, otro se encargó de alejarlos físicamente.

            Él, acostumbrado a descubrir cosas imposibles, no perdió la esperanza de que quizá algún día, igual que ocurría con los datos de los chorros de materia, aparecería algún indicio de lo que quería demostrar, y estaba seguro de que nunca podría olvidar aquellos ojos que tanto le recordaban a la tierra vista desde el espacio. Ella, más práctica a la hora de solucionar los problemas, asumió que la única forma de sobrevivir era pasar página y no luchar contra corriente, pero siempre mantuvo viva la imagen de sus manos.

            Conocieron a otros y a otras, incluso llegaron a casarse, tener hijos y separarse. En algunas ocasiones de soledad coincidieron en el pensamiento preguntándose que sería de ellos y qué habría sido si no hubieran desaparecidos los teléfonos. Ella no podía evitar acordarse de él cuando miraba el cielo, y él suspiraba ante cualquier iniciativa de movimiento social.

            Sin haberse puesto de acuerdo, siempre que viajaban en avión elegían la fila 19. El transcurso del tiempo le había colocado gafas a él y teñido el pelo a ella. Ambos contaban ya con varias arrugas que le marcaban la cara y si bien él había ganado algunos kilos, ella había perdido quizá demasiados desde su último embarazo.

            “No pasa nada. La vida es así”, pensaba ella mientras él buscaba contactos en Gran Canaria que pudieran darle alguna pista sobre aquella mujer que le había traído de las estrellas hasta el mundo.

            Ya habían pasado casi 16 años de aquel primer encuentro cuando él decidió ir a su búsqueda a Las Palmas de Gran Canaria. Ella, regresaba desde Madrid en donde había participado en una asamblea del 15M.

            Ella embarcó primero y ocupó su asiento de ventanilla en la fila 19, tomó una manta y se cubrió los brazos y el pecho. Giró la cabeza y se quedó dormida pensando que años atrás había conocido a un físico que le había descubierto otros mundos más allá de su realidad terrenal.

            Él ocupó su asiento de pasillo en la fila 19, se acomodó intentando no molestar a la persona que dormía junto a la ventana, y recordó que 16 años antes una mujer le había traído hasta la Tierra.

            Cuando el aparato despegó y se acercó al cielo, ella dejó escapar un suspiro que él oyó. Sonrió, desplegó un plano de Las Palmas de Gran Canaria y se preguntó: “¿Por dónde podrá andar esta mujer ahora?”.

sábado, 20 de agosto de 2011

miércoles, 17 de agosto de 2011

Malentendido


La noche que se conocieron descubrieron que no sólo sentían simpatía el uno por el otro. Intercambiaron pocas opiniones, algunas sonrisas y muchas miradas. No podían llegar a más. Ella tenía pareja.

            Él habría querido conocerla mejor, saber por qué sonreía y a dónde miraba. Le habría gustado vivir unos minutos a su lado para respirar su perfume y poder encontrar alguna explicación a esa atracción que se le antojaba irresistible.

            Ella entendía que no era correcto, pero no podía sentir ciertos celos de las mujeres que se le acercaban. Él no era especialmente guapo, pero sí mostraba una delicadeza especial hacia el mundo, y habría dado cualquier cosa por haber participado en el corro de conversaciones y cervezas que parecía girar en torno a él.

            No habían pasado demasiados meses cuando la vida los cruzó por segunda vez. En esta ocasión era él quien se presentaba con pareja. Ella lo había dejado con la suya hacía tan sólo unas semanas, y desde la última vez, la imagen de él se le presentaba en la cabeza cada vez que hablaba u oía hablar de hombres y de amores.

            Él se sorprendió de que ella estuviera sola, y aunque no lamentó su actual situación sentimental lo entendió como una mala jugada de la fortuna.

            Siete semanas más tarde Clint Eastwood, Hilary SwankMorgan Freeman los unieron de nuevo en el cine, esta vez cada uno con su pareja. Él fue el primero en verla, y no pudo evitar pensar: “no puede ser”. Ella, también tuvo un pensamiento: “Se ve que le va bien con esa”. Ninguno pudo evitar observar que iban cogidos de la mano y que entraban en la sala con la intención de compartir un paquete de roscas.

            Casi se habían olvidado cuando, año y medio después del estreno de “Million dollar baby”, él acudió al bar en el que se habían conocido unos años atrás. Aunque nunca solía comer ajo fuera de casa para evitar problemas de aliento, esa vez, sin pareja con la que compartir la cena y sin intenciones de alargar la noche, apostó por un gazpacho y unas gambas al ajillo.

            Cuando ella entró él estaba de espalda y no se vieron. Acababa de salir del trabajo e iba para casa, pero ante el panorama de tener que cocinar, decidió entrar en el bar y cenar algo. Tampoco ella descuidaba el aliento, pero ante la perspectiva de televisión-sofá-cama, se decidió por unos filetes de pescado a la plancha en mojo verde acompañados de “ensalada con mucha cebolla y nada de papas”, dijo al camarero.

            No se vieron hasta que la segunda cerveza obligó a él a ir al baño.

            -“¡Hola!¿Cómo estás?”- Dijo sorprendido.
            -“¡Hola!”- Contestó igual de sorprendida.

            No tuvieron que inventar excusas para encontrar una conversación que les permitiera compartir mesa, no sin antes intercambiar cierta información que cada uno dejó caer sobre su estado de “libertad” emocional.

            Cada frase conseguía quitar tierra de por medio y recuperar la atracción y simpatía que se despertaron la primera vez.

            Realmente estaban cómodos juntos, se sentían cercanos a pesar de la distancia que les había separado y ninguno se mostró dispuesto a perder la oportunidad de acercarse un poco más aquella noche.

            No fue ilógico, pues, que allí mismo pasaran a las copas y que después pasaran también a la barra de un pub cercano a pedir gin-tonics y cubalibres.

            Sólo había pasado una hora y media cuando ella notó que el mojo y la tónica no eran buenos aliados para darse a conocer, casi al mismo tiempo que los vapores del gazpacho y los ajos de las gambas empezaron a buscar salidas en el cuerpo de él.

            Por evitar males mayores, ella comenzó a hablar cada vez menos y él, que había tendido autopistas hacia ella, retrocedió un paso para no incomodarla.

            Al notar la distancia que el hombre interponía, ella interpretó cierta incomodidad por el aliento que suponía que debía tener, mientras que él quiso entender que el silencio que se imponía ella se debía a cierto nivel de aburrimiento.

            Sin proponérselo, ambos consiguieron crear un clima de cierta hostilidad consigo mismo, pero que por parte del otro se interpretó como incomodidad hacia la presencia de cada uno. Así que cuando él advirtió sobre la hora, ella interpretó que ya no aguantaba más sus efluvios, y la rápida respuesta de ella de marcharse a casa él la interpretó como un gesto de desinterés por seguir con él.

            Ni siquiera a la hora de despedirse supieron cómo actuar, él convencido de que ella se había sentido agobiada por su presencia y ella incapaz de darle un beso de despedida ante el temor de desagradarle con su aliento. Por tanto se limitaron a darse la mano manteniendo ciertas distancias, sin atreverse siquiera a poner fecha para una cita próxima.

viernes, 12 de agosto de 2011

La varita


No había nada que le gustara más a Bartolo –un mastín de casi cien kilos de peso- que correr detrás de las pelotas o recoger palos para que se los tirara. Bastaba con sentarme un minuto para que el chucho apareciera con la enorme boca llena de pequeños troncos o grandes ramas, daba lo mismo, todo lo que fuera parte de un árbol y estuviera en el suelo se convertía, desde el momento del descubrimiento, en un objeto de juego.

            Un día de Mayo, Bartolo apareció llevando en la boca un peculiar palo. Se podía decir que no era más que una rama, demasiado pequeña para lo que solía encontrar. Ni demasiado grande ni demasiado recta. Uno de sus extremos más ancho que el otro. El lado más ancho mantenía el mismo grosor durante varios centímetros y casi era perfectamente cilíndrico, herido exclusivamente con algunos rebajes que, más tarde al cogerlo, comprobé que le permitían adaptarse perfectamente a la mano.

            A partir de ese punto, la rama ganaba formas, retorciéndose sobre sí en torno a un eje imaginario que se hacía visible justo en el otro extremo, en la parte más fina.

            Como en otras ocasiones, tomando el palo por la parte más ancha, amagué con tirárselo justo cuando alguien pasaba, señalándolo sin querer. De pronto me invadió una visión, una especie de extraña posesión que me permitió ver que sólo una vez más me cruzaría con esa persona en la vida, a la entrada de un concierto de un grupo que aún no había sacado siquiera un disco, y que en esa ocasión ella me cedería el paso pensando que me colaba.

            “¡Ñosh!”, pensé en cuanto me abandonó la visión. “¿Qué ha pasado?”, me pregunté. Aún sin recuperar del todo la consciencia, probé a señalar a Bartolo con el trozo de madera con un movimiento brusco de brazo. Volví a tener esa sensación de estar poseído, de haber sido trasladado a otro momento en el que el perro sufría terribles dolores como consecuencia de un tumor por el que necesariamente había de morir.

            Sin entender lo que pasaba, esperé la llegada de la que entonces era mi novia, y casi como un juego, con un ligero movimiento de muñeca, la señalé con aquella rama con lo que parecían poderes mágicos. La visión fue entonces casi desoladora, me veía yo engañándola con la propia hermana en un tiempo en el que teníamos dos hijos, a lo que seguía una fuerte pelea y una traumática separación.

            “¿Qué te pasa?”, me preguntó al llegar hasta mí. “Parece que has visto un fantasma”. Allí mismo rompimos ante su incredulidad.

            -“Es lo mejor”, le dije.
            -“Pero a cuento de qué, así, de pronto, sin que nos haya pasado nada”.
            -“Sí, sí, mejor así que después, con hijos, con familia, con más daño del necesario”.
            -“Pero quién puede decir lo que va a pasar”.
            -“Lo sé, yo lo sé. Soy un cabrón”.
            -“No lo entiendo. ¿Hay otra?”
            -“No, pero la habrá”.
            -“Pero conoces a alguien con quien vas a liarte. ¿Estás preparando el camino?”
            “No, de verdad que no es lo que te crees, sólo que sé que va a pasar”.

            No hubo consuelo ni forma de explicarlo sin que pareciera loco.

            Hice lo mismo con los amigos. En todas las “posesiones” aparecían discusiones, desengaños, rupturas… con familiares, amigos y amigas, compañeros y compañeras….

            Todavía no sé a cuento de qué, un buen día dirigí la maldita rama hacia mí y descubrí que moriría viejo, solo y atormentado por las cosas que no viví. Caí en una depresión. No quería hablar con nadie. Nada me consolaba porque tampoco quería consuelo. Era así y así se había escrito mi futuro.

            Una tarde de verano, cuando toda la ciudad parecía dormir, uno de los pocos amigos que aún me visitaban me auguró mi muerte en soledad. “Ya lo sé, la he visto”, le dije. No lo entendió y se lo expliqué:

            -“Hace años, Bartolo, el mastín que sacrifiqué porque iba a sufrir mucho, me trajo aquella rama para jugar. Aquella rama es una especie de varita mágica que permite ver el futuro que me espera con aquella persona a la que señalo. Por eso rompí con mi única novia, porque iba a engañarla con la hermana unas décadas más tarde; y por eso no tuve más parejas, todas las que señalé, la varita me mostró que discutiríamos y que terminaríamos por romper; y por eso procuro no hacerte mucho caso, porque sé que un día dejarás de venir cansado de mí; y sé que moriré, como tú dices, solo y arrepentido”.

            Mi amigo sonrió, echó la cabeza hacia atrás, suspiró y preguntó:

            -“¿La supuesta varita sólo te enseña los finales?”
            -“Sí”, dije.
            -“Y finales de relaciones que duran años”.
            -“Sí”.
            -“Para entenderlo bien. De una vida compartida con alguien, la varita te cuenta que las cosas van a terminar, de una u otra forma, que vas a sufrir con las rupturas, que la gente enferma, que tú te vas a morir y que algún día yo voy a terminar cansándome de venir a ver a un zombi”.
            -“Sí, así es”.
            -“De los buenos ratos, de las cosas compartidas, del tiempo entre hoy y el final, de eso no ves nada”.
            -“Sí. Sé que existe y que será bueno, pero terminará, y terminará a veces mejor a veces peor pero con complicaciones”.

            Calló por unos segundos dejando ver una sonrisa casi burlona en la boca mientras me miraba a los ojos.

            -“¿Y para saber eso necesitabas una varita mágica?”, preguntó. “Venga dúchate y vístete, que si no la varita va a decirte que va a florecer en tu culo”.

            Y salí sin preguntarme si aquello tendría un final y sin pensar en el futuro.

sábado, 6 de agosto de 2011

Fecha de caducidad

Nos conocimos hace 547 días. Los dos estábamos cansados de vivir relaciones que se desvanecían con la misma falta de criterio con que comenzaban, cansados de ver cómo el tiempo no sólo desgastaba los cuerpos sino los sentimientos, cansados de que el roce que hacía el cariño y más cosas cada vez estuviera más lejos. Demasiados cansancios para una primera cita.

            Ella acababa de romper un encuentro que finalizó en desencuentro tras siete años y dos hijas; yo regresaba de un viaje de cinco años menos tres meses que me impedía creer en el amor eterno.

            Huérfanos los dos de cariño, acordamos poner fecha de caducidad a la relación que comenzaba. ¿Para qué un proyecto para toda la vida que no vamos a saber cumplir? Y lo que parecía una chorrada lo asumimos como un contrato entre inquilino y casera: En 18 meses volvemos a la calle.

            El plazo no fue elegido al azar. Ella, responsable de marketing de unos grandes almacenes, aseguraba que decir dos años implicaba que mentalmente podíamos perder uno, ya que nos quedaba otro. Yo, jardinero de profesión, me negaba a menos de 12 meses porque no podríamos ver pasar juntos todas las estaciones.

            Cierto es que los primeros días jugamos apostando pocas cantidades. Nadie arriesga en una mesa donde las normas y los contrincantes son desconocidos. Pasadas unas pocas semanas, el tiempo de tanteo se convirtió en “todo a un número”. Nos dimos cuenta de que al fin y al cabo, lo que podíamos entregarnos o darnos en la vida lo teníamos que resumir en año y medio, en 548 días.

            No tendríamos dos oportunidades para compartir terrazas en verano, o conciertos, o estrenos en el cine, o paseos. Fuimos conscientes de que no habría próxima vez. Nada podía quedar para la “próxima vez”. Esa “próxima vez” ya no estaríamos juntos.

            Teníamos ya menos de 548 cenas y comidas por compartir, 18 lunas llenas que mirar juntos, un sinfín de rincones por el mundo que enseñarnos, más de una veintena de amigos a los que queríamos compartir, miles de besos que regalarnos, y sólo 13.152 horas para hacerlo.

            Claro que había que restar las horas de trabajo, los días nublados, los fines de semana comprometidos, el tiempo que la vida nos roba en la cola del supermercado, las semanas de gripe de las niñas, las duchas separados, las urgencias imponderables…

            En fin, que nos dimos cuenta de que teníamos que jugárnoslo todo para no quedarnos sin nada. Y así fue. Durante 547 días hemos intentado compartir cada segundo, cada problema, cada acierto, cada tristeza, cada alegría, cada canción, cada poema, cada sueño, cada orgasmo, cada sonrisa, cada mirada…

            Y así hemos aprendido a amarnos, y a estar el uno junto a la otra y la otra junto al uno. Y nos ha ido muy bien.

            Esta noche tenemos la última cena. En unas horas el reloj marcará el fin de los 789.120 segundos que acordamos compartir. Y es verdad, no nos ha dado tiempo a ver como la relación se desgastaba. Más bien sólo nos hemos visto crecer como pareja.

            Y ahora, qué.

martes, 2 de agosto de 2011

La guerra

Ella había sufrido tantas veces el engaño que la primera vez que se besaron sólo pidió que no le hiciera vivir simulacros, que cada abrazo y cada beso, cada noche juntos y cada día compartido, fueran eso, sin más pretensiones ni otros proyectos. “Soy una mujer madura, al menos lo suficiente como para saber que no necesito que estés conmigo si no soy todo lo que quieres”.

            Él aprovechó que ella desnudaba su corazón, a la vez que su cuerpo, para también sacar la lista de condiciones de aquel armisticio, y exigió que no cabían mentiras. “Yo también soy un hombre maduro”, dijo, “y no necesito que me mientan. Sé enfrentarme a la verdad por muy dura que sea”.

            Con esos parámetros comenzaron a rendir sus defensas, confiando que habían pasado de enemigos a aliados, de las trincheras a los comedores y los catres.

            Así fue durante mucho tiempo: Él sólo hacía lo que le salía del corazón y ella sólo decía la verdad por dura que fuera. De esta manera consiguieron que todo fuera verdadero y sincero, o sincero y verdadero. No podían imaginar otra guerra que la que organizaban sobre la cama cada vez que el exceso de sinceridad y las ganas los juntaban.

            No supieron bien qué fue primero. El caso es que él que sólo quería que le dijeran la verdad, empezó a ocultarle cosas por temor a perderla o a hacerle daño; y ella, que demandaba sentimientos puros, descubrió que cada batalla era más pacífica de lo que habría deseado y que aquel soldado ya no tenía ni la mirada ni el cuerpo de un guerrero.

            Contra todo pronóstico, él continuó mintiendo a pesar de odiar la mentira y ella simulando a pesar de exigir autenticidad. No tardaron mucho en descubrir que la verdadera lucha la libraba cada uno consigo mismo, pero no se dijeron nada convencidos de que era mejor tener un parque de atracciones a regresar al campo de batalla.

lunes, 1 de agosto de 2011

sábado, 30 de julio de 2011

miércoles, 27 de julio de 2011

Frases

Hubo un tiempo en que pensé y no dije, pero hace tanto tiempo que sabrán perdonarme si les digo:

El Pick-up tiene un ojo de pez
por el que se ve discurrir el mundo.

*

Sólo una cosa es peor que no tenerte:
no soñarte.

*

La Muerte sabe que la espero,
pero ella no tiene ninguna prisa en reconocerme.

*

Creo tan profundamente en la perfección de Dios
que no sé en qué estaba pensando cuando me hizo.

*

Neruda mentía,
nunca pudo escribir los versos más tristes porque no te conoció.

*

Tus reproches nunca fueron tan fríos
como tus besos.

*

Cada día que vivo sin ti
es una victoria sobre el pasado.

*

Pero tras esa mujer de acero
late un corazón.

*

Olvidarte no será tan difícil
como quererte.

*

Y ahora que se produjo un apagón y una noche sin luna
maldigo mi suerte y a Benedetti.

*

Y cuando hicieron la lista de propósitos y despropósitos,
no supieron donde poner las noches en vela.

*

Y con la promesa de no volverse a encontrar,
se despidieron hasta pronto.

*

Él nunca lo supo,
pero ella nunca le amó.

*

Al conjugar el verbo amar en presente del indicativo
digo tu nombre,
y en futuro imperfecto,
tus apellidos.

*

El recuerdo iba de la mano de la melancolía
hasta que el odio les vio besarse
y la venganza salió del olvido.

*

Qué fácil es amar apasionadamente
cuando la esposa, o el esposo, es de otro.

*

Nunca recurriré a la sección de objetos perdidos.
Puede que allí espere mi corazón.

*

Después de todo lo vivido
tengo derecho a pedir un último favor:
Muérete

*

Ahora que te recuerdo con un brazo en cabestrillo,
reconozco que preferiría pensarte con la cabeza rota.

*
 PD: Los ´ltimos hay que situarlos entre "me jodiste la vida"· y " quiero que me sigas jodiendo la vida", que ni es lo mismo ni es igual, ni viceversa

sábado, 23 de julio de 2011

El sol no lo sabe

Regreso del viaje a ninguna parte que emprendo cada día. En el cielo, las estrellas se burlan de mí formando corazones rotos. Ya no tengo tiempo. Nunca lo tuve y si lo tuve no lo supe.
En un rato el sol insistirá en volver a asomarse sobre la línea del horizonte. No lo sabe, pero su destino es ser una estrella muerta. Ni más ni menos. El sol será una estrella muerta y yo no estaré aquí para contarlo, y será entonces cuando se pregunte para qué habrá salido.

domingo, 17 de julio de 2011

Oro parece

Fue amor a primera vista. Se conocieron una noche de copas. Cenicienta había regresado a casa hacía varias horas y ellos tenían las mejores horas por delante. Ella, un metro setenta de altura, melena rubia hasta la altura de los hombros que el traje dejaba al aire. Las piernas estilizadas quedaban al descubierto hasta algo más arriba de medio muslo, mientras que el busto parecía un reto a la Ley de la Gravitación Universal.

            Él, un metro ochenta de altura y sólo 60 centímetros menos de hombro a hombro. Una talla menos de camiseta le habría impedido ponérsela. Perfectamente afeitado desde el bigote hasta los tobillos, y unos ojos azules con un brillo especial a los que no se podía decir que no.

            Fue mirarse y saber que estaban hechos la una para el otro. Era inevitable que la vida los juntara esa noche, así que él decidió ir a la barra donde ella estaba apoyada, y después de excusarse por importunarla e invitarle a una copa, ella comentó algo sobre el calor que hacía esa noche.

            Intercambiaron hobbyes y proyectos, y ambos se sorprendieron de cuantas cosas tenían en común. Él quiso demostrarle lo fuerte que era llevándola en brazos al coche, y ella se dejó coger para que él viera lo ligera que era.

            Él no quiso que se fuera sola a casa y ella no quería quedarse sola, y eso facilitó que se pusieran de acuerdo para besarse y prometerse amor eterno.

            Esa noche hubo cama y sexo en la casa de ella, no podía ser menos cuando te encuentras con tu media naranja, y algunos comentarios sobre lo bien que se lo habían pasado durante la noche antes de dormirse.

            A ella le costó encontrarse con Morfeo porque el sexo le había parecido demasiado brusco y el brazo de él era demasiado pesado para tenerlo encima durante la noche.

            El se durmió rápido, pero no descansó, agobiado por las permanentes vueltas que daba ella.

            Cuando se dieron cuenta ya era de día y ambos estaban despiertos. Ella se levantó y él se dio cuenta de que sin los 16 centímetros de tacón, su altura no era tanta, y que sin sujetador sus pechos parecían haberse desinflado. La melena rubia presentaba ahora un pelo bastante más rizado y dejaba entrever unas raíces mucho  más oscuras. Le extrañó no haber visto aquella noche la piel agrietada que le cubría los bordes de las nalgas.

            Ella no estaba de demasiado humor. De día confirmaba lo que de noche sospechó. Demasiado tosco en sus maneras y demasiado torpe en sus palabras. Al mirarlo a la cara, se dio cuenta que sin lentillas sus ojos eran de un marrón oscuro, y se le antojó demasiado exagerada la depilación de sus cejas.

            Ella preguntó al hombre de su vida si quería desayunar algo, deseando que dijera que no y se marchara pronto, pero el respondió que sí, y se comió casi media caja de cereales a puñados, bebiendo algo de leche del mismo tetra brik.

            Ella pensó que quizá aquel hombre que con 35 años seguía viviendo en casa de sus padres a la espera de encontrar un trabajo, no fuera el hombre de su vida, y él cuando ella le extendió un tazón y una cuchara para que se sirviera, comprendió que no le iba a comprender.

            Por fin, más baja que la noche anterior, menos rubia, demasiado delgada, con las piernas demasiado finas y anunciando la misma Ley de Newton que horas antes había retado, se despidió de aquel hombre rudo, insensible, de mirada esquiva y dedo en la nariz o en la oreja.

            Se dieron un beso en la mejilla, prometieron llamarse sin haber intercambiado los números de teléfonos y olvidaron preguntarse por qué hacía tan pocas horas ambos estaban convencidos de haber encontrado con su pareja ideal.

viernes, 15 de julio de 2011

La decisión

Al colgar el teléfono, notó  que la mano le temblaba.

            -“Tenemos que hablar”, había dicho él.
            -“¿Pasa algo?”, preguntó ella que hacía tiempo que sabía que no pasaba nada entre ambos.
            -“Ya lo hablamos. ¿En la terraza del Madrid a las tres y media?”
            -“Ok”, aseveró sin siquiera pensar si tenía trabajo o no para esa hora.
            -“Venga. Nos vemos a las tres”, y colgó sin dar tiempo a ninguna otra despedida.

            Algo dentro de ella le hizo pensar que aquel era el principio del final. Al fin y al cabo, las cosas habían cambiado mucho en la relación. Era evidente que tras siete años, no todo podía seguir igual. Sin prole y sin mayores problemas económicos, la cotidianidad se había ido apropiando de su relación como el moho de la fruta podrida. Algunas salidas con amigos juntos, salidas con amigas por separado; miradas furtivas con algún compañero de trabajo antes, durante y tras el café, incluso reconocía algún coqueteo que fue más allá de los límites lógicos cuando se tiene pareja y un montón de ratos preguntándose por qué seguían juntos. Ese podía ser el balance de los últimos meses.

            Pero lo que ahora le resultaba incomprensible es que fuera él quien quisiera dejarlo. “Seguro que está con otra”, pensó. “Un hombre nunca deja a una mujer si no hay otra por medio, todo el mundo lo sabe”, se dijo.

            No pudo concentrarse más en el trabajo. Fue al baño y se echó a llorar. “Me va a dejar. Se va con otra, seguro que más joven y con menos culo. ¡Qué cabrón! Va a mandar al carajo todo lo que hemos construido durante estos años. Sí, las cosas se han enfriado algo, es verdad, pero aún hay mucho. Aunque sólo sea por lo que le he dado debería haberse esforzado más. Es un egoísta, un egoísta de mierda. Él , él y él”.

            Después recordó como se habían ido borrando las huellas de ambos en ambas pieles, y cómo se iban apagando las risas, y cómo dejaron de buscarse y encontrarse las miradas… Sí, todo eso es cierto, pero sabía que podían recuperarse. Debía intentarlo. No era motivo para dejar la relación, y menos para dejarla a ella. “Después de siete años el amor madura y se muestra en las pequeñas cosas”, se repitió varias veces como argumento para soltárselo tan pronto como él anunciara el final.

            Salió de baño, llegó hasta su mesa y sacó del bolso las gafas negras para que nadie viera que había llorado. Ni se despidió de los compañeros de curro, llegó a su coche y volvió a derrumbarse. Esta vez el llanto fue de auténtico desconsuelo. Ya no pensaba, sólo lloraba y lloraba. Nunca se había sentido tan sola ni tan abandonada.

            Cuando se calmó, metió la llave en el contacto y arrancó convencida de que la próxima vez que aparcara allí, su vida habría cambiado para siempre.

            Llegó unos minutos antes de lo acordado. Se sentó en la mesa más alejada de la puerta. Pidió agua. Sacó de nuevo el paquete de kleenex que había adelgazado hasta la anorexia, y se secó los ojos y la nariz de nuevo.

            Lo vio acercarse desde lejos. También él traía las gafas de sol puestas y caminaba con ese paso que siempre le caracterizó pero que ella había dejado de apreciar hacía ya tiempo. Desde la distancia él sonrió cuando ella levantó la mano para indicarle dónde estaba. Llegó hasta ella, la besó en los labios y se sentó.

            Se dio cuenta de que durante los últimos años el contacto entre sus labios había dejado de tener sentido y de pronto se le antojó maravilloso, como si lo estuviera descubriendo de nuevo.

            En ello estaba pensando cuando él comenzó a preguntar por el trabajo e hizo señas a la camarera para que le sirviera una cerveza.

            -“¿Quieres algo de comer?”, preguntó él.
            -“Nada. No me apetece comer nada”, respondió ella sintiendo el nudo que había en su estómago.

            Se miraron por un instante a los ojos intentando adivinar la mirada del otro por debajo de los negros cristales. “No lo digas, no lo digas, no lo digas”, pensaba con la misma fuerza con que el corazón le partía el tórax.

            Tras dar las gracias a la camarera y beber un trago de la misma botella, él habló:

            -“Cariño”- dijo-, “hace tiempo que nos estamos dejando ir. Nos respetamos, estamos ahí, pero cada vez somos más amigos y menos pareja. Yo te quiero, y no quiero que esto lo dejemos morir. Sé que parte de la culpa es mía, que no siempre he puesto todo lo que tenía y que muchas veces he dejado que la distancia se instalara entre nosotros. Pero como decía Mercedes Sosa, “quién dice que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.

            Recuperaron el silencio. Ella respiró tranquila. El corazón bajó de pulsaciones y tuvo que contener una leve sonrisa antes de hablar.

            -“Yo también te quiero, pero ya no siento lo mismo por ti. La verdad es que llevo tiempo pensando en dejarlo, pero no me había atrevido. Ahora que tú lo has planteado, creo que es el momento de dejarnos libres, de poder rehacer nuestras vidas, de recuperar el espacio y las ilusiones que hemos perdido. En fin, que lo mejor es que lo dejemos. No hace falta que saques las cosas de casa ya, pero no creo que sea bueno que sigamos compartiendo piso mucho tiempo. Yo te ayudo a buscar algo”.

            Él no supo encontrar argumentos. Había ofrecido su corazón como engrudo para unir los pedazos rotos de la relación. Llegó pensando en soluciones y se enfrentaba con un final sin solución.

            -“No pasa nada” -añadió ella-, “las cosas son así. Vamos a superarlo, ya lo verás”.

            Las gafas de sol evitaba que se vieran las miradas, pero las de él no pudieron ocultar una lágrima que buscó la barbilla antes de caer sobre el pantalón.

            Como si esa fuera la señal, ella hizo ademán de pagar, a lo que él respondió con un gesto para que no lo hiciera.

            -“Bueno” –dijo ella-, “nos vemos después en casa, aunque no sé a qué hora llegaré. A mí no me importa dormir en el salón estos días hasta que encuentres casa”, -afirmó segura de que él no lo permitiría.

            Le cogió la mano, se la apretó mostrando toda la nostalgia en una sonrisa y se levantó dándole la espalda. Mientras se alejaba pensó: “A rey muerto, rey puesto. Si llamo ya, seguro que puedo conseguir hora en la peluquería”, y sacó el móvil del bolso sin mirar atrás.

lunes, 11 de julio de 2011

Ya ves

De todos los grandes enigmas de la vida, uno se esconde tras las llaves. No hablo de llaves especiales ni de técnicas deportivas ni de herramientas, hablo de las comunes, las que manejamos a diario, con la que convivimos. Por alguna razón que desconozco, ejercen una influencia casi mágica sobre nosotros (supongo que sobre las mujeres también).

            De hecho, una llave que entra en un llavero resulta casi imposible que salga de él. Es habitual que hayan hasta llaves partidas dentro de los llaveros y, por supuesto, otras que no sabemos si abren o cierran, o si tienen algún uso.

            En una encuesta muy poco profesional realizada entre amigos y amigas, nadie recuerda haberse plantado ante una papelera a tirar llaves, tampoco tienen conciencia de si son o no reciclables. Es más, casi la totalidad reconoce tener un bote o un cajón en el que se introducen las que no sirven o las que se encuentran sin saber de dónde son. En definitiva, las coleccionamos sin proponérnoslo.

            Pero la cosa es mucho más grave, y digo más grave porque cuando vendemos una casa o un coche, por poner un ejemplo, el momento en el que nos damos cuenta de que ya no es nuestra, lo primero que echamos de menos, el acto que más nos afecta es la entrega de las llaves. Por el contrario, cuando las recibimos se convierte en el gran momento. Recibir las llaves del piso o del coche o de cualquier cosa es símbolo de posesión, de hacer nuestro, de disposición libre.

            Cuando convives con alguien, las llaves adquieren personalidad. Llegar a casa y ver las llaves de tu pareja, hermano o hija los hace presentes, igual que si por prisa las tomamos prestadas: el rato que están con nosotros aportan compañía. Identificamos un anillo con un manojo de metales colgando con las personas a las que pertenecen.

            De todas las rupturas de pareja que he tenido, los momentos más difíciles se han dado en el instante de intercambiar las llaves. Supongo que eso sucede porque pensamos que hasta ese instante existen posibilidades de que las cosas vuelvan a su cauce, y casi no importa cómo se ha llegado a esa situación, parece que siempre hay punto de retorno si somos capaces de conservarlas.

            Y qué podemos decir si el llavero que ha sido nuestro tanto tiempo, un día lo descubrimos en manos ajenas. De golpe nos invaden todos los recuerdos vividos tras cada cerradura que conocimos tan íntimamente que sabemos perfectamente dónde falla y qué secretos esconde para que funcione.

            Es curioso descubrir como cosas aparentemente insignificantes terminan provocando en nosotros sentimientos tan parecidos a las de las relaciones humanas.

lunes, 4 de julio de 2011

La deuda

Comenzamos a querernos de niños, durante las clases de piano en el viejo conservatorio con viejos profesores que se empeñaban en enseñarnos viejas melodías de viejos compositores (con 10 años recién cumplidos, todo lo que te rodea parece viejo). Quizá por eso sus dedos blancos destacaban sobre el fondo amarillo y negro del viejo (como no) teclado del piano, y su mirada aportaba vida a unas aulas despobladas de cualquier signo de humanidad.

         Debo decir que sólo me daba cuenta de esas cosas los días que ella no asistía. Esas horas eran casi tan infinitas como los días de la semana que transcurrían entre una clase y otra.

         Lo que en principio no era más que un acercamiento al sexo contrario fue convirtiéndose, con el paso de los años, en el descubrimiento de la pasión, el deseo y el amor. El primer amor. El amor que carece de prejuicios y de miedos, del que cuanto más damos, más recibimos, y del que, por supuesto, guardamos como un secreto en el que nos jugamos la vida.

         Con 16 años las clases de piano terminaron, y con ellas la excusa que dos veces por semana nos unía un ratito antes de entrar y un largo tiempo después de salir.

         El último acorde del “Claro de luna” de Debussy, la pieza que interpreté en el examen final, puso en marcha el cronómetro de la despedida. Por primera vez en seis años, se abría un abismo entre nosotros. El tiempo que hasta ahora sólo marcaba las horas para reencontrarnos se agotaba para siempre. Así que lo que era un secreto revelado por las miradas y algunos sonrojos, tenía que materializarse o perderse para siempre.

         -“Bueno, entonces ya no nos veremos más”, dije yo.
         -“¿Por qué?”, respondió ella.
         -“Se acabaron las clases…”.
         -“¿Y..?”
         -“Que no tenemos más motivos para vernos”.
         -“¿No?”
         -“Bueno… A mí me gustaría pero…”
         -“Es muy sencillo. Te doy mi teléfono y me llamas cuando quieras. Yo estaré encantada de que me llames. Es más, estaré esperando que me llames”.

         Y así transcurrieron los meses siguientes. Ella encantada y yo, encantadísimo.

         No sólo aprendimos a besar. Aprendimos a querer, a echarnos de menos, a prometernos cosas imposibles, a descubrir la vida. Sin duda, fue un tiempo feliz.

         Con casi 17 años no faltaron momentos en el que el deseo nos pusiera en el límite entre lo malo y lo mejor, pero decidimos que sólo habría sexo cuando ambos fuéramos mayores de edad, o lo que es lo mismo, cuando ella –unos meses más joven que yo- fuera mayor de edad.

         “Ya sólo queda un año”, bromeaba al cumplir los 17 un 14 de febrero. El 14 de marzo ya anunciaba, sin decir yo nada, que 11 meses, y el 14 de abril, mayo y junio, que 10, 9 y 8, respectivamente.

         El 10 de julio, un camión de reparto no la vio venir en bicicleta y se saltó un stop, llevándose por delante a ella y a toda la vida que nos quedaba.

         Recuerdo aquellos días como los más tristes de mi vida.

         Los meses siguientes fueron un permanente sufrimiento. Aunque nuestra relación era conocida, nadie podía imaginar hasta qué punto se había roto mi vida, mis sueños, mi propia juventud.

         Nada tenía sabor ni color, nada era divertido ni entretenido, nada tenía interés, y yo no tenía interés por nada.

         Así pasaron los meses, yo cada vez más en mí y sin ella. Y llegó el 14 de febrero, el día en que debía haber cumplido 18 años si el puñetero repartidor no hubiera tenido tanta prisa en terminar el trabajo de la mañana.

         Al caer en fin de semana, mis padres decidieron irse a una casa rural en familia, pero yo aduje exámenes y demasiado trabajo. Todos lo entendieron, “dale tiempo, dale tiempo a tu hijo”, oí comentar a mi madre al hablar con mi padre. Así que los despedí con cierta premura, deseando quedarme sólo con mis miserias y mis soledades.

         Me fui a la cama pronto. Intenté leer algo, pero fue imposible. Desde el accidente tampoco podía concentrarme en la lectura, y me veía obligado a releer los párrafos hasta cuatro o cinco veces para poder comprenderlos.

         Apagué la luz e intenté dormir.

         Acababa de cerrar los ojos cuando me pareció oír la ducha. “La dejé abierta”, pensé, y me acerqué hasta el baño. El plato estaba mojado, pero la llave estaba perfectamente cerrada, y me volví a la cama.

         Al cerrar los ojos de nuevo, el ruido se transformo en pasos por el pasillo. Encendí la luz, me levanté y me asomé a la puerta de la habitación. No había nadie.

         Traté de buscar alguna explicación lógica. Miré en todas y cada una de las habitaciones, debajo de las camas, de la mesa del comedor, tras las puertas y en todos y cada uno de los rincones en donde pudiera esconderse una persona. No encontré a nadie.

         Antes de acostarme revisé mi habitación. Tardé cierto tiempo en apagar la luz, y unos minutos más en cerrar los ojos, pensando qué podría provocar esos sonidos que parecían venir del interior de la casa.

         Me quedé boca arriba aguzando el oído. Esta vez, el ruido fue la puerta de mi cuarto, y la presencia de alguien se hizo palpable. Abrí los ojos y encendía la luz temiendo recibir algún golpe o que alguien tratara de inmovilizarme. Pero no pasó nada ni había nadie. Miré bajo la cama. No había ni polvo. Realmente estaba asustado y sentía frío, así que me arropé bien y apagué de nuevo la luz, si bien no quise cerrar los ojos esperando a que se adaptaran a la oscuridad para intentar vislumbrar algo.

         Logré distinguir las formas de los objetos, pero ningún movimiento, y aunque la razón me decía que no había nadie, la sensación de alguna presencia que me observaba era inevitable.

         Cerré los ojos y al segundo sentí como algo o alguien se sentaba a los pies de la cama. Seguí inmóvil boca arriba escuchando como la sangre corría por las venas y el corazón bombeaba con más fuerza que velocidad esperando algún nuevo movimiento.

         Tuve que hacer un esfuerzo para sacar el brazo y encender la luz de nuevo, comprobando una vez más que no había nadie, pero al otro lado de la cama el edredón estaba hollado.

         “Joder, que obsesión”, pensé. “Tengo que rehacer mi vida o terminaré en un psiquiátrico”.

         Apagué de nuevo la luz, me tapé lo justo con el plumón y me di la vuelta dispuesto a dormir pasara lo que pasara.

         Cuando aún podía sentir el pulso golpeando en mis muñecas, el colchón se hundió tras de mí, como si un cuerpo de algo o de alguien se hubiera acomodado a mi espalda, y casi al instante no tuve ninguna duda de que un brazo me rodeaba hasta cogerme el tórax.

         No era un abrazo para inmovilizarme, al contrario, fue un abrazo lleno de ternura pero no me tranquilizó, al contrario, el corazón se me salía del pecho. Aún así, no fui capaz de intentar zafarme, siquiera intenté abrir los ojos.

         “Tranquilo mi amor. Soy yo”, susurró una voz que reconocí. “Estoy aquí para cumplir mi promesa”.

         A esta altura, las pulsaciones ya habían superado todos los límites de la lógica, y recé para que todo aquello sólo fuera fruto de mi imaginación.

         La mano que me abrazaba se deslizó por debajo del edredón pasando la palma por mi espalda, el glúteo derecho y llegando hasta el hueco poplíteo a la altura de la rodilla. Al ascender, la mano repitió el recorrido pero por delante, subiendo por el muslo, la cadera y parándose sobre el corazón que seguía desbocado. “Tranquilo. No va a pasar nada que no quieras”, dijo.

         Apreté aún más los ojos. No sabía que tenía que querer. Fruto o no de mi imaginación, allí estaba ella, tal y como nos habíamos prometido.

         Con muchísima delicadeza me colocó boca a bajo, y sentí que sus piernas se colocaban a la altura de mis muslos atrapándolos. Su pubis lo sentía sobre mis nalgas y sus manos dibujaban líneas sin sentido sobre mi espalda.

         Sin decir nada estiró los pies y las manos colocándose en la misma posición que yo estaba, entrelazando sus dedos con mis dedos y sus pies buscar el calor de los míos.

         Por primera vez sentí su pecho sobre mí, su pelo caer sobre mi hombro y su mejilla apoyarse entre mis omóplatos. Lloré.

         He de reconocer que a partir de ahí los recuerdos se confunden. Sus labios sobre los míos, mis manos recorriendo un cuerpo que no había podido olvidar, una erección, mis muslos entre sus muslos, girar, girar y girar sobre la cama, las manos enlazadas, mis dedos clavados en su espalda y la sensación de estar atravesando todos los océanos sin escafandra.

         Al día siguiente desperté sólo. La cama no presentaba signos de que hubiera pasado nada. Todo estaba en su sitio.

         Todo lo había soñado. Sí, tenía que volver a mi vida, tenía que olvidar o, al menos, tenía que seguir viviendo.

         Me levanté y al abrir las cortinas observé varias manchas de sangre sobre las sábanas. Me asusté y pensé que debía haber una explicación lógica. Fui al baño y me observé en el espejo. En la espalda tenía algunos arañazos que no tenía al acostarme.