No había nada que le gustara más a Bartolo –un mastín de casi cien kilos de peso- que correr detrás de las pelotas o recoger palos para que se los tirara. Bastaba con sentarme un minuto para que el chucho apareciera con la enorme boca llena de pequeños troncos o grandes ramas, daba lo mismo, todo lo que fuera parte de un árbol y estuviera en el suelo se convertía, desde el momento del descubrimiento, en un objeto de juego.
Un día de Mayo, Bartolo apareció llevando en la boca un peculiar palo. Se podía decir que no era más que una rama, demasiado pequeña para lo que solía encontrar. Ni demasiado grande ni demasiado recta. Uno de sus extremos más ancho que el otro. El lado más ancho mantenía el mismo grosor durante varios centímetros y casi era perfectamente cilíndrico, herido exclusivamente con algunos rebajes que, más tarde al cogerlo, comprobé que le permitían adaptarse perfectamente a la mano.
A partir de ese punto, la rama ganaba formas, retorciéndose sobre sí en torno a un eje imaginario que se hacía visible justo en el otro extremo, en la parte más fina.
Como en otras ocasiones, tomando el palo por la parte más ancha, amagué con tirárselo justo cuando alguien pasaba, señalándolo sin querer. De pronto me invadió una visión, una especie de extraña posesión que me permitió ver que sólo una vez más me cruzaría con esa persona en la vida, a la entrada de un concierto de un grupo que aún no había sacado siquiera un disco, y que en esa ocasión ella me cedería el paso pensando que me colaba.
“¡Ñosh!”, pensé en cuanto me abandonó la visión. “¿Qué ha pasado?”, me pregunté. Aún sin recuperar del todo la consciencia, probé a señalar a Bartolo con el trozo de madera con un movimiento brusco de brazo. Volví a tener esa sensación de estar poseído, de haber sido trasladado a otro momento en el que el perro sufría terribles dolores como consecuencia de un tumor por el que necesariamente había de morir.
Sin entender lo que pasaba, esperé la llegada de la que entonces era mi novia, y casi como un juego, con un ligero movimiento de muñeca, la señalé con aquella rama con lo que parecían poderes mágicos. La visión fue entonces casi desoladora, me veía yo engañándola con la propia hermana en un tiempo en el que teníamos dos hijos, a lo que seguía una fuerte pelea y una traumática separación.
“¿Qué te pasa?”, me preguntó al llegar hasta mí. “Parece que has visto un fantasma”. Allí mismo rompimos ante su incredulidad.
-“Es lo mejor”, le dije.
-“Pero a cuento de qué, así, de pronto, sin que nos haya pasado nada”.
-“Sí, sí, mejor así que después, con hijos, con familia, con más daño del necesario”.
-“Pero quién puede decir lo que va a pasar”.
-“Lo sé, yo lo sé. Soy un cabrón”.
-“No lo entiendo. ¿Hay otra?”
-“No, pero la habrá”.
-“Pero conoces a alguien con quien vas a liarte. ¿Estás preparando el camino?”
“No, de verdad que no es lo que te crees, sólo que sé que va a pasar”.
No hubo consuelo ni forma de explicarlo sin que pareciera loco.
Hice lo mismo con los amigos. En todas las “posesiones” aparecían discusiones, desengaños, rupturas… con familiares, amigos y amigas, compañeros y compañeras….
Todavía no sé a cuento de qué, un buen día dirigí la maldita rama hacia mí y descubrí que moriría viejo, solo y atormentado por las cosas que no viví. Caí en una depresión. No quería hablar con nadie. Nada me consolaba porque tampoco quería consuelo. Era así y así se había escrito mi futuro.
Una tarde de verano, cuando toda la ciudad parecía dormir, uno de los pocos amigos que aún me visitaban me auguró mi muerte en soledad. “Ya lo sé, la he visto”, le dije. No lo entendió y se lo expliqué:
-“Hace años, Bartolo, el mastín que sacrifiqué porque iba a sufrir mucho, me trajo aquella rama para jugar. Aquella rama es una especie de varita mágica que permite ver el futuro que me espera con aquella persona a la que señalo. Por eso rompí con mi única novia, porque iba a engañarla con la hermana unas décadas más tarde; y por eso no tuve más parejas, todas las que señalé, la varita me mostró que discutiríamos y que terminaríamos por romper; y por eso procuro no hacerte mucho caso, porque sé que un día dejarás de venir cansado de mí; y sé que moriré, como tú dices, solo y arrepentido”.
Mi amigo sonrió, echó la cabeza hacia atrás, suspiró y preguntó:
-“¿La supuesta varita sólo te enseña los finales?”
-“Sí”, dije.
-“Y finales de relaciones que duran años”.
-“Sí”.
-“Para entenderlo bien. De una vida compartida con alguien, la varita te cuenta que las cosas van a terminar, de una u otra forma, que vas a sufrir con las rupturas, que la gente enferma, que tú te vas a morir y que algún día yo voy a terminar cansándome de venir a ver a un zombi”.
-“Sí, así es”.
-“De los buenos ratos, de las cosas compartidas, del tiempo entre hoy y el final, de eso no ves nada”.
-“Sí. Sé que existe y que será bueno, pero terminará, y terminará a veces mejor a veces peor pero con complicaciones”.
Calló por unos segundos dejando ver una sonrisa casi burlona en la boca mientras me miraba a los ojos.
-“¿Y para saber eso necesitabas una varita mágica?”, preguntó. “Venga dúchate y vístete, que si no la varita va a decirte que va a florecer en tu culo”.
Y salí sin preguntarme si aquello tendría un final y sin pensar en el futuro.


