viernes, 23 de agosto de 2013

Cuestión de espacio

Después de tantos años, al final habían decidido que cada uno debía seguir su camino. Él peinaba canas y ella, una melena castaña que solía ocultar recogiéndola en un moño. Ambos habían conocido la felicidad juntos, pero la llegada de los niños, las complicaciones económicas que llevaron a la búsqueda de trabajos menos trascendentes desde el ámbito personal pero mejor remunerados, la convivencia que iba presentando aluminosis en los cimientos, y los pequeños detalles que hacen que las cosas sean de un color u otro, empañaron los cristales de pareja y comenzaron a ver el horizonte en lugar de caminar sobre él, tal y como habían hecho hasta hacía unos años.
Hablar con una o con otro se convertía en un estudio sociológico de por qué fracasan las parejas. Distanciamiento, falta de entendimiento, metas distintas, y una pequeña incomodidad al sentir la presencia del otro.
Cuándo empezaron los síntomas, ninguno lo sabe. En cambio coincidían en un aspecto: aseguraban que se trataba de un problema de espacios.
Ella, por ejemplo, sentía que el mundo se le venía encima cuando abría el ropero y se encontraba la ropa de él junto a la suya, así que comenzó a separarla apretando cada vez más los percheros; le costaba compartir mesa hasta el punto de que había decidido comer y cenar la mayoría de los días fuera; evitaba compartir el fin de semana buscando excusas laborales que la alejaban de casa; perdía el tren conscientemente para tratar de tener unas horas más para ella… En definitiva, traba de alejarse tanto como le era posible de él y de su vida.
Él, por su parte, reconocía que también había problemas de espacios. Cuando se encontró a su mujer tratando de poner aire de por medio en el armario, sacó cuanto no necesitaba y lo llevó a una organización especializada en el reciclaje de ropa. Porque las cosas pasan, allí conoció a una mujer que no sólo recogió su ropa, también recogió las horas de espera, las comidas, las cenas y los fines de semana de asueto.
No fue difícil que ella asumiera que él había conocido a otra persona, lo que realmente le incomodó fue descubrir que el espacio que ella iba creando él los había ido rellenando.

Ahora, una tiene espacio en el armario, todas las horas del mundo para trabajar, puede comer sin que nadie le espere y una cama tan ancha como quería. El otro, por su parte, sigue peleando por meter las cosas en los cajones, espera y le esperan para comer, trata de trabajar menos para vivir más y, por ahora, tiene una cama igual de ancha que la de su mujer, pero no duerme solo. A veces, ni duerme.

domingo, 30 de junio de 2013

Se acabó

Acudo a mi funeral por puro morbo.

Aquí, desde el mismo coro de la iglesia, contemplo mi entrada a hombros y el tremendo esfuerzo que hacen quienes me llevaban. Lo primero que pienso es que si se hubieran esforzado un poquito más cuando estaba vivo, quizá ahora no tendrían que estar lamentando mi ausencia. Porque realmente no les apena que me hayan dejado de ver sino que lamentan no haber acudido cuando les llamé.

Me asombro de la cantidad de gente que viene conmigo. Me sorprende la solemnidad que me demuestran. Me indignan las muestras de tanta condolencia cuando sabían de antemano que mi fallecimiento era la consecuencia lógica de sus decisiones.

Los asistentes hablan como si me conocieran, como si de verdad no encontraran explicación a este funeral. Sólo un pequeño grupo formado por mi familia y amigos reivindica lo que he sido. El resto mira y asiente cuando pasan, pero cuchichean y se ríen a sus espaldas.

El sacerdote recuerda mi nombre y algunos detalles de mi vida, muy pocos, pero trata de dejar claro que pertenecía a otra raza, a otro tiempo...

Realmente las caras revelan una seriedad que pocas veces había visto, como tampoco había visto la cara de la inmensa mayoría de los y las asistentes. "La calma que precede a la tormenta", pienso.

Ahora soy yo quien sonríe. Después de muchos años, ahora soy yo quien de verdad se ríe. Y le pido a Dios que me deje unos días para pasear por este mundo, ahora que he muerto, ahora que ha muerto el último ciudadano que no cobraba del Estado.

martes, 18 de junio de 2013

Las manos

Supe que me había vencido y ganado (vencido a mis miedos y ganado a mi alma) desde el momento en que me tocó.

Yo me encontraba sobre la típica camilla de masajes, escuchando la típica música preparada para facilitar la relajación, con la típica toalla que tapaba desde más abajo de las caderas hasta más arriba de medio muslo, en la típica penumbra, sumido en los típicos pensamientos de obligaciones pendientes. No era la primera vez que las hernias o las contracturas (la edad) me obligaban a acudir a un quiromasajista para solucionar mis males.

Así que no fue extraño que cuando oí cerrarse la puerta (no sé por qué nunca la oyes abrir), siquiera despegara los párpados. Cierto es que en esa situación percibí corrientes de aire que anunciaban la presencia de un cuerpo en movimiento.

Sin una palabra siquiera, unas manos se posaron sobre mis tobillos y se mantuvieron allí durante algo más que 10 minutos, asiéndome con delicadeza. Sin abrir los ojos, fui imaginando quién se había propuesto convertirse en una extensión de mi cuerpo.

Manos frías, piel suave, dedos no demasiado largos, extremada delicadeza a pesar de que transmitía una fuerte energía... Cuando estuve a punto de abrir los ojos, las manos comenzaron a moverse lentamente.

Primero la planta de los pies, después los maleolos, los gemelos, las rodillas, los muslos y, con una sutileza indiscriptible, me giró para recorrer los glúteos, los lumbares, los dorsales, los omóplatos, las cervicales, el cuero cabelludo, la sien y cada uno de los brazos por separado.

Dicho así suena a paseo por el cuerpo, suena a un masaje normal, a un trabajo profesional, pero nada de eso. Fue un encuentro con cada uno de mis músculos, con mis hernias, con mis huesos, con mis cartílagos, con mis cicatrices, pero también con mis heridas, con mis miedos, con mi vida, con mis recuerdos, con mis anhelos, con mis alegrías, con mis sueños...

Cuando soltó mi último dedo quise darle las gracias. Nunca nadie me había tocado y, mucho menos, me había tratado así, pero las lágrimas me impedían abrir los ojos y un imperceptible sollozo hizo imposible articular palabra alguna.

Volví a sentir cierto movimiento por la habitación. Quise levantarme y abrazarle, pero mi cuerpo ya no era mío.

No sé cuanto tiempo pasó. Creo que horas. De hecho me extrañó que nadie entrara a preocuparse por mí, pensé que quizá se habían olvidado. Así que, lentamente me fui incorporando, respirando hondo, y volviendo en mí. Me vestí, me sequé la cara y salí de la sala de masaje.

Cuando me acerqué a la recepción a pagar, la administrativo me preguntó: "¿Algún problema, señor Padilla?". "Ninguno", contesté yo.

Mientras sacaba la cartera para pagar pregunté: "¿Quién me dio el masaje?¿Es un quiromasajista nuevo?".

La muchacha sonrió. "Disculpe el retraso, estamos un poquito liados porque tenemos a un compañero de baja".

"¿Cómo?", respondí, "¿a qué retraso se refiere?".

"A estos 10 minutos que lleva ahí dentro", contestó, "normalmente siempre le hemos atendido enseguida, pero ya le digo, hemos tenido que ajustar un poco los tiempos para no dejar a ningún cliente sin cita".

Miré el reloj. Eran las 18.40 horas y yo había llegado a las 18.30 horas.

"Disculpe", le dije, "¿no ha entrado ninguna mujer en este tiempo?".

"No", me contestó con mirada extraña, "es que no tenemos a ninguna mujer dando tratamiento, pero tampoco ningún hombre".

Miré de nuevo a un lado y a otro. No podía explicar nada. Realmente sólo tenía una pregunta: ¿Qué ha pasado?, pero a nadie a quien hacérsela.

"¿Se encuentra bien, caballero?", preguntó la administrativo, "está usted sin color. ¿Quiere sentarse?".


domingo, 9 de junio de 2013

martes, 28 de mayo de 2013

viernes, 10 de mayo de 2013

Parafraseando a Bertolt Brecht

Hay amores que duran un día y son buenos. Hay otros que duran un año, y son mejores. Hay los que duran muchos años años, y son muy buenos. Pero hay los que duran toda la vida; esos son los imprescindibles.

domingo, 28 de abril de 2013

martes, 23 de abril de 2013

Cuando la sed aprieta


Llevaba toda la semana con el presentimiento de que iba a ocurrir alguna desgracia. A sus ochenta y pocos años, casi todas las noticias que podían interesarle llegaban en forma de esquela, así que bajó a comprar el periódico y a comprar algo de verdura fresca para la comida. Como siempre, antes de salir, se acercó hasta la solana, donde ella estaba, para dar parte de su salida, recorrido y tiempo de ausencia. Ella lo escuchó y le apuntó pan, té y “unas lonchas de jamón cocido si te da el dinero”, le dijo.
Él no comentó nada de ese mal augurio que había empezado a sobrevolarle hacía apenas unos días, y aunque tuvo la intención de darle un beso, se reprimió pensando que iba a saber a despedida.
Fue en ese beso que no dio en una de las cosas que pensó cuando la vio caída en el suelo entre la cocina y el salón, casi tras la misma puerta de la calle, con un brazo extendido y el otro en el pecho, como si hubiera intentado huir de su suerte por la escalera.
Soltó las bolsas y trató de levantarla, pero era inútil. Se dio cuenta de que el presentimiento ya no pesaba, ya se había disipado, y notó que su respiración se agitaba cada vez más al comprobar que la de ella había terminado. Pensó en pedir auxilio, llamar a urgencias, en gritar desesperadamente… Pero ¿para qué? Lo único que podía conseguir es que unos enfermeros la separaran de su lado. Nadie iba a devolverle la vida, pero al menos, ahora mismo, él podía acariciarle el pelo, abrazarla y darle el beso que se quedó en la puerta de la solana cuando salía a comprar.
Se acostó junto a ella. Siempre había pensado que la escena sería al revés, que sería él el primero en irse. Y maldijo su mala suerte y lloró. Lloró no sólo por la muerte de su compañera, lloró porque no era justo que la persona que amaba, aquel ángel que tenía entre sus brazos, hubiera muerto de aquel modo, tirada en el suelo frío, tratando de alcanzar la puerta, quizá para pedir ayuda o quizá sólo por buscarle a él. No era justo. Ella allí, sola, sin una mano que apretar, sin poder mirar por última vez los ojos que tanto la habían mirado. “No es justo”, se repitió.
Con la mano trató de secarle la mejilla empapada por sus propias lágrimas. Al verla, se dio cuenta de que en esos pocos minutos su mano había envejecido, y por ende, que también su cuerpo, y su mente, y sus ganas de vivir… Por primera vez se sentía viejo y se sabía solo.
En cambio, ella parecía simplemente dormida. Seguía igual de bella a sus ojos, quizá  más. Con la serenidad que le daba la muerte, su rostro parecía casi una pintura.
Desde el mismo suelo trató de colocarla, buscando la forma en que creyó que podía estar más cómoda. Le dio la vuelta, le cerró los ojos y la dejó boca arriba. Le estiró los brazos a ambos lados y le quitó la zapatilla que aún seguía puesta. Le estiró bien la ropa que llevaba puesta y le colocó el escote.
Por primera vez fue consciente de que nunca le había dedicado tanto tiempo a ayudarla, y pensó que el tiempo que se habían dedicado en vida no había sido suficiente.
Se acostó a su lado. La cadera le recordó la edad, pero se esforzó un poco más hasta encontrar una posición relativamente cómoda en donde quedaba mirándola.
No sabía cuánto tiempo había pasado, aunque se había hecho de noche. Pensó que quizá era el momento de avisar a los chicos. No sería fácil decírselo, pero había que hacerlo. Pensó entonces en beber agua. Durante todo el día no había bebido nada y ahora, al pensar en hablar con sus hijos, se daba cuenta de que tenía la garganta seca.
Desde el suelo miró el agua que se encontraba en la cocina y calculó cuánto tiempo necesitaría para ir allí y beber. “No pienso dejarla sola otra vez”, se dijo, y volvió a mirarla.
Se alegró de su falta de vista y de que la noche hubiera apagado la luz que entraba desde la ventana. “Ya debe haber perdido el color. Su cara debe estar mucho más pálida. Quizá ya no vuelva a verla como era”, se convenció.
Tosió varias veces y trató de tragar saliva, pero tenía la boca demasiado seca. Volvió a mirar el agua, pero la distancia seguía siendo la misma y sus brazos y su cadera ya estaban entumecidos por el frío del suelo.
“En otro tiempo te habría llevado en brazos hasta la cocina”, le dijo a su mujer en voz alta, y volvió a perder la noción del tiempo mirando.
De los tres vástagos, fue la única hija la que acudió al domicilio familiar ante la ausencia de noticias. Al entrar el panorama fue desolador. Padre y madre yacían muertos sobre el suelo.
Las autopsias revelaron dos cuestiones. Ella murió de un infarto; él, de sed.

sábado, 6 de abril de 2013

El mundo en contra


Vivía permanentemente cabreado. Le recuerdo por las calles adoquinas del casco antiguo moviendo la cabeza como si negara al aire su propia existencia. Y realmente era un tipo con suerte: buena familia, trabajo reconocido, tiempo libre para dedicar a lo que quisiera, sin problemas económicos…
Pero nada de eso parecía importante. “¿Los políticos? Unos corruptos, unos ladrones: ¿Los curas?  Un cáncer para la sociedad: ¿La juventud? Una banda de niñatos que no valoran nada y sólo piensan en emborracharse y drogarse: ¿Los ecologistas? Unos gandules que se aprovechan del sistema para quejarse de todo…”.
La lista era interminable. No había una sola acción en el mundo que, desde su prisma, no nos llevara al caos y la destrucción de la raza humana y las buenas costumbres.
Espetaba a los ciudadanos y ciudadanas que paseaban con perro; insultaba a las parejas que se besaban en la calle; maldecía el sol si estaba despejado y a la lluvia si caía; criticaba la ubicación del mobiliario urbano cuando se ponía y al ayuntamiento cuando lo quitaba; cualquier victoria era el augurio de un fracaso inminente y cualquier derrota, el inicio de una hecatombe.
Ante esta actitud, sus hijos se fueron alejando de él, y alejaron aún más a sus nietos (“siempre estuvieron mal educados”, decía). Una vez que los hijos se fueron de casa, la mujer tampoco tenía nada que hacer y se marchó, como se marcharon los amigos que preferían tertulias más reconfortantes.
Los vecinos y vecinas lo evitaban en las escaleras y cruzaban de acera si lo detectaban a lo lejos; los jóvenes del barrio, conocedores de su carácter, provocaban situaciones para irritarlo; en la concejalía de distrito le habían prohibido el acceso por los permanentes enfrentamientos que rozaban la violencia; y la policía, hacía años que había dejado de atender sus demandas cansados de tanta denuncia falsa.
Un mes de diciembre, el hombre cogió un pequeño resfriado que nunca se trató (“qué va a saber el médico si ya no saben distinguir una gripe de una pulmonía”, argumentaba) y, como era de esperar, el resfriado fue evolucionando hasta convertirse en bronquitis, y de ahí a pulmonía, y de ahí a diversas complicaciones de las que renegó argumentando que lo que único que querían en el hospital era sacarle las “perras”.
Finalmente murió solo. Poco antes de expirar, a una de las pocas enfermeras que pasaba por la habitación, le comentó que eso era lo que quería, que desde niño el mundo había estado contra él y que, evidentemente, ahora se demostraba que siempre había tenido razón: “Cada uno va a lo suyo. Ahí les dejo a su suerte sin mí”, dijo.

domingo, 31 de marzo de 2013

Cuando sobran las palabras

Soy un  fervoroso partidario de las palabras. Creo, sinceramente, que en algunas ocasiones la palabra transmite mucho más que una imagen, y que si hay voluntad, las palabras pueden dar consuelo, entendimiento, alcanzar acuerdos, transmitir alegría, llevar noticias...

Pero no siempre es así, no siempre ocurre. Hay voluntades inquebrantables por la palabra, oídos impermeables incluso cuando lo que hay en su entorno es un clamor.

Por desgracia, ejemplos no  nos faltan. Políticos (los que se niegan a salvar a los desahuciados pero regalan cientos de millones a los bancos, los que amenazan con una guerra en Corea y los que tratan de provocarla, los que en nombre de la seguridad impiden el derecho a la expresión pacífica...), integristas de cualquier religión, maltratadores, hermanos/as, vecinos/as...

Pero la cosa es más grave, realmente mucho más grave, cuando la sordera, la incomunicación, la distancia se marca en una relación de pareja, entre personas que supuestamente se quieren, entre individuos o individuas que en algún momento creyeron compartir algo más que unas risas o unas copas o un par de asientos en el cine.

Por lo general esa sordera no tiene más salida que la amputación. Y una de las personas no comprende por qué y la otra, ya no tiene palabras para explicárselo y, lo que es más triste, tampoco ganas.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Más de 25.000 gracias

Pues poco a poco ya han llegado a 25.075 las visitas a este blog. De verdad, gracias por mirar estas cosas que a uno se le ocurren, a veces a horas extrañas, pero de mirar la vida, ya sea una imagen o un texto. Especialmente a quienes con sus comentarios me hacen saber que están ahí. Gracias una vez más.

viernes, 22 de marzo de 2013

El calor de la noche

Llevaba tantas noches abrazado a ella que había olvidado lo que era dormir solo. "Ya no siento nada por ti", le había dicho y, casi sin dar tiempo a reaccionar, hizo sus maletas y se marchó.

No la podía culpar. Él sabía que las cosas eran así, que hacía tiempo que se había perdido casi todo: las confidencias, los momentos cómplices, la pasión, los proyectos... Sólo se había salvado el respeto, las formas y los gastos. Evidentemente se habían perdido.

Durante sus vigilias en la cama pensaba por qué no podía pegar ojo. Al fin y al cabo ahora era un hombre libre, con capacidad de hacer y deshacer a su antojo, sin condiciones, con la posibilidad de rehacer su vida y encontrar con quién volver a tener confidencias, momentos cómplices, pasión y proyectos. Y aunque reconocía que todo había acabado, sin embargo, le era imposible dormir.

Desde entonces hasta ahora, había tenido alguna relación esporádica con mujeres, pero tampoco se había sentido cómodo ni había conciliado el sueño tan apaciblemente como con su ex. Sólo había una explicación: echaba de menos la temperatura corporal de quien fue su pareja.

Así, obsesionado por ello, decidió salir cada día con un termómetro en el bolsillo, y antes de comenzar cualquier relación pedía a la muchacha o mujer en cuestión que se tomara la temperatura. 36,7º era el calor ideal.

No es difícil imaginar que el proyecto rozaba la locura, y que muchas de las "candidatas" huyeron desde el primer momento, aunque algunas otras se prestaron a la prueba y suspendieron.

Y pasaron días y semanas, y él, en sus trece, o mejor en sus 36,7, dispuesto a no claudicar.

Habían pasado años cuando coincidió en un curso de formación laboral con una chica. No se podía decir que fuera encantadora ni guapísima ni que físicamente estuviera más allá de lo que podía considerarse normal, pero conectaron, algo les unía y eso les permitía establecer confidencias y momentos cómplices. También podía notarse cierta atracción física y ambos estaban dispuestos a llevar a cabo proyectos con otra persona.

Por primera vez en tanto tiempo, él tuvo la tentación de no sacar el termómetro, pero seguro de que si no lo hacía lo lamentaría, sacó el aparato y le pidió que se tomara la temperatura. Dos minuto después, ella se lo devolvía. El mercurio marcaba 36,7º.

Su rostro se iluminó, y apunto estaba de contarle lo que le había costado encontrarla cuando ella, de su bolso, sacaba otro termómetro y le pedía lo mismo.

Durante los pocos minutos que tardó el aparato en avisar que había llegado a la temperatura, él pensó que realmente era su alma gemela, que ambos podían compartir más que nadie y, sobre todo, dormir, por fin, a pierna suelta.

Cuando miró la temperatura, los número digitales indicaban 36,7º. Entonces él la miró y ella le dijo: Demasiado calor para la noche, yo pedía 36,2º.

viernes, 8 de marzo de 2013

Por un segundo

Hasta ese momento su vida había sido una observación estricta de las normas y las leyes. Nunca nadie tuvo que reprocharle nada. No dejaba de reconocer que en alguna ocasión hubiera querido coger a alguien por el cuello, o mandar a callar a gritos a los conductores que perdían los papeles al volante, o decirle a su jefe cuatro cosas bien dichas. Pero nada de eso era correcto, al menos "políticamente correcto". Había sido educado para no hacer, para limitarse, para mantener el camino recto. Y así también había educado a sus hijos y se lo había exigido a su mujer. En su casa, todo era correcto y estricto. Las cosas eran como debían ser.

Hoy no sabe cómo ni por qué, el caso es que un día conoció a alguien que carecía de respeto por las normas. Se trataba de un tipo realmente curioso, simpático, con permanentes incursiones al territorio que él se había vetado. No se trataba sólo de drogas, de sexo o de cierto gamberrismo, realmente se trataba de otra forma de vida, exactamente de eso, de mirar la vida de otra forma, por la cara oculta.

Reconoce que le costó aceptarlo, pero una vez que lo hizo se descubrió el color en su vida de blancos y negros. "¡Ah!", confiesa, "¡cómo me costó dar el primer paso!". Pero lo dio. Una noche en la que estaba cenando con este -ya entonces- colega, se planteó la posibilidad de ir a un garito a tomar una copas.

"No", dijo, "tengo que volver a casa y además, ya he bebido lo suficiente". Pero la tentación fue creciendo a medida que crecían las expectativas de la noche. Compañeros que se sumaban con los que siempre quiso cambiar impresiones, pero con quienes no mantenía confianza para acercarse; compañeras a las que siempre quiso conocer mejor pero con las que no hablaba porque un hombre casado no debe intimar con la vida de otras mujeres; vecinos a los que alguna vez quiso demandar un respeto mínimo de la convivencia, pero se aguanto las ganas por evitar la confrontación; camareros con los que hubiera intercambiado chistes, aunque un hombre de su posición no debía estar en la barra de un bar...

Cuál fue el momento, quién o qué dio con el "clic", en qué segundo de su vida encendió la otra parte del mundo que había mantenido en penumbra, no lo sabe. Sólo recuerda imágenes aisladas, inconexas entre sí. Unos bailes en mitad de una pista, unas risas, unos abrazos, algún comentario de curro, dos o tres de sobre hombres y mujeres, y como llantos de su mujer y preguntas de la policía al llegar a su casa de día y sin corbata.

http://www.youtube.com/watch?v=YpfvXMiaCWo

viernes, 1 de marzo de 2013

Penélope

http://www.youtube.com/watch?v=GXGYBybj5qo


martes, 19 de febrero de 2013

No quiero ser "grande"

Supongo que como todos y como todas pensé que para disfrutar de las cosas había que tener. Me enseñaron que el dinero no daba la felicidad, pero ayudaba a conseguirla; y que el trabajo era la forma idónea de hacerme un hombre. También me explicaron que las grandes cosas del mundo se conseguían luchando, escalando, con esfuerzo. Que el sudor y la sangre nos hacía más fuertes...

En fin, me contaron que para disfrutar de la vida primero había que ganarla, había que llegar a nuestros propios límites, a defender lo mío frente al mundo entero que pretendía también disfrutar de la vida pero con mis cosas.

Tan convencido estaba que olvidé lo realmente importante, la felicidad que había en lo sencillo, en lo que la vida nos da totalmente gratis, en lo que siempre me hizo feliz... Y me convertí en un adulto.


domingo, 3 de febrero de 2013

Y ya estamos en febrero


Se había prometido un cambio de vida. Poner fin a las prisas, disfrutar de la familia, más tiempo para leer, menos horas de trabajo, practicar deporte, terminar el curso que había dejado a medias en la UNED, mirarse más el ombligo y menos al espejo…
Ese iba a ser su regalo de Navidad. Una mujer madura, de vuelta de casi todo y tras una eternidad trabajando sin descanso, ya tenía derecho a “vivir la vida”, se decía. Había sabido superar una dura separación, incluso, cuando vio que no había marcha atrás, aprovechó las circunstancias para hacer que su ex marido se sintiera más culpable, y con ello había conseguido controlar la relación en todo momento. Más culpable lo hizo sentirse cuando los niños le hablaron de la “nueva novia de papá”. No le hizo falta más que unas cuantas frases precisas en el momento oportuno para que su “ex” se sintiera vil y asumiera que su papel era facilitarle la vida tanto como ella dispusiera.
A veces hasta le daba pena.
Pero ya entonces, y hasta ahora, su vida se limitaba al trabajo, a los dos hijos que tenía y a mantener alguna que otra salida con compañeros de la oficina o algún cliente, siempre sin mayores pretensiones que convertir el trabajo en algo distendido.
Mientras esperaba el ascensor pensaba en ese cambio de vida prometido, y sin embargo, allí estaba corriendo una vez más, entre el colegio de los chicos y la reunión de primera hora con unas clientas que, temía, no iban a facilitarle el trabajo.
Pensó que cuando se prometió en Navidad un futuro, tuvo que posponerlo para Reyes, pues no podía dejar sin terminar lo que estaba pendiente. Claro que las cosas se complicaron y trajeron más cosas que le hicieron pensar que el día para romper con todo sería justo después de Carnaval. Pero el Carnaval finalizó dando paso a la Semana Santa y ésta, al cierre fiscal, y ya en estas fechas pasó a mirar hacia el verano, en donde entre el mes con los niños y las vacaciones de los compañeros de despacho nada se podría hacer, y de ahí, de nuevo se volvió a prometer el mismo regalo de Navidad.
Y así lleva un lustro, deseando cambiar lo que nunca cambia. “Y ya estamos en febrero”, se dijo mientras miraba el reloj.

domingo, 13 de enero de 2013

Tiempo y espacio

La ciencia es la ciencia. Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales, dice el diccionario y la razón. Según esto, la relación entre el el tiempo y el espacio define la velocidad. Si invertimos "X" tiempo para "Y" distancia supone que tendremos  "Y/X" de velocidad en metros por segundos, kilómetros por hora, metros por hora, kilómetros por segundo....

En buena lógica es así. Lo dice la ciencia cada vez que cogemos un metro y un cronómetro.

Claro que en casos como éste la experiencia no es la madre de la ciencia, a lo más una tía lejana, de cuarta o quinta generación. La experiencia nos dice que la distancia y el tiempo a lo que da lugar es a olvidos, a enfriamientos, a pérdidas... a nostalgia.

Y a tanto tiempo por días de distancia los metros y los kilómetros se multiplican aunque sean los mismos. Y 20 años es media vida, y Penélope se olvida por qué esperaba, y el mar nos alcanza y hasta nos cubre por mucho que creamos que somos más fuerte. Los abrazos perdidos se sienten, pero no se tienen; y los recuerdos dejan de estar en presente para "in" memoria; y los olores y los sabores se diluyen en el recuerdo, junto con los paisajes, los besos y la infancia.

De ahí que haya una "Teoría de la relatividad" mucho más antigua de lo que creemos, aunque con los años llegara Einstein y viera la luz, y decidiéramos olvidar que lo relativo, a veces, es absoluto.


https://www.youtube.com/watch?v=S22afP9wODE

jueves, 10 de enero de 2013

martes, 1 de enero de 2013

jueves, 20 de diciembre de 2012

El monstruo


Regresé del sueño de la nada para despertar en la realidad de la miseria. Había esperado tanto que se me olvidó que la vida tiene sus propios planes en donde lo imposible ocurre y lo que más deseas es inalcanzable. Es así. Traté de sobrevivir y ahora me anuncian que los Mayas ya auguraban el fin del mundo para mañana, amé locamente hasta que descubrí que el compromiso podía tomar forma, busqué mi soledad en los momentos en que más falta me hacía tener compañía.

Creía en los milagros porque no ocurrían. ¿Qué interés podría tener alcanzar lo que es posible? ¿Para qué sirve? Sólo lo contrario nos permite descubrir la diferencia y sólo estirar los brazos hacia lo imposible nos hace crecer.

No había más ni menos motivos. Los motivos no existían. El monstruo nace de dentro y se alimenta de pasiones y de momentos, nunca de razones. La razón es el argumento para atar a la fiera, pero la fiera no deja de comer.

Pero los años pasan, y aprendí a dejar de comer carroña y a elegir sólo lo mejor del menú, y el monstruo interior ha aprendido a dormir enroscado y a cambiar la pasión por la ternura. Y hay quien me mira y cree que ya está controlado.

Claro que yo no olvido que ahí sigue el monstruo, y que sonríe y le brillan los ojos cuando todo parece tranquilo.

https://www.youtube.com/watch?v=Fs841UgXMnY

sábado, 1 de diciembre de 2012

La diferencia


No mires atrás. Corre todo cuanto puedas, sin medir fuerzas ni ganas. Corre como si te persiguiera el mismo diablo. No dejes de mover las piernas a la velocidad que puedas. Como si huyeras de un tsunami, de la caída de un meteorito, como si la tierra se estuviera abriendo tras tus pasos. Corre sin parar de correr. No te importe pisar a muertos y a heridos, a niños, a abuelos, a tullidos… No repares en gritos ni en llamadas de auxilio, ni en las manos que se levantan, ni en el ruido que hacen tus pisadas sobre las cabezas y los estómagos, ni en el bosque que se quema tras de ti.

Claro que también puedes permanecer y mancharte las manos y el espíritu. Trabajar. Dar amparo y proteger a quienes son pisoteados, apagar el fuego, hacer zanjas y desviar el agua, construir refugios cada vez más sólidos, acompañar a los moribundos y sanar a los enfermos. Tocar las manos, poner y ponerte de pie, abrazar, besar, sentir, soñar, vivir. Mirar la tragedia de frente como si la muerte no respirara tras de ti, pero también al amor y a la ternura como si la vida estuviera en juego.

Unos y otros, el que corre y el que está, tienen en común que cada momento se enfrentarán a lo mismo, o más carrera o más que hacer. Lo que les distingue es que, el que corre, lo hace solo y no llega tan lejos.

martes, 27 de noviembre de 2012

Reencuentro

Alguien debía decirnos en dónde no deberíamos entrar, o salir, o subir, o bajar... Alguien se equivocó pensando que la intuición era un argumento suficiente para advertirnos, para encender las alertas, suficiente para evitar la desgracia. Pero a veces la intuición se confunde con atracción, se entiende como una llamada, se traduce en nuestra vida cotidiana como una curiosidad que normalmente se convierte en una mala experiencia.

Tenía edad suficiente para saberlo, pero allí entré convencido de que la vida me había dado cuatro ases para esa jugada. Así que acudí a la cena de empresa dispuesto a chasquear los dedos y que cayeran las cien puertas de Tebas, algo me decía que algo iba a ocurrir, y algo con alguien, dentro de mí una voz me avisaba de que sería el día.

Con ese espíritu me presenté dispuesto a vivir mi momento de gloria, vestido para la ocasión, perfumado para la ocasión, peinado para la ocasión, silbando para la ocasión, siguiendo el guión que se había escrito para mí en algún rincón del universo.

Todo apuntaba a que así era e iba a ser. Cada cosa que ocurría me acercaba un paso a mi triunfo sobre el bien y el mal. Y a punto estuve de tocarlo cuando, fuera de programa, apareció ella con la misma sonrisa que hacía 30 años. Quizá algo más madura, quizá con una mirada algo más nostálgica, pero la misma sonrisa.

30 años atrás nunca me había mirado, y en todos esos años nunca la vida nos había vuelto a cruzar, pero allí, en mi noche, aparecía ella como un misil a la línea de flotación.

A partir de ahí no hubo partitura que interpretar ni libreto que seguir, me convertí en un ser torpe, inseguro. Perdí las habilidades, la ropa se me volvió ancha, los zapatos me chancleaban y el verbo fluido se presentó absurdo y disperso.

Realmente se me escapaba al entendimiento todo lo que estaba ocurriendo. ¿A cuento de qué todo aquello? Al fin y al cabo se trataba de un antiguo amor de estudiante con quien nunca llegué a intercambiar una sola palabra. Creo que ni una sola frase. Pero 30 años después volvía a ser un niño por culpa de una mujer que, seguro, siquiera se acordaba de mí.

Trate de no mirarla, de no seguirla con la vista. Imposible. Allí estaba, con la misma risa encantadoramente discreta que iluminaba todo.

Decidí tranquilizarme y quise salir de allí, pero era imposible. Al tratar de levantarme las piernas me temblaban. Me quedé sentado como si supiera de qué estaban hablando mis compañeros y compañeras, pero con todos mis sentidos puestos en aquellos ojos y aquella boca, y así fue inevitable que nuestras miradas se cruzaran.

Yo quise esconderme pero ella hizo un gesto de sorpresa como si me hubiera reconocido. Quizá se acordara, quizá mi cara le sonaba, al fin y al cabo coincidimos varios años en el mismos colegio. Quizá, quizá y quizá, pero no. Al fin y al cabo, ¿quién era yo?

Afortunadamente se marchó pronto. Acompañada, por supuesto, con la misma sonrisa y la misma cadencia en sus caderas que yo recordaba tan nítidamente.

Pensando en ello estaba cuando una voz me sacó de aquella ausencia. "Cuánto tiempo. Qué tal va todo, qué es de tu vida...".

Reconocí a aquel hombre, también antiguo compañero, supuse que debía andar con ella pero que no le había visto obsesionado como estaba. "Bien, bien", contesté. "¿Qué tal tú?¿Qué haces por aquí?", pregunté.

Me contó que se trataba de la cena de navidad de la empresa en la que trabajaba y en la que coincidían con algunos compañeros del colegio, y en la escueta lista de nombres y apellidos aparecía el de ella.

No pude evitarlo, pregunté por ellos con la única intención de saber algo de ella. Y funcionó.

"Estaba aquí hace un momento", dijo. "Una pena. Se acaba de marchar. Estaba estupendamente pero al parecer vio a alguien a quien no esperaba y se ha puesto nerviosa y sentido indispuesta. No sé", añadió, "cosas de mujeres. ¿No serías tú?", comentó entre risas a las que yo respondí con la misma intensidad.

Y mi amigo se marchó, dejándome un abrazo y una pregunta que me quita el sueño.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Huelga general


Se levantaron como cada día. Habían quedado con sus compañeros de trabajo para acudir a la convocatoria de manifestación que los sindicatos y otras instituciones habían convocado para mostrar su disconformidad con las propuestas de un Gobierno que parecía tan alejado de la realidad como ausente de los problemas reales de las personas.

Se ducharon y se vistieron sin hablar demasiado, como si estuvieran concentrándose para lo que iba a venir. Cruzaron sólo alguna frase para saber dónde estaba alguna pieza de ropa y desayunaron por separado.

Bajaron al garaje y subieron al coche de ella. Se dirigieron hacia la plaza de concentración y unas manzanas antes él se bajó para encontrarse con sus compañeros y compañeras de trabajo y ella siguió para ir a concentrarse con los suyos.

Se despidieron con un breve “cuando termine te llamo” por parte de ella, y un “hasta luego” por parte de él. No estaban enfadados, sólo distantes y preocupados porque lo que la vida les deparaba.

La plaza ya estaba casi llena y muchos manifestantes extendían sus pancartas para definir posiciones dentro de la marcha. Él se saludó con sus compañeros, intercambiaron unas palabras y, tras mirar a su alrededor, auguraron un éxito de convocatoria.

Ella, junto a sus colegas de profesión, esperó la llegada de la protesta ante la Delegación del Gobierno. A medida que la protesta se aproximaba, sintió como los cánticos y arengas de entusiasmo se iban tornando en tensión. Miró a sus compañeros y compañeras y en sus ojos leyó la misma agresividad que ella empezaba a notar.

No obstante aguantaron hasta la llegada de la protesta. El tumulto casi los engulle pero ya lo habían previsto y permanecieron unidos, allí, en primera fila, cada vez más tensos y más nerviosos, bajo una presión infinita que sólo se soltó cuando el jefe de policía dio la orden de disolver la protesta.

Fue entonces, durante la carga, cuando ambos volvieron a encontrarse. Él no pudo ser reconocido porque se encontraba boca a bajo tratando de proteger a un compañero de la paliza que le estaba dando una agente, a la que él tampoco reconoció parapetada tras el escudo y el casco de los antidisturbios.

Para él y para ella, en ese momento, sólo eran una y uno más, respectivamente.

sábado, 3 de noviembre de 2012

domingo, 28 de octubre de 2012

A veces ganas

Contra todo pronóstico nunca llegué a saltar por la ventana. Cierto es que la vida se volvió gris oscura, las aceras crecieron por toda la ciudad y el dolor fue mi compañero durante meses. No encontré consuelo ni, si soy sincero, lo busqué. ¿Para qué? Mi dolor era lo único que me quedaba de ella, así que decidí vivirlo como Gollum persiguió el anillo. Mis miserias y mi vida era el relleno del vacío que me había creado su ausencia.

Y la verdad es que cuando ella me dijo: "Se acabó. Esta relación está agotada", yo pensaba lo mismo. No sólo lo sabía sino que se expresó utilizando las mismas palabras con que yo habría hablado. Pero no es lo mismo ver el final que vivirlo, y el valor que a mí me faltaba, a ella le sobraba.

No es que no nos quisiéramos -que ya no lo sé-, es que andábamos por caminos distintos. Nunca conseguimos hacer amor. Eso sí, gracias a que conseguíamos hacer sexo la cosa aguantó lo suficiente como para creer que teníamos algo más de lo que teníamos.

Creo que pasaron años para encontrar un día en que ella no fuera mi primer y mi último pensamiento, meses en encontrar un comentario que me arrancara una sonrisa, días en poder articular una palabra, horas para dejar de llorar...

Pero pasaron las horas, y los días, y los meses, y los años y dejé de llorar, y volví a hablar, y sonreí de nuevo, y hasta dejé de pensar en ella a todas horas, y hasta debo reconocer que hoy por hoy su imagen no transmite ningún sentimiento.

Ahora estoy aquí, sudado, abrazado a otro cuerpo, mirando a otros ojos, compartiendo recuerdos y secretos, hablando de amores y desamores, conociéndome y conociéndola, y esperando a que el tiempo pase para que el amor vuelva a hacernos más hombre y más mujer y más amantes. Aquí estoy, viviendo mi felicidad y abrazado a un nuevo camino (que tiene curvas de mujer). Aquí estoy feliz, recordando cómo la vida me ha traído hasta este punto, sabiendo que es dónde tenía que estar, pero siendo incapaz de recordar quien era aquella mujer que me mostró la parte más oscura de mi alma.


https://www.youtube.com/watch?v=SIzr-cl_SR4

martes, 9 de octubre de 2012

El amante de las bestias


Amaba a los animales más que a nada. Trabajaba, comía y compartía algún tiempo con sus amistades de siempre, pero su vida, lo más importante de su vida, giraba en torno a las bestias. Daba lo mismo que fueran de piel o de pluma, de escamas o de pelo… Cualquiera era un ejemplar único aunque fueran de la misma especie.

Los amaba porque eran así, como eran, salvajes o domésticos, ariscos o mimosos, violentos, ágiles, cariñosos, independientes…

Desde que pudo, se hizo con un perro. No era agresivo, de hecho podría decirse que era especialmente tranquilo, pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, el chucho le llegaba a morder. “Le acaricié cuando estaba comiendo”, dijo; “me mordió al llegar tarde”, justificó; “le pisé el rabo sin querer y reaccionó así”, lamentaba mientras se curaba las heridas de los dientes sobre la piel.

Pero los ataques eran cada vez más seguidos y decidió cambiar el perro por un gato. Claro que el gato era independiente. Salía de casa durante días y cuando volvía sólo quería comer y recibir algunas caricias. De pequeño no tanto, pero ya adulto, los arañazos eran comunes, incluso una vez las uñas estuvieron a punto de sacarle un ojo. “Debí cogerlo mal y se puso nervioso”, contó.

Las cicatrices eran cada vez más, pero se resistía a abandonar el gato. Un buen día, el menino salió de casa y no volvió, aunque él lo esperó siempre.

No pasaron muchos años y compró un caballo. Una vez cepillándolo, recibió una coz que le reventó el hígado y le impidió montar más; y después encontró una cría de cuervo que le sacó un ojo de un picotazo; en una tienda de animales exóticos compró un cocodrilo que le arrancó un brazo; y con una boa estuvo a punto de perder la vida…

Siempre le ocurría algo, y en cada visita al hospital señalaba que los animales eran así. “Son bestias, es su instinto, su naturaleza…”.

Finalmente decidió no tener más animales, pero cuando pasea por la ciudad, sin brazo, sin hígado, sin ojo y con medio cuerpo esculpido por las cicatrices, no puede evitar mirar hacia la gente que pasea con sus animales por la calle y soñar cómo sería su vida si encontrara al animal adecuado.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Así es la vida


No sé cuántas veces me reencarné antes de encontrarla. Ciego como estaba, reconocí sus labios nada más rozarlos con los míos. Sólo el dolor de la alegría al verla sonreír me advirtió de que el desamor me causaría la muerte. Pero, ¿quién tiene miedo a la muerte si sabes que sólo su recuerdo aliviaría una eternidad en el infierno? Eso pensé aunque ahora lo dude.

Quizá fuera mi última esperanza de alcanzar la felicidad. No de reírme entre amigos, o de pasar un rato agradable. Era la respuesta a cientos de noches y de días en donde nadie llenaba los huecos vacíos de mi corazón.

Pasamos unas semanas viviendo en la gloria. Abandoné todo aquello que me había dado razones de vivir, porque nada había más bello ni más importante que ella. Sin ella no había presente ni futuro, y el pasado sólo fue algo necesario para alcanzarla.

Fueron unos cuantos días, semanas, algunos meses, hasta que llegué a casa y la vi haciendo la maleta.

                “¿Qué haces?” –Pregunté.
                “Me voy” –Contestó ella.
                “¿A dónde?”
                “Lo he encontrado”
                “¿A quién?”
                “No sé cuántas veces me reencarné para encontrarlo. Ciega como estaba, reconocí sus labios nada más rozarlos con los míos. Sólo el dolor de la alegría al verlo sonreír me advierte de que el desamor me causaría la muerte. No sé si lo entiendes, pero me tengo que ir”.

Ya no dije nada. Cómo no iba a entenderlo. Me senté en el sillón y pasé varios días sin moverme, dando cabezazos de vez en cuando en el mismo sillón.

Volví al trabajo, y un poco más tarde a retomar una vida que no me llenaba, pero me mantenía en la vida.

Un año más tarde la encontré en una parada de taxis. Nos saludamos con cortesía y traté de mantener cierta distancia, pero no pude. A pesar de intentarlo tuve que preguntarle por su relación, por cómo le iba.

                “Me dejó. Apareció la mujer de su vida y me dejó”.

Yo le contesté que lo sentía, que esas cosas pasan, y me despedí de ella con una mirada solidaria.
Al dar la vuelta me sonreí, “así es la vida de caprichosa”, recuerdo que pensé y comencé a tararear una canción de "Elefantes". Desde entonces vivo mucho más feliz, más relajado y hasta sonrío con más ganas que nunca.



sábado, 15 de septiembre de 2012

Casiopea


Sólo cuando perdí el timón de la nave me di cuenta de que los años de preparativos no habían servido para nada. De nada, los cursos de primeros auxilios ni de mecánica; de nada, la señalización de las salidas de emergencia ni la disciplina; de nada, los meses estudiando las cartas de navegación, las corrientes y los flujos; de nada, las estrellas ni el sol; de nada los aplausos a mi salida ni los augurios ni las buenaventuras prometidas. Desde mi salida todo han sido sorpresas y despropósitos.

Nadie me advirtió que con un barco no se debe intentar llegar a Casiopea, pero me vendieron el barco y un fin de semana en la luna, y yo compré. Necesitaba la meta, el objetivo, el destino final en donde mi felicidad habita.

Desde que perdí el timón tampoco puedo dar la vuelta, ni maldecir a quienes me miran desde la costa porque tampoco ellos saben cómo debía hacerlo. Quizá sólo admiran que alguien trate de alcanzarla una constelación, pero nunca se han planteado navegar sobre las nubes porque los pies de plomo les recuerdan que no tienen otro destino que mirar a quienes intentan dar pasos en el espacio a gravedad cero.

Debí darme la vuelta desde que el velero perdió el mascarón de proa, pero no sé si me faltó valor para descender, o para defraudar a quienes creyeron en mí o es que prefiero perderme en el fracaso a reconocerlo. El caso es que saludo asomado a estribor mirando unos puntitos que no sé siquiera si tienen ojos, oídos o cabeza, sin saber qué estoy haciendo.

No tengo posibilidad de sobrevivir, pero tampoco la tenía antes de partir. Así que por ahora me queda esperar con la cara vuelta a Casiopea y disfrutar de la caída cuando el barco termine por desintegrarse.

Pinchar: http://www.youtube.com/watch?v=qXR94CQBm0U

lunes, 10 de septiembre de 2012

Un agujero negro llamado ombligo


La incorporación al trabajo de Paco tras las vacaciones de verano le trajo de nuevo a su realidad cotidiana. Las cosas no habían cambiado demasiado. La mayor parte de sus compañeros y compañeras ya habían llegado y sólo alguno que por motivos organizativos había retrasado su salida, también dilataba su llegada.

Tras los protocolarios saludos y el intercambio de anécdotas vacacionales, su jefa le señaló sus tareas inmediatas. Al empezar a despacharlas no pudo más que llenarse de mala leche. Siempre le tocaba a él la tarea más compleja “mientras estos no hacen más que tocarse los cojones”, pensó.

Miró por encima de su ordenador y comprobó que sus 16 compañeros y sus 9 compañeras se observaban pensando lo mismo. Sólo uno, el único que no había podido tomar vacaciones por exceso de trabajo, mantenía su mirada fija entre la documentación y el ordenador.

Juan no era de los que se ponían al volante después de beber, pero allí estaba soplando ante la Guardia Civil después de haberse tomado unas cervezas para celebrar el nacimiento del primogénito de una pareja amiga. “Tiene que dejar aquí su vehículo o avisar a alguien que pueda llevárselo”, le dijo el agente mientras rellenaba el formulario de la multa que debería pagar y que le acarreaba la pérdida de unos cuantos puntos.

Cuando bajó del coche maldijo su mala suerte. Nunca conducía si bebía, pero “para una vez que lo hago”, se dijo, “tienen que pararme a mí”. Tan absorto iba preguntándose por qué esas cosas sólo le pasaban a él, que ni cuenta se dio de que pasaba entre una docena de coches y otros tantos conductores que, como él, maldecían su mala suerte.

Nunca pensó Lucía que su marido le pidiera el divorcio. Las cosas no parecían ir tan mal, no más crisis ni más dificultades que las que podía presentar cualquier matrimonio después de ocho años nadando entre lo bueno y lo malo. No recordaba nada que hubiese hecho para merecer ese desprecio, ese abandono. Él le juraba y perjuraba que no había otra ni que la decisión se debiera a algo que hubiese hecho o dicho. “Entonces, qué. Por qué. A cuento de qué”, espetó una y otra vez a su todavía marido, para nada.

Cuando él cerró la puerta de casa llevándose una maleta con parte de su ropa y de sus años más felices, ella se derrumbó en el sofá. Prácticamente no durmió en toda la noche. Por la mañana telefoneó a su jefa para contarle que no estaba en condiciones de trabajar, que algo terrible le había sucedido, que los expedientes de desahucio y los de abandono familiar estaban listos para enviar. También dio instrucciones para recordar que de las 60 familias que iban a quedarse en la calle, la mayoría tenían menores a su cargo y que había que llamar a los Servicios Sociales por si era conveniente separarlos de sus padres si estos no tenían a donde ir. En cuanto a los de abandono familiar, se trataba de unos hermanos, el mayor de ellos de 12 años, que llevaban casi un año viviendo solos en una cueva, sostenidos por la solidaridad de los vecinos y la mendicidad.

Tras colgar, volvió a su mar de lágrimas odiando al mundo por lo que le había hecho a ella.