Contra todo pronóstico nunca llegué a saltar por la ventana. Cierto es que la vida se volvió gris oscura, las aceras crecieron por toda la ciudad y el dolor fue mi compañero durante meses. No encontré consuelo ni, si soy sincero, lo busqué. ¿Para qué? Mi dolor era lo único que me quedaba de ella, así que decidí vivirlo como Gollum persiguió el anillo. Mis miserias y mi vida era el relleno del vacío que me había creado su ausencia.
Y la verdad es que cuando ella me dijo: "Se acabó. Esta relación está agotada", yo pensaba lo mismo. No sólo lo sabía sino que se expresó utilizando las mismas palabras con que yo habría hablado. Pero no es lo mismo ver el final que vivirlo, y el valor que a mí me faltaba, a ella le sobraba.
No es que no nos quisiéramos -que ya no lo sé-, es que andábamos por caminos distintos. Nunca conseguimos hacer amor. Eso sí, gracias a que conseguíamos hacer sexo la cosa aguantó lo suficiente como para creer que teníamos algo más de lo que teníamos.
Creo que pasaron años para encontrar un día en que ella no fuera mi primer y mi último pensamiento, meses en encontrar un comentario que me arrancara una sonrisa, días en poder articular una palabra, horas para dejar de llorar...
Pero pasaron las horas, y los días, y los meses, y los años y dejé de llorar, y volví a hablar, y sonreí de nuevo, y hasta dejé de pensar en ella a todas horas, y hasta debo reconocer que hoy por hoy su imagen no transmite ningún sentimiento.
Ahora estoy aquí, sudado, abrazado a otro cuerpo, mirando a otros ojos, compartiendo recuerdos y secretos, hablando de amores y desamores, conociéndome y conociéndola, y esperando a que el tiempo pase para que el amor vuelva a hacernos más hombre y más mujer y más amantes. Aquí estoy, viviendo mi felicidad y abrazado a un nuevo camino (que tiene curvas de mujer). Aquí estoy feliz, recordando cómo la vida me ha traído hasta este punto, sabiendo que es dónde tenía que estar, pero siendo incapaz de recordar quien era aquella mujer que me mostró la parte más oscura de mi alma.
https://www.youtube.com/watch?v=SIzr-cl_SR4
Los planetas, los astros, las galaxias... todo demuestra que nuestras vidas están flotando y en constante movimiento, pero preferimos vivir en la creencia de tener los pies sobre la tierra
domingo, 28 de octubre de 2012
martes, 9 de octubre de 2012
El amante de las bestias
Amaba a los animales más que a nada. Trabajaba, comía y
compartía algún tiempo con sus amistades de siempre, pero su vida, lo más
importante de su vida, giraba en torno a las bestias. Daba lo mismo que
fueran de piel o de pluma, de escamas o de pelo… Cualquiera era un ejemplar
único aunque fueran de la misma especie.
Los amaba porque eran así, como eran, salvajes o domésticos,
ariscos o mimosos, violentos, ágiles, cariñosos, independientes…
Desde que pudo, se hizo con un perro. No era agresivo, de
hecho podría decirse que era especialmente tranquilo, pero de vez en cuando, muy
de vez en cuando, el chucho le llegaba a morder. “Le acaricié cuando estaba
comiendo”, dijo; “me mordió al llegar tarde”, justificó; “le pisé el rabo sin querer y reaccionó así”,
lamentaba mientras se curaba las heridas de los dientes sobre la piel.
Pero los ataques eran cada vez más seguidos y decidió cambiar
el perro por un gato. Claro que el gato era independiente. Salía de casa
durante días y cuando volvía sólo quería comer y recibir algunas caricias. De
pequeño no tanto, pero ya adulto, los arañazos eran comunes, incluso una vez
las uñas estuvieron a punto de sacarle un ojo. “Debí cogerlo mal y se puso
nervioso”, contó.
Las cicatrices eran cada vez más, pero se resistía a
abandonar el gato. Un buen día, el menino salió de casa y no volvió, aunque él
lo esperó siempre.
No pasaron muchos años y compró un caballo. Una vez
cepillándolo, recibió una coz que le reventó el hígado y le impidió montar más;
y después encontró una cría de cuervo que le sacó un ojo de un picotazo; en una
tienda de animales exóticos compró un cocodrilo que le arrancó un brazo; y con
una boa estuvo a punto de perder la vida…
Siempre le ocurría algo, y en cada visita al hospital
señalaba que los animales eran así. “Son bestias, es su instinto, su naturaleza…”.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Así es la vida
No sé cuántas veces me reencarné antes de encontrarla. Ciego
como estaba, reconocí sus labios nada más rozarlos con los míos. Sólo el dolor
de la alegría al verla sonreír me advirtió de que el desamor me causaría la
muerte. Pero, ¿quién tiene miedo a la muerte si sabes que sólo su recuerdo
aliviaría una eternidad en el infierno? Eso pensé aunque ahora lo dude.
Quizá fuera mi última esperanza de alcanzar la felicidad. No
de reírme entre amigos, o de pasar un rato agradable. Era la respuesta a
cientos de noches y de días en donde nadie llenaba los huecos vacíos de mi
corazón.
Pasamos unas semanas viviendo en la gloria. Abandoné todo
aquello que me había dado razones de vivir, porque nada había más bello ni más
importante que ella. Sin ella no había presente ni futuro, y el pasado sólo fue
algo necesario para alcanzarla.
Fueron unos cuantos días, semanas, algunos meses, hasta que
llegué a casa y la vi haciendo la maleta.
“¿Qué haces?” –Pregunté.
“Me voy” –Contestó
ella.
“¿A dónde?”
“Lo he encontrado”
“¿A quién?”
“No
sé cuántas veces me reencarné para encontrarlo. Ciega como estaba, reconocí sus
labios nada más rozarlos con los míos. Sólo el dolor de la alegría al verlo
sonreír me advierte de que el desamor me causaría la muerte. No sé si lo
entiendes, pero me tengo que ir”.
Ya no dije nada. Cómo no iba a entenderlo. Me senté en el
sillón y pasé varios días sin moverme, dando cabezazos de vez en cuando en el mismo sillón.
Volví al trabajo, y un poco más tarde a retomar una vida que
no me llenaba, pero me mantenía en la vida.
Un año más tarde la encontré en una parada de taxis. Nos
saludamos con cortesía y traté de mantener cierta distancia, pero no pude. A
pesar de intentarlo tuve que preguntarle por su relación, por cómo le iba.
“Me
dejó. Apareció la mujer de su vida y me dejó”.
Yo le contesté que lo sentía, que esas cosas pasan, y me
despedí de ella con una mirada solidaria.
Al dar la vuelta me sonreí, “así es la vida de caprichosa”,
recuerdo que pensé y comencé a tararear una canción de "Elefantes". Desde entonces vivo mucho más feliz, más relajado y hasta
sonrío con más ganas que nunca.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Casiopea
Sólo cuando
perdí el timón de la nave me di cuenta de que los años de preparativos no
habían servido para nada. De nada, los cursos de primeros auxilios ni de
mecánica; de nada, la señalización de las salidas de emergencia ni la
disciplina; de nada, los meses estudiando las cartas de navegación, las corrientes
y los flujos; de nada, las estrellas ni el sol; de nada los aplausos a mi
salida ni los augurios ni las buenaventuras prometidas. Desde mi salida todo han
sido sorpresas y despropósitos.
Nadie me
advirtió que con un barco no se debe intentar llegar a Casiopea, pero me
vendieron el barco y un fin de semana en la luna, y yo compré. Necesitaba la
meta, el objetivo, el destino final en donde mi felicidad habita.
Desde que
perdí el timón tampoco puedo dar la vuelta, ni maldecir a quienes me miran
desde la costa porque tampoco ellos saben cómo debía hacerlo. Quizá sólo
admiran que alguien trate de alcanzarla una constelación, pero nunca se han
planteado navegar sobre las nubes porque los pies de plomo les recuerdan que no
tienen otro destino que mirar a quienes intentan dar pasos en el espacio a
gravedad cero.
Debí darme
la vuelta desde que el velero perdió el mascarón de proa, pero no sé si me
faltó valor para descender, o para defraudar a quienes creyeron en mí o es que prefiero perderme en el fracaso a reconocerlo. El caso es que saludo
asomado a estribor mirando unos puntitos que no sé siquiera si tienen ojos,
oídos o cabeza, sin saber qué estoy haciendo.
Pinchar: http://www.youtube.com/watch?v=qXR94CQBm0U
lunes, 10 de septiembre de 2012
Un agujero negro llamado ombligo
La incorporación al trabajo de Paco tras las vacaciones de
verano le trajo de nuevo a su realidad cotidiana. Las cosas no habían cambiado
demasiado. La mayor parte de sus compañeros y compañeras ya habían llegado y
sólo alguno que por motivos organizativos había retrasado su salida, también
dilataba su llegada.
Tras los protocolarios saludos y el intercambio de anécdotas
vacacionales, su jefa le señaló sus tareas inmediatas. Al empezar a
despacharlas no pudo más que llenarse de mala leche. Siempre le tocaba a él la
tarea más compleja “mientras estos no hacen más que tocarse los cojones”,
pensó.
Miró por encima de su ordenador y comprobó que sus 16
compañeros y sus 9 compañeras se observaban pensando lo mismo. Sólo uno, el
único que no había podido tomar vacaciones por exceso de trabajo, mantenía su
mirada fija entre la documentación y el ordenador.
Juan no era de los que se ponían al volante después de beber,
pero allí estaba soplando ante la Guardia Civil después de haberse tomado unas
cervezas para celebrar el nacimiento del primogénito de una pareja amiga. “Tiene
que dejar aquí su vehículo o avisar a alguien que pueda llevárselo”, le dijo el
agente mientras rellenaba el formulario de la multa que debería pagar y que le
acarreaba la pérdida de unos cuantos puntos.
Cuando bajó del coche maldijo su mala suerte. Nunca conducía
si bebía, pero “para una vez que lo hago”, se dijo, “tienen que pararme a mí”. Tan
absorto iba preguntándose por qué esas cosas sólo le pasaban a él, que ni cuenta
se dio de que pasaba entre una docena de coches y otros tantos conductores que,
como él, maldecían su mala suerte.
Nunca pensó Lucía que su marido le pidiera el divorcio. Las
cosas no parecían ir tan mal, no más crisis ni más dificultades que las que
podía presentar cualquier matrimonio después de ocho años nadando entre lo
bueno y lo malo. No recordaba nada que hubiese hecho para merecer ese
desprecio, ese abandono. Él le juraba y perjuraba que no había otra ni que la
decisión se debiera a algo que hubiese hecho o dicho. “Entonces, qué. Por qué.
A cuento de qué”, espetó una y otra vez a su todavía marido, para nada.
Cuando él cerró la puerta de casa llevándose una maleta con
parte de su ropa y de sus años más felices, ella se derrumbó en el sofá.
Prácticamente no durmió en toda la noche. Por la mañana telefoneó a su jefa
para contarle que no estaba en condiciones de trabajar, que algo terrible le
había sucedido, que los expedientes de desahucio y los de abandono familiar
estaban listos para enviar. También dio instrucciones para recordar que de las
60 familias que iban a quedarse en la calle, la mayoría tenían menores a su
cargo y que había que llamar a los Servicios Sociales por si era conveniente
separarlos de sus padres si estos no tenían a donde ir. En cuanto a los de
abandono familiar, se trataba de unos hermanos, el mayor de ellos de 12 años,
que llevaban casi un año viviendo solos en una cueva, sostenidos por la
solidaridad de los vecinos y la mendicidad.
Tras colgar, volvió a su mar de lágrimas odiando al mundo por
lo que le había hecho a ella.
sábado, 1 de septiembre de 2012
martes, 28 de agosto de 2012
viernes, 24 de agosto de 2012
Pies de barro
Tres horas
de espera en aquella oficina del paro fue tiempo suficiente para repasar su
vida. Ella nunca había estado sin trabajo. Desde que terminó sus estudios de
económicas tuvo la suerte de entrar con un contrato de prácticas en una multinacional
en la que meses después le propusieron quedarse a trabajar. Desde la firma
hasta hoy habían pasado 22 años, 7 meses y 3 días.
Pasó de ser
la chica en prácticas a la máxima autoridad contable, cargo que ejerció durante
casi la mitad del tiempo. Hasta que las cosas empezaron a desmoronarse hacía
unos meses, para muchos era el ejemplo de la mujer triunfadora: Jefa en su
trabajo con un sueldo envidiable, pareja de un reputado doctor que dejó la
medicina pública para atender su consulta privada, madre de tres criaturas que
estudiaban en un colegio bilingüe, chalet en las afueras, cambio de coche cada
dos o tres años, inversiones en bolsa, vacaciones en la Rivera Maya,
escapaditas a cualquier capital de Europa, y un vestidor en el que se podía
jugar a la escondite. Una triunfadora.
Pero eso no
le iba a interesar al funcionario o funcionaria de turno. “Señorita, llevo más
de una hora esperando”, había espetado a una trabajadora de la oficina. “Pues
todavía le queda un rato. Si tiene prisa”, le contestó, “vuelva mañana más
temprano”.
Quizá fue
ese desplante, ese desabrimiento mostrado hacia ella lo que le hizo
recapacitar. Hasta ese momento era ella la que podía mostrarse cortante y seca,
la que tenía la última voz, la que disfrutaba cumpliendo con el deber de colocar
a cada uno en su sitio. Pero esta vez, después de tantos años, no le gustaba
estar al otro lado del mostrador siendo una más entre miles.
Hacía menos
de un mes que el director nacional la había llamado para decirle que era una
magnífica profesional, que nunca podrían pagarle el trabajo y la dedicación a
la empresa pero que los tiempos son los tiempos; las crisis, crisis; y que con
mucho dolor había que reconvertirse o morir, y que como no iban a morir la
reconversión pasaba por cerrar delegaciones y poner al personal en la calle.
Así, sin más. En la calle.
Como los
ciclistas con los tranvías, el golpe no lo vio venir. Pensó que hablaba de
empleados de tercer o cuarto nivel, quizá hasta de segundo, pero ella estaba
entre los primeros del primer nivel, ella era persona de confianza, era la jefa
de “las perras”, la que conocía todos los secretos, las cuentas, los
chanchullos fiscales… Ella estaba a salvo hasta que pasó el tranvía y la estampó
junto a los ciclistas que ya se había llevado por delante. “Tenemos que
prescindir de ti”, le dijo, “en Canarias sólo dejaremos un delegado y dos
personas que se encarguen del papeleo. Todo se resolverá desde Sevilla o desde
Madrid, veremos como quedan tras la restructuración”.
Fue tal el
golpe que no atinó a decir nada. ¿Qué podía decir? Lo primero que pensó fue que
no le costaría encontrar trabajo. Una mujer con su experiencia, su carisma y
sus contactos no necesitaba estar ahí.
Pero desde
ese día hasta hoy todo su mundo comenzaba a desmoronarse. La crisis había
acabado con gran parte de sus ahorros que en plena fiebre de inversiones
fáciles con mucho beneficio, había dejado enterrados en la bolsa. Ya hacía
cierto tiempo que la consulta de su marino no contaba con lista de espera,
realmente no contaba con lista ninguna, hasta el punto de que tuvo que
dedicarse a trabajar con seguros, sabiendo que estos apretarían cada vez más,
pero era imposible regresar a la pública tal y como estaban las cosas. Los
problemas económicos habían llevado a la pareja a ciertas tensiones y, por si
fuera poco, el próximo curso los niños debían de cambiar de colegio dadas las
condiciones, lo que había supuesto una ruptura generacional en casa, incluso la
mayor, que tenía previsto comenzar la carrera en Estados Unidos, tendría suerte
si conseguía entrar por nota en alguna de las facultades nacionales.
Pero lo que
más le había dolido era la respuesta de lo que hasta ahora eran sus amigos de
cenas lujosas en restaurantes exclusivos. Muchos ánimos, mucho “lo que
necesites”, mucho “cuenten con nosotros”, pero ni un solo vente a trabajar a mi
empresa, o “yo conozco a fulano y esto lo solucionamos en un rato”. De hecho,
incluso dejó de sonar el teléfono para cenas o fines de semana en el barco de
Zutano o Mengano.
Se convenció
de que era una mujer fuerte, que a su edad no iba a dejarse derrumbar, que aún
tenía vida por delante, que esto sólo era una cuestión de tiempo, y casi se
odió a sí misma cuando empezó a llorar.
Miró a su
alrededor y por primera vez se dio cuenta de que la gente que le rodeaba estaba
llena de historias, de proyectos frustrados, que otras muchas y otros muchos se
sentían tan perdidos como ella, y pensó cuántas veces ella había pasado de esas
mismas miradas y de todos esos rostros.
En ello estaba
cuando en el “turnomatic” saltó su número. Se acercó a la mesa correspondiente
y trató de ser cortés, pero el trabajador de la oficina de desempleo rellenó su
ficha sin siquiera mirarle a la cara, tal y como tantas veces había hecho ella.
jueves, 16 de agosto de 2012
domingo, 12 de agosto de 2012
jueves, 9 de agosto de 2012
20.004 gracias
Pues esta mañana, al entrar al blog para comprobar si alguien había comentado algo y responderle, me he encontrado con la grata sorpresa de que ya se superan las 20.000 entradas, exactamente 20.004. Gracias por cada una de ellas y gracias especialmente a quienes siguen con cierta constancia estas líneas que se escriben con más afán que lucimiento.
Especialmente quiero darle las gracias a quien(es) leen esta página desde sitios tan lejanos como Alemania, Estados Unidos y Rusia, que según el registro estadístico del blog entran con una periodicidad que me anima a seguir con esto.
Por otra parte, y como es uso y costumbre cuando ocurren estas cosas, sería un buen momento para vernos quienes quieran y puedan. Una oportunidad podría ser el martes 14 de agosto, que en Vegueta (casco histórico de Las Palmas de Gran Canaria, para los de fuera de la Isla) se celebra una fiesta de fin de año en la que se pide ir vestido de blanco y negro. ¿Podemos?
Un beso a todos y todas y gracias, una vez más.
Especialmente quiero darle las gracias a quien(es) leen esta página desde sitios tan lejanos como Alemania, Estados Unidos y Rusia, que según el registro estadístico del blog entran con una periodicidad que me anima a seguir con esto.
Por otra parte, y como es uso y costumbre cuando ocurren estas cosas, sería un buen momento para vernos quienes quieran y puedan. Una oportunidad podría ser el martes 14 de agosto, que en Vegueta (casco histórico de Las Palmas de Gran Canaria, para los de fuera de la Isla) se celebra una fiesta de fin de año en la que se pide ir vestido de blanco y negro. ¿Podemos?
Un beso a todos y todas y gracias, una vez más.
lunes, 6 de agosto de 2012
El pino
Durante demasiados años las condiciones le fueron precisas
para crecer por encima de todos los demás árboles del bosque. No fue sólo una
cuestión de suerte. Un biólogo con ganas de trascender en aquel espacio de la
naturaleza plantó las semillas de pino en el mejor sitio y cuidó de él hasta
que su copa sobrepasó la mayoría de los congéneres de su entorno.
No pasó mucho tiempo para que el pino se diera cuenta de que
no había árbol más alto ni tronco más fuerte que el suyo. Sus ramas se
extendían sobre todas las plantas que le rodeaban y su tamaño aumentaba
llevándose a su paso todo lo que podía tener cerca.
Hartos de vivir bajo la sombra del pino y de sufrir las
terribles consecuencias de la acides de la tierra que las grandes cantidades de
pinocha provocaba, los representantes del bosque trataron de convencer al “gigante”
de las consecuencias de su falta de respeto hacia los demás.
El pino, que para entonces ya medía más de 70 metros, casi ni
escuchó sus voces, y las peticiones de convivencia las interpretó como quejas
de unos insensatos incapaces de valorar la suerte que tenían de estar junto a
él.
Las primeras consecuencias no se hicieron esperar: la cantidad
de pinocha se multiplicó y él trató de seguir creciendo sin importarle las
demás especies ni las el consumo de territorio que su enorme tamaño exigía.
El pino, cada vez más aislado ya que la inmensa capa de
pinocha impedía que nada creciera en su entorno, decidió sólo mirar hacia
arriba y persistir en su idea de crecer y crecer.
No le faltaba aduladores, especialmente hormigas, ardillas y
algunas aves que buscaron entre sus ramas un lugar seguro donde anidar. Para el
pino era suficiente compañía.
Una noche de agosto, la chispa de
un cable de alta tensión que atravesaba el bosque prendió la pinocha seca que el
pino iba acumulando bajo él. El viento y las altas temperaturas convirtieron
aquellas hojas en pólvora, y en pocos minutos el tronco del pino se vio
envuelto en llamas.
Las hormigas que le habían adulado durante tanto tiempo
trataron de huir tronco arriba. Mejor suerte corrieron algunos de los pájaros, que
si bien perdieron sus huevos, sus nidos y todo cuanto poseían, lograron salvar
sus vidas.
El pino, que ya había decidido no mirar nunca más hacia
abajo, empezó a oler el humo y a sentir el calor. “El bosque se quema. Ellos se
lo habrán buscado”, se dijo a sí y trató de estirarse un poquito más para ganar altura.
viernes, 3 de agosto de 2012
La duda
“No seré yo quien te lo cuente”, me dijo antes de salir de
la habitación dejando el eco de un portazo retumbando entre las paredes desconchadas. También
oí la puerta de la calle cerrarse con la misma fuerza y sus pasos hasta el
ascensor. La imaginé caminando por la acera hasta su coche y esperé mirando al techo que el motor del Toyota arrancara.
Tras unos segundos de silencio me levanté, caminé hasta la nevera y me prometí no pensar más en ello esa noche. Saqué una cerveza, la abrí y me senté frente al televisor pensando en qué tenía que haberle dicho para convencerla.
Tras unos segundos de silencio me levanté, caminé hasta la nevera y me prometí no pensar más en ello esa noche. Saqué una cerveza, la abrí y me senté frente al televisor pensando en qué tenía que haberle dicho para convencerla.
“Daba igual. Hiciera lo que hiciera ella tenía otro guión. Quería una pregunta porque tenía estudiada la respuesta”, traté de convencerme.
Todo había comenzado hacía pocas semanas durante una
cena con sus amigos sin mayores pretensiones que las de pasar
el rato y tener un acercamento a un círculo de gente que yo aún
desconocía, entre los comensales algunas de las caras me sonaban y con otras, sí que había logrado un cierto trato cercano, pero el conjunto, en su
mayoría, estaba formado por antiguas compañeras y compañeros de universidad y
sus parejas desconocidos para mí salvo por alguna referencia.
Todo estaba dentro de los parámetros de la normalidad. Hasta
el punto de alcohol era previsible en estas circunstancias, y las permanentes
referencias a anécdotas mil veces repetidas en estos reencuentros
post-universitarios parecían guardar un orden establecido. Todo estaba escrito en la hoja
de ruta. Todo menos el comentario de una de sus mejores amigas recordando el
día en que ella, mi pareja, llegó a clase enamorada hasta los huesos, casi
levitando, hablando de un joven profesor que había conocido en la biblioteca de
la facultad.
Al parecer, el mengano destacaba por sus aptitudes físicas -su asignatura era, dentro del mundo de la gimnasia, “suelo”-. Capaz de
hacer cientos de flexiones y abdominales, más fibroso que una caja de mueslis y
tan alto como la luna, no necesitó poner sus encantos sobre la mesa de
estudios, sólo le bastó un chiste para que cayera rendida a sus pies.
Cierto es que el tiempo pasó, que las cosas no fueron como
esperaban y que de la juventud a la madurez los criterios y los valores cambian
al menos de orden, especialmente algunos. El caso es que no llegó a
más que un par de años de lujuria y desenfreno que se fueron frenando solos
hasta que no hubo ni lujuria ni nada que frenar.
Yo, prudente, no quise preguntar ni hacer ningún comentario.
Me negué a mostrarme como el típico curioso que desea conocer los
detalles de anteriores relaciones, ni ante sus amigos y amigas ni ante ella,
pero no pude evitar que ahí se quedara en un rincón de mi cabeza la pregunta.
Traté de restar importancia, pero cada vez que la miraba, cogidos de la mano intercambiábamos sonrisas, y la pregunta venía a mi mente, la duda
se reflejaba en mis ojos. Y ella lo notó.
Tardamos cierto tiempo en despedirnos. Durante el trayecto a
mi casa hablamos de banalidades que habían ocurrido durante la noche, nada trascendente.
Pero al llegar a casa, tras quitarnos los abrigos y después de que me
preguntara por décima vez qué me pasaba, no pude callar: “Dime”, le dije, “¿Cuál
fue el chiste que te contó?”
Ella pensó que la estaba vacilando, que trataba de reírme por celos, pero la realidad es que me mataba de curiosidad
saber qué chiste puede conquistar a una mujer.
Aún hoy no me lo ha contado, y cuando se habla de celos
o de las cosas que influyen en la pareja, ella aprovecha siempre el mismo ejemplo.
En un caso argumenta que pasé la noche de mal humor y después no fui capaz de
reconocerlo y salí con una bobería; en el otro, mi cabezonería de no saber
reconocer que me molestó que saliera con el hermano pequeño del David de Miguel
Ángel. Yo escucho, callo y otorgo, porque sé que insistir en mi realidad es
reafirmar la suya. Y la verdad es que tampoco eso me importaría si
al menos supiera cuál era el chiste.
lunes, 23 de julio de 2012
martes, 17 de julio de 2012
Decir no
Dejó su casa convencida de que ya contaba con la madurez
suficiente para enfrentarse a la vida y vencerla. Con su metro ochenta de
estatura, sus ojos verdes, su título de ingeniera informática y el
convencimiento de que nada malo podía esperarle, se despidió de su madre, su
padre y sus hermanos en el mismo aeropuerto con destino a una capital europea.
Su formación en idiomas le daba alas y su juventud, un horizonte lejano al que
no había porqué mirar.
Como esperaba, no le fue difícil encontrar trabajo. No era
como informática, pero no iba a ser la primera ni la última licenciada que comenzara
una carrera de azafata en una compañía de bajo coste. Viajar y conocer mundo
cuando tienes toda la vida por delante es una oportunidad a la que no puedes
decir no.
Los primeros vuelos estuvieron marcados por la novedad y el
aprendizaje. Claro que hubo algún pasajero que trató de sobrepasarse, algún jefe
que escondió sospechosas intenciones tras bromas de dudoso gusto y compañeras
que marcaron territorio antes de que ella siquiera llegara a la frontera. Pero
nada de eso importaba. Su sonrisa era un escudo demasiado grueso para que lo
perforaran los francotiradores de la desilusión y la tristeza.
Tardo poco más de un mes en decir “no” por primera vez. Un
piloto maduro con el que ya había volado en una docena de ocasiones, cambió la
palmadita en el culo por un manoseo más que desagradable para ella. La reacción
pareció desagradar al hombre que se burló de ella para restar importancia a su
acción. “¡Por Dios!”, dijo, “hay que ver cómo te pones por una broma. ¿Estamos
en esos días…?”, y se rió buscando la solidaridad de sus compañeros y de las
azafatas más dispuestas al peloteo.
Se sintió mal. Extrañamente también se sintió responsable de
no haber sabido aguantar una broma, pero lo cierto es que ya estaba harta de
que la trataran como un amuleto con el que jugar.
Durante el vuelo nadie hizo un solo comentario al respecto,
sólo al salir de la cabina tras llevar algo de comer a los pilotos, el capitán
masculló algo así como: “A ver si cambias de humor que trabajas de cara al
público”.
La cosa empeoró tras tomar tierra. La invitación para que
toda la tripulación se viera para cenar no le llegó a ella. Le sentó
francamente mal. Hasta entonces todo habían sido risas y bromas picantes, pero
ahora el mundo parecía hostil sólo porque se negó a que le cogieran el culo.
Dadas las circunstancias asumió que si no quería ser
rechazada debía permitir ciertas gracias, hacer la vista gorda a gestos y
hechos que, aunque desagradables para ella, no dejaban de ser una broma (se
dijo).
En el viaje de regreso sacó a relucir su mejor sonrisa, y la
mantuvo cuando el capitán diagnosticó su cambio de humor y, como para
comprobarlo probó de nuevo con otra prolongada nalgada. Ella mantuvo la sonrisa
y él le respondió con un “esa es mi chica”.
Por desgracia no fue éste el único. En viajes posteriores
vinieron más compañeros que se sobrepasaron en sus gestos y acciones, pero ante
el temor a ser desplazada de nuevo, ella mantuvo las formas, la sonrisa y el
brillo de sus ojos.
Sus compañeras veían en ella una mujer fácil que pretendía
ascender sin méritos profesionales, y las que habían pasado por lo mismo no
estaban dispuestas a evitarle un solo segundo de martirio, pues era un camino
obligado. “Por ahí pasamos todas, bonita”, le llegaron a decir.
Un mes después, un cliente habitual de la compañía, amigo de
varios pilotos y azafatas, la invitó a cenar a uno de esos restaurantes de lujo
que aparecen en las revistas de los aviones y en los que comer es más un placer
para la vista y el paladar que para el estómago. Después vinieron las copas y
las insinuaciones, que ella permitió hasta la puerta de su habitación.
En un sí-no-tomemos la última en tu habitación y un mundo que
daba vueltas de pura borrachera, ella no tuvo fuerzas para oponerse ni de
palabra ni de obra, así que el hombre hizo y deshizo a pesar de las lágrimas
que ella no podía controlar.
Por la mañana, para volver al avión necesitó un par de tragos
de whisky, y esa noche, para olvidar lo sucedido, no dudó en agarrarse al
primer compañero que se le insinuó, y al día siguiente a un piloto para olvidar
al segundo, y a otro más la noche posterior para olvidar a los tres anteriores.
Y así sucesivamente.
Hace unos pocos días la vi. Con apenas 30 años tiene ya la mirada
de quien ha visto el infierno. Habla con rapidez pero sin articular bien las
palabras. Se toca la nariz y respira hondo a cada momento, como un acto
reflejo, pero habla de su profesión como la mejor forma de conocer mundo.
No obstante yo sé que hace años que no visita su casa, la de
sus padres, y que sólo habla por teléfono con sus hermanos porque cuando lo
hace con su madre, no para de llorar. Le gusta decir que ha tenido suerte, pero
cuando te mira, ella sabe que tú sabes que miente. Pero sonríe y vuelve al baño
a “empolvarse” la nariz.
lunes, 25 de junio de 2012
Calima
Semanas llevaban anunciando cambios, que el viento sur
traería calima, polvo en suspensión proveniente del desierto más asolado. A
pesar de las noticias y las advertencias, mis hábitos no cambiaron ni un ápice
y pasé de adoptar precauciones seguro que los malos tiempos no serían tan malos
ni durarían tanto tiempo. ¿Para qué? Ya había vivido tiempos de calima y nunca
me había hecho falta nada especial para sobrevivir y ver salir el sol a las pocas
horas.
Despreciando
los malos augurios salí a la calle como siempre, quizá mirando de reojo a un
cielo que se tornaba invisible y lanzando maldiciones contra el viento sur, me
senté en el coche dispuesto a llegar a mi destino.
No había
recorrido demasiados kilómetros cuando el
mundo comenzó a borrase ante mis ojos, sólo las líneas de la carretera me
permitieron circular unos centenares de metros más, hasta que el polvo en
suspensión fue cayendo al suelo para taparlas y hacerlas desaparecer.
Oí los golpes
de las colisiones, frenazos que no llegaron a tiempo, gritos que se apagaban en
una lejanía difícil de precisar. Pensé que el coche no era un lugar seguro,
cualquier camionero atrevido a circular sin visión podría arrastrarme y ni
siquiera se daría cuenta. Pero salir del vehículo podría acarrear más
problemas. No sabía ni dónde estaba ni si otros vehículos pasaban cerca.
Pasaron las
horas mientras decidía. Por fin mis pensamientos me dejaron escuchar el
silencio del exterior. Nada pasaba ni lejos ni cerca de mí. Salí del coche y
comprobé que a duras penas podía ver mis propios zapatos.
Tras andar
unos metros, los ojos y la nariz ya estaban completamente cubiertos de tierra,
complicando aún más la visión y obligándome a respirar por la boca. Me habría
gustado que no fuera así. Mi primer instinto fue volver al coche a esperar que
el mismo viento que había traído estos polvos, se los llevara. Pero al volverme
fui incapaz de encontrarlo.
Perdido y
desorientado traté de gritar pidiendo ayuda, pero el polvo había secado mi
garganta y mis cuerdas vocales y fue imposible articular una sola palabra.
Traté de buscar un lugar para cobijarme, pero hacia dónde, qué dirección tomar.
Allí, en medio de no sabía dónde ni por cuánto tiempo, debía tomar una
decisión, pero cuál.
Si la
tormenta de arena duraba sólo unas horas, lo más prudente era quedarme allí. No
debía estar muy lejos del coche. Pero si por el contrario aquello se dilataba,
la cosa era muy distinta, pues podría morir allí asfixiado o deshidratado.
Definitivamente
había que moverse. Buscar un refugio, un portal, un bar en el que pudiera tomar
un vaso de agua siquiera.
Caminé sin
rumbo. Choqué con otros coches abandonados y pisé cadáveres de personas con una
salud más delicada que la mía, supongo. Tropecé con raíces de árboles que no
veía y perdí los zapatos en cuanto el polvo y la nada se apropiaron de ellos.
Aunque no
había sol, supe que la noche llegaba en cuanto la oscuridad se apropió del
entorno. Las luces de las farolas no daban para ver el camino, pero al menos me
sirvieron para orientar mis pasos y alcanzar un entorno urbano.
Caminé
pegado a una de las paredes para tratar de alcanzar una oquedad que me
permitiera descansar protegido del polvo y el viento. El primero de los
portales estaba ya ocupado por varios cuerpos, no sé si con vida o inertes.
Ellos ni levantaron la cabeza y yo no pude articular palabra con la garganta
absolutamente seca. Lo mismo pasó con el segundo, el tercero, el cuarto….
Había
perdido la cuenta de los portales que había pasado cuando me di cuenta de que
estaba dando vueltas a la misma manzana. No parecía que tuviera demasiadas
posibilidades de sobrevivir. La sed y el cansancio me derrotaban y pensé en los
cadáveres sobre los que había caminado y no me pareció tan mal final.
Me senté en
medio de ningún lugar y dejé que la arena me fuera cubriendo sin importarme
nada. Derrotado estaba cuando una bocanada de aire frío me hirió la cara. No sé
de dónde saqué las fuerzas para ir hacia él ni qué fue lo que me hizo seguirlo,
pero ahora sé que aquel soplo de aire me salvó. Por algún motivo la puerta de
un centro comercial abandonado se abría y se cerraba dejando salir el aire
acondicionado. Allí estaba, junto a mí, y casi muero a pocos metros de su
puerta por no poder verlo.
Hoy todo no
es más que un mal recuerdo, pero cada vez que el viento del sur sopla, yo me
cierro puertas y ventanas, coloco trapos bajo la puerta de la calle y lleno la
nevera de agua y cerveza. Y aunque no ha hecho falta, he comprado un aparato
externo de aire acondicionado que he puesto junto a la entrada, por si algún
día alguien lo necesitara para saber que allí hay alguien. Eso sí, de casa no salgo.
martes, 19 de junio de 2012
Los mortales y el frío
Comenzaron a dormir juntos por temor al frío. Aunque era
difícil de explicar, no se trataba ni de sexo ni de violencia, sólo trataban de
matar el frío de las noches sintiendo el calor de un cuerpo ajeno.
Por supuesto,
dadas las circunstancias, nunca hubo promesas de amor eterno. Tampoco sentían
la necesidad de enseñar al otro, mundos desconocidos ni cumplir con las fechas
indicadas por los grandes almacenes. Se conformaban con estar ahí, abrazados
cuando llegaba la noche, a la hora en que la soledad se apropiaba de las almas
sin compañía.
Así fue durante
todo el invierno y los meses de primavera, sintiéndose cada vez más unidos en
sus titiriteras, que para estas alturas ya necesitaban de besos y roces para
aplacarlos con efectividad.
Poco días antes
de la llegada del verán, el calor derritió todas las excusas que habían
inventado y la mujer, sin hacer un solo gesto ni dejar escapar un solo suspiro –aunque
los hubiera-, hizo su maleta y recogió el cepillo de dientes que tanto tiempo
había permanecido junto al de él.
Se despidieron
sin más, con un escueto: “hasta el próximo invierno” dicho, eso sí, entre
sonrisas melancólicas y miradas que pretendían ser indiferentes, ocultando lo
que realmente habían llegado a sentir.
Durante las
primeras semanas ambos intentaron provocar los encuentros fortuitos visitando lugares
habituales y quedando con amigos comunes con la esperanza de que unos les
llevara al otro, pero a pesar del frío que ambos sentían al verse, él nunca se
atrevió a contar lo ancha que resultaba ahora su cama, y ella no supo cómo
explicarle las noches de insomnio buscando su pecho para refugiarse del frío y
de la vida.
Ambos, está de
más decirlo, evitaron cualquier referencia al invierno, intentando transmitir
cierto estado de felicidad, creando en el otro sentimientos contrapuestos que les
provocaba escalofríos, pero esto tampoco se lo dijeron.
Una noche en
que la luna apretaba, él sintió un intenso frío y ella, que contaba con esa
intuición que tanto caracteriza a la mayoría de las mujeres, unas irresistibles
ganas de abrazarlo, y por eso, cuando el hombre dijo “ven”, ella ya lo había
rodeado con sus brazos, y fue tan fuerte e intenso el encuentro de ambos
cuerpos que sintieron como desde los pies a la cabeza el frío los invadía hasta
límites nunca antes vividos.
Los amigos de
uno o de otra no entendieron, como tampoco entendieron los científicos que
estudiaron el caso, y que no pudieron explicar cómo, en pleno mes de agosto, en
la noche más calurosa del año, dos personas murieran por congelación en medio
de la calle, y sonriendo.
lunes, 11 de junio de 2012
El salto
Había oído hablar tanto de las maravillas del salto, que la
primera vez que lo intenté sólo sabía que había que pisar fuerte sobre el
trampolín e impulsarme extendiendo las manos hacia el plinto para, tras
apoyarme en su extremo, caer sobre una colchoneta.
En principio
no tenía por qué hacerme daño, ni había motivo alguno para sospechar que el
salto podía ser más peligroso que cualquier otro deporte. No en vano había
visto a muchos hacerlo, y a alguno de ellos caerse y levantarse, todo en una
misma secuencia.
Es cierto.
Yo era joven y un salto era más un reto que un compromiso.
Recuerdo mi
carrera hacia el trampolín midiendo los pasos, con la mirada puesta en el
extremo donde debía apoyarme y la confianza en que mediría de reojo el último
paso que debía llevarme hasta el aparato que me impulsaría lo suficiente como
para completar el ejercicio con éxito. Pero nunca me había impulsado en un trampolín
de estos. Quizá porque boté muy al borde, o porque iba con demasiada velocidad, quizá sólo porque no sumé el impulso de mis piernas
con el del trampolín… El caso es que por debajo de mí vi pasar el plinto, la
colchoneta y las primeras baldosas del suelo que le seguía, y aunque el golpe
fue duro, el vuelo fue una sensación inolvidable, tan intensa que después de
tantos años no recuerdo el golpe sino el “vuelo”, ese sentimiento de total
descontrol en el aire, de despegue sin retorno, de temor-emoción-experiecia…
Casi no me
había mirado los cardenales de la caída cuando ya estaba de nuevo dispuesto a
un nuevo salto. Esta vez sabía que el impulso debía ser moderado, que debía
alejarme un poquito del aparato para enfrentarme a él con más capacidad de maniobra,
y emprendí una carrera que ya conocía por un camino que ya había recorrido para
enfrentarme a un plinto que aún no había tocado. Esta vez, todo fue mejor. El
salto casi perfecto, me llevó hasta la colchoneta, pero a la hora de apoyar los
pies no flexioné las rodillas, lo que me llevó de nuevo al suelo y de boca,
aunque esta vez sobre blando, provocándome una leve lesión en la rodilla.
He de
reconocer que el salto no estuvo mal, que a diferencia del primero sentí mucho
más mío el trampolín, el plinto, la colchoneta y hasta más dueño de mis propios
movimientos.
Pensé que el
tercer salto sería ya perfecto. Así que con la experiencia adquirida y tomando
las precauciones necesaria de rodillera, codera y la protección de un casco,
emprendí de nuevo la carrera, aunque esta vez mucho más concentrado y mucho más
pendiente de lo que hacía en cada
momento, con cada paso, en cada movimiento. Realmente no disfruté del vuelo y es
cierto que caí de pie, y que aunque no fue perfecto el ejercicio, para ser la
tercera vez no había estado nada mal. El único detalle de relevancia fue que en
mis ganas porque hacerlo todo bien, el “ataque” al aparato se tornó demasiado
agresivo, cargando demasiado el peso del cuerpo sobre las manos, lo que me
provocó una inflamación en la muñeca.
Lo intenté
muchas veces más con distinta fortuna. Con el tiempo se me han ido quitando las
ganas saltar. Sé que lo puedo hacer y que conozco los tiempos, pero también he
aprendido que a medida que me voy cargando con años, las lesiones tardan más en
curarse. Y aunque no he olvidado esa sensación de “vuelo”, cuando encuentro un
plinto que me “provoca”, soy de los que antes de iniciar la carrera se pone el
casco, las muñequeras, se venda los talones, se pega varios dedos, mide la
distancia, comprueba que la colchoneta tiene la altura reglamentaria y durante
la carrera no piensa tanto en la mecánica del salto como en dónde me voy a
llevar el leñazo esta vez y si me va a doler. Y una vez en el médico pienso: “Quién
me mandará…”
Eso sí,
quiero creer que cualquier día salto por encima del cajón y la colchoneta y
vuelvo a revolcarme por el suelo aunque sólo sea por ver si soy capaz de
levantarme.
jueves, 24 de mayo de 2012
A descubierto
Lo conocí una noche de lluvia. Muy probablemente lo debía
haber conocido antes, pero al fin y al cabo sólo era uno más entre tantos, ni
mejor ni peor que nadie a simple vista. Fue la primera noche de tormenta cuando
se reveló diferente.
Ahí, bajo la
lluvia, cubierto por un cielo tenebroso, el hombre caminaba, saltaba, corría,
abría los brazos, tragaba agua, miraba al cielo dejándose empapar como si
aquello fuera parte de un parque de atracciones.
No fue
difícil reparar en él. El resto del mundo se refugiaba del aguacero bajo los
toldos y las marquesinas, mirábamos el mundo desde nuestras ventanas, al otro
lado del cristal, sobre seco.
Por el
contrario, él permaneció allí durante horas, con la ropa tan empapada que parecía
haberla sacado del río. Todos y todas le mirábamos y nos mirábamos, y en
nuestras caras y nuestros gestos parecía que coincidíamos en el diagnóstico: No
estaba bien de la cabeza.
Había pasado
algo más de una hora cuando llegó el coche de la policía. Al parecer alguien
había llamado a las fuerzas del orden para que pusieran orden a la fuerza, y
dos armarios vestidos de uniforme salieron del vehículo con premura. Sin mediar
palabra lo tomaron de los brazos e hicieron hueco entre un grupito de personas que
nos agolpábamos en un soportal.
Los agentes
empezaron a hacer las preguntas de rigor sobre dónde vivía, si tenía
familiares, si estaba recibiendo algún tratamiento… “No, nada de eso”, les
contestó el hombre. “Ustedes creen que estoy loco porque me dejo mojar por la
lluvia mientras ustedes se esconden, y creen que es malo andar bajo el agua
porque se sienten vulnerables, por eso han elegido quedarse en seco, ahí, bajo
ese techo que creen que les protege pero que alguien que también tenía miedo a
mojarse lo puso para evitar enfrentarse a la lluvia”.
Ciertamente
allí estábamos todos y todas escuchándole, mirando al techo y asegurándonos a
nosotros mismos que el hombre estaba peor de lo previsto.
“Yo no les
he pedido que salgan a mojarse. Cada uno ha elegido si quiere cubrirse o
descubrirse, estar a cubierto o al descubierto… Y sí, estar al descubierto
implica que me voy a mojar y estar al descubierto significa que gente como
ustedes, señores agentes, me van a ver, pero también muchos otras personas, y
que yo y el mundo nos encontremos en muchas formas”.
Los agentes
no esperaron más. Lo metieron en el coche y desaparecieron con él. Los demás,
nos quedamos allí y esperamos a que escampara.
Días
después, otro chaparrón descargó su ira sobre la ciudad. La primera intención
fue correr hacia una parada de guaguas cercana a refugiarme, pero recordé a
este hombre y decidí seguir caminando bajo la lluvia. Entonces sentí la misma
sensación de estar descubriéndome, la misma sensación de estar al descubierto,
y salté sobre los charcos y canté bajo la lluvia, y no tuvo que pasar mucho
tiempo para sentir la misma sensación de estar detenido por los mismos
policías.
martes, 15 de mayo de 2012
Calor
Por tercera vez salgo de la ducha. No me seco. El agua fría me da un respiro y mientras se evapora de la piel el cuerpo lo agradece, pero sólo un ratito. Demasiado calor para que dure. Están todas las ventanas abiertas y nada se mueve ni dentro ni fuera de casa. No ha viento ni corrientes de aire ni nada más que calor y la música de una radio que suena desde otra ventana abierta.
Me tumbo en una hamaca desde la que diviso la ciudad. No hay nadie en la calle. El asfalto ha dejado su estado sólido para convertirse en una especie de río de regaliz.
El calor agobia, me agota. Bebo de una lata recién sacada del congelador pero que ya se ha calentado. Trato de pensar en ti, pero también tu imagen se derrite. Por suerte no hay nadie en casa. Tampoco lo espero.
Temo que la noche siga igual y me siento náufrago.
La nevera está a unos pocos metros y la ducha unos pasos más allá. Los miro con deseo desde mi hamaca pero las ganas de moverme también se han evaporado con el calor.
"Quizá puedo dormir aquí", pienso, y vuelvo a mirar a la calle pensando quién será el primero que se atreva a salir y cruzarla.
De la radio salen las primeras notas de "Turn me on", y la voz de Norah Jones me trae de nuevo tu recuerdo que pasa tan rápido como llegó. Y decido abandonarme al termómetro.
Me tumbo en una hamaca desde la que diviso la ciudad. No hay nadie en la calle. El asfalto ha dejado su estado sólido para convertirse en una especie de río de regaliz.
El calor agobia, me agota. Bebo de una lata recién sacada del congelador pero que ya se ha calentado. Trato de pensar en ti, pero también tu imagen se derrite. Por suerte no hay nadie en casa. Tampoco lo espero.
Temo que la noche siga igual y me siento náufrago.
La nevera está a unos pocos metros y la ducha unos pasos más allá. Los miro con deseo desde mi hamaca pero las ganas de moverme también se han evaporado con el calor.
"Quizá puedo dormir aquí", pienso, y vuelvo a mirar a la calle pensando quién será el primero que se atreva a salir y cruzarla.
De la radio salen las primeras notas de "Turn me on", y la voz de Norah Jones me trae de nuevo tu recuerdo que pasa tan rápido como llegó. Y decido abandonarme al termómetro.
lunes, 7 de mayo de 2012
La casa
He
de reconocer que me extrañó la prisa con la que los propietarios abandonaron la
casa. Prácticamente no se llevaron nada más que la ropa y fotos familiares que
el día que visité la vivienda por primera vez, adornaban algunos muebles y una
pequeña repisa sobre una falsa chimenea.
También me sorprendió que no
entraran a negociar el precio. A mi entender, un chalé de tres habitaciones,
dos baños, un salón de casi 90 metros cuadrados y una cocina de otros 60
metros, debía costar más de los 200.000 euros que me pedían, máxime cuando se
incluía un terreno con frutales y un pequeño estanque vacío pero en perfectas
condiciones. Aún así, como comprador tenía que intentar conseguir mejor precio,
y utilicé la crisis y la mala marcha de la economía personal para ofrecer 150.000
euros, con el propósito de poder bajar hasta los 175.000 ó 180.000 euros. Ni lo
pensaron. Dijeron que sí, firmaron, tomaron el dinero y les vi desaparecer en
un familiar gris metalizado con más prisa por ir que yo por llegar.
Los primeros días fueron difíciles.
Demasiado ruidos nuevos, demasiadas maderas crujiendo, demasiados proyectos en
la cabeza para poder conciliar el sueño, y la ilusión por hacer los pequeños
arreglos que hacen que una casa se convierta en tu hogar.
Durante esos días pasaron cosas poco
explicables. Por ejemplo, resultaba imposible llenar el estanque. Daba igual
que abriese la tubería por las mañanas. Al día siguiente la tubería de abasto
estaba cerrada; la de salida, abierta y el estanque vacío. O el perro, que
nunca entraba a los dormitorios, amanecía debajo de mi cama.
Di por supuesto que lo del estanque
se debía a algún vecino desquiciado y lo del perro, a un periodo de adaptación.
No le di mayor importancia.
Fue la noche del decimoctavo día cuando
desperté sobresaltado. Literalmente me sentaron en la cama lo que parecían unos
petardos, quizá unos tiros de postas, realmente me asusté y corrí hacia la
ventana para mirar. Quise salir a fuera, y fue entonces cuando me percaté que
el perro no salía de debajo de la cama. Traté de calmarlo para que dejara su
escondrijo y me acompañara, pero cada vez que le agarraba el lomo o las patas
delanteras para tirar de él, el animal se ponía a temblar. Así que decidí
dejarlo y, a la vez, pensé que igual no era buena idea salir yo solo de casa.
Me fui a la cocina, tomé un cuchillo
especialmente grande, y comprobé que las ventanas y las puertas estuvieran
cerradas.
A medida que el tiempo pasaba, la
situación me iba acojonando más y más. Ya no sabía si era autosugestión o
realmente comenzaba a sentir pasos y hasta voces en el exterior de la casa.
Decidí llamar a la policía.
-“Buenas noches”, dije. “Le llamo
porque me ha despertado un ruido que bien podían ser tiros o petardos, pero
tengo la sensación de que hay gente fuera. Oigo voces y ruidos. La casa está
cerrada, pero la verdad es que estoy bastante asustado, porque si la gente que
está fuera tiene armas, yo estoy aquí indefenso, ¿sabe?”.
-“Tranquilo, señor”, me dijo la voz
desde el otro lado. “Comience por darme su dirección”.
-“Sí, claro, disculpe”, le contesté
cayendo en la cuenta de que no le había dicho nada. Al explicarle dónde estaba
la casa el agente me dio una nueva sorpresa:
-“Conocemos la casa, conocemos los
ruidos, hay muchas denuncias sobre ello, pero es algo que se nos escapa. No
sólo no podemos hacer nada sino que órdenes superiores nos impiden que acudamos
a las llamadas por ese motivo”.
-“¡Cómo!”, exclamé sobresaltado.
“¿Qué quiere decir que no vendrán?¿Qué significa eso de que conocen los
ruidos?¿De qué denuncias habla?”.
Quise seguir preguntando, pero el
agente desde el otro lado de la línea me interrumpió.
-“Trate de tranquilizarse. Esta
noche no podemos hacer nada, pero venga mañana por aquí y trataremos de
explicarle las cosas. ¿Nadie le ha contado nada?¿Cómo compró usted esa casa?”.
-“Disculpe, pero no sé qué tienen
que ver estas preguntas con lo que está sucediendo”.
Quise decir algo más, pero los
cristales de la ventana del salón saltaron por los aires regando el piso de
cristales.
-“Sigue ahí, sigue ahí”, oí a través
del teléfono.
Tardé en contestar lo que tardó el
corazón en colocarse en su sitio. Sólo atiné a decir eso de: “Lo ha oído, lo ha
oído”.
-“Sí. Pero tranquilícese. Hoy no
tiene porqué pasarle nada. Son fenómenos extraños. Venga mañana y se lo
explicamos con detalle”.
No me preocupó tanto oír lo de
fenómenos extraños o que me pidiera tranquilidad en estas condiciones. Lo que
realmente me dejó atónito fue eso de “hoy no tiene que pasarle nada”. Me fui al
dormitorio y cerré la puerta.
Sobre las seis de la mañana los
ruidos cesaron. A veces se oyeron gritos desgarradores, otras como si alguien
arrastrara algo, las más de las veces llantos e incluso algún portazo que no
quise ir a comprobar.
No pude descansar. A las siete en
punto estaba en la puerta de la comisaría del pueblo.
Puede que fuera mi disposición a ver
cosas raras, pero lo cierto es que cuando llegué y me presenté como el
propietario de la vivienda, la mirada de los agentes se transformó en algo que
no sé si estaba más cerca de la burla o del miedo. Me pidieron que esperar la
llegada del comisario, “como una media hora”, señaló el oficial de guardia.
La espera fue entretenida, pues cada
agente que pasaba era informado puntual y discretamente por alguno de los
compañeros de quien era yo, y continuaba con una mirada menos discreta.
“Pase por aquí”, me dijeron, y
atravesando las mesas me llevaron hasta una sala presidida por una gran mesa en
donde esperaban cuatro hombres y una mujer uniformados. Nada más pasar la
puerta, el de mayor edad se me acercó con la mano extendida y se presentó como
el comisario.
“Durante muchos años la casa que
usted compró estuvo deshabitada”, me explicó otro de los agentes que daba la
impresión de ser el que mejor conocía la materia. “Durante la Guerra Civil esa
casa fue el cuartel de la Guardia Civil. Según se cuenta en el pueblo, todos
los detenidos por los falangistas y por el ejército golpista eran llevados allí
y torturados. La gente mayor asegura que los gritos se oían durante días y
noches durante semanas. No se sabe cuánta gente pudo morir allí, pero se veía
entrar camiones con presos que nunca salieron”.
Hizo una pequeña pausa para
asegurarse que iba digiriendo todo lo que me decía. “Como sabe, la casa cuenta
con muchísimos metros de finca y muchos árboles frutales. Según cuentan
algunos, obligaron a los presos vivos a plantarlos sobre las fosas de los
compañeros y compañeras que morían en los interrogatorios o fusilados”.
“Terminada la guerra, el cuartel fue
trasladado a otra zona y la casa, abandonada. Fue con la llegada de la
democracia cuando el Ministerio del Interior decidió enajenar la finca junto a
la casa, pero nadie del pueblo quiso comprarla por muy barata que fuera, ya que
se hablaba de ruidos y visiones inexplicables”.
La charla siguió explicando que toda
esta historia había hecho que la Guardia Civil tuviera que abandonar la región
y que la fuerza del orden encargada era la Policía Nacional, que a partir de
estos hechos las leyendas sobre las cosas que ocurrían allí o estaban
relacionadas con gente que había vivido en la casa se multiplicaba y me
advirtieron que no podían hacer nada más por mí que informarme.
Les di las gracias y di la mano a
cada uno de ellos, creando en mí el sentimiento de que algo me ocultaban. Salí del
despacho acompañado de aquel hombre que parecía haber estudiado el caso.
“Qué puedo hacer”, le dije. “No
puedo vender como han hecho conmigo, pero tampoco puedo quedarme. Usted parece
conocer este asunto mejor que nadie. ¿Qué me aconseja?”
El hombre calló durante unos
segundos, y esperó hasta alcanzar la misma puerta de la comisaría para hablar.
Mientras bajábamos una pequeña pendiente que iba hasta el aparcamiento dijo:
“Hay una parte que no le hemos
contado. De hecho, no se lo debo contar como policía, pero creo que tiene derecho
a saberlo. Todos los propietarios desde que se enajenó del patrimonio nacional,
han muerto en circunstancias violentas y extrañas. Incluso el propio ministro
que firmó la venta, falleció en un atentado. No sabemos si es casualidad o
tiene algo que ver, pero así ha sido. Sin ir más lejos, el accidente de tráfico
ocurrido hace unas semanas a la salida del pueblo en el que murió una familia
completa a ser arrolladas por un tren en un paso a nivel, fueron los vendedores
al que usted compró. Como nadie se ha quedado, no sabemos qué puede pasar, pero
tampoco quiere decir que si vende usted tenga que morir. Sólo se lo digo porque
a mí me habría gustado que me lo dijeran si estuviera en su lugar”.
Ya junto a mi coche volvió a
estrecharme la mano. Antes de soltarla dijo: “Cuente con nosotros para lo que
necesite, salvo que se la compremos”, y se despidió con la mirada con que un
médico trata de tranquilizar a un enfermo con las horas contadas.
lunes, 23 de abril de 2012
Crisis? What crisis?
Antes de acostarse ya había lavado y planchado todas sus camisas, la ropa de cama, las toallas, calcetines y ropa interior. Siempre había sido muy ordenado y escrupuloso en cuanto a la higiene y el orden. Sus 45 años como farmacéutico ayudaron a ello, pero antes incluso de pisar la universidad, él ya estaba obsesionado con todo ello.
En casa, llamaba la atención la forma casi obsesiva por mantener su cuarto en perfectas condiciones. Esa fijación por doblar, colocar, preparar, dejar hecho… Hasta que enviudó, su propia mujer reconocía que era imposible encontrar algo fuera de sitio por cualquier lugar que su marido hubiera pasado.
Así que al levantarse no tuvo nada más que hacer que la cama. Ni siquiera quiso desayunar. Había calculado la comida que iba a necesitar hasta el día que cobrara su pensión –no era difícil- y no quiso ensuciar nada, pues platos, vasos y cubiertos, se quedaban en perfecto orden.
Cogió un maletín marrón de piel bastante trasnochado signo de un pasado opulento y salió de casa asegurándose con una última mirada que no dejaba nada fuera de sitio.
De paso hacia el banco dejó en la parroquia un paquete de arroz que guardaba por si el hambre apretaba, y dos bolsas de garbanzos que había recogido de una institución benéfica.
Al ver los garbanzos recordó la tristeza que sintió al tener que ir a buscarlos. Al fin y al cabo había sido farmacéutico durante más de 40 años, y sabía que hubo un tiempo en el que era él quien dejaba comida y alguna limosna para que otros pudieran sobrevivir, sin importarle mucho la dignidad con la que sobrevivían.
Él no estaba dispuesto a vivir sin lo que él consideraba “DIGNIDAD” , así, en grande y con mayúsculas: “DIGNIDAD”. Por tanto, no podía permitir que otros le trataran con la displicencia que él había mostrado por otros. “Sé lo que siente la gente al verme”, solía pensar, “porque yo lo he sentido por otros”.
En el banco sacó todo el dinero que le quedaba en la cuenta. Un sobre con apenas 380 euros. Al cerrar la cuenta el director de la sucursal salió a despedirlo. Lo trató de usted y lamentó que después de más de 30 años dejara de trabajar con ellos.
Él no dijo nada más que algunas palabras de agradecimiento y no hizo ningún gesto más allá que el de estrecharle la mano y gesticular cortésmente a los trabajadores más antiguos de la sucursal.
Se dirigió al mejor restaurante de la ciudad. Pidió un vermut extraseco, y unos entrantes basados en verduras a la plancha sobre una tosta con aceite de oliva y sal del Tibet. Después sólo tomó un plato: cebiche de atún rojo que regó con un reserva de la Rioja Alta. A pesar de su diabetes, tomó una tartaleta de mus de chocolate con crujiente de fresas y cerró la cuenta con una copa generosa de Zacapa.
Pidió la cuenta y esbozó una sonrisa. Hacía muchos años que no pisaba aquel restaurante, prácticamente desde que la crisis se había asomado a las cuentas de los pensionistas y arruinado a los medianos inversores que confiaron sus ahorros a la bolsa.
Pagó con una sonrisa que no se asomaba a su boca desde hacía meses, dejó una buena propina y salió tarareando un viejo bolero que solía cantar con la mujer en los ratos en que eran especialmente felices.
Caminó como si la calle hubiera sido puesta especialmente para él. Se vio en alguno de los escaparates y se gustó. Fue ahí cuando comenzó a pensar en su mujer y en sus dos hijos y nietos. A ella la echaba de menos cada día desde su muerte. También a los niños, pero sabía que estaban bien casados, que habían logrado ser felices y que, con cierta modestia, estaban situados económicamente dadas las circunstancias. “Hasta para esto tengo que ser ordenado”, pensó.
La tarde era soleada y el paseo le sentó bien. Llegó a la Plaza de la Esperanza y se sentó bajo un enorme laurel de indias que ocupaba el centro.
No había demasiada gente. Miró al cielo azul y se distrajo con las palomas que lo cruzaban sin rumbo. Hizo un ligero recorrido con la vista a su alrededor y comprobó que no había niños. Abrió la maleta y sacó un bolígrafo y una pequeña libreta en la que recogía frases e ideas que hacía suyas. Fue a la última página escrita, trazó una raya y miró de nuevo al cielo antes de escribir: “No rebuscaré en la basura para encontrar comida”.
Cerró la libreta y la colocó junto al bolígrafo en su sitio. Tomó una pistola que se puso sobre el banco pegada a su pierna derecha y cerró la maleta. Respiró y agarró la pistola sin levantarla. Se sorprendió a él mismo al notar que no temblaba y volvió a pensar en su mujer y sus hijos. “Si hay cielo”, se dijo a sí mismo como si hablara con ellos, “nos veremos en un ratito. A ustedes”, dijo pensando en los niños, “les libero de la carga que les supongo”.
Volvió a mirar a su alrededor para comprobar que no había gente cerca, inclinó la cabeza hacia atrás y se quedó viendo las hojas del árbol y escuchando el canto de los pájaros, cerró los ojos e inmediatamente introdujo el cañón de la pistola en la boca.
“Pal carajo”, pensó antes de que las palomas echaran a volar asustadas por el ensordecedor ruido del disparo.
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