sábado, 28 de mayo de 2011

Compañera

No es la primera vez que me siento solo, pero a diferencia de otras soledades hoy me ocupa una soledad especialmente hiriente, una soledad personalizada, pasional, descubridora de todas mis soledades, una soledad tristemente sola, angustiosa, casi un maltrato (sin casi: un maltrato).
Hoy mi soledad se ha hecho solidaria conmigo y ha compartido todo su vacío aplastando mis pocas defensas, mis trampas anti-soledad, mis bombas contra el desaliento. No vino hasta mí, estaba dentro de mí y ahora es cuando ha decidido presentarse.
Sin quererlo, yo he ido alimentando a mi soledad, cuidándola, dejándola crecer creyendo que estaba simplemente desolada, cuando el desolado era yo.
Así que no se trata de una soledad ahuyentable (siquiera en el mejor de los augurios). Es más bien una soledad plomiza, de punto y principio, acompañante, extrovertida, perenne, sólo soledad, que brota, intrasplantable.
Hoy me he sentido SOLO, así, en mayúscula, ni siquiera estaba mi yo para hacerme compañía. Así que decido quedarme con mi soledad, que es lo único que verdaderamente tengo, a la que no podré vencer y con la que tendré que aprender a vivir acompañado.

viernes, 27 de mayo de 2011

Gata

Vivo en un lugar curioso. Realmente no está en ninguna parte, pero prácticamente puedo asegurar que se encuentra en medio de todo. A la misma distancia del casco histórico que de la zona comercial, de la costa que de la montaña, de un bar de copas que de otro bar de copas.

            Vivo en una urbanización que tiene su encanto. Encajada en la ladera de un barranco  tiene por encima un barrio considerado humilde, pero por debajo… por debajo le defiende la zona más cara de todo el suelo urbano de la ciudad.

            Tiene vistas a la bahía, el tráfico es mínimo, los vecinos se respetan y los pasillos entre casas que entre semana son espacios de encuentro vecinal, los fines de semana se convierten en campo de juegos de media docena de niños y niñas a los que ves evolucionar y hasta despertar a los instintos más primitivos.

            Al barranco le han tapado el cauce con una escalera de cemento que se adapta perfectamente a la orografía del terreno. Como todas las escaleras, tiene un doble sentido, pero a diferencia de otras, no une dos extremos. Permite bajar a la gente humilde que vive en la parte alta a trabajar a la parte rica y, más tarde, les permite volver a casa. Pero, curiosamente, debe ser el único camino que los de abajo nunca utilizan para llegar arriba.

            En este barrio, en esta escalera y en este barranco vive una gata. Fue abandonada hace algo más de un año (no abandonada en el sentido humano sino en esos parámetros animales en los que la madre deja que sus crías buscarse la vida). Por sus ojos podría ser la reencarnación de Elizabeth Taylor, por su color y su andar podría ser siamesa, pero tiene las patas blancas, una mancha (también blanca) perfectamente simétrica en el hocico, y un maullido que casi parece una oración.

            La gata, pasa los días subiendo y bajando las escaleras como buscando dueño, siguiendo a los personajes que atraviesan su territorio a cierta distancia. Por lo general, huye de la gente, y especialmente de mí.

            Por algún motivo desconocido, sólo se queda conmigo cuando llego tarde a casa, de madrugada, a esas horas en las que la noche se retira a otra parte del mundo. Entonces, por algún motivo desconocido (repito), la gata aparece en cualquier rincón del camino, como si fuera don Gonzalo de Ulloa esperando a don Juan, y se deja acariciar.

            Allí mismo me siento. Ella se acurruca a mi lado y ronronea (a veces pienso que si yo tomara whisky, whiskyronearía), y mientras yo comparto mi soledad, ella comparte sus pulgas, y no sé bien quién de los dos se siente más incomodo, pero ahí permanecemos durante un puñado de minutos, los justos para asegurarnos que el sol sale de nuevo y que la escalera vuelve a tomar vida.

            Entonces nos despedimos. Yo recojo mi soledad y ella, la mayoría de sus pulgas, y nos emplazamos para la próxima curda. Hasta ese nuevo encuentro, cuando nos cruzamos nos miramos como si no hubiera pasado nada entre nosotros.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La rubia y el moreno

Era rubia. Vestía sólo de marca hasta para pintar un techo. Su mayor problema era cómo gastar el dinero que había heredado de unos padres que nunca se reconocieron en ella. Su tema de conversación favorito era ella, y su mundo interior acababa en donde terminaba su epidermis. Desde que había terminado la carrera sólo había leído dos libros: “Mi Yo interior” y “Cómo ser Yo”. Nunca fue capaz de asistir a un concierto al aire libre y la única vez que se atrevió a ir al teatro, se quedó dormida. Para la música, sorda; para la poesía, muda; para el arte, ciega. Pero eso sí: metro ochenta (con tacones), rubia (con minifalda), los ojos verdes (sin lentillas) y volúmenes que no se encontraban en ninguna biblioteca.

         El amor no era una excepción, y siempre lo condicionaba a la cartera y el aspecto físico, o viceversa.

         Él era moreno. Le costaba quitarse el vaquero hasta para ir a la ducha. Su mayor problema era llegar a final de mes y encontrar tiempo para acompañar a sus padres, que se veían en él más que en ninguno de sus hijos. Tenía capacidad para hablar de todo porque estaba abierto al mundo. Nunca terminó la carrera, a pesar de que no podía evitar devorar todos los libros que llegaban a sus manos. Le encantaba la música en directo, desde Claudio Monteverdi hasta Maldita Nerea. No concebía nada más hermoso que la ópera, le embelesaba la poesía y cualquier disciplina artística suponía el secuestro de todos sus sentidos durante horas. Pero eso sí: Más ancho que largo (por el abdomen), moreno (con entradas) y unos ojos marrones oscuro que escondía bajo las gafas (de culo de botella).

         Se podía decir que le salvaba su infinita capacidad para relacionarse, para escuchar, para dar más que para recibir, para mimetizarse con el otro y con la otra, y su incomprensible capacidad de enamorarse.

         El destino quiso que sus vidas se cruzaran. Ella trataba de olvidar y él, de encontrar.

         Contra todo pronóstico, ella que nunca iba más allá, vio en él más que en ningún otro; claro que él, capaz de ponerse en cualquier piel, no encontró ningún aliciente que le acercara al corazón de ella.

         Por eso, ella provocó lo que entendió como una cita. Canceló una importante reunión para ese día, compró traje y zapatos nuevos, pasó varias horas en la peluquería y otras tantas en la playa, para que la piel tuviera ese tono brillante que tanto favorecía a sus ojos y a su melena rubia.

         Él, que creyó que “te llamo el sábado y quedamos” era sinónimo de “si podemos nos tomamos una copa el sábado”, salió al mediodía con sus amigos, y entre copa y risa y risa y copa, le dieron las tres, las cuatro y las nueve de la noche.

         La llamada de ella no le extrañó. La respuesta de él sí que fue rara. “¿A qué hora quedamos?”, dijo ella con cierta ilusión. “Vente cuando quieras, que estamos por aquí”, contestó él.

         Cuando ella llegó, la borrachera de él era evidente, pero consideró que con sus “armas” podía dar la vuelta a la situación, incluso que podía beneficiarse de ello.

         Así que se lo llevó a cenar a un local de moda en busca de un poco de intimidad y con la intención de alejarlo de sus amigos, que ya en su cabeza comenzaban a ser amigotes.

         Lo consiguió, pero sólo en parte. Él accedió a la cena y al local, pero se llevó a los compañeros de farra. Ella se dio cuenta de que no era el momento de marcar diferencias, pero siguió confiando en ganar pequeñas batallas que le permitieran la victoria final.

         Sabía que le gustaba el vino, así que consultó en Internet alguna guía actualizada sobre caldos y se autoeligió portavoz del grupo  para mostrar sus conocimientos. Quizá en otras circunstancias él habría valorado la iniciativa, pero estaba demasiado entretenido dibujando rayas y círculos explicando los ritmos del péndulo de Foucault en una de esas conversaciones sin finalidad alguna que solía mantener con sus amigos.

         En el fragor de la explicación, tampoco se dio cuenta de que el camarero llenaba la copa, y con el séptimo vaivén, el codo chocó con la mano del servidor desviando la botella lo suficiente como para tirar la copa y derramar el Rioja sobre el vestido nuevo.

         Las reiteradas disculpas no tranquilizaron mucho a la rubia, que sólo pensaba en correr al baño para intentar evitar la mancha. Al verse en el espejo dudó si estaba en el lugar oportuno, pero al verse, se convenció de que tarde o temprano tendría su oportunidad, y volvió a la mesa, en donde continuaron las disculpas, a las que ella correspondió repartiendo sonrisas y encantos.

         Se habían olvidado ya de todo cuando llegaron los postres: Una variedad de lo mejor de la casa.

         Que el camarero pasara la bandeja sobre la cabeza de uno de los amigotes, que el susodicho se levantar y que los postres fueran a repartirse entre el pelo, la cara y el traje de la muchacha, fue todo uno.

         Hasta el camarero fue incapaz de contener la risa. Salió el cocinero de la cocina, la camarera de la barra, algunos comensales del reservado... No pudo ser peor.

         Vuelta al baño, a mojar el traje nuevo, a pedir agua caliente, y cuando ya estaba a punto de convertirse en Miss camiseta mojada del verano, se volvió al espejo y se contempló con su traje nuevo. “Aún así”, pensó, “tengo mis armas”.

         Cuando volvió a la mesa, ya habían servido una ronda de copas y aún había quien se secaba las lágrimas de la risa.

         Ya fuera, se las arregló para separarlo de los amigos argumentando que no todos cabían en un taxi. Él entró y ella se sentó al otro extremo del sillón, no sin asegurarse de cruzar las piernas para dejarlas aún más al descubierto.

         Dado que él no parecía haberse dado cuenta, ella preguntó: “Has visto mis zapatos nuevos”. Y claro, fue bajar la cabeza, mirar y vomitar sobre ellos.

         No podía ser. Entrantes, plato y postre cubrían su calzado de supermarca, y lo que era peor, al ser sandalias el viscoso líquido filtró por todos los sitios posibles.

         Ya no pudo más. Mandó a parar y se bajó indignada. Él intentó disculparse, pero no lograba articular ninguna palabra entre arcada y arcada.

         Ella quiso insultarlo, decirle que era un irresponsable, un desalmado, un hediondo, un canalla, un hijo de la gran puta… pero no pudo, tan sólo dijo: “No me vuelvas a llamar”.

         Al día siguiente, más relajada, ella pensó que quizá había sido demasiado brusca, y que la puerta debía mantenerse abierta. Al recibir la llamada, él aún estaba en la cama. “Oye, perdona. Me puse nerviosa porque no todo salió bien. Quería pasar un buen rato contigo y demostrarte que soy algo más de lo que parezco. Creo que podíamos quedar otro día, si a ti te parece y no estás enfadado”.

“Claro, claro, claro…”, contestó él antes de cortar. Y antes de volver a dormirse, miró al techo y se preguntó, “con quién habré salido yo anoche”. 

martes, 17 de mayo de 2011

Limitaciones

El Elefante y la Hormiga quedaban cada viernes para hablar. Su relación se remontaba ha varios años. Una vez a la semana, el paquidermo salía de su casa hacia la orilla del río en el que solía verse con la hormiga. A su paso, observaba los cambios que se producían a su alrededor. Hacía tiempo que los cazadores furtivos no se atrevían a asomar sus rifles ante la vigilancia a la que había sido sometida la reserva y eso le permitía relajarse.

        Pensaba en cómo había visto pasar los años, irse a los amigos, llegar a su hijo y a su hija, y casi lamentó la buena fortuna de su excelente memoria. Eso también le hizo pensar.

        El camino duraba poco más de 10 minutos. No tenía mayores problemas, los demás animales le respetaban y no le afectaban los juncos que crecían a la orilla de la ribera. Sus más de 900 kilos le facilitaban entrar por cualquier sitio sólo con avanzar.

        Algunas veces durante el paseo, disfrutaba de la lluvia. El agua resbalando por su gruesa piel y corriendo por los pliegues de su cuello solían hacerle sentir más vivo.

        La Hormiga, por contra, tardaba casi un día en llegar al sitio de reunión. Sus cortos pasos le impedían ir tan rápido como quisiera. La hierba que crecía en invierno le obligaba a ir siempre en zig zag, y en verano, la tierra calentaba demasiado su barriga y su cabeza.

        La lluvia era incluso peor, cada gota multiplicaba las posibilidades de terminar siendo arrastrada.

        Aunque no era la comida favorita de ningún habitante de la sabana, su insignificante tamaño le obligaba ir con la máxima cautela para no ser pisada, enterrada o lanzada a metros de distancia por algún golpe fortuito.

        Lo peor llegaba cuando tenía que cruzar el río. Debía preparar con mucho cuidado una especie de balsa formada con juncos y hojas impermeables. Después, calcular bien la corriente y lanzarse al agua esperando que la mala suerte no le cruzara con ningún animal que le provocara el hundimiento de la nave.

        Su fragilidad era tal que, el pequeño viaje le obligaba a estar atenta a todo cuanto ocurría, lo que le impedía cavilar. Todos sus sentidos tenían que estar puestos en cada paso que daba. Parientes, amigos, vecinos... la mayoría de sus congéneres morían por un despiste, por una duda en el momento equivocado, por estar en el sitio inoportuno... Sólo cuando estaba con su amigo el Elefante podía sentirse segura.

        Ese viernes, cuando ella llegó, él ya estaba esperando mirando a lo lejos una inmediata puesta de sol. Como era normal, hasta que la Hormiga no habló el Elefante no se percató de su presencia.

        "Buenas tardes", dijo ella mientras se acomodaba para descansar del largo viaje. "Buenas tardes", dijo él para añadir a continuación: "la vida es más complicada de lo que parece".

        La hormiga asintió y pensó: "Qué sabio es el Elefante. Será un gran hombre".

martes, 10 de mayo de 2011

Las cosas no son como uno quiere

Me habría gustado que el casero le hubiera cortado el agua a Pilatos, o que Pandora tuviera que viajar en avión con su cajita, o que Nerón hubiera soñado ser bombero, que Little Boy  y Enola Gay nunca se hubieran conocido, que los carros y los carretones no vinieran juntos, que no hiciera falta pasar por la tempestad para encontrar la calma, que el amor y el odio no compartieran jardín, que la política fuera el arte de servir, que Romeo y Julieta se hubieran entendido, que a Mateo le hubieran robado la guitarra y que Vicente supiera estar solo.

            Me habría gustado cambiar muchas cosas, la puntería de Lee Harvey Oswald, la velocidad del Titanic, las elecciones del 33 en Alemania, el descubrimiento de la pólvora por occidente, el acierto del primer ballenero…

            Sé que la historia es interpretable, pero los hechos inmutables. Me duele ver que el presente también, que nada puedo hacer por los 61 inmigrantes que murieron de hambre y sed en el Mediterráneo porque un buque militar les negó auxilio. Habría preferido el naufragio de la fragata, o el portaaviones, o lo que fuera, porque sé que entonces recordarían que la solidaridad no tiene pasaporte y que la muerte casi nunca es dulce. Que todo es interpretable, pero los hechos, inmutables.

lunes, 2 de mayo de 2011

Lo que no parece

Los conocí en una cena oficial de la cámara de comercio. Teníamos amigos comunes y no fue difícil que congeniáramos. Ella no era especialmente hermosa, pero tenía ese atractivo que a los hombres nos hace analizar los gestos, los movimientos, y fijar la mirada en sus ojos. Él, era un hombre menos atractivo a simple vista, pero en la distancia corta, divertido, entrañable, prudente y preocupado por mantener la imagen física de no tan vieja gloria deportiva.

            Juntos daban la impresión de pareja perfecta, salvo por la cuestión cultural de que ella era ligeramente más alta que él, por lo que por prudencia, ella procuraba no ponerse tacones y, en las ocasiones que casi se exigía, por pura coquetería, él procuraba mantener unos metros de distancia.

            A medida que pasaron los meses, la relación con ellos fue cada vez más intensa. Coincidimos en eventos, en comidas con amigos e incluso varias veces quedamos para cenar.

            Se querían, se respetaban y compartían una complicidad difícil de encontrar.

            Aunque son pocas las cosas que me sorprenden, casi me dolió enterarme que ella tenía un amante, y fue una cachetada saber que no era el primero ni el segundo. El asunto no me cuadraba. No correspondía con su mirada.

            Sabía, porque alguna vez había salido alguna conversación sobre los engaños, lo que ambos opinaban, o al menos decían que opinaban. Habría jurado que eran sinceros.

            No quise dudar, pero a las pocas semanas pude comprobar por una amiga íntima suya, lo cierto de la historia.

            Inconscientemente fui marcando distancia. No quería ser partícipe de la farsa. No podía sentarme delante de un amigo y su mujer, también amiga, sabiendo que lo que veía no era lo que había, y aunque siempre mantuvimos cierto contacto, lo cierto es que la relación se fue enfriando.

            Hace unos meses me encontré con ella. Había bajado bastantes kilos y su mirada era triste. La reconocí, pero no me resultaba atractiva, es más, lo que antes era brillo ahora era sombra.

            Tras el protocolario saludo, me contó que había enterado que su marido la había engañado con otra, “después de todo lo que decía, después de todo lo que le he querido, el muy cabrón me engañó con otra”, me dijo.

            La invité a tomar algo para que se calmara y hablara. Y habló, y lloró, y habló, y habló. Que él estaba arrepentido, que la llamaba, que lo había metido en abogados, que no quería hablar con él, que había decepcionado a sus hijos, a su familia, a sus amigos…

            No era el momento de cuestionar nada ni de culpar a nadie. Sólo le hice una pregunta: ¿No tiene solución? “Me da lo mismo”, respondió. “Yo no puedo confiar en alguien que es capaz de hacer esto, de mentirme así, de ser tan cabrón. No voy a perdonarle nunca”.

            Nos despedimos, no sin antes ofrecerme a lo que necesitara.

            Al día siguiente no pude evitar llamar a él, no por curiosidad sino por inquietud.

            “Sí, es verdad”, me dijo. “Un día, hablando de cosas que quisieramos resolver antes de morir, le confesé que hace ya varios años, dos veces, había mantenido relaciones con una mujer, y que no fue más porque quería demasiado a mi mujer y no era justo para nadie. Así que no tuvo más importancia, es más, gracias a eso me di cuenta que no había nada ni nadie más importante en mi vida que ella”.

            Estaba tan destrozado que por un momento pensé en decirle algo. Pero para qué. Quizá sólo aumentara el rencor entre ellos, o quizá yo no quería meterme en una guerra de la que era mero espectador.

            Finalmente han vuelto. Él ya no es el que era, su carga se marca en el gesto de su cara y los meses de separación le han aclarado el pelo. Ella, vuelve a lucir. A mí no me resulta atractiva, pero no ha dejado de encontrar amantes.

jueves, 28 de abril de 2011

El último cuento

Lo malo de buscar es que encuentras. No siempre lo que necesitas o lo que ansiabas, pero siempre, algo que alguna vez guardaste para no perder pero que tampoco querías tener presente.

            Por eso no me extrañé cuando te vi de nuevo, casi helada, sobre el Puente de Carlos, perdida entre las siluetas de la Ciudad Vieja de Praga, tratando de adecentar aquel sombrero horrible con el que te tapabas hasta donde alcanzaba el cuello de tu pelliza.

            Recuerdo tu voz gritándome que esperara a que estuvieras preparada para sonreír, y tu simulado enfado cuando disparé varias veces ante tu incredulidad.

            Sí. Se me viene a la memoria que un instante antes nos habíamos besado y que, como venganza, unos momentos después calentaste tus manos por debajo de mi tres cuartos, mi pulóver y mi camisa térmica, frotando tus dedos y tus palmas por mi tripa.

            No podré olvidar aquella infusión, para mí, y aquel chocolate, para ti, con el que intentamos entrar en calor, ni las carreras hacia el hotel cuando se puso a nevar.

            Pero a diferencias de otras veces, no sentí tus labios sobre los míos ni tus dedos helados erizándome la piel. Y parece que hasta ayer recordaba la conversación que tuvimos en aquella cafetería que nos cobijó por un rato. Siquiera recuerdo ya si al llegar al hotel nos abrigamos en un cuerpo a cuerpo.

            Así me di cuenta de que no era tu foto la que quería esconder, sino mis sentimientos, la terrible sensación de haber perdido una parte de mi historia para siempre, el miedo a comprender que la vida nos arrebata las pequeñas cosas que un día nos hicieron felices y que nunca volverán.

            Y aunque sé que, como las golondrinas de Bécquer, los sentimientos volverán, también sé que serán otras las oscuras aves que veremos, como otros serán también los sentimientos a los que he de despertar.

            Pensando en ello estaba cuando apareció lo que realmente buscaba: a Neruda y sus “20 poemas de amor y una canción desesperada”. Y como en un espectáculo de ilusionismo, el libro resbaló entre mis dedos, cayó al suelo y se abrió solo por el último poema.
           
            Lo releí y comprendí que también tenía que haber un último cuento, y que tu foto podía volver al mundo.

sábado, 23 de abril de 2011

jueves, 21 de abril de 2011

El barco de Espronceda

Cansado de andar cansado de andar solo, decidí poner fin a mis principios y comenzar a escribir nuevos finales en mí vida. Así que, tras un cuarto de siglo criticando las estupideces con las que un hombre se aproxima a una mujer para que ésta se acerque, ordené un listado de banalidades en mi cabeza que sólo me podían llevar a ningún sitio.

            El plan era perfecto según el manual “la noche me confunde”: Hombre simpático y agradable busca mujer agradable y simpática. El físico debía depender de la hora –cuanto más tarde menos tenía que importar- y el grado de compromiso, según dictaran las circunstancias –mujer muy liberal, ninguno; mujer poco liberal, mogollón-.

            Así que decidida la muchacha, fue fácil hablar de lo difícil que me resultaba dejar de mirarla, de pedirle disculpas por el atrevimiento, de asegurarle que mis pretensiones no eran las que imaginaba, que sus ojos decían algo que no decían ninguno más en todo el local, que tenía un qué se yo que yo qué sé, que su boca…, que su nariz…, que lo poco que la habían valorado…

            Y poco a poco fui rengando de mis poetas, y cambié mis libros y mis películas por programas de televisión que nunca vi, y enterré mis miserias para no hablar de las suyas, y transcurrió la noche entre miradas y sonrisas que nunca apuntaban al corazón.

            Todo iba según lo previsto. Mi imagen era tan falsa como la suya, pero los dos reíamos y hasta se podría decir que lo estábamos pasando bien. Por fin yo era uno más en el mundo del engaño con nocturnidad y alevosía.

            Todo iba según lo previsto. Pero una conversación de última hora sonó a cachetada.

            -En una noche de calma chicha, tus ojos rielarían sobre el mar tanto como la luna, parafraseando a Espronceda en su Canción del pirata-, dije yo.
            -No conozco a ese cantante-, afirmó ella.
            -El de “con diez cañones por banda”-, insistí inocente.
            -¡Ah!, es un músico alternativo-, dejó caer.
            -Noooo, el del “velero bergantín”- dije rozando la desesperación.
            -Claro, es que a mí los barcos no me gustan. Dónde lo tiene, ¿en el Náutico?

            En menos de un segundo volví a valorar mi soledad y no me pareció que estuviera tan sola. Ahí estaban mis libros, mis recuerdos, mis sueños y, sobre todo, mis principios y mis finales. Me despedí amablemente, reconocí que mi reino no era de ese mundo, y regresé a mis cuarteles de invierno, donde las mayores estupideces corren de mi cuenta.

sábado, 16 de abril de 2011

De tapa en tapa

Ella era vegetariana y él, odiaba las anchoas. Así que cuando pidió una tapa de hígado encebollado, ella lo miró con la misma cara que él al escucharle pedir  otra de pimientos y anchoas.

            A partir de ahí, entre un local y otro fueron coincidiendo varias veces e, irremediablemente, no podían evitar que sus ojos se cruzaran por momentos pensando cada uno cómo alguien de apariencia tan interesante, podía comer algo que realmente le provocaba.

            Unos minutos antes de las doce de la noche, la escalivada los unió por fin, y siendo la última tapa que quedaba en el bar, él quiso ser más caballero cediéndosela, y ella demostró ser más señora rechazando la invitación. Pero dado que sus miradas habían coincidido tantas veces, a él, como hombre, no le importó compartir media tapa con ella que, como mujer, asintió encantada.

            Y entre la tapa, la cerveza y el vino, ambos comenzaron a destapar sus virtudes y a tapar sus defectos; y unas copas más tarde, se encontraron taponando sus heridas; y unas horas después, destapando la cama y sus cuerpos; y pasaron de los vinos a los besos y de las tapas… a los montaditos.

lunes, 11 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

Invita la vida

El timbre de su puerta nunca fue una maravilla. Sus amigos, y mucho más sus amigas, se quejaban siempre de tener que tocar insistentemente para que les abriera, hasta el punto de que a los más allegados había preferido darles la llave para que pudieran entrar y salir sin problemas.
Con el tiempo perdió la costumbre de estar pendiente de quién entraba y salía porque después de tanto tiempo, se conformaba con saber que la vida y él mantenían tablas, lo que le permitía no desesperar esperando ni mirando con desconfianza cuanto se movía a su alrededor.
Por alguna extraña razón, aquella tarde él acudió a la puerta antes incluso de que ella hubiera tocado, y ambos se extrañaron cuando uno abrió la puerta en el momento en el que la otra se disponía a apretar el timbre. Fue tras el intercambio de sonrisas provocado por la situación cuando él la invitó a entrar en su casa: "No te quedes ahí, mujer. Pasa, es tu casa".
Ella no entendió la magnitud del mensaje, y en realidad él tampoco se dio cuenta de que aquella invitación había salido de algún rincón inexplorado del corazón.
"¿No le molesto?", preguntó ella sin asumir realmente la profundidad de la pregunta. "Sólo vengo a entregar esto", explicó mientras levantaba sus brazos mostrando un paquete con la forma de una de esas cajas que guardan grandes reservas.
"No parece nada urgente. Puede esperar", dijo él. "¿Te tomas algo?".
Entre una copa y otra ambos confesaron que sus rostros les eran conocidos, y algunas copas más tarde decidieron comprobar si sus manos y sus labios también se reconocían. Y sí, se reconocieron. Así que decidieron besarse sin usura y hacer del tacto la literatura con la que escribir un Nuevo Testamento en el que creer.
Aquella noche, en su casa, que ya era la de ella, la última copa fue de ternura, y se sirvieron con derroche, conscientes de que el amanecer llegaba y con él los malos augurios de una realidad a los que ambos, sin decírselo, comenzaban a temer.
Cuando el amor y el vino les derrotó, ella cayó sobre él y se recostó a su lado haciéndose un huequito en su pecho, que estaba hecho para eso. Él la miró constantemente y por primera vez se sintió seguro y tranquilo. Se sorprendió de verse sorprendido y comprendió que su timbre (el de él) funcionaba a la perfección, y que su casa (la de ambos) estaba hecha para acogerla a ella, y que su corazón (el de ella) junto al de él componían las más hermosas sinfonías.
Fue justo en el momento en que se preguntó cómo sería la vida de aquel trocito de cielo cuando recordó el peregrino motivo de la visita. Aquel paquete tan inesperado como anónimo con forma de caja para botellas. Se levantó sin hacer ruido, regresó al salón, y recogió el paquete de la misma mesa donde ella lo había dejado.
No se percató en ese momento del escaso peso del paquete, pero al abrirlo se encontró que aquella caja de vino sólo contenía una tarjeta. En ella pudo leer:

"No es normal, pero a veces sucede. Que la disfrutes.
 Fmdo: La Vida".

viernes, 1 de abril de 2011

Dibujo miradas en el aire

Dibujo miradas en el aire,
miradas perdidas que encajan en una cara que no he visto.
Dibujo sonrisas,
e intento verlas en bocas que no me dicen nada.
Dibujo manos que me tocan,
voces que me gritan,
risas que me alegran,
noches en vela,
columpios,
heridas de juego,
preocupaciones ficticias…
Dibujo rostros,
jopos,
orejas,
hoyitos
y cicatrices que besar.
Dibujo al hijo que nunca tuve
y a la hija que nunca tendré.
Dibujo los sentimientos que me despiertas,
aunque tú estés tan lejos
que mi pincel no puede imaginarte.

sábado, 26 de marzo de 2011

Principio y fin

Cada fin de semana coincidían en el mismo local. Ambos eran conscientes de la existencia del otro. Sabían que estaban ahí pero nunca se dirigieron la palabra, ella porque prefería soñar a verse decepcionada por una realidad adversa; él, por temor, se preguntaba cada día qué podía aportar a quien podía aspirar a todo.
Con los años, las miradas se cruzaron tantas veces que se atrevieron a establecer guiños cómplices desde la distancia, incluso a sonreírse abiertamente si se cruzaban a la entrada o salida del local.
Si alguna vez uno de los dos faltaba, los ojos del otro no podían permanecer quietos intentando encontrar el rostro de ella o de él en cada cara, y ninguna conversación podía tener interés sin el bálsamo de su presencia.
Ambos comenzaron a sentirse atados a pesar de no haber hablado nunca, y sufrían auténticos celos por ciertas compañías, y la sangre hervía de impotencia cuando alguno bailaba agarrado a una cintura ajena.
Evidentemente, nada podían exigirse, ni pedirse, pero tanto por una parte como por otra comenzaron a ser conscientes de lo que sentían y, como los matrimonios que se quieren, procuraban no incomodarse contestando con monosílabos o cortando cualquier posible relación entre aquellas paredes repletas de luces, música y vasos a medio terminar.
Fue un lunes, día de la pareja en las salas de cine, cuando ambos coincidieron en la misma cola para ver la misma película. El saludo, sin beso, fue escueto y tímido, pero pudieron percibir la alegría del otro por aquel encuentro fortuito.
La coincidencia en la película les dio pie para entablar la primera conversación de su vida; y la película, la excusa para alargar el encuentro en un restaurante cercano. La hora, aún temprana, fue el argumento para tomar la primera copa; y el silencio, el motivo de que se pusieran a hablar de sus vidas; y una miga junto al labio de ella, justificó que se rompiera la distancia entre sus cuerpos, que por primera vez se tocaron.
Ya en la calle, el frío provocó que ella tiritara, y él, que era un caballero, le dejó su chaqueta y su abrazo. Ella, que era una dama, se dejó abrazar y supo acurrucarse entre su cuerpo y el brazo con que le ceñía la cintura.
Después, como si el cielo y el infierno hubieran decidido darse una tregua, el tiempo se paró mientras paseaban rumbo a ningún lugar.
“Mira que hace tiempo que soñaba con esto”, se atrevió a decir ella.
“Mira que hace tiempo que no soñaba”, se atrevió a responder él.
“Vente a casa”, dijo ella.
“Te quiero. Siempre te he querido”, dijo él.
Y mientras esperaban el ascensor, sus manos y sus labios no supieron estarse quietos, y se perdieron en un sinfín de abrazos y besos, y cuando la puerta del apartamento se cerró, cayeron todos los miedos, todas las faldas, todos los pantalones, las camisas…, y sólo hubo espacio para dos cuerpos y mil risas, para sus besos y sus miradas, para él y para ella.
Cuando el amor les llevo al sexo y el sexo a la extenuación, él le cubrió la espalda de besos y rayas sin sentido dibujadas con la punta de los dedos. Ella, se acomodó el pelo a un lado dejando a la vista toda su piel, desde la nuca hasta los pies.
Fue ahí cuando por primera vez, él vio el pequeño tatuaje que ella guardaba en la base de la cabeza. Se fijó y vio que eran dos letras griegas, la alpha y la omega, y comprendió que aquella espalda era, desde ese momento, su principio y su fin, y que nunca tendría otra historia que no se escribiera sobre aquella piel que ardía más que el fuego.

Don Adiós y doña Hola

Don adiós y doña Hola se encontraron una tarde lluviosa de verano. Doña Hola esperaba a alguien. No a cualquiera ni tampoco a alguien en concreto, esperaba al ser que de verdad supiera quererla, y por ello y para ello siempre estuvo dispuesta a amar y a ser amada. Por eso se llamaba doña Hola.
Fue fácil que ambos encontraran mil excusas para reencontrarse en todos los lugares, así que poco a poco la relación fue creciendo hasta llegar a ese estallido en donde los cuerpos y las almas son una sola cosa.
Tras los primeros estremecimientos, la sangre y las manos le dijeron a doña Hola que la búsqueda había terminado, que aquel era su hombre sin ningún tipo de dudas.
Al despertar, él se había marchado. Por eso se llamaba don Adiós.

lunes, 21 de marzo de 2011

domingo, 20 de marzo de 2011

La segunda vez

La segunda vez que la vi no recordé que hubo una primera. Aquello había pasado hacía tanto tiempo que ya no recordaba su cara ni sus manos ni su nombre, pero bastó una mirada y una sonrisa para saber que algo de ella había quedado en mí.

         Probablemente ella no lo supiera. Al fin y al cabo, todo había ocurrido hacía algunos años y tampoco yo lo supe desde el principio. Sólo cuando empezó a desnudar mi corazón, recordé que sólo una vez, en tan pocos minutos, una mujer había logrado rendir todas mis armas y mis miedos.

         Fue entonces cuando reconocí esa mirada y esa boca, y de nuevo todos mis escudos cayeron dejando mi alma desnuda.
        
         Sí, el destino nos volvía a cruzar.

         Y recordé que la primera vez se fue borracha, a diferencia de la segunda, que se fue con otro. Y como hiciera unos cuantos años antes, comencé de nuevo a reorganizar mis defensas contra los amores a primera vista.

domingo, 13 de marzo de 2011

jueves, 10 de marzo de 2011

El hombre de las mil formas

Fui peine para navegar por su pelo. Sentir cada filamento deslizarse entre mis dientes. Comprobar que no hay tacto más sedoso ni carga más ligera.
         Después me convertí en colirio para ayudarle a limpiar su mirada y fundirme con sus lágrimas, y acariciar así sus mejillas.
         Me volví viento para susurrarle al oído, y agua para saciar su sed, y pan para calmar su hambre.
         Me hice vaquero para ajustarme a su cuerpo, y diario para reflejar su alma.
         Llegué a lápiz para rozar sus labios y a tele para que me mirara.
         Bufanda para resguardarla, zapato para estar a sus pies, manta para abrigarla, payaso para hacerla reír, sol para calentarla, perro para lamerle las heridas, lanza para luchar contra gigantes, soldado en todas sus batallas, suspiro en sus desdichas, bombero en sus incendios, barco en sus mareas, puerto en sus travesías, psiquiatra en sus locuras, maleta en sus viajes…
         Fui eso y más. Pero antes de cerrar la puerta confesó que se iba con otro porque ya no sabía quién era yo. Y no lo pude negar.

sábado, 5 de marzo de 2011

Garfio


Mi nombre es James Hook, capitán James Hook.
No siempre fui pirata, y no siempre he tenido que arrastrar este maldito garfio que me identifica por encima de todo lo que haga o diga.

Mi desdicha comenzó el día en que ella me dijo que lo nuestro sólo era posible en el país de “nunca jamás”, y juró que sólo me besaría en sueños.

Ella era la mujer más linda que había conocido, y aunque no lo fuera, desde la primera vez que la vi, mi corazón decidió quedarse con ella. Nunca me dio nada, siquiera esperanzas, aunque tuve la fortuna de recoger la servilleta que tiró a un cenicero después de limpiarse la boca y en donde quedaron grabados sus labios.

Así que abandoné mi trabajo de diplomático de carrera y gasté todo mi tiempo e invertí todo mi dinero en descubrir algún rincón del mundo en el que “nunca jamás” fuera posible.

Me enrolé en cualquier buque que viajara alrededor del planeta con el único objetivo de encontrar un lugar en el que mi amor fuera posible. Viajé tanto que de cocinero llegué a capitán. En esos años nunca la volví a ver, pero su rostro se me aparecía con cada sol y con cada luna, y sus labios en la servilleta me traían la boca que nunca quiso besarme.

No perdí la esperanza, y logré hallar un lugar casi tan bello como la mujer que amaba bajo la cortina de agua que forma las cataratas Victoria, al volcar la canoa en la que descendía el río Zambeze.

Para construir un palacio de madera contraté a un grupo de jóvenes que se hacían llamar Niños Perdidos, y que lideraba un joven caprichoso llamado Peter. Les enseñé aquel paraíso con la única condición de que me ayudaran a edificar un pequeño palacio de madera en el que vivir con mi amada y el barco en el que pudiera ir a buscarla.

Tarde comprendí que ellos sólo querían beber, bailar y comer, y que el apodo de Perdidos no hacía referencia a no encontrados sino a que ya no tenían remedio. Así que mientras llenaban mi paraíso de bolsas de papas, latas de cerveza y cartones de Telepizza, yo me afanaba en trabajar en mi barco y en palacio que estaba llamado a convertirse en nuestro hogar.

Trabajé tanto y tanto esfuerzo hice, que me destrocé la espalda, el sol me quemó la piel y mis manos se volvieron duras y ásperas.

Cuando ya estaba casi todo terminado, los Niños Perdidos vieron amenazado su modo de vida, y para evitar el éxito de mi plan capturaron a un cocodrilo que soltaron junto al barco.

Fue el último día antes de partir cuando, mientras me bañaba en el río, el cocodrilo intentó desayunarme, y aunque pude evitarlo, no tuve tiempo para recoger la ropa, que el reptil destrozó tragándose la servilleta que durante tantos años yo había conservado en el bolsillo interior de la chaqueta.

Intentando recuperarla perdí la mano y casi la vida. Para poder izar las velas y manejar el timón, fabriqué un garfio que ajusté al muñón y partí a la búsqueda de la única mujer que había amado.

Al llegar a puerto descubrí que la gente no sólo me miraba mal sino que huían de mí. Alquilé una habitación en un hostal y comprobé ante el espejo que mi imagen nada tenía que ver ya con la de aquel hombre que décadas atrás había partido en busca de un país que regalar a su amor.

Siento tanta vergüenza de mí que, incapaz de volver a Nunca Jamás por miedo a los niños y a los cocodrilos, permanezco encerrado en casa. Sólo salgo en Carnavales. La gente me felicita por el disfraz, lo que hace más grande mi herida. Esos días siempre la busco, y alguna vez la he visto perdida en el tumulto. Sigue siendo la más bella.

Sólo una vez me acerqué hasta ella. Le pregunté si se acordaba de mí. Me miró, sonrió y dijo: “Quizá mañana, cuando me recupere de la resaca”. Se limpió la boca con una servilleta y la dejó en un cenicero.

lunes, 21 de febrero de 2011

Aún no lo sabes

¿Y si de pronto nos entendiéramos, y tú no estuvieras tan lejos de tu mundo ni yo tan cerca de mi cielo?¿Y si tu rica sonrisa supiera de mis pobres sueños?¿Y si fueras capaz de perdonar lo que nunca va a suceder?¿Y si no hubiera mañana contigo?¿Y si mi oración no te acogiera?¿Y si al mirar tu vida vieras tu muerte?¿Y si fuera cierto todo salvo lo que parece verdad.?¿Y si al final de la partida descubres que habías perdido antes de empezar?

miércoles, 16 de febrero de 2011

Destino

Hay personas que creen que el destino es sólo la justificación que algunos dan a hechos que, sin ninguna relación inicial entre ellos, terminan enlazándose o dependiendo uno de otro. Pepa y Milo eran de esa opinión, militantes del “piña asada, piña mamada” y del “no esperes mañana lo que no se te dé hoy”. Atados a esta filosofía tardaron demasiado tiempo en plantearse la gestación de un hijo. Demasiado tiempo de embarazo, demasiadas cuestiones incontrolables, demasiadas cosas en manos de un azar en el que no creían.

        Entre cálculos, miedos e indecisiones, el tiempo en el reloj biológico corrió rápido así que cuando decidieron que sí, el cuerpo dijo que no, y volvieron a las matemáticas y al calendario para plantearse la adopción como forma de dar respuesta a un sentimiento que fuera de todo pronóstico había nacido en ellos.

        Es probable que el destino nada tuviera que ver con que la solicitud se realizara el 26 de julio, que el nombre previsto para la niña fuera Ana y que en la documentación presentada apareciera como madrina otra Ana.

        El mismo destino que no actuaba en sus vidas, no debió ser la causa de que el sello que marcara el registro de entrada cayera sobre los papeles en el preciso instante en que, a casi 8.000 kilómetros, una preciosa niña recién parida rompía a llorar tomando sus primeras bocanadas de aire.

        Nada tuvo que ver tampoco el destino en que los sueños de ellos al encuentro con una chinita sin rostro se cruzaran con los de la pequeña en busca de unos padres sin nombre, ni que la documentación se traspapelara el tiempo suficiente en la embajada para que el expediente 21052002 (curiosamente la fecha de su boda) se enviara por error al orfanato en el que la niña fue acogida, ni en que la fecha en que padres e hija se verían la cara por primera vez fuera el 14 de febrero, ni que desde seis ojos y por seis mejillas corrieran las mismas lágrimas en en mismo y preciso instante.

        Nada tuvo que ver el destino en eso, ni el azar ni la fortuna ni la casualidad ni los hados. Pepa y Milo siguen sin creer, pero Ana, que a pesar de sus sufrimientos confió siempre en el saber hacer de la vida, está convencida de que desde su nacimiento Cloto, Láquesis y Átropos asumieron su cuidado, tejiendo juntos los tres destinos, antes incluso de que ninguno de ellos se conociera antes, incluso, de que Dios creara el mundo.

jueves, 3 de febrero de 2011

domingo, 30 de enero de 2011

Malditos refranes

El muñeco de nieve

Carla vio por primera vez la nieve a los 5 años. Para celebrarlo, su papá y ella salieron a la calle y en el pequeño espacio que había entre su portal y la acera, debajo justo de un abeto infinito que cubría de sombra la casa los días de sol, acumularon cuanta nieve pudieron recoger.

        Con ella hicieron un muñeco que sobrepasaba a Carla por unos pocos centímetros. Mamá colaboró con una caja de cartón en la que había introducido una zanahoria mediana, dos grandes botones, el sombrero de copa y la chaqueta de un viejo frac que guardaba para los carnavales, una bufanda roja que ya era iba siendo hora de cambiar y varios trozitos de carbón que, bien colocados, servirían para imitar una leve sonrisa en el inmaculado rostro del muñeco.

        Corrió también por cuenta de ella la sopa caliente que acercó a papá y a Carla mientras buscaban en el abeto dos ramas con las que poder hacer los brazos.

        Al terminar, Carla se sorprendió del resultado. En apenas una hora, la nieve que había caído aleatoriamente pero que se repartió de forma homogénea sobre la calle, se había convertido en algo casi humano que custodiaba la puerta de su casa. Por eso hubo que ponerle nombre: Bartolo.

        El día pasó entre abrazos, risas, comentarios sobre el tiempo y las miradas de Carla a su nuevo y frío amiguito cada vez que cruzaba ante la ventana.

        Ya en la cama, la pequeña no podía pensar nada que no fuera lo mal que lo estaba pasando Bartolo ante las inclemencias del tiempo. Cuando la casa se sumió en el silencio más absoluto, Carla se calzó sus botas de agua, se puso un grueso jersey y se cubrió con el anorak.

        Las horas de desvelo le permitieron elaborar un plan sin fisuras para proteger a Bartolo del frío. Así que tomó los albornoces de sus padres y cubrió el muñeco, no sin antes sacar las dos estufas que utilizaban para calentar la parte baja de la casa.

        Segura ya de que Bartolo pasaría la noche sin sufrir, Carla se metió en la cama de nuevo y, esta vez sí, pudo dormir completamente tranquila.

        Por la mañana, Carla despertó y corrió hacia la calle para comprobar cómo había pasado la noche su querido amigo. Al llegar a la puerta encontró la bufanda en el suelo junto a la ropa, el sombrero, los botones y las ramas que hacían de brazos. También allí, estaban sus padres esperando explicaciones.

        Carla no entendió nada. “¿Dónde esta Bartolo?”, preguntó, pero por respuesta tuvo otra pregunta: “¿Qué es todo esto?”.

        Carla siguió sin entender. Bartolo se había ido, a pesar de sus desvelos y preocupaciones, Bartolo había decidido desaparecer de su vida sin decirle nada, sin avisar siquiera. “¿Dónde está Bartolo?”, volvió a preguntar.

        Fue papá el primero en percatarse de la trascendencia del asunto. Así que la sentó en sus rodillas y junto a las estufas que aún desprendían calor, le explicó qué era la nieve y las terribles consecuencias que el calor tenía sobre ella. Después se perdió en una letanía de apuntes sobre la naturaleza humana, que lo bueno para unos no lo era para otros, el respeto, etcétera…

        Carla no entendió a su padre, como años después tampoco entendería a su primer amor, ni a ninguno de los que le siguieron. En todos los casos ella estaba convencida de haber hecho lo mejor y con las mejores intenciones, y por tanto era inexplicable que hubiera alguien sobre la tierra que no valorara todo cuanto ella hacía, que no se diera cuenta de su esfuerzo por protegerles y mimarles.

        Hoy, a pesar de los años, Carla sigue sin comprender por qué la nieve se derrite con el calor.

lunes, 24 de enero de 2011

El huracán

Para Piel Suave y Tiburón

Huyendo de promesas incumplibles e incumplidas, buscó un rincón del mundo que le alejara de su pasado pensando que ese viaje hacia el futuro le salvaría de su presente.

         El tránsito entre su ahora y su vamos a ver pasó por el andén de una agencia de viajes que proponía una escapada a territorios inexplorados en donde para él nadie era el nombre de todos.

         No pudo negarse. La propuesta llegaba en el momento en el que encontrarse a sí mismo era la prioridad, y tirando de tarjeta y de fe, se lanzó a la aventura de un viaje a lo desconocido, tanto en lo referente al destino del vuelo que le alejaba de sus sueños rotos como a la transformación de su ser.

         Era precisamente en ese paraíso prometido donde otro espíritu libre con vocación de encontrar dueño, dedicaba su empeño a levantar murallas que evitaran la aproximación de príncipes más preocupados en el plan de fuga tras la conquista que en el compromiso con el nuevo reino.

         Como base de esa defensa, se propuso un viaje a un lugar en donde el paraíso fuera una quimera y nadie esperara nada de nadie.

         Él, al aterrizar, se encontró con que el paraíso estaba en alerta por temporal, y que su vuelo había sido el último en operar ese día. Ella, en el momento del embarque, fue informada de la suspensión y de la obligación de acudir a alguno de los refugios que protegían a la ciudadanía de los tornados.

         Fue en la salida del aeropuerto donde ambos coincidieron por primera vez, él con las maletas con las que llegaba y ella con las que debía irse, y en el caos, volvieron a cruzarse a la entrada del refugio.

         La tercera vez ya no fue coincidencia. Con varias horas por delante a la espera de que la lluvia y el viento les permitiera retomar su vida, a él le pareció buena idea sentarse junto a ella, y a ella le había parecido una idea mejor dejar un sitio a su lado por si él quería sentarse. Así que ya juntos, él le contó qué le llevó hasta allí y ella, por qué se alejaba. Y en la confianza que da la gente desconocida, pasaron de la generalidad del “todos los hombres son iguales” a la particularidad de “no hay otra como tú”.

         Tres horas más tarde, cuando abrieron las puertas, los refugiados comprobaron que el huracán había arrasado con todo, pero él y ella supieron que también se había llevado sus miedos y sus murallas, y antes de que dejara de llover ya ella había dicho “te quiero”, y cuando el cielo filtró los primeros rayos de sol, ya él estaba irremediablemente perdido entre sus piernas.

         Él ya no espera promesas ni ella, príncipes, pero viajan de isla en isla buscando tifones en los mares de la China.

sábado, 22 de enero de 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

lunes, 17 de enero de 2011

Gran Canaria

Tarda un poquito en cargar, pero creo que merece la pena verlo.
Se trata de ir a la dirección siguiente:

http://dl.dropbox.com/u/18357859/Gran%20Canaria%20PowerPoint2.pps