jueves, 28 de abril de 2011

El último cuento

Lo malo de buscar es que encuentras. No siempre lo que necesitas o lo que ansiabas, pero siempre, algo que alguna vez guardaste para no perder pero que tampoco querías tener presente.

            Por eso no me extrañé cuando te vi de nuevo, casi helada, sobre el Puente de Carlos, perdida entre las siluetas de la Ciudad Vieja de Praga, tratando de adecentar aquel sombrero horrible con el que te tapabas hasta donde alcanzaba el cuello de tu pelliza.

            Recuerdo tu voz gritándome que esperara a que estuvieras preparada para sonreír, y tu simulado enfado cuando disparé varias veces ante tu incredulidad.

            Sí. Se me viene a la memoria que un instante antes nos habíamos besado y que, como venganza, unos momentos después calentaste tus manos por debajo de mi tres cuartos, mi pulóver y mi camisa térmica, frotando tus dedos y tus palmas por mi tripa.

            No podré olvidar aquella infusión, para mí, y aquel chocolate, para ti, con el que intentamos entrar en calor, ni las carreras hacia el hotel cuando se puso a nevar.

            Pero a diferencias de otras veces, no sentí tus labios sobre los míos ni tus dedos helados erizándome la piel. Y parece que hasta ayer recordaba la conversación que tuvimos en aquella cafetería que nos cobijó por un rato. Siquiera recuerdo ya si al llegar al hotel nos abrigamos en un cuerpo a cuerpo.

            Así me di cuenta de que no era tu foto la que quería esconder, sino mis sentimientos, la terrible sensación de haber perdido una parte de mi historia para siempre, el miedo a comprender que la vida nos arrebata las pequeñas cosas que un día nos hicieron felices y que nunca volverán.

            Y aunque sé que, como las golondrinas de Bécquer, los sentimientos volverán, también sé que serán otras las oscuras aves que veremos, como otros serán también los sentimientos a los que he de despertar.

            Pensando en ello estaba cuando apareció lo que realmente buscaba: a Neruda y sus “20 poemas de amor y una canción desesperada”. Y como en un espectáculo de ilusionismo, el libro resbaló entre mis dedos, cayó al suelo y se abrió solo por el último poema.
           
            Lo releí y comprendí que también tenía que haber un último cuento, y que tu foto podía volver al mundo.

sábado, 23 de abril de 2011

jueves, 21 de abril de 2011

El barco de Espronceda

Cansado de andar cansado de andar solo, decidí poner fin a mis principios y comenzar a escribir nuevos finales en mí vida. Así que, tras un cuarto de siglo criticando las estupideces con las que un hombre se aproxima a una mujer para que ésta se acerque, ordené un listado de banalidades en mi cabeza que sólo me podían llevar a ningún sitio.

            El plan era perfecto según el manual “la noche me confunde”: Hombre simpático y agradable busca mujer agradable y simpática. El físico debía depender de la hora –cuanto más tarde menos tenía que importar- y el grado de compromiso, según dictaran las circunstancias –mujer muy liberal, ninguno; mujer poco liberal, mogollón-.

            Así que decidida la muchacha, fue fácil hablar de lo difícil que me resultaba dejar de mirarla, de pedirle disculpas por el atrevimiento, de asegurarle que mis pretensiones no eran las que imaginaba, que sus ojos decían algo que no decían ninguno más en todo el local, que tenía un qué se yo que yo qué sé, que su boca…, que su nariz…, que lo poco que la habían valorado…

            Y poco a poco fui rengando de mis poetas, y cambié mis libros y mis películas por programas de televisión que nunca vi, y enterré mis miserias para no hablar de las suyas, y transcurrió la noche entre miradas y sonrisas que nunca apuntaban al corazón.

            Todo iba según lo previsto. Mi imagen era tan falsa como la suya, pero los dos reíamos y hasta se podría decir que lo estábamos pasando bien. Por fin yo era uno más en el mundo del engaño con nocturnidad y alevosía.

            Todo iba según lo previsto. Pero una conversación de última hora sonó a cachetada.

            -En una noche de calma chicha, tus ojos rielarían sobre el mar tanto como la luna, parafraseando a Espronceda en su Canción del pirata-, dije yo.
            -No conozco a ese cantante-, afirmó ella.
            -El de “con diez cañones por banda”-, insistí inocente.
            -¡Ah!, es un músico alternativo-, dejó caer.
            -Noooo, el del “velero bergantín”- dije rozando la desesperación.
            -Claro, es que a mí los barcos no me gustan. Dónde lo tiene, ¿en el Náutico?

            En menos de un segundo volví a valorar mi soledad y no me pareció que estuviera tan sola. Ahí estaban mis libros, mis recuerdos, mis sueños y, sobre todo, mis principios y mis finales. Me despedí amablemente, reconocí que mi reino no era de ese mundo, y regresé a mis cuarteles de invierno, donde las mayores estupideces corren de mi cuenta.

sábado, 16 de abril de 2011

De tapa en tapa

Ella era vegetariana y él, odiaba las anchoas. Así que cuando pidió una tapa de hígado encebollado, ella lo miró con la misma cara que él al escucharle pedir  otra de pimientos y anchoas.

            A partir de ahí, entre un local y otro fueron coincidiendo varias veces e, irremediablemente, no podían evitar que sus ojos se cruzaran por momentos pensando cada uno cómo alguien de apariencia tan interesante, podía comer algo que realmente le provocaba.

            Unos minutos antes de las doce de la noche, la escalivada los unió por fin, y siendo la última tapa que quedaba en el bar, él quiso ser más caballero cediéndosela, y ella demostró ser más señora rechazando la invitación. Pero dado que sus miradas habían coincidido tantas veces, a él, como hombre, no le importó compartir media tapa con ella que, como mujer, asintió encantada.

            Y entre la tapa, la cerveza y el vino, ambos comenzaron a destapar sus virtudes y a tapar sus defectos; y unas copas más tarde, se encontraron taponando sus heridas; y unas horas después, destapando la cama y sus cuerpos; y pasaron de los vinos a los besos y de las tapas… a los montaditos.

lunes, 11 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

Invita la vida

El timbre de su puerta nunca fue una maravilla. Sus amigos, y mucho más sus amigas, se quejaban siempre de tener que tocar insistentemente para que les abriera, hasta el punto de que a los más allegados había preferido darles la llave para que pudieran entrar y salir sin problemas.
Con el tiempo perdió la costumbre de estar pendiente de quién entraba y salía porque después de tanto tiempo, se conformaba con saber que la vida y él mantenían tablas, lo que le permitía no desesperar esperando ni mirando con desconfianza cuanto se movía a su alrededor.
Por alguna extraña razón, aquella tarde él acudió a la puerta antes incluso de que ella hubiera tocado, y ambos se extrañaron cuando uno abrió la puerta en el momento en el que la otra se disponía a apretar el timbre. Fue tras el intercambio de sonrisas provocado por la situación cuando él la invitó a entrar en su casa: "No te quedes ahí, mujer. Pasa, es tu casa".
Ella no entendió la magnitud del mensaje, y en realidad él tampoco se dio cuenta de que aquella invitación había salido de algún rincón inexplorado del corazón.
"¿No le molesto?", preguntó ella sin asumir realmente la profundidad de la pregunta. "Sólo vengo a entregar esto", explicó mientras levantaba sus brazos mostrando un paquete con la forma de una de esas cajas que guardan grandes reservas.
"No parece nada urgente. Puede esperar", dijo él. "¿Te tomas algo?".
Entre una copa y otra ambos confesaron que sus rostros les eran conocidos, y algunas copas más tarde decidieron comprobar si sus manos y sus labios también se reconocían. Y sí, se reconocieron. Así que decidieron besarse sin usura y hacer del tacto la literatura con la que escribir un Nuevo Testamento en el que creer.
Aquella noche, en su casa, que ya era la de ella, la última copa fue de ternura, y se sirvieron con derroche, conscientes de que el amanecer llegaba y con él los malos augurios de una realidad a los que ambos, sin decírselo, comenzaban a temer.
Cuando el amor y el vino les derrotó, ella cayó sobre él y se recostó a su lado haciéndose un huequito en su pecho, que estaba hecho para eso. Él la miró constantemente y por primera vez se sintió seguro y tranquilo. Se sorprendió de verse sorprendido y comprendió que su timbre (el de él) funcionaba a la perfección, y que su casa (la de ambos) estaba hecha para acogerla a ella, y que su corazón (el de ella) junto al de él componían las más hermosas sinfonías.
Fue justo en el momento en que se preguntó cómo sería la vida de aquel trocito de cielo cuando recordó el peregrino motivo de la visita. Aquel paquete tan inesperado como anónimo con forma de caja para botellas. Se levantó sin hacer ruido, regresó al salón, y recogió el paquete de la misma mesa donde ella lo había dejado.
No se percató en ese momento del escaso peso del paquete, pero al abrirlo se encontró que aquella caja de vino sólo contenía una tarjeta. En ella pudo leer:

"No es normal, pero a veces sucede. Que la disfrutes.
 Fmdo: La Vida".

viernes, 1 de abril de 2011

Dibujo miradas en el aire

Dibujo miradas en el aire,
miradas perdidas que encajan en una cara que no he visto.
Dibujo sonrisas,
e intento verlas en bocas que no me dicen nada.
Dibujo manos que me tocan,
voces que me gritan,
risas que me alegran,
noches en vela,
columpios,
heridas de juego,
preocupaciones ficticias…
Dibujo rostros,
jopos,
orejas,
hoyitos
y cicatrices que besar.
Dibujo al hijo que nunca tuve
y a la hija que nunca tendré.
Dibujo los sentimientos que me despiertas,
aunque tú estés tan lejos
que mi pincel no puede imaginarte.

sábado, 26 de marzo de 2011

Principio y fin

Cada fin de semana coincidían en el mismo local. Ambos eran conscientes de la existencia del otro. Sabían que estaban ahí pero nunca se dirigieron la palabra, ella porque prefería soñar a verse decepcionada por una realidad adversa; él, por temor, se preguntaba cada día qué podía aportar a quien podía aspirar a todo.
Con los años, las miradas se cruzaron tantas veces que se atrevieron a establecer guiños cómplices desde la distancia, incluso a sonreírse abiertamente si se cruzaban a la entrada o salida del local.
Si alguna vez uno de los dos faltaba, los ojos del otro no podían permanecer quietos intentando encontrar el rostro de ella o de él en cada cara, y ninguna conversación podía tener interés sin el bálsamo de su presencia.
Ambos comenzaron a sentirse atados a pesar de no haber hablado nunca, y sufrían auténticos celos por ciertas compañías, y la sangre hervía de impotencia cuando alguno bailaba agarrado a una cintura ajena.
Evidentemente, nada podían exigirse, ni pedirse, pero tanto por una parte como por otra comenzaron a ser conscientes de lo que sentían y, como los matrimonios que se quieren, procuraban no incomodarse contestando con monosílabos o cortando cualquier posible relación entre aquellas paredes repletas de luces, música y vasos a medio terminar.
Fue un lunes, día de la pareja en las salas de cine, cuando ambos coincidieron en la misma cola para ver la misma película. El saludo, sin beso, fue escueto y tímido, pero pudieron percibir la alegría del otro por aquel encuentro fortuito.
La coincidencia en la película les dio pie para entablar la primera conversación de su vida; y la película, la excusa para alargar el encuentro en un restaurante cercano. La hora, aún temprana, fue el argumento para tomar la primera copa; y el silencio, el motivo de que se pusieran a hablar de sus vidas; y una miga junto al labio de ella, justificó que se rompiera la distancia entre sus cuerpos, que por primera vez se tocaron.
Ya en la calle, el frío provocó que ella tiritara, y él, que era un caballero, le dejó su chaqueta y su abrazo. Ella, que era una dama, se dejó abrazar y supo acurrucarse entre su cuerpo y el brazo con que le ceñía la cintura.
Después, como si el cielo y el infierno hubieran decidido darse una tregua, el tiempo se paró mientras paseaban rumbo a ningún lugar.
“Mira que hace tiempo que soñaba con esto”, se atrevió a decir ella.
“Mira que hace tiempo que no soñaba”, se atrevió a responder él.
“Vente a casa”, dijo ella.
“Te quiero. Siempre te he querido”, dijo él.
Y mientras esperaban el ascensor, sus manos y sus labios no supieron estarse quietos, y se perdieron en un sinfín de abrazos y besos, y cuando la puerta del apartamento se cerró, cayeron todos los miedos, todas las faldas, todos los pantalones, las camisas…, y sólo hubo espacio para dos cuerpos y mil risas, para sus besos y sus miradas, para él y para ella.
Cuando el amor les llevo al sexo y el sexo a la extenuación, él le cubrió la espalda de besos y rayas sin sentido dibujadas con la punta de los dedos. Ella, se acomodó el pelo a un lado dejando a la vista toda su piel, desde la nuca hasta los pies.
Fue ahí cuando por primera vez, él vio el pequeño tatuaje que ella guardaba en la base de la cabeza. Se fijó y vio que eran dos letras griegas, la alpha y la omega, y comprendió que aquella espalda era, desde ese momento, su principio y su fin, y que nunca tendría otra historia que no se escribiera sobre aquella piel que ardía más que el fuego.

Don Adiós y doña Hola

Don adiós y doña Hola se encontraron una tarde lluviosa de verano. Doña Hola esperaba a alguien. No a cualquiera ni tampoco a alguien en concreto, esperaba al ser que de verdad supiera quererla, y por ello y para ello siempre estuvo dispuesta a amar y a ser amada. Por eso se llamaba doña Hola.
Fue fácil que ambos encontraran mil excusas para reencontrarse en todos los lugares, así que poco a poco la relación fue creciendo hasta llegar a ese estallido en donde los cuerpos y las almas son una sola cosa.
Tras los primeros estremecimientos, la sangre y las manos le dijeron a doña Hola que la búsqueda había terminado, que aquel era su hombre sin ningún tipo de dudas.
Al despertar, él se había marchado. Por eso se llamaba don Adiós.

lunes, 21 de marzo de 2011

domingo, 20 de marzo de 2011

La segunda vez

La segunda vez que la vi no recordé que hubo una primera. Aquello había pasado hacía tanto tiempo que ya no recordaba su cara ni sus manos ni su nombre, pero bastó una mirada y una sonrisa para saber que algo de ella había quedado en mí.

         Probablemente ella no lo supiera. Al fin y al cabo, todo había ocurrido hacía algunos años y tampoco yo lo supe desde el principio. Sólo cuando empezó a desnudar mi corazón, recordé que sólo una vez, en tan pocos minutos, una mujer había logrado rendir todas mis armas y mis miedos.

         Fue entonces cuando reconocí esa mirada y esa boca, y de nuevo todos mis escudos cayeron dejando mi alma desnuda.
        
         Sí, el destino nos volvía a cruzar.

         Y recordé que la primera vez se fue borracha, a diferencia de la segunda, que se fue con otro. Y como hiciera unos cuantos años antes, comencé de nuevo a reorganizar mis defensas contra los amores a primera vista.

domingo, 13 de marzo de 2011

jueves, 10 de marzo de 2011

El hombre de las mil formas

Fui peine para navegar por su pelo. Sentir cada filamento deslizarse entre mis dientes. Comprobar que no hay tacto más sedoso ni carga más ligera.
         Después me convertí en colirio para ayudarle a limpiar su mirada y fundirme con sus lágrimas, y acariciar así sus mejillas.
         Me volví viento para susurrarle al oído, y agua para saciar su sed, y pan para calmar su hambre.
         Me hice vaquero para ajustarme a su cuerpo, y diario para reflejar su alma.
         Llegué a lápiz para rozar sus labios y a tele para que me mirara.
         Bufanda para resguardarla, zapato para estar a sus pies, manta para abrigarla, payaso para hacerla reír, sol para calentarla, perro para lamerle las heridas, lanza para luchar contra gigantes, soldado en todas sus batallas, suspiro en sus desdichas, bombero en sus incendios, barco en sus mareas, puerto en sus travesías, psiquiatra en sus locuras, maleta en sus viajes…
         Fui eso y más. Pero antes de cerrar la puerta confesó que se iba con otro porque ya no sabía quién era yo. Y no lo pude negar.

sábado, 5 de marzo de 2011

Garfio


Mi nombre es James Hook, capitán James Hook.
No siempre fui pirata, y no siempre he tenido que arrastrar este maldito garfio que me identifica por encima de todo lo que haga o diga.

Mi desdicha comenzó el día en que ella me dijo que lo nuestro sólo era posible en el país de “nunca jamás”, y juró que sólo me besaría en sueños.

Ella era la mujer más linda que había conocido, y aunque no lo fuera, desde la primera vez que la vi, mi corazón decidió quedarse con ella. Nunca me dio nada, siquiera esperanzas, aunque tuve la fortuna de recoger la servilleta que tiró a un cenicero después de limpiarse la boca y en donde quedaron grabados sus labios.

Así que abandoné mi trabajo de diplomático de carrera y gasté todo mi tiempo e invertí todo mi dinero en descubrir algún rincón del mundo en el que “nunca jamás” fuera posible.

Me enrolé en cualquier buque que viajara alrededor del planeta con el único objetivo de encontrar un lugar en el que mi amor fuera posible. Viajé tanto que de cocinero llegué a capitán. En esos años nunca la volví a ver, pero su rostro se me aparecía con cada sol y con cada luna, y sus labios en la servilleta me traían la boca que nunca quiso besarme.

No perdí la esperanza, y logré hallar un lugar casi tan bello como la mujer que amaba bajo la cortina de agua que forma las cataratas Victoria, al volcar la canoa en la que descendía el río Zambeze.

Para construir un palacio de madera contraté a un grupo de jóvenes que se hacían llamar Niños Perdidos, y que lideraba un joven caprichoso llamado Peter. Les enseñé aquel paraíso con la única condición de que me ayudaran a edificar un pequeño palacio de madera en el que vivir con mi amada y el barco en el que pudiera ir a buscarla.

Tarde comprendí que ellos sólo querían beber, bailar y comer, y que el apodo de Perdidos no hacía referencia a no encontrados sino a que ya no tenían remedio. Así que mientras llenaban mi paraíso de bolsas de papas, latas de cerveza y cartones de Telepizza, yo me afanaba en trabajar en mi barco y en palacio que estaba llamado a convertirse en nuestro hogar.

Trabajé tanto y tanto esfuerzo hice, que me destrocé la espalda, el sol me quemó la piel y mis manos se volvieron duras y ásperas.

Cuando ya estaba casi todo terminado, los Niños Perdidos vieron amenazado su modo de vida, y para evitar el éxito de mi plan capturaron a un cocodrilo que soltaron junto al barco.

Fue el último día antes de partir cuando, mientras me bañaba en el río, el cocodrilo intentó desayunarme, y aunque pude evitarlo, no tuve tiempo para recoger la ropa, que el reptil destrozó tragándose la servilleta que durante tantos años yo había conservado en el bolsillo interior de la chaqueta.

Intentando recuperarla perdí la mano y casi la vida. Para poder izar las velas y manejar el timón, fabriqué un garfio que ajusté al muñón y partí a la búsqueda de la única mujer que había amado.

Al llegar a puerto descubrí que la gente no sólo me miraba mal sino que huían de mí. Alquilé una habitación en un hostal y comprobé ante el espejo que mi imagen nada tenía que ver ya con la de aquel hombre que décadas atrás había partido en busca de un país que regalar a su amor.

Siento tanta vergüenza de mí que, incapaz de volver a Nunca Jamás por miedo a los niños y a los cocodrilos, permanezco encerrado en casa. Sólo salgo en Carnavales. La gente me felicita por el disfraz, lo que hace más grande mi herida. Esos días siempre la busco, y alguna vez la he visto perdida en el tumulto. Sigue siendo la más bella.

Sólo una vez me acerqué hasta ella. Le pregunté si se acordaba de mí. Me miró, sonrió y dijo: “Quizá mañana, cuando me recupere de la resaca”. Se limpió la boca con una servilleta y la dejó en un cenicero.

lunes, 21 de febrero de 2011

Aún no lo sabes

¿Y si de pronto nos entendiéramos, y tú no estuvieras tan lejos de tu mundo ni yo tan cerca de mi cielo?¿Y si tu rica sonrisa supiera de mis pobres sueños?¿Y si fueras capaz de perdonar lo que nunca va a suceder?¿Y si no hubiera mañana contigo?¿Y si mi oración no te acogiera?¿Y si al mirar tu vida vieras tu muerte?¿Y si fuera cierto todo salvo lo que parece verdad.?¿Y si al final de la partida descubres que habías perdido antes de empezar?

miércoles, 16 de febrero de 2011

Destino

Hay personas que creen que el destino es sólo la justificación que algunos dan a hechos que, sin ninguna relación inicial entre ellos, terminan enlazándose o dependiendo uno de otro. Pepa y Milo eran de esa opinión, militantes del “piña asada, piña mamada” y del “no esperes mañana lo que no se te dé hoy”. Atados a esta filosofía tardaron demasiado tiempo en plantearse la gestación de un hijo. Demasiado tiempo de embarazo, demasiadas cuestiones incontrolables, demasiadas cosas en manos de un azar en el que no creían.

        Entre cálculos, miedos e indecisiones, el tiempo en el reloj biológico corrió rápido así que cuando decidieron que sí, el cuerpo dijo que no, y volvieron a las matemáticas y al calendario para plantearse la adopción como forma de dar respuesta a un sentimiento que fuera de todo pronóstico había nacido en ellos.

        Es probable que el destino nada tuviera que ver con que la solicitud se realizara el 26 de julio, que el nombre previsto para la niña fuera Ana y que en la documentación presentada apareciera como madrina otra Ana.

        El mismo destino que no actuaba en sus vidas, no debió ser la causa de que el sello que marcara el registro de entrada cayera sobre los papeles en el preciso instante en que, a casi 8.000 kilómetros, una preciosa niña recién parida rompía a llorar tomando sus primeras bocanadas de aire.

        Nada tuvo que ver tampoco el destino en que los sueños de ellos al encuentro con una chinita sin rostro se cruzaran con los de la pequeña en busca de unos padres sin nombre, ni que la documentación se traspapelara el tiempo suficiente en la embajada para que el expediente 21052002 (curiosamente la fecha de su boda) se enviara por error al orfanato en el que la niña fue acogida, ni en que la fecha en que padres e hija se verían la cara por primera vez fuera el 14 de febrero, ni que desde seis ojos y por seis mejillas corrieran las mismas lágrimas en en mismo y preciso instante.

        Nada tuvo que ver el destino en eso, ni el azar ni la fortuna ni la casualidad ni los hados. Pepa y Milo siguen sin creer, pero Ana, que a pesar de sus sufrimientos confió siempre en el saber hacer de la vida, está convencida de que desde su nacimiento Cloto, Láquesis y Átropos asumieron su cuidado, tejiendo juntos los tres destinos, antes incluso de que ninguno de ellos se conociera antes, incluso, de que Dios creara el mundo.

jueves, 3 de febrero de 2011

domingo, 30 de enero de 2011

Malditos refranes

El muñeco de nieve

Carla vio por primera vez la nieve a los 5 años. Para celebrarlo, su papá y ella salieron a la calle y en el pequeño espacio que había entre su portal y la acera, debajo justo de un abeto infinito que cubría de sombra la casa los días de sol, acumularon cuanta nieve pudieron recoger.

        Con ella hicieron un muñeco que sobrepasaba a Carla por unos pocos centímetros. Mamá colaboró con una caja de cartón en la que había introducido una zanahoria mediana, dos grandes botones, el sombrero de copa y la chaqueta de un viejo frac que guardaba para los carnavales, una bufanda roja que ya era iba siendo hora de cambiar y varios trozitos de carbón que, bien colocados, servirían para imitar una leve sonrisa en el inmaculado rostro del muñeco.

        Corrió también por cuenta de ella la sopa caliente que acercó a papá y a Carla mientras buscaban en el abeto dos ramas con las que poder hacer los brazos.

        Al terminar, Carla se sorprendió del resultado. En apenas una hora, la nieve que había caído aleatoriamente pero que se repartió de forma homogénea sobre la calle, se había convertido en algo casi humano que custodiaba la puerta de su casa. Por eso hubo que ponerle nombre: Bartolo.

        El día pasó entre abrazos, risas, comentarios sobre el tiempo y las miradas de Carla a su nuevo y frío amiguito cada vez que cruzaba ante la ventana.

        Ya en la cama, la pequeña no podía pensar nada que no fuera lo mal que lo estaba pasando Bartolo ante las inclemencias del tiempo. Cuando la casa se sumió en el silencio más absoluto, Carla se calzó sus botas de agua, se puso un grueso jersey y se cubrió con el anorak.

        Las horas de desvelo le permitieron elaborar un plan sin fisuras para proteger a Bartolo del frío. Así que tomó los albornoces de sus padres y cubrió el muñeco, no sin antes sacar las dos estufas que utilizaban para calentar la parte baja de la casa.

        Segura ya de que Bartolo pasaría la noche sin sufrir, Carla se metió en la cama de nuevo y, esta vez sí, pudo dormir completamente tranquila.

        Por la mañana, Carla despertó y corrió hacia la calle para comprobar cómo había pasado la noche su querido amigo. Al llegar a la puerta encontró la bufanda en el suelo junto a la ropa, el sombrero, los botones y las ramas que hacían de brazos. También allí, estaban sus padres esperando explicaciones.

        Carla no entendió nada. “¿Dónde esta Bartolo?”, preguntó, pero por respuesta tuvo otra pregunta: “¿Qué es todo esto?”.

        Carla siguió sin entender. Bartolo se había ido, a pesar de sus desvelos y preocupaciones, Bartolo había decidido desaparecer de su vida sin decirle nada, sin avisar siquiera. “¿Dónde está Bartolo?”, volvió a preguntar.

        Fue papá el primero en percatarse de la trascendencia del asunto. Así que la sentó en sus rodillas y junto a las estufas que aún desprendían calor, le explicó qué era la nieve y las terribles consecuencias que el calor tenía sobre ella. Después se perdió en una letanía de apuntes sobre la naturaleza humana, que lo bueno para unos no lo era para otros, el respeto, etcétera…

        Carla no entendió a su padre, como años después tampoco entendería a su primer amor, ni a ninguno de los que le siguieron. En todos los casos ella estaba convencida de haber hecho lo mejor y con las mejores intenciones, y por tanto era inexplicable que hubiera alguien sobre la tierra que no valorara todo cuanto ella hacía, que no se diera cuenta de su esfuerzo por protegerles y mimarles.

        Hoy, a pesar de los años, Carla sigue sin comprender por qué la nieve se derrite con el calor.

lunes, 24 de enero de 2011

El huracán

Para Piel Suave y Tiburón

Huyendo de promesas incumplibles e incumplidas, buscó un rincón del mundo que le alejara de su pasado pensando que ese viaje hacia el futuro le salvaría de su presente.

         El tránsito entre su ahora y su vamos a ver pasó por el andén de una agencia de viajes que proponía una escapada a territorios inexplorados en donde para él nadie era el nombre de todos.

         No pudo negarse. La propuesta llegaba en el momento en el que encontrarse a sí mismo era la prioridad, y tirando de tarjeta y de fe, se lanzó a la aventura de un viaje a lo desconocido, tanto en lo referente al destino del vuelo que le alejaba de sus sueños rotos como a la transformación de su ser.

         Era precisamente en ese paraíso prometido donde otro espíritu libre con vocación de encontrar dueño, dedicaba su empeño a levantar murallas que evitaran la aproximación de príncipes más preocupados en el plan de fuga tras la conquista que en el compromiso con el nuevo reino.

         Como base de esa defensa, se propuso un viaje a un lugar en donde el paraíso fuera una quimera y nadie esperara nada de nadie.

         Él, al aterrizar, se encontró con que el paraíso estaba en alerta por temporal, y que su vuelo había sido el último en operar ese día. Ella, en el momento del embarque, fue informada de la suspensión y de la obligación de acudir a alguno de los refugios que protegían a la ciudadanía de los tornados.

         Fue en la salida del aeropuerto donde ambos coincidieron por primera vez, él con las maletas con las que llegaba y ella con las que debía irse, y en el caos, volvieron a cruzarse a la entrada del refugio.

         La tercera vez ya no fue coincidencia. Con varias horas por delante a la espera de que la lluvia y el viento les permitiera retomar su vida, a él le pareció buena idea sentarse junto a ella, y a ella le había parecido una idea mejor dejar un sitio a su lado por si él quería sentarse. Así que ya juntos, él le contó qué le llevó hasta allí y ella, por qué se alejaba. Y en la confianza que da la gente desconocida, pasaron de la generalidad del “todos los hombres son iguales” a la particularidad de “no hay otra como tú”.

         Tres horas más tarde, cuando abrieron las puertas, los refugiados comprobaron que el huracán había arrasado con todo, pero él y ella supieron que también se había llevado sus miedos y sus murallas, y antes de que dejara de llover ya ella había dicho “te quiero”, y cuando el cielo filtró los primeros rayos de sol, ya él estaba irremediablemente perdido entre sus piernas.

         Él ya no espera promesas ni ella, príncipes, pero viajan de isla en isla buscando tifones en los mares de la China.

sábado, 22 de enero de 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

lunes, 17 de enero de 2011

Gran Canaria

Tarda un poquito en cargar, pero creo que merece la pena verlo.
Se trata de ir a la dirección siguiente:

http://dl.dropbox.com/u/18357859/Gran%20Canaria%20PowerPoint2.pps

domingo, 9 de enero de 2011

Ojo por ojo

Uno de los enigmas de la naturaleza es el color de algunos ojos. Lo normal es que sean de un solo tono. Unos claros, otros oscuros pero de un color. Rara vez, el par presenta colores distintos: marrón y negro, azul y verde… Hasta ahí la ciencia es capaz de dar explicaciones convincentes basándose en la herencia genética.

         El problema aparece con aquellos iris que cambian de color según en qué están pensando, de qué están hablando o qué están sintiendo. Son difíciles verlos, porque hay que conocer bien a sus portadores.

         Yo, por ejemplo, conozco a algunas personas que posee esta extraña propiedad ocular. Quienes no las conocen suelen ver sólo piernas, caderas y pecho. Quienes han mantenido cierta cercanía, saben que sus ojos poseen una fuerza casi magnética sobre quienes los miran.

         Pero a medida que uno bucea en sus vidas, y sus corazones y almas se abren como lo hace un barranco que busca el mar, sus ojos no sólo cambian de color sino que llegan incluso a cambiar de forma. Así que cuando hablan de su infancia, los ojos toman la tonalidad del arco iris en un atardecer; y al recordar amores, aparecen anticiclones y borrascas; si se trata de su familia, el color sube el contraste y brillo; y cuando son felices, los ojos sonríen y todo a su alrededor pierde el respeto a la Ley de la Gravitación Universal y logra que los objetos floten sólo con mirarlos.

         Es probable que estas personas desconozcan esa capacidad, esa propiedad que desnuda su alma y deja a quienes la ven sin argumentos para ocultar la suya, pero unos y otros saben que son personas especiales, aunque la ciencia niegue su existencia.

sábado, 8 de enero de 2011

martes, 28 de diciembre de 2010

Y no aprendemos

Por vicio o por costumbre, ya no lo sé, cada diciembre y coincidiendo con que el calendario me recuerda que los años no pasan por mí sino que se quedan, miro lo que han sido estos últimos 12 meses con cierta perspectiva.

        Como a casi todos, la crisis también tocó a mi puerta, y aunque no abrí, se coló por alguna ranura que descuidé en muchas conversaciones, en la cola del ICFEM o del INEM (qué más da), en algunas copas que no llegaron, en algunas cenas que se quedaron en casa, etcétera.

        Pero no será la crisis lo que recuerde del 2010. En mi memoria quedará una lista de amigos que se presenta sin bajas y con altas, una relación que fue pero no pudo ser más, unos cuantos intercambios de correo con Retazos de Vida, el séptimo cumpleaños de Frida, un paseo con mi tío y otro pendiente con mis sobrinos, una veintena de cenas viendo salir la luna desde mi casa, dos o tres resacas, cinco libros y unas quince canciones, dos juegos de cuerda para las guitarras, tres obras de teatro y otros tantos conciertos, una madre imparable, unos hermanos impagables… en fin, que no será la crisis lo que llene mi recuerdo cuando las doce campanadas llenen mis oídos.

        Y reconozco sentirme extraño cuando escucho a gente que no pasa necesidad ni para comer ni para lo cotidiano, lamentando su frustración por  los gastos que no puede hacer, y son muy poquitos los que se alegran por haber recuperado espacios y modos que nada tienen que ver con el dinero. Eso sí, de correos dando recetas para ser feliz inundan nuestros correos.

        Está claro que no aprendemos, que seguimos pensando que el regalo de Reyes es el puñetero paquetito, sin darnos cuenta que lo verdaderamente valioso es el encuentro con las personas que quieres y el beso del Melchor o la Gaspar que te lo hace llegar. Ese sí es el presente, y en todas las acepciones de la palabra.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Sospecho de mí

A pesar de trabajar en el mundo de la comunicación, empiezo a sospechar de mí mismo. Y no sé si por cuestión de edad o por mis limitaciones personales hacia las nuevas tecnologías. Hoy que está tan de moda lo de las redes sociales yo, cada vez más, creo en el cuerpo a cuerpo, y sigo prefiriendo que me escupan las verdades o las mentiras a la cara que tragarme lo que todos dicen de todos sin haberse mirado ni una sola vez a los ojos.

         Sí, ya sé que uno puede poner sus propios límites y criterios pero, ¿Somos nosotros? ¿El perfil que nos creamos nos identifica? ¿El criterio con el que participamos no termina siendo un juego de a ver hasta dónde podemos aguantar o hasta dónde nos aguantan?
        
         Cada vez más, curiosamente, cuando hablo con personas que participan activamente en estas redes sociales, sus vivencias más importantes se centran en relaciones creadas a través de personajes ficticios, inexistentes. Tengo varios colegas que cuentan con más “amigos” en los perfiles que han inventado que en los suyos propios, especialmente cuando se finge ser del sexo contrario.

         Y ahí es donde descubro cada día mi yo más antisocial. El mundo que vivo detrás de mi frente, entre las dos orejas y debajo del pelo, no concibe que las relaciones personales se basen en crear avatares en los que no creemos, ni siquiera queremos ser, sólo pretendemos ver lo que otros esconden sin arriesgar nada. Como un voyeur de almas ajenas.

         Así que entiendo que cada día yo, que prefiero el cuerpo a cuerpo incluso despierto, estoy cada día más alejado de esa sociedad que parece más dispuesta a tejer redes sociales como ardid o engaño que como malla comunicativa para expresarnos.

         Me cuesta renunciar a mi identidad, a mis ideas, a mis principios, a mis proyectos, sólo por saber a cuántos y por cuánto tiempo puedo engañar, cuando tooooodo ese tiempo puedo dedicarlo a ser yo y a mostrarme en lo que escribo, en lo que cuento o en lo que fotografío. Que no soy sólo eso, cierto, pero eso sí que lo soy.

         Es por eso que escribo en un blog y no en facebook, aunque digan que está pasado de moda. Qué le voy a ser si yo soy así.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Sólo soy el camarero

Fue el juez de la mesa seis el primero en sentenciar que aquella postura invariable era demasiado provocadora para el bien de la sociedad. El cura de la cuatro, que cenaba con una beata que se sonrojaba si la miraban, quien condenó esa impasividad ante la moral establecida, mientras que, casi a la vez, el doctor de la mesa que le seguía diagnosticaba que la juventud de hoy era un tumor que había que tratar para evitar la pérdida de valores.

El sastre que cenaba con una clienta a quien ya había tomado medidas, hizo de su capa un sayo y criticó abiertamente la poca elegancia de aquella mujer ante el asentimiento de los comensales.

La ciega que ocupaba la silla que daba hacia la pared, lo vio claro. Esa mujer no había dicho ni una palabra desde que ella había llegado. Así que no sólo era insociable sino que, además, mostraba una clara indiferencia ante lo que sucedía a su alrededor. El sordo que estaba a su espalda hizo como si no lo hubiera oído.

Tras terminar el postre, el diabético del fondo murmuró algo sobre la poca dulzura que aquel ser mostraba, lo que indicaba, sin lugar a dudas, que se trataba de una mujer fría y calculadora, y que sin duda no tendría ningún problema en criticar a todos los que allí estaban sin piedad.

No hubo que esperar mucho para que la ludópata, que venía del bingo, se jugara la cena a que la mujer terminaría por marcharse sola.

Hasta el psicólogo de la doce que cenaba con una paciente necesitada de cariño, afirmó con certeza profesional que se trataba de un caso perdido, lo que confirmó con rapidez la abogada que acababa de salir de los lavabos.

El deportista pidió una transfusión de sangre; y la analfabeta, una hoja de reclamaciones. El bombero quiso meter fuego y fue el primero en marcharse, con la bailaora que se despidió con dos taconazos al pasar junto a la impávida mujer objeto de las críticas.

El bufón aprovechó la ocasión para bufarse; la novia, para buscar un ramo que tirarle; el militar, para dar un golpe definitivo; el torero, para saltar al ruedo de los juicios de valor; el capitán, para abandonar el barco y a su mujer; la pianista, para darse a la fuga; el homosexual, para cerrar el armario; y el hombre del tiempo, para proponer el uso de cadenas.

Fue el banquero quien cerró la discusión sobre la muchacha afirmando que con tanto comentario no le había sentado nada bien ni la langosta ni el caviar ni el Chateau Mouton Rothschild del 45, por lo que propuso que la cuenta se la pasaran a la muchacha o, en su caso, se pagara a escote entre todo el comedor dado que no habían parado de incomodarle, lo que contó con el apoyo incondicional del político con quien compartía mantel y, a veces, también cama.

Así las cosas, todos se marcharon indignados de que la mujer objeto de tanto desatino no les hubiera hecho ni caso, y al salir se negaron siquiera a mirarle a la cara. Yo, que una vez más me quedé solo con ella, sé que se trata de una figura de cera que puso el dueño para que los clientes se sintieran acogidos por alguien que a nadie critica y que es capaz de escuchar sin juzgar. Pero claro, qué voy a decir yo si sólo soy el camarero.