http://www.goear.com/listen/a52bae3/Claro-de-Luna-debussy
Los planetas, los astros, las galaxias... todo demuestra que nuestras vidas están flotando y en constante movimiento, pero preferimos vivir en la creencia de tener los pies sobre la tierra
viernes, 11 de septiembre de 2015
martes, 8 de septiembre de 2015
Intentarlo sobre todo
Intentarlo. Al menos, intentarlo. Evitar caer en la duda de lo que pudo haber sido si no lo hubiéramos intentado. Intentarlo a pesar del orgullo y del miedo, por encima de la esperanza del éxito o el temor al fracaso. Al menos, volver a intentarlo una y otra vez hasta el mismo día en que se convierta en obsesión, hasta que nuestro ánimo se vea perturbado. Pero hasta entonces hay que intentarlo.
No siempre o casi nunca el mundo girará como queríamos en todos sus aspectos, pero sabemos que sabemos en qué sentido gira y hacia dónde se dirige.
Solo si lo intentamos podemos ser arrogantes con nuestras cicatrices. Podemos enseñar nuestros cardenales, nuestros miembros amputados, nuestros huesos rotos, los orificios de entrada y los de salida, nuestras ropas hechas jirones de caer y levantarnos, nuestras uñas sangrantes de plantar semillas que quizá nunca florezcan.
Así nos reconoceremos, porque nuestros harapos no son signo de pobreza sino de esperanza. Y coincidiremos en la vida pero también en la muerte, lejos de las camisas planchadas y las manos limpias de tierra y sucias de pasividad ante el mundo propio y el ajeno.
Ahí, estaremos, intentado de nuevo que algo cambie, intentado que el mar nos devuelva a los ahogados, que la tierra nos regrese a los muertos, que la Justicia nos devuelva la esperanza, que el Cielo y en Infierno hagan las paces para siempre, que el amor no haga rehenes, o que algún día me eches de menos.
jueves, 3 de septiembre de 2015
Y llorar
Hemos construido un mundo en el que los contrastes y la diversidad han terminado formando parte del paisaje. Nos despertamos con cientos de migrantes subidos a la valla de un campo de golf y el mismo día, antes de irnos a la cama, miramos en la televisión cómo se bombardea Bagdad o a los pocos palestinos que quedan en su territorio mientras terminamos la cena.
Nos hemos acostumbrado a vivir las miserias humanas como si realmente no fuéramos humanos, como si todo nos fuera ajeno, como el que mira a un cocodrilo comerse un antílope, y concluimos que así es la vida y la muerte.
Consideramos, en general, que no somos responsables de nada. Al fin y al cabo, lo fácil es creer que nada tenemos que ver con esa gente que huye de sus países porque no han sabido resolver sus problemas, porque no han sabido dar la cara en su país para conseguir paz y democracia, como lo hemos hecho nosotros.
Y ahí volvemos a encontrarnos con nuestro mundo de contrastes. Mientras los "incivilizados" y "cobardes" que huyen lo hacen porque su vida está en juego, por hambre y, en muchas ocasiones, ambas cosas son consecuencia de su decisión de no doblegarse al dictador de turno, nosotros, los "comprometidos", vemos como se recortan nuestros derechos civiles y laborales, se evita que miles de familia puedan enterrar a sus familiares fusilados durante una guerra civil, nos llevan a la indefensión en nombre de la Seguridad Nacional... Y nos ponemos de ejemplo.
Hace unos meses la Selección Española de Fútbol jugaba un partido en Guinea. Hubo una importante polémica sobre si debía o no jugar una selección democrática de un país civilizado jugar contra un país corrupto y dictatorial. Preguntado un jugador guineano sobre el asunto respondió algo así como: "Es cierto que hay gran polémica por ello, pero creemos que los españoles no tienen culpa de la financiación ilegal de sus partidos, de los sobresueldos, de que se cambie arbitrariamente a los jueces que llevan los casos que afectan a políticos, de que en Andalucía se haya robado ayudas o que ya no puedan tomar imágenes a la policía cuando se extralimita en sus funciones ni ir al juzgado si eres pobre".
Somos así, hacemos grandes cenas para recaudar fondos para combatir el hambre, torneos de golf para construir escuelas que cuestan menos que el torneo y nos manifestamos multitudinariamente para salvar a un equipo de fútbol pero apenas llega al cuarto de centenar las personas que protestan en la calle contra la violencia de género.
Y así llegamos al penúltimo capítulo. Una barca que vuelca y en donde mueren, entre otros, varios menores, uno de ellos de tres años. Y mientras debatimos si unos tienen que dimitir o si todos son iguales, el niño de tres años está acostado en la orilla a unos cuantos metros de su madre y de su hermano en una playa turca, una imagen casi bucólica de verano si no fuera porque los tres están muertos.
Sobre la cabeza del niño -Aylan Kurdi se llamaba-, las olas no saben si acariciarlo o empujarlo tierra a dentro hasta que nos llegue a las entrañas.
No faltan los que mientras se toman unas cañas en el bar después de un "duro" trabajo, quizá de funcionario, quizá con media hora de desayuno que se convierten en 120 minutos, quizá con vacaciones pagadas, quizá con plus de productividad por hacer su trabajo, quizá mientras ve la tele en horas laborales, comenta eso de "qué padres más irresponsables".
Es ahí, justo en ese momento, en el que a un servidor le entran muchas ganas de llorar: por la mierda de mundo en la que vivimos, por la comodidad propia y la desgracia ajena, por los y las listas de turno que tienen soluciones para todo menos para su vida, pero sobre todo, porque hay un padre sin hijos y sin mujer que aún no sabe si lo que ha sucedido es lo mejor que podía sucederles, pero sí sabe que él sigue aquí, solo, a pesar de nosotros.
https://es.search.yahoo.com/yhs/search?hspart=visicom&hsimp=yhs-panda1&type=vmn__pandasecuritytb__2_3__ya__ds_671__yrgc&p=cancion+en+harapos+silvio
miércoles, 26 de agosto de 2015
Digamos que acurrucados
Digamos que se conocían desde hacía media vida. No es que hubieran compartido grandes secretos ni que se llamarán para saber del otro. Salvo algunos encuentros fortuitos que se acompañaban de balances generales de la vida y de sonrisas sinceras de alegría, poco más parecía unirles.
Digamos que los encuentros no se convirtieron en más frecuentes, pero sí más intensos. De unos breves segundos pasaron a un buen puñado de minutos, y el balance general pasó con el tiempo a un inventario detallado en donde las preguntas mostraban no solo un conocimiento de lo que les ocurría sino que, también, una sincera preocupación por conocer al otro y a la otra.
Digamos que los encuentros fortuitos dejaron de ser "fortuitos", y que cada vez que uno de ellos necesitaba un consejo o quería compartir aquello que le preocupaba, recorría una y otra vez la calle en la que solían cruzarse como si no lo esperaran pero como si sí lo quisieran.
Digamos que de tanto verse, contarse y dilatar los encuentros, una vez tuvieron que tomar algo; y unas semanas después, cenar; y en menos de un mes, echar unas copas; y al fin de semana siguiente, unos bailes.
Digamos que las copas no hicieron perder los papeles, pero trajeron la responsabilidad de evitar coger coche. Y dado que uno vivía muy cerca y otra demasiado lejos, ¡cómo no iba a ofrecerle casa y cama!
Digamos que ella no quiso dormir sola y que él tampoco quiso que lo hiciera, y ya compartiendo habitación, colchón y techo, él trató de ser un caballero y ella, una señora.
Digamos que ella necesitaba sentir un poquito de cariño y él necesitaba darlo. Por eso cuando ella pidió que la acurrucara él lo estaba deseando.
Digamos que, esa noche, ella se sintió querida.
Digamos que, ese día, él se sintió salvado.
jueves, 20 de agosto de 2015
Comenzar a odiarte
Cómo lo hemos hecho no lo sé, pero de alguna forma hemos conseguido que nada sea como debía haber sido.
Preferimos desear lo que no es nuestro a disfrutar lo que sí tenemos, nos causa más placer divagar sobre cómo conseguir la felicidad que ganarla, ponemos al frente de las escuelas a quienes miden los éxitos por un balance económico y no por el personal pero ponemos al frente de los bancos a los que miden el beneficio personal pero no el económico.
Nos armamos para evitar la guerra, buscamos a los más desequilibrados para que nos den equilibrio, y a los que solo ven su ombligo para que busquen el bien común. Tenemos más miedo a perder un trabajo que nos hace infelices a perder una familia que nos quiere, dedicamos más tiempo a buscar la diferencia en lo banal que a encontrarnos en lo importante, perdemos antes los papeles cuando nos enfadamos que cuando nos queremos, nos damos cuenta de lo que amamos cuando lo perdemos pero no luchamos por cuidarlo.
Amarramos a los perros pero no a los dueños que les enseñan a ser agresivos, dejamos que los menores practiquen sexo pero les prohibimos ver películas "porno", nos escandalizamos con los niños soldados pero ingresamos nuestro dinero en bancos que invierten en diamantes de sangre y armas...
Queremos no ser así, pero somos; queremos afrontar el problema, pero miramos para otro lado; queremos ser voz, pero nos callamos...
Así que comenzaré a odiarte y quizá, así, me quieras.
miércoles, 5 de agosto de 2015
Echar de menos
Se toma como verdad la curiosa teoría que postula que no se puede echar de menos nada que no hayas conocido. A simple vista tiene su lógica. Si no lo conoces, ¿cómo lo vas a echar de menos?
Nadie echaba de menos la quinta marcha de un coche cuando solo habían cuatro ni añora el campo o la playa si nunca ha ido. Probablemente no haya quien extrañe tomar café por las mañanas si nunca lo ha hecho, o dormir en un colchón de agua sin haberlo experimentado.
Claro que a todo esto hay que añadir un condicionante fundamental: la experiencia tiene que ser placentera. El motivo también parece obvio, no vas a echar de menos nada que te resulte desagradable.
Pero la teoría no se ajusta a la verdad, o al menos las excepciones, aunque no numerosas, son las que podríamos considerar más importantes en la vida.
Amar, ser libre, tener hijos o hijas, sentirse solo o acompañado, la amistad... De alguna manera no necesitas tener la experiencia para sentir que lo echas en falta.
Puede que no sepas el nombre de lo que te falta, pero seguro que sabes qué es lo que te falta y hasta podrías definirlo como si lo buscaras en el diccionario.
Hace poco, por ejemplo, una persona cercana me explicaba que ya se hacía mayor, que notaba que le faltaba algo, que los días se le iban sin llenar su vida, que necesitaba enseñar lo que ella había aprendido, que quería volcar todo su amor en alguien a quien entregarse sin condiciones, etcétera. ¿Podemos identificar lo que echa de menos?
El Kaiser Guillermo el Grande de Alemania -dicen que muy amante de las artes y las ciencias- quiso saber cómo se podrían a llegar a comunicar niños y/o niñas a los que jamás se les enseñara a hablar.
Para ello ideó un terrible experimento con bebés abandonados en un orfanato (alemán, por supuesto), dando instrucciones explícitas a las personas encargadas de sus cuidados: tenían que preocuparse de alimentarlos debidamente, asearlos, vestirlos y abrigarlos, pero no podían hablarles, sonreírles ni mostrarles ningún tipo de afecto. La consecuencia del experimento fue que absolutamente todos los pequeños fallecieron.
Hoy se sabe que los niños pueden entrar en depresión por falta de amor o cariño, y que esa depresión les lleva a rechazar alimentos, crea enfermedades y termina como los niños y niñas del pseudocientífico "cabrón".
Y uno se pregunta: Si nunca experimentaron el amor, el cariño, la cercanía de otra persona... ¿Por qué lo iban a echar de menos?
Tampoco han tenido la experiencia del trabajo los varios miles de jóvenes que se encuentran en el paro sin ninguna experiencia laboral, pero no por ello dejan de echar de menos el poder independizarse, crear su propia vida, tener rutinas y horarios, realizarse en una labor para la que se han formado... o sea, trabajar.
Por todo ello no es una locura que yo te eche tanto de menos a ti, que aún no has entrado en mi vida.
jueves, 30 de julio de 2015
Loco de amor
Amar no es algo que uno elija. Digamos que, en líneas generales, es una afirmación en la que todas y todos podemos estar de acuerdo. Hay veces que nos gustaría querer y no, y otras en las que nos gustaría no amar y lo hacemos hasta la locura. Es así.
Siempre habrá un quisquilloso o una quisquillosa que crea que si nos empeñamos en una cosa u otra, con el tiempo... Quizá... Pero si somos sinceros, cuando amamos o no, los argumentos nos dan lo mismo. Algo en nuestra cabeza nos dice que el corazón -que no siente- va y se pone a sentir por su cuenta y riesgo, sin encomendarse a ninguna lógica ni principio activo o reactivo conocido.
Algunos dicen que se trata de una reacción química adictiva. Para quienes sostienen esto, parece ser que en el hipotálamo comienza segregarse dopamina, lo que provoca en la persona una sensación de euforia. O sea, alguien ve a alguien, una hormona llamada feniletilamina obliga a segregar la dopamina que provoca en el cerebro los siguiente síntomas: Intenso deseo de intimidad y unión física con el individuo o individua, deseo de reciprocidad, temor al rechazo, frecuentes pensamientos sobre la persona en cuestión que interfieren en su actividad diaria, pérdida de la concentración, fuerte actividad fisiológica ante la presencia del semejante quien , además, se convierte en un pensamiento único, así como la idealización del individuo o individua.
Fue así como empezó mi historia, preguntándole a mi doctor de cabecera si podía recetarme algo de dopamina para enamorarme.
"Pero hombre de Dios", -me dijo-, "esto no funciona así".
"Discúlpeme, doctor", -le espeté-, "yo soy un asiduo lector del Muy Interesante y de Wikipededia, y en ambos referentes se afirma que el amor no deja de ser un proceso químico que provoca una serie de cambios tanto físicos como químicos, y quisiera yo vivir esa experiencia".
"Pero caballero", -insistía el médico-, "aunque fuera tan sencillo, la Seguridad Social no es el sitio en el que pudiéramos ofrecer dopamina para que la gente vaya enamorándose por ahí...".
"Pues no entiendo por qué", -insití-. "Estadísticamente, según el Muy Interesante y los breves del Hola, las personas enamoradas tienen menos posibilidades de caer enfermas, viven mejor, no son propensas a depresiones... Realmente se trata de una política preventiva. No entiendo por qué se puede vacunar a la gente contra una cepa de no sé qué virus de la gripe pero no con un buen chute de dopamina que nos solucionaría muchos más males".
Tras tan contundente respuesta, el galeno dudó por unos momentos antes de abrir un cajón, sacar un talonario de recetas, rellenarlo sin mediar palabra, arrancar el papelito, ponerle un selló y ofrecerme la receta con el brazo extendido.
"Tómese dos de estas pastillas cada seis horas".
Tomé el documento, agradecí los servicios y me despedí educadamente dando las gracias. Pero justo cuando agarraba el pomo de la puerta, me percaté de que lo que me recetaba era Prozac.
"Disculpe", -le dije al doctor volviéndome hacia él-, "hay un error. Me ha recetado usted un antidepresivo y no una dosis de dopamina, como le solicité. Mi caso no es tratar una depresión sino conseguir que me enamore y pueda experimentar lo que los grandes poeta, los músicos románticos y la mayoría de mis vecinos ya han hecho".
Sin decir nada, descolgó el teléfono, marcó cuatro números y solicitó la presencia de otro colega.
"Siéntese", -me dijo-.
Unos minutos después y sin que nadie dijera nada, dos golpes precedieron a la apertura de la puerta de la consulta apareciendo un señor de mayor edad, vestido con una bata blanca y una placa identificativa que colgaba del bolsillo superior en donde se podía leer: "Dr. Yuste. Jefe de Psiquiatría".
"Pasa y siéntate un momento", -dijo mi doctor-.
"Disculpe", -interrumpí antes de que se pudiera dar algún malentendido-. "Quisiera dejar claro que, salvo que su colega tenga acceso a la dopamina y usted no, la presencia de un jefe de psiquiatría en nuestra conversación no me parece adecuada".
Pero dos doctores que tratan de dar sentido a su vida no podían conformarse con una afirmación de un paciente al que uno daba por loco y otro comenzaba a dar por desequilibrado. Así que antes de decir nada, se miraron como si no necesitaran nada más para entenderse y me preguntaron por boca del recién llegado:
"Dígame usted, ¿para qué quiere enamorarse?".
La pregunta, la verdad, me pareció demasiado simple para un "jefe de Psiquiatría", pero consideré que me daba pie para explicar mi realidad. Así que mirándolos como el que sabe que solo tiene una oportunidad para ser entendido, dije:
"Señores, ya no soy un niño. He vivido grandes experiencias personales y enamorarme fue una de ellas. Pero desde hace años ya no siento nada similar, no he podido volver a sentir lo que sentí, ni he podido siquiera mirar a otra mujer con la ilusión, las ganas y la pasión con que hace años lo hice. Así que he llegado a la conclusión de que tengo un déficit de dopamina, y que, por tanto, la mejor solución será que me recete. Creo que no hago mal a nadie".
"Entonces", -dijo el psiquiatra- "quiere unas cuantas dosis para volver a sentirse enamorado".
"Más o menos", -respondí.
"¿Y cuando se le haya acabado?", -preguntó.
"No pasará nada. Según las mismas autoridades científicas que firman este tipo de estudios", -les recordé-, "el cuerpo humano deja de segregar esa sustancia y ya las parejas siguen por otros motivos como cariño, compromiso, imagen, hijos...".
"¡Pero usted no se da cuenta que las cosas no son así!", -exclamó mi galeno quitándole la palabra de la boca al especialista.
"¡Lo ha probado!¡Lo ha probado!", -Le espeté.
No hubo más preguntas. Descolgaron el teléfono y a los pocos minutos estaba atrapado en una camisa de fuerza custodiado por dos culturistas que me llevaron en volandas hasta la ambulancia y de ahí a esta habitación.
Y aquí estoy, loco de atar por querer estar loco de amor.
"Pero hombre de Dios", -me dijo-, "esto no funciona así".
"Discúlpeme, doctor", -le espeté-, "yo soy un asiduo lector del Muy Interesante y de Wikipededia, y en ambos referentes se afirma que el amor no deja de ser un proceso químico que provoca una serie de cambios tanto físicos como químicos, y quisiera yo vivir esa experiencia".
"Pero caballero", -insistía el médico-, "aunque fuera tan sencillo, la Seguridad Social no es el sitio en el que pudiéramos ofrecer dopamina para que la gente vaya enamorándose por ahí...".
"Pues no entiendo por qué", -insití-. "Estadísticamente, según el Muy Interesante y los breves del Hola, las personas enamoradas tienen menos posibilidades de caer enfermas, viven mejor, no son propensas a depresiones... Realmente se trata de una política preventiva. No entiendo por qué se puede vacunar a la gente contra una cepa de no sé qué virus de la gripe pero no con un buen chute de dopamina que nos solucionaría muchos más males".
Tras tan contundente respuesta, el galeno dudó por unos momentos antes de abrir un cajón, sacar un talonario de recetas, rellenarlo sin mediar palabra, arrancar el papelito, ponerle un selló y ofrecerme la receta con el brazo extendido.
"Tómese dos de estas pastillas cada seis horas".
Tomé el documento, agradecí los servicios y me despedí educadamente dando las gracias. Pero justo cuando agarraba el pomo de la puerta, me percaté de que lo que me recetaba era Prozac.
"Disculpe", -le dije al doctor volviéndome hacia él-, "hay un error. Me ha recetado usted un antidepresivo y no una dosis de dopamina, como le solicité. Mi caso no es tratar una depresión sino conseguir que me enamore y pueda experimentar lo que los grandes poeta, los músicos románticos y la mayoría de mis vecinos ya han hecho".
Sin decir nada, descolgó el teléfono, marcó cuatro números y solicitó la presencia de otro colega.
"Siéntese", -me dijo-.
Unos minutos después y sin que nadie dijera nada, dos golpes precedieron a la apertura de la puerta de la consulta apareciendo un señor de mayor edad, vestido con una bata blanca y una placa identificativa que colgaba del bolsillo superior en donde se podía leer: "Dr. Yuste. Jefe de Psiquiatría".
"Pasa y siéntate un momento", -dijo mi doctor-.
"Disculpe", -interrumpí antes de que se pudiera dar algún malentendido-. "Quisiera dejar claro que, salvo que su colega tenga acceso a la dopamina y usted no, la presencia de un jefe de psiquiatría en nuestra conversación no me parece adecuada".
Pero dos doctores que tratan de dar sentido a su vida no podían conformarse con una afirmación de un paciente al que uno daba por loco y otro comenzaba a dar por desequilibrado. Así que antes de decir nada, se miraron como si no necesitaran nada más para entenderse y me preguntaron por boca del recién llegado:
"Dígame usted, ¿para qué quiere enamorarse?".
La pregunta, la verdad, me pareció demasiado simple para un "jefe de Psiquiatría", pero consideré que me daba pie para explicar mi realidad. Así que mirándolos como el que sabe que solo tiene una oportunidad para ser entendido, dije:
"Señores, ya no soy un niño. He vivido grandes experiencias personales y enamorarme fue una de ellas. Pero desde hace años ya no siento nada similar, no he podido volver a sentir lo que sentí, ni he podido siquiera mirar a otra mujer con la ilusión, las ganas y la pasión con que hace años lo hice. Así que he llegado a la conclusión de que tengo un déficit de dopamina, y que, por tanto, la mejor solución será que me recete. Creo que no hago mal a nadie".
"Entonces", -dijo el psiquiatra- "quiere unas cuantas dosis para volver a sentirse enamorado".
"Más o menos", -respondí.
"¿Y cuando se le haya acabado?", -preguntó.
"No pasará nada. Según las mismas autoridades científicas que firman este tipo de estudios", -les recordé-, "el cuerpo humano deja de segregar esa sustancia y ya las parejas siguen por otros motivos como cariño, compromiso, imagen, hijos...".
"¡Pero usted no se da cuenta que las cosas no son así!", -exclamó mi galeno quitándole la palabra de la boca al especialista.
"¡Lo ha probado!¡Lo ha probado!", -Le espeté.
No hubo más preguntas. Descolgaron el teléfono y a los pocos minutos estaba atrapado en una camisa de fuerza custodiado por dos culturistas que me llevaron en volandas hasta la ambulancia y de ahí a esta habitación.
Y aquí estoy, loco de atar por querer estar loco de amor.
sábado, 4 de julio de 2015
Por un café
Hacía tanto tiempo que no se veían que ella no pudo decir que no al café al que él le había invitado. No es que estuviera especialmente animada. Una ruptura sentimental hacía poco más de diez meses le había dejado las ganas de vivir en stand by. No era que se hubiera anclado en el pasado, solo de una carencia de interés por cuanto podía pasarle. Así que dijo que "sí" igual que podía haber dicho que "no", pero el tiempo que les distanciaba le empujó a ese café que no prometía más que unas cuantas preguntas cuyas respuesta no iban a interesarle, y otras cuantas respuestas a preguntas que no le iban a llevar a nada. Al final, un beso y los mejores deseos para los próximos dos, tres o cinco años. Ya se vería.
Para él, el encuentro había sido una maravillosa casualidad. Se trataba casi de un regalo de la vida que respondía a uno de los deseos que siempre había tenido. Los meses en que habían compartido cierta intimidad no habían terminado como él habría querido. El trabajo, algunos problemas familiares y una relación acabada que no terminaba le habían distanciado poco a poco hasta que ya no sonaron los teléfonos ni los mensajes. Pero nunca la había olvidado. Para él, pues, no solo se trataba de tomar un café, era volver a abrir la puerta, era comenzar el segundo tomo de un libro al que se había enganchado.
En algo sí que coincidían: muy poco sabía actualmente el uno de la otra y la otra del uno. Si había familias, hijos, fallecido familiares, pareja o parejas, trabajo o una vida mejor o peor, era un misterio al que tendrían que enfrentarse.
Ella fue respondiendo con pocas palabras las muchas preguntas que él realizaba, y él aportaba el interés que ella no ponía. Ella se había casado con el "hombre de su vida", con el que había tenido dos hijos, se había comprado una casa y con quien había vivido algo menos de seis años. Él, había tenido una relación de la que solo quedaba una niña y muchos reproches.
Dado que el café se hizo corto, ella pidió una cerveza, y él no quiso que bebiera sola, así que se pidió otra.
Antes de que la espuma de la Chimay hubiera desaparecido, ella ya era parte de la conversación y de las risas, lo que trajo a la memoria de él por qué se había enamorado de ella; y antes de que ambos apuraran el último buche, ella volvía a ser ella y él, el joven que la había conocido hacía una treintena de años atrás.
En esas condiciones coincidieron que lo mejor era tomar otra cerveza, pero "habrá que comer algo", dijo ella. Así que se fueron a un restaurante que recomendó él para pedir lo que a ella le apetecía. Ella quiso brindar por el reencuentro (el de ella con ella misma) y él por los latidos del corazón (aunque no lo dijo). Y sin saber por qué ni cómo, antes de que el sonido del choque de las copas se disipara en el aire, las miradas se habían perdido en los ojos del otro y de la otra.
La cena fue el punto en el que descubrieron que los años sin verse solo habían sido un paréntesis, y que por primera vez en muchos años, la vida les ponía por delante más futuro que pasado. Pero ninguno quiso decir nada de lo que pensaba, claro que tampoco iban a irse.
De esta forma llegaron a las copas, y después al desayuno, a la comida y de nuevo a la cena.
Llevan así más de diez días, sin dormir, completamente enamorados en silencio, compartiendo la vida y los sueños, abriendo puertas y ventanas, inventando sus propios paisajes. Y cuando alguien les pregunta por qué no duermen, ellos responden al unísono: "Porque nos tomarnos un café".
Ella fue respondiendo con pocas palabras las muchas preguntas que él realizaba, y él aportaba el interés que ella no ponía. Ella se había casado con el "hombre de su vida", con el que había tenido dos hijos, se había comprado una casa y con quien había vivido algo menos de seis años. Él, había tenido una relación de la que solo quedaba una niña y muchos reproches.
Dado que el café se hizo corto, ella pidió una cerveza, y él no quiso que bebiera sola, así que se pidió otra.
Antes de que la espuma de la Chimay hubiera desaparecido, ella ya era parte de la conversación y de las risas, lo que trajo a la memoria de él por qué se había enamorado de ella; y antes de que ambos apuraran el último buche, ella volvía a ser ella y él, el joven que la había conocido hacía una treintena de años atrás.
En esas condiciones coincidieron que lo mejor era tomar otra cerveza, pero "habrá que comer algo", dijo ella. Así que se fueron a un restaurante que recomendó él para pedir lo que a ella le apetecía. Ella quiso brindar por el reencuentro (el de ella con ella misma) y él por los latidos del corazón (aunque no lo dijo). Y sin saber por qué ni cómo, antes de que el sonido del choque de las copas se disipara en el aire, las miradas se habían perdido en los ojos del otro y de la otra.
La cena fue el punto en el que descubrieron que los años sin verse solo habían sido un paréntesis, y que por primera vez en muchos años, la vida les ponía por delante más futuro que pasado. Pero ninguno quiso decir nada de lo que pensaba, claro que tampoco iban a irse.
De esta forma llegaron a las copas, y después al desayuno, a la comida y de nuevo a la cena.
Llevan así más de diez días, sin dormir, completamente enamorados en silencio, compartiendo la vida y los sueños, abriendo puertas y ventanas, inventando sus propios paisajes. Y cuando alguien les pregunta por qué no duermen, ellos responden al unísono: "Porque nos tomarnos un café".
sábado, 20 de junio de 2015
Frases hechas
Cuando se sentó frente a su hijo no tenía claro ni lo que le iba a decir ni cómo se lo diría. Al día siguiente, su único vástago partiría a otra ciudad a estudiar aún siendo poco más que un adolescente. Realmente solo era una nueva etapa, pero él sabía lo que eso significaba: unas pocas llamadas de teléfono que se irían espaciando en el tiempo, algunas visitas a casa en vacaciones más destinadas a dar tiempo a los amigos y novias con un par de conversaciones breves -casi comentarios- sobre cómo les va la vida y que siempre terminarían con la billetera vacía, y poco más.
Lo sabía bien. Él también lo había hecho, al igual que lo hicieron sus compañeros, sus amigos y casi todos los que le acompañaron en su viaje por la vida.
Así que pensó en lo que su padre le había dicho: "Vas a vivir una de las etapas más hermosas de la vida. Aprovéchala. Disfruta pero sé responsable. No te quedes con ganas de nada, pero no derroches. Para tus padres esto es un sacrificio: que esto no te limite pero no lo olvides".
Recordó que entonces todo le habían parecido frases hechas. ¿Qué podía saber su padre sobre lo más hermoso de la vida si siempre había sido un "viejo" preocupado de llegar a final de mes?¿Cómo se podía disfrutar de la vida con responsabilidad?¿Por qué no iba a derrochar si quería quedarse sin ganas de nada? Y en cuanto a lo del sacrificio... Y pensó que a lo más, un gasto. Nadie se iba a quedar sin comer ni les iban a cortar la luz. Y bueno, eran cinco años o seis, tampoco sería para tanto.
Por eso de las asociaciones de ideas recordó también todas esas frases hechas a las que sólo la madurez dotó de sentido. "Todo tiene su proceso", "vísteme despacio que tengo prisa", "otros vendrán que bueno te harán", "la experiencia es un grado", "lo que no mata te hace más fuerte", "el tiempo lo cura todo", "no ofende el que quiere sino el que puede", "todo tiene solución menos la muerte", "solo el amor es capaz de generar cosas hermosas" y lo que se le antojó la frase más compleja para explicarle a alguien que se abría a la vida: "el tiempo vuela".
Pensó que los hijos deberían venir con una entrada USB en la que conectar un disco duro que contuviera todas las experiencias que un padre quiere transmitir. Pensó también en todo lo que le quedaba a su hijo por descubrir: el amor, el dolor, el sexo, la frustración, el desengaño, la camaradería, la amistad, la vida y la muerte.
Fue así como se dio cuenta de que "la mejor escuela es la vida", y que él solo podía estar, y volvió a recordar las frases que le sonaron a "hechas" que su padre le decía. Y comprendió que una vez más llegaba tarde, y que probablemente su hijo se daría cuenta tarde también de todo cuanto él quería decirle.
Cuando el hijo llegó, el padre lloraba.
-"Papá. Que no me voy para siempre", le dijo el joven.
Y papá lo abrazó sin decir nada y comprendió entonces que los abrazos que su padre le había dado hacía tantos años atrás y que a él le parecieron "abrazos hechos", guardaban mucho más que cariño.
Lo sabía bien. Él también lo había hecho, al igual que lo hicieron sus compañeros, sus amigos y casi todos los que le acompañaron en su viaje por la vida.
Así que pensó en lo que su padre le había dicho: "Vas a vivir una de las etapas más hermosas de la vida. Aprovéchala. Disfruta pero sé responsable. No te quedes con ganas de nada, pero no derroches. Para tus padres esto es un sacrificio: que esto no te limite pero no lo olvides".
Recordó que entonces todo le habían parecido frases hechas. ¿Qué podía saber su padre sobre lo más hermoso de la vida si siempre había sido un "viejo" preocupado de llegar a final de mes?¿Cómo se podía disfrutar de la vida con responsabilidad?¿Por qué no iba a derrochar si quería quedarse sin ganas de nada? Y en cuanto a lo del sacrificio... Y pensó que a lo más, un gasto. Nadie se iba a quedar sin comer ni les iban a cortar la luz. Y bueno, eran cinco años o seis, tampoco sería para tanto.
Por eso de las asociaciones de ideas recordó también todas esas frases hechas a las que sólo la madurez dotó de sentido. "Todo tiene su proceso", "vísteme despacio que tengo prisa", "otros vendrán que bueno te harán", "la experiencia es un grado", "lo que no mata te hace más fuerte", "el tiempo lo cura todo", "no ofende el que quiere sino el que puede", "todo tiene solución menos la muerte", "solo el amor es capaz de generar cosas hermosas" y lo que se le antojó la frase más compleja para explicarle a alguien que se abría a la vida: "el tiempo vuela".
Pensó que los hijos deberían venir con una entrada USB en la que conectar un disco duro que contuviera todas las experiencias que un padre quiere transmitir. Pensó también en todo lo que le quedaba a su hijo por descubrir: el amor, el dolor, el sexo, la frustración, el desengaño, la camaradería, la amistad, la vida y la muerte.
Fue así como se dio cuenta de que "la mejor escuela es la vida", y que él solo podía estar, y volvió a recordar las frases que le sonaron a "hechas" que su padre le decía. Y comprendió que una vez más llegaba tarde, y que probablemente su hijo se daría cuenta tarde también de todo cuanto él quería decirle.
Cuando el hijo llegó, el padre lloraba.
-"Papá. Que no me voy para siempre", le dijo el joven.
Y papá lo abrazó sin decir nada y comprendió entonces que los abrazos que su padre le había dado hacía tantos años atrás y que a él le parecieron "abrazos hechos", guardaban mucho más que cariño.
domingo, 31 de mayo de 2015
Nadie pregunta por mí
Mis recuerdos de infancia son los de un niño preocupado porque su hermano y su hermana no se perdieran al volver del colegio. Siempre he sentido esa responsabilidad hacia ellos. No sé si me impusieron, me la transmitieron o es que simplemente soy así.
Deduzco que no era un chico problemático. Si alguna vez lo fui, debí ser demasiado discreto porque nadie lo recuerda. Guardo en mi mente ciento de conversaciones de mi madre sobre mi padre, de mi padre sobre mi madre, de mis padres sobre mis hermanos y de mis hermanos sobre mi padres, pero no guardo ni uno solo de ellos hablando de mí que no fuera un breve: "le va bien, es feliz".
Así crecí. Cuidé de mis hermanos, colaboré con mis padres, nunca di un grito ni monté una escena. Comía lo que me ponían, ordenaba mi cuarto, recogía mi ropa, respetaba a los mayores, llegaba a mis horas, cumplía con cuanto se suponía que eran mis obligaciones...
Y es probable que me fuera bien. Al menos de forma general. Pero tuve muchos momentos en los que habría querido una mano, un hombro, unos brazos enteros que me acogieran. Nada de eso me habría cambiado la vida, pero me habría servido para saber que existía. Y ciertamente, no creo que eso pudiera valer para ser feliz. Pero debía parecerlo.
En la universidad seguí siendo ese ejemplo que nunca nadie pone, ese problema matemático que se da por resuelto sin hacer cálculos, ese alumno que todo profesor quiere porque ni da trabajo ni conflictos pero sirve para aumentar las mejores estadísticas.
Fui el novio ideal y, después, el marido perfecto, el yerno deseado, el cuñado que nunca sobra y, por fin, el padre correcto.
Tuve dos hijas que mientras estuvieron en casa recibieron estrictamente lo que necesitaban. La cantidad justa de cariño, la medida adecuada de disciplina, los bienes necesarios para que vivieran bien... Podría decir que era un padre al que se respetaba, pero al que no se molestaba con problemas ni con nada que pudiera llevar una contrariedad o una preocupación. Al fin y al cabo, para ellas era un padre feliz al que le iba bien.
Tenían motivos para creerlo. Nunca discutí de política ni me posicioné ante los abusos sociales. Nunca me quejé ni me entretuve a mirar las cosas que pasaban a mi alrededor. Para qué. Mi vida ya era perfecta y, diría, yo también.
Ahora soy un abuelo perfecto. Cuido de mis nietos cuando me lo dicen, me tomo las medicinas que me mandan, no me quejo aunque me duela la vida que no he vivido y quizá llegue a los 90 años sin haber dicho nada inconveniente.
Desde mi cama veo el mundo girar, pero escucho que nadie pregunta por mí.
martes, 26 de mayo de 2015
Sus ojos
Tardé más de 25 años en regresar a aquel lugar. Lo intenté miles de veces, pero siempre tuve miedo. A penas tenía 20 años cuando llegué por primera y única vez. Hasta ahora. Trataba de curar alguna contractura provocada por no recuerdo ya qué y, recomendado por no recuerdo ya quién, fui en busca de una tregua muscular que me devolviera a la normalidad.
Recuerdo haber dado todo tipo de explicaciones a una especie de galeno que, tras palparme la zona dolorida, me invitó a entrar en una habitación de tenue luz y olor a fragancias asiáticas mezcladas con eucalipto.
En el centro de la habitación: una camilla acolchada, cubierta por una tela que se me antojó de hilo, con un pequeño orificio que enseguida comprendí, tenía como función mantener la cabeza en una posición natural sin aplastarse la nariz ni la boca. A un lado, un pequeño mueble con unas pequeñas varitas como las de incienso de sándalo o pachulí, unos tubos de cremas perfectamente ordenados pero deformados por su uso, una pequeña palangana con agua y, en la parte baja, varias toallas del mismo color y perfectamente ordenadas como si las hubieran puesto para rodar un anuncio.
En la pared de enfrente, un pequeño adorno con características orientales servía para mantener una percha muy occidental de madera.
“Quítese la ropa, cuélguela, déjese sólo la ropa interior, y colóquese boca abajo sobre la camilla. Enseguida vendrán para darle el tratamiento”, me dijo el hombre en un tono amable pero rutinario antes de cerrar la puerta y dejarme solo en aquella penumbra de la habitación y de mi inocencia.
Con algo de dolor por la contractura, me descalcé, me quité la ropa, la coloqué en la percha y reburujé los calcetines metiéndolos en los zapatos. Me tumbé sobre la camilla y traté de encontrar sentido a la colocación de mis brazos que, animados por la gravedad, insistían en salirse de mi lado para quedar colgados, como lo hacen en las imágenes los de los ahogados.
En ese pensamiento me encontraba cuando la quietud del ambiente se modificó. “Hay una perturbación en la Fuerza”, pensé como si fuera un entendido jedy y me sonreí seguro de que mi rostro era invisible para quien hubiera entrado. Por unos instantes no tuve tampoco seguridad de que alguien más se encontrara en la habitación pues, si lo había, se había asegurado de hacerlo con la mayor discreción posible. Ni había pasos ni golpes ni respiración que pudiera oir más allá de la mía. A pesar de ello, la terrible sensación de que alguien o algo se movía por la habitación era tan real como debe ser el aliento de la muerte entre el penúltimo y el último suspiro.
En mis pensamientos descarté al médico. Era demasiado corpulento como para trasladarse con tanta delicadeza. Aún no había pensado en una segunda opción cuando, por el orificio donde había colocado la cabeza, observé unos pequeños pies descalzos que caminaban hacia el mueble de las cremas y las toallas.
Eran pies de mujer. Los dedos pequeños se adaptaban con total naturalidad a la madera del piso y unos perfectos tobillos dibujaban movimientos sencillos pero armónicos sobre el aire en cada paso. Un repentino olor a sándalo me trajo a la mente la imagen del incienso sobre el mueble, aunque por los movimientos debía haberlo depositado en una esquina de la habitación y, supuse, sobre el suelo.
Sus pequeños ñoños me sorprendieron en esas elucubraciones cuando se quedaron frente a mí, diría casi que mirándome. Recuerdo, como si hubiera sido esta misma mañana, cómo pasé de ese pensamiento casi infantil al total estremecimiento de mi cuerpo cuando, sin mediar palabra, sus manos se apoyaron sobre mis hombros y colocaron mis brazos que, incomprensiblemente, alcanzaron el punto de equilibrio perfecto que yo había estado buscando durante tanto tiempo. La respiración se me cortó por algo más que un instante. Eran las mismas manos que me habían tocado hacía 25 años.
Parecía imposible, pero media vida después reconocí el tacto de los dedos por su tibieza. Casi me insulté en silencio por no haberme dado cuenta desde el primer momento de que aquellos pies que me miraban eran los mismos que ya me habían mirado y que en todos estos años solo había olvidado por unos segundos.
¿Se acordaría de mí como yo de ella?¿Me habría reconocido solo con tocarme?¿Sentiría mi piel como la sintió aquella vez?
De todas las preguntas que hacían cola en mi cabeza, una me trajo al presente. ¿Cómo podía seguir igual 25 años después? Así que traté de seguir los pies y de fijarme en algún signo del paso del tiempo, pero no había ningún síntoma. Eran los mismos pies, los mismos dedos, la misma piel.
Volví a revivir el milagro que había ocurrido un cuarto de siglo antes. Como, quien no creía en el amor a primera vista, había sucumbido al amor al primer contacto; como, aquella habitación en penumbra, había sido el lugar de mayor claridad de mi historia; como, alguien que soñaba con su futuro, se quedaba anclado en un presente que nunca logró convertir en pasado.
En aquella ocasión el instinto me hizo volverme y descubrir lo que sería el rostro de la única mujer que he amado en mi vida. Ahora, sentía las mismas ganas que entonces, pero también el mismo miedo que me había impedido volver.
¿Cómo iba a regresar?¿Qué podía decirle o darle a la muchacha que me había dado todo sin pedirme nada?¿Cómo te presentas ante el amor de tu vida cuando el corazón se acelera y la sangre te hierve y las manos no responden y los pies te tiemblan?
Pero ya estaba allí. Ya había llegado y el destino me ponía a la misma mujer delante. Más viejo yo, pero por ella parecía no haber pasado el tiempo.
Fue así como el corazón empezó a bombear más fuerte, los músculos se contracturaron y la cabeza comenzó a pesar tanto que pensé que partiría la camilla.
“¿Se encuentra bien?”, -me dijo una voz conocida.
No pude evitarlo. Todo el valor que me había faltado se dio cita en ese momento para girarme y verle el rostro. El mismo pelo, el mismo cuello, la misma boca, las mismas orejas… pero no era ella.
Algo en su cara no cuadraba. No era ella. Algo fallaba en ese rostro que, además, me resultaba tremendamente familiar. Podría ser su hija. Tanto parecido lo justificaba, pero en aquella penumbra no lograba identificar cuál era esa pequeña diferencia, y sin embargo me recordaba a alguien diferente.
Quise preguntarle, pero cuando la miraba volvió a decir: “¿Se encuentra bien?”.
Supongo que no pude resistir la presión. Quizá la tensión era mucho mayor de la que creía. El caso es que me puse a llorar como un niño.
Me abrazó y me sentí realmente acogido. Puede que fuera solo un minuto, a lo mejor dos, pero para mí fue toda una eternidad. Regresé a los 20 y a los 10. Me di cuenta de como había desperdiciado mi vida, como había dejado que los temores y las inseguridades me alejaran de todo lo que hubiese dado sentido a los años vividos y los que estaba por vivir.
Por fin me tranquilicé. Me sentí en la obligación de explicarle que ella me recordaba a alguien, que por un momento me había hecho retroceder 25 años y le pedí disculpas.
“No te preocupes. Ahora te reconozco”, me dijo.
No me dio tiempo a decirle nada. Según terminó de hablar, apretó mis manos entre las suyas, me besó en la frente y salió.
¿Qué había querido decir? ¿Quizá se tratara de algún tipo de frase budista que tenía algún sentido oculto para mí? Quizá ese rostro que se me antojaba familiar ya lo había visto en algún otro lado. Quizá me estuviera equivocando y estuviera autosugestionado llevado más por las ganas que por la evidencia. Quizá.
Una vez me sentí con fuerzas me vestí, no sin dejar de pensar en todo lo que había pasado. Salí de la habitación y a punto estuve de preguntar por la chica que me había atendido, pero todo el valor que me asistió en la habitación ahora me abandonaba.
No pude sacarme a la muchacha de la cabeza, y como en un juego de "encuentra las siete diferencias", traté de averiguar qué era lo que las hacía tan distintas. Evidentemente no podía ser la misma mujer, pero todo en ella era igual salvo algo que no lograba identificar, algo que conocía pero no identificaba, algo que debía ser obvio, debía tenerlo delante, pero no lo veía.
Llegué a casa y me dispuse a darme una ducha para tratar de relajarme. La cabeza seguía girando, exigía una respuesta. Así que me miré fijamente al espejo como si el yo que se reflejaba pudiese darme una respuesta. Y por raro que parezca, así fue. El pequeño detalle que las distinguía, lo que me estaba volviendo casi loco y me resultaba tan familiar y a la vez tan difícil de identificar, era que la muchacha tenía los mismos ojos que su padre.
sábado, 18 de abril de 2015
Confieso que he vivido
"Vivo" -contestó al preguntarle qué hacía-.
"Sí. Eso está claro. Si no, no estaríamos hablando" -le replicó-. "Lo que quiero saber es a qué te dedicas" -insitió ella-.
"A vivir" -insistió él-.
"Vale, vale" -dijo como el que comienza a creer las reglas de un juego-. "Pero además de vivir te dedicarás a algo que te permita hacerlo. Tendrás un trabajo..." -protestó dando por supuesto que por fin había quedado la cosa clara-.
"Sí. Lo tengo. Pero también eso lo vivo" -dijo-.
"Y familia, amigos y amigas, compañeros y compañeras, amantes... Algo tendrás que hacer..." -repitió-.
"Los vivo".
"Desamores, envidias, celos, cariños, ternura...".
"Los vivo".
"¡Venga! Me vas a decir que te sientas en una silla y todo eso te pasa y ahí estás tú sin hacer nada".
"No" -replicó-. "Precisamente porque no me quedo en la silla sin hacer nada es por lo que vivo".
Y después de decir eso, le abrazó. Y ella, no entendió nada.
viernes, 3 de abril de 2015
Combatir la verdad
Lo normal era que fallara. Las coordenadas que me dieron solo correspondían a miedos transmitidos por otros que crearon enemigos ficticios. Era de esperar. Quienes dirigen hacia dónde deben apuntar los cañones, por lo general, tratan de vengar lo que no supieron solucionar a pecho descubierto reconociendo sus miserias. Siempre ha sido mucho más fácil aumentar el número de enemigos al enemigo que reconocer el error propio o acierto ajeno.
Así fue como una y otra vez fallé. Haciendo mía batallas de otros, sosteniendo banderas que no representaban mis colores o poniendo el pecho ante balas que nadie disparaba contra mí.
Hasta que me pregunté cuál era mi frente. Y los cañones dejaron de sonar al quedarse sin argumentos ante un enemigo que no existía.
Fue entonces cuando descubrí que las heridas que mi cuerpo presentaba respondían a guerras en las que no había luchado, siquiera en las había estado quien me lanzó al frente. Batallas que se alimentaban de la miseria, del miedo en el que habíamos sido educados.
Fue entonces cuando supe que podía abandonar la trinchera, pues las balas que me atravesaban me daban más vida. Y comprendí que la muerte no llega con la diferencia, sino cuando el miedo a estar equivocado nos impide ver la verdad y decidimos combatirla.
sábado, 29 de noviembre de 2014
Independientes, o no
Si alguien le hubiera preguntado, habría asegurado que se conocían de toda la vida, y sin embargo, era la primera vez que se veían. O no. A lo peor cara a cara y a lo mejor cuerpo a cuerpo. Lo realmente cierto es que encontraron sus almas desnudas a simple vista.
Ella, acostumbrada a hombres que solo querían justificar una noche injustificable, comprendió que su abrazo no era un atrevimiento. A lo más, una propuesta, una invitación a un mundo al que prefería ver llegar antes que ponerse a construir. Él, en el fondo de su corazón, solo quería proponer un nido en el que acoger a alguien suficientemente fuerte para entregarse y suficientemente débil para aceptarlo.
Ella, que sabía lo que era desesperar, tuvo el tiempo justo para entregarse antes de que saliera el sol, pero no quiso. Él, que no sabía serenarse, reconoció en ella el sol y la luna que esperaba, pero la perdió entre las miserias de un reino que no era de su mundo.
Quizá todo habría sido diferente si ella le hubiera pedido que esperara, o si él le hubiese rogado que no se fuera, pero ninguno dijo nada cuando la música que les unía les separó.
Él, habría hecho todo cuanto fuera posible por ver pasar la vida a través de sus ojos, pero ella no volvió a recordar los pocos minutos que sus vidas se cruzaron.
Nunca supieron lo cerca que Canarias y Galicia estuvieron de ser una república independiente. Fue sólo por unos segundos, pero completamente independientes, o no.
domingo, 26 de octubre de 2014
martes, 9 de septiembre de 2014
viernes, 5 de septiembre de 2014
Salvar los muebles
Podría haber mentido otra vez pero, la verdad, ni tenía por qué ni intención de crear una imagen diferente a la que era. "Para qué?", me pregunté. Al fin y al cabo, más tarde o más temprano tendría que mostrarme como soy y tampoco es que ella mereciera un simulacro de mi persona.
Entiéndame bien, señor agente. No quiero decir que psíquica o físicamente no mereciera la pena hacer un esfuerzo por alargar el encuentro, solo digo que no había nada en su haber como para mostrar algo que no soy.
Quizá fuera eso lo que agradeció. Quizá. El caso es que sin trucos ni mentiras (ya sean a medias o a tiempo completo), ahí pasamos el rato viendo como las diferencias nos encontraban a medida que las horas nos hacían más ella y más yo.
No puedo decir que me sintiera orgullo de mí. Al fin y al cabo se trataba de no llevar a nadie a donde nunca iría. Tampoco yo quería atravesar caminos construidos en nubes y cascadas.
La experiencia fue mejor de lo previsto. A esa noche de desencuentros le siguieron días de encuentros, y a esos días de verdades le llegaron noches que parecen mentira.
Como ve, inspector, la cuestión no tenía por qué cambiar. Cada uno se mostraba como era y cada uno era como se mostraba, nadie tenía que llevarse al desengaño.
El problema comenzó cuando nos dimos cuenta que el engaño no era de uno hacia otra ni de otra hacia uno, sino de cada quien con cada cual. Y que cuando dijimos que "yo puedo perdonar todo menos que no seas sincero", nos dimos cuenta de que habían verdades que dolían más que la mentira; o que cuando cantábamos aquello de "quiero saber que la noche contigo no va a terminar" nos habíamos olvidado que la noche no solo termina sino que, también, agradece ocho horas de sueño.
Y la verdad, lo más triste, es que cuanto más coincidíamos en nuestros errores, cuantas más pruebas teníamos de que los cálculos estaban erróneos por mi parte y por la suya, mayor era la distancia que se creaba.
Quizá sea por eso que cuando ella tachó de la lista "nunca podré abandonarte", yo borraba de la mía lo de "nunca te dejaré ir", y reconocerá que no fue extraño que mientras ella hacía la maleta, yo dejaba la llave en el llavín, y que mientras yo tomaba un taxi a ninguna parte, ella cerraba la puerta dejando su llave sobre la mesilla de noche.
Y es por eso que nos encontramos aquí, porque si la sinceridad nos hubiese dado para algo más, hoy no tendría la mitad de mis cosas dentro de esa casa, yo no hubiera tenido que descolgarme por el bajante para entrar por el patio y el vecino no habría denunciado un intento de robo.
Ahora, si no es molestia, ayúdeme a salvar los muebles y dele un telefonazo.
viernes, 1 de agosto de 2014
Profesionales
Uno no llega a disfrutar de las cosas en su plenitud hasta
que se hace un profesional.
Así, el profesional del vino logra distinguir en el paladar
los amargos y los afrutados que esconde cada botella, así como su aroma, su
madera –si la hubiera-, su aspereza y hasta la densidad del líquido en el paladar.
Un profesional del vino sabe que lo importante no es la forma de la botella ni
el diseño de la etiqueta; que la copa ayuda, pero no es vital; que su
preferencia es el corcho al tapón sintético; que el pescado puede disfrutarse
con un tinto así como algunas carnes con un blanco.
El periodista profesional, por ejemplo, sabe que escribir con
corrección es importante, pero no tanto como la noticia; que el encuadre en la
imagen da calidad pero por encima está el momento, la imagen misma, el instante
histórico que se quiere robar a lo que ha pasado. Por eso no disfruta de ver su
nombre en el periódico, sino de ver su nombre junto a la información que ofrece.
El médico profesional, por su parte, sabe que distinguir una
enfermedad depende más de su capacidad para comprender la dolencia del paciente
que en dar remedios hasta que se atina; que por encima del diagnóstico está la
cura; el doctor profesional sabe que la alarma de lo que parece evidente no se
corresponde con la urgencia de la atención. Por eso no disfruta cuando descubre
qué tiene el paciente, sino cuando sigue la evolución de su cura.
El vendedor profesional, que los hay, sabe que su trabajo es
vender, pero su riqueza está en que lo vendido no sea devuelto. Sabe que hay
clientes que exigen mucho para comprar poco, o quienes están dispuestos a
comprar cualquier cosa. En cualquiera de los casos, lo que sabe seguro es cuál
es la mercancía que puede ofrecer a cada uno o una, es capaz de hacer una
relación directa entre su cliente y su producto. Sabe también que la atención
es, la mayoría de las veces, más importante que la venta, porque en ello está
la diferencia entre ganar clientes y perderlos. Por eso no disfruta cuando ve
salir al cliente con las bolsas sino cuando lo mira regresar reclamando su
confianza.
Pero llegamos al profesional de la vida, ese o esa que lo
único que sabe es que siempre va a seguir aprendiendo. Por eso no disfruta del
camino andado, sino de cada uno de los pasos que da.
domingo, 6 de julio de 2014
Atrapar el sueño
Subía cada mañana a las montañas más altas de los Andes para poder contemplar el vuelo del cóndor.
No podía resistirse a ver como un ave con tres metros de envergadura podía desplazarse como una paloma entre corrientes de aire. Admiraba esa facilidad con la que ascendía hasta tocar el cielo para, después, dejarse caer sobre su presa. Casi podía sentir su fuerza y esa increíble capacidad de reinar sobre las cumbres más altas.
Se sintió tan atraído que con los años decidió cazar uno para no tener que ir tan lejos a contemplar lo que considera la imagen más bella del mundo. Y así lo hizo.
Durante meses trabajó en su casa preparando una enorme jaula con todos los lujos que pensó que necesitaría el animal. Gastó prácticamente todos sus ahorros en comprar el piso superior y el inferior para tener más espacio, negoció con las carnicerías la compra de kilos de la mejor carne, e hizo todo cuanto se le ocurrió que pudiera necesitar el cóndor para que fuera feliz.
Pero no había altura suficiente, ni corrientes de aire, ni cumbres sobre las que reinar. Así que el cóndor no se adaptó al papel de canario, y el hombre se decepcionó, porque cuantas veces quería mostrar la inmensidad del bicho, lo que se encontraba no era más que un montón de plumas negras y sucias, con unas garras cada vez más atrofiadas y que tenía la jaula llena de mierda y desechos.
Evidentemente, el tipo terminó odiando al bicho porque ya no era capaz de hacer nada más que comer y cagar. No sólo abandonó su cuidado, sino que a cada amigo que acudía a verlo le contaba lo desagradecido que era el “pájaro” después de todo el esfuerzo que había realizado para que todos vieran lo que él había visto ciento de veces.
Tras el fracaso, decidió que lo mejor era sacarlo de su casa y de su vida, y que lo más fácil sería abrir el techo de la jaula y esperar a que escapara.
El cóndor tardó unos días en darse cuenta de que era libre, pero en cuanto vio que nada lo mantenía esclavizado, se lanzó casi en vertical hacia las nubes. El hombre, que vio ascender al cóndor y extender sus alas de nuevo en toda su dimensión, observó como las primeras maniobras fueron algo torpes, pero en cuanto consiguió cierta altura volvió a realizar los ejercicios perfectos que le viera hacer entre los picos andinos.
Entonces volvió a sentir ese sentimiento que casi había olvidado, lamentó haberle dado la libertad, y pensó que si lo hacía bien y aprendía de los errores, el próximo cóndor que atrapara podría ser tan hermoso en cautividad como en libertad.
Así ocurrió una y otra vez, siempre cambiando algún detalle, pero con el mismo resultado: el fracaso. A pesar de los años, nunca llegó a comprender que lo que más le atraía del cóndor era la libertad que les robaba.
domingo, 15 de junio de 2014
Última llamada
Prudencio Piñeiro jamás gastó una broma en su vida. No por carecer de sentido del humor, sólo que al buen hombre no se le ocurría cómo hacerlo. De hecho, si no fuera porque alguna vez desde su despacho veía a los empleados del banco intercambiar risas, o por alguna que otra conversación con su mujer que le ponía al día sobre el anecdotario de sus hijos, habría pasado por la vida sin saber lo que era provocar intencionadamente una situación incomoda y/o divertida y, por supuesto, sin recibirla.
Vilma, su mujer, era distinta. Gracias a ella, los cuatro hijos del matrimonio habían tenido la posibilidad de echar más de una risa y de desarrollar la capacidad de bromear sin que ello supusiera un conflicto. De todos, Prudencito, el mayor, había heredado un especial sentido del humor.
El 25 de diciembre, el primogénito decidió que ya era hora de que papá saliera del burladero de la plaza de las bromas familiares y saltara al ruedo, y esperó a la noche de la víspera del Día de los Inocentes para coger el móvil paterno, un aparato con cientos de prestaciones, sonido estereofónico, capacidad para reconocer cualquier formato audio y de vídeo, extraplano, mínimo peso, etcétera, pero que el padre sólo utilizaba para recibir y mandar llamadas.
Prudencito lo conectó al ordenador y le bajó la célebre expresión de Pedro Picapiedra “Pum pum pum. Vilma, ábreme la puerta”, y asoció el tema a los teléfonos de “casa” y “mamá”. Después elevó el volumen al máximo.
Mientras lo hacía, podía imaginar la cara de Prudencio ante los empleados del banco, en la cafetería en donde desayunaba, o en la reunión con algún cliente, intentando explicar semejante tono polifónico. “Me va a matar”, pensó, “pero lo que nos vamos a reír”.
El amanecer del 28 de diciembre fue como de costumbre. Desayunos apresurados, ruido de electrodomésticos exprimiendo naranjas o lavando ropa, las instrucciones del día entre buches de café y carreras para que los hermanos más jóvenes no perdieran la guagua escolar. Sólo Prudencito intentaba disimular una risa fácil que le dificultaba tragar con normalidad y que incluso le obligó a cambiarse de camisa cuando se atragantó con el zumo. Hasta la estampida familiar que dejó la casa prácticamente ausente de vida, todo fue normal.
Lo que ocurrió a continuación no estaba previsto. Mientras Vilma metía en el lavaplatos los cacharros que sus hijos y su marido no habían recogido, y antes de salir hacia el despacho de arquitectura donde trabajaba como aparejadora, calculó que siendo las 07.59 horas, su marido ya habría llegado a la oficina e hizo una llamada al móvil de Prudencio para recordarle que era el Día de los Inocentes y, por tanto, debía esperar que ocurriesen cosas extrañas ese día en la oficina. El mensaje era sencillo: “déjalas pasar y no te agobies”.
Le resultó extraño que no contestara, pero no le dio mayor importancia y terminó de maquillarse para salir.
Ya tenía el bolso en la mano cuando una llamada a su teléfono le avisaba que su marido se encontraba camino al hospital tras sufrir un infarto.
“¿Cómo?¿A qué hospital? Pero, ¿qué ha pasado?”. Desde el otro lado las respuestas no fueron ni claras ni tranquilizantes. Lo único que resultaba evidente es que su marido había sufrido un infarto y que iba camino al Hospital Universitario.
Vilma, que ya estaba junto a la puerta, salió tan angustiada que olvidó cerrar con llave.
Tomó el primer taxi y llegó al hospital en apenas 12 minutos.
Varios compañeros del trabajo se encontraban hablando con un doctor en la sala de urgencias. Su presencia provocó un espantoso silencio. Don Eladio, el empleado más antiguo de la oficina bancaria, se acercó para abrazarla y decirle. “Tranquila. El médico tiene que decirte algo y no es bueno. Tienes que ser fuerte”.
Vilma sintió como una piedra le caía en el estómago.
Por un momento no supo si debía correr hacia la salida o hacia el médico. Mientras decidía vio al galeno acercarse. La sensación que recibió en ese momento fue la misma que tenía al ver una pantera aproximarse a su presa a cámara superlenta en un documental de National Geographic.
“No se pudo hacer nada”, dijo el doctor, “lo siento”.
¿Cómo que no se pudo hacer nada?¿Qué quería decir?¿De qué le estaba hablando aquel señor?¿Dónde estaba su marido?¿Qué había pasado?¿Qué coño le estaban contando?... Mientras todas esas preguntas rebotaban por cada rincón de su cerebro, sus ojos empezaron a empañarse y las lágrimas a rebosarse hasta el punto de que la solapa izquierda de la chaqueta de don Eladio parecía recién salida de la lavadora.
Pasado el primer momento, superadas las preguntas que ella misma se hacía sin tener respuesta alguna, se abrió ese momento que, tras la muerte de un ser querido, nos ata al suelo: había que avisar a los niños, a la familia, a la madre de él, a los padres de ella…
Así que le pidió a don Eladio que se encargara de dar la noticia a los compañeros y compañeras de la oficina mientras ella iba llamando a los más allegados y les iba dando instrucciones para crear una cadena que llevara la noticia a cuñados, primos, y otros parientes y amigos.
A eso de la 11.30 horas, una joven enfermera con cara de estar verdaderamente compungida le preguntó cómo quería que el marido fuera amortajado. “Qué lleva ahora”, preguntó; “lo hemos tenido que desvestir, pero ingresó con un traje oscuro listado, camisa blanca y corbata gris”, contestó la enfermera. Fue entonces cuando recordó cómo lo había visto salir esa misma mañana con el traje que le regaló por Reyes hacía casi un año. “Esta bien así”, dijo para añadir enseguida: “No estará muy arrugado”.
A medida que llegaban los parientes más cercanos, Vilma se iba enterando de los hechos. Prudencio llegó al banco, saludó según su costumbre, entró en su despacho y, antes siquiera de quitarse la chaqueta, cayó fulminado. Los empleados lo vieron desde lejos a través de la pared de cristal de la oficina. “Fue un minuto antes de las ocho”, explicaba un compañero que recordaba la hora porque él ya estaba junto a la puerta del banco para abrir la sucursal al público.
El abrazo de Prudencito con su madre fue el más triste de los encuentros entre una madre y su hijo. Las lágrimas de ellos y la de los presentes hicieron subir la humedad de la sala de espera del tanatorio hospitalario hasta el 70%. No había palabras para describir la escena. Nadie recordaba un momento tan tristemente triste.
Cuando el higrómetro volvió a parámetros más o menos normales, Vilma contó a su hijo que al padre le había dado un infarto nada más llegar a la oficina, a pesar de gozar de una magnífica salud y de que, hasta la fecha, nunca se había quejado. Nada dijo de la llamada no respondida. Después, dio instrucciones a su primogénito para que se hiciera cargo de los hermanos pequeños, de recoger en casa los papeles del seguro y encargarle la compra de valeriana en un herbolario.
La llegada de la abuela paterna coincidió en tiempo con la recogida de los más pequeños por parte del hermano mayor, y la llegada a casa para recoger la documentación del seguro, con el aviso a los familiares por parte de la misma enfermera que ya conocía Vilma, para que los más allegados acompañaran al finado hasta la sala acristalada donde se le iba a velar.
Mientras la mujer y la madre de Prudencio colocaban las coronas en torno al ataúd a la vista de los amigos que se encontraban al otro lado del cristal, Prudencito en casa se acordaba del teléfono del padre, así que preocupado por que no se perdiera y por saber dónde estaba, llamó desde el aparato de casa, así que mientras la madre y la mujer del difunto se encontraban en la habitación junto al cadáver, desde el ataúd se oyeron tres claros golpes seguidos de la frase: “¡Vilma, ábreme la puerta!”.
El aviso por vibración del aparato que pegaba con la tapa y los huecos vacíos dieron un realismo brutal al grito. Casi al instante, la abuela, que se encontraba junto al ataúd, cayó desplomada al suelo con las manos en el pecho, mientras que Vilma, al grito de “¡Prudencio!¡Prudencio!”, se lanzó sobre la caja, cediendo las burras que la sostenían con la mala fortuna de que al volcarse, la cabeza del Cristo que adornaba la caja se le incrustó en la frente y las rodillas le aplastaron la nariz, muriendo casi al instante.
Desde el otro lado del cristal la escena era seguida con terror e incomprensión, pues el cristal impedía escuchar el móvil y por tanto la escena carecía de todo sentido.
Don Eladio fue el primero en correr hacia la sala demandando a gritos la presencia de un médico. Cuando llegaron a la habitación, nada se podía hacer por ninguna de las dos mujeres.
Prudencito, por su parte, ya había comprobado que el móvil no se encontraba en casa. Ya estaba metiendo los papeles en una carpeta cuando sonó su móvil. Su tío le avisaba de que don Eladio se había puesto en contacto con él para comunicarle un desgraciadísimo e inexplicable accidente, y aunque sabía lo de las muertes, al sobrino sólo le dijo que corriera al hospital.
Todo lo que siguió no fue más que llantos, lamentos y la búsqueda de explicaciones a lo sucedido, un sinfín de conjeturas que ni por asomo se acercaban a la realidad.
La experiencia marcó a Prudencito toda la vida, quien un día tras otro lamentó las muertes de sus padres y su abuela, pero se entristecía de forma especial cuando contaba que su padre falleció sin que nadie, nunca, le gastara una broma.
Vilma, su mujer, era distinta. Gracias a ella, los cuatro hijos del matrimonio habían tenido la posibilidad de echar más de una risa y de desarrollar la capacidad de bromear sin que ello supusiera un conflicto. De todos, Prudencito, el mayor, había heredado un especial sentido del humor.
El 25 de diciembre, el primogénito decidió que ya era hora de que papá saliera del burladero de la plaza de las bromas familiares y saltara al ruedo, y esperó a la noche de la víspera del Día de los Inocentes para coger el móvil paterno, un aparato con cientos de prestaciones, sonido estereofónico, capacidad para reconocer cualquier formato audio y de vídeo, extraplano, mínimo peso, etcétera, pero que el padre sólo utilizaba para recibir y mandar llamadas.
Prudencito lo conectó al ordenador y le bajó la célebre expresión de Pedro Picapiedra “Pum pum pum. Vilma, ábreme la puerta”, y asoció el tema a los teléfonos de “casa” y “mamá”. Después elevó el volumen al máximo.
Mientras lo hacía, podía imaginar la cara de Prudencio ante los empleados del banco, en la cafetería en donde desayunaba, o en la reunión con algún cliente, intentando explicar semejante tono polifónico. “Me va a matar”, pensó, “pero lo que nos vamos a reír”.
El amanecer del 28 de diciembre fue como de costumbre. Desayunos apresurados, ruido de electrodomésticos exprimiendo naranjas o lavando ropa, las instrucciones del día entre buches de café y carreras para que los hermanos más jóvenes no perdieran la guagua escolar. Sólo Prudencito intentaba disimular una risa fácil que le dificultaba tragar con normalidad y que incluso le obligó a cambiarse de camisa cuando se atragantó con el zumo. Hasta la estampida familiar que dejó la casa prácticamente ausente de vida, todo fue normal.
Lo que ocurrió a continuación no estaba previsto. Mientras Vilma metía en el lavaplatos los cacharros que sus hijos y su marido no habían recogido, y antes de salir hacia el despacho de arquitectura donde trabajaba como aparejadora, calculó que siendo las 07.59 horas, su marido ya habría llegado a la oficina e hizo una llamada al móvil de Prudencio para recordarle que era el Día de los Inocentes y, por tanto, debía esperar que ocurriesen cosas extrañas ese día en la oficina. El mensaje era sencillo: “déjalas pasar y no te agobies”.
Le resultó extraño que no contestara, pero no le dio mayor importancia y terminó de maquillarse para salir.
Ya tenía el bolso en la mano cuando una llamada a su teléfono le avisaba que su marido se encontraba camino al hospital tras sufrir un infarto.
“¿Cómo?¿A qué hospital? Pero, ¿qué ha pasado?”. Desde el otro lado las respuestas no fueron ni claras ni tranquilizantes. Lo único que resultaba evidente es que su marido había sufrido un infarto y que iba camino al Hospital Universitario.
Vilma, que ya estaba junto a la puerta, salió tan angustiada que olvidó cerrar con llave.
Tomó el primer taxi y llegó al hospital en apenas 12 minutos.
Varios compañeros del trabajo se encontraban hablando con un doctor en la sala de urgencias. Su presencia provocó un espantoso silencio. Don Eladio, el empleado más antiguo de la oficina bancaria, se acercó para abrazarla y decirle. “Tranquila. El médico tiene que decirte algo y no es bueno. Tienes que ser fuerte”.
Vilma sintió como una piedra le caía en el estómago.
Por un momento no supo si debía correr hacia la salida o hacia el médico. Mientras decidía vio al galeno acercarse. La sensación que recibió en ese momento fue la misma que tenía al ver una pantera aproximarse a su presa a cámara superlenta en un documental de National Geographic.
“No se pudo hacer nada”, dijo el doctor, “lo siento”.
¿Cómo que no se pudo hacer nada?¿Qué quería decir?¿De qué le estaba hablando aquel señor?¿Dónde estaba su marido?¿Qué había pasado?¿Qué coño le estaban contando?... Mientras todas esas preguntas rebotaban por cada rincón de su cerebro, sus ojos empezaron a empañarse y las lágrimas a rebosarse hasta el punto de que la solapa izquierda de la chaqueta de don Eladio parecía recién salida de la lavadora.
Pasado el primer momento, superadas las preguntas que ella misma se hacía sin tener respuesta alguna, se abrió ese momento que, tras la muerte de un ser querido, nos ata al suelo: había que avisar a los niños, a la familia, a la madre de él, a los padres de ella…
Así que le pidió a don Eladio que se encargara de dar la noticia a los compañeros y compañeras de la oficina mientras ella iba llamando a los más allegados y les iba dando instrucciones para crear una cadena que llevara la noticia a cuñados, primos, y otros parientes y amigos.
A eso de la 11.30 horas, una joven enfermera con cara de estar verdaderamente compungida le preguntó cómo quería que el marido fuera amortajado. “Qué lleva ahora”, preguntó; “lo hemos tenido que desvestir, pero ingresó con un traje oscuro listado, camisa blanca y corbata gris”, contestó la enfermera. Fue entonces cuando recordó cómo lo había visto salir esa misma mañana con el traje que le regaló por Reyes hacía casi un año. “Esta bien así”, dijo para añadir enseguida: “No estará muy arrugado”.
A medida que llegaban los parientes más cercanos, Vilma se iba enterando de los hechos. Prudencio llegó al banco, saludó según su costumbre, entró en su despacho y, antes siquiera de quitarse la chaqueta, cayó fulminado. Los empleados lo vieron desde lejos a través de la pared de cristal de la oficina. “Fue un minuto antes de las ocho”, explicaba un compañero que recordaba la hora porque él ya estaba junto a la puerta del banco para abrir la sucursal al público.
El abrazo de Prudencito con su madre fue el más triste de los encuentros entre una madre y su hijo. Las lágrimas de ellos y la de los presentes hicieron subir la humedad de la sala de espera del tanatorio hospitalario hasta el 70%. No había palabras para describir la escena. Nadie recordaba un momento tan tristemente triste.
Cuando el higrómetro volvió a parámetros más o menos normales, Vilma contó a su hijo que al padre le había dado un infarto nada más llegar a la oficina, a pesar de gozar de una magnífica salud y de que, hasta la fecha, nunca se había quejado. Nada dijo de la llamada no respondida. Después, dio instrucciones a su primogénito para que se hiciera cargo de los hermanos pequeños, de recoger en casa los papeles del seguro y encargarle la compra de valeriana en un herbolario.
La llegada de la abuela paterna coincidió en tiempo con la recogida de los más pequeños por parte del hermano mayor, y la llegada a casa para recoger la documentación del seguro, con el aviso a los familiares por parte de la misma enfermera que ya conocía Vilma, para que los más allegados acompañaran al finado hasta la sala acristalada donde se le iba a velar.
Mientras la mujer y la madre de Prudencio colocaban las coronas en torno al ataúd a la vista de los amigos que se encontraban al otro lado del cristal, Prudencito en casa se acordaba del teléfono del padre, así que preocupado por que no se perdiera y por saber dónde estaba, llamó desde el aparato de casa, así que mientras la madre y la mujer del difunto se encontraban en la habitación junto al cadáver, desde el ataúd se oyeron tres claros golpes seguidos de la frase: “¡Vilma, ábreme la puerta!”.
El aviso por vibración del aparato que pegaba con la tapa y los huecos vacíos dieron un realismo brutal al grito. Casi al instante, la abuela, que se encontraba junto al ataúd, cayó desplomada al suelo con las manos en el pecho, mientras que Vilma, al grito de “¡Prudencio!¡Prudencio!”, se lanzó sobre la caja, cediendo las burras que la sostenían con la mala fortuna de que al volcarse, la cabeza del Cristo que adornaba la caja se le incrustó en la frente y las rodillas le aplastaron la nariz, muriendo casi al instante.
Desde el otro lado del cristal la escena era seguida con terror e incomprensión, pues el cristal impedía escuchar el móvil y por tanto la escena carecía de todo sentido.
Don Eladio fue el primero en correr hacia la sala demandando a gritos la presencia de un médico. Cuando llegaron a la habitación, nada se podía hacer por ninguna de las dos mujeres.
Prudencito, por su parte, ya había comprobado que el móvil no se encontraba en casa. Ya estaba metiendo los papeles en una carpeta cuando sonó su móvil. Su tío le avisaba de que don Eladio se había puesto en contacto con él para comunicarle un desgraciadísimo e inexplicable accidente, y aunque sabía lo de las muertes, al sobrino sólo le dijo que corriera al hospital.
Todo lo que siguió no fue más que llantos, lamentos y la búsqueda de explicaciones a lo sucedido, un sinfín de conjeturas que ni por asomo se acercaban a la realidad.
La experiencia marcó a Prudencito toda la vida, quien un día tras otro lamentó las muertes de sus padres y su abuela, pero se entristecía de forma especial cuando contaba que su padre falleció sin que nadie, nunca, le gastara una broma.
jueves, 29 de mayo de 2014
Calamares
-"No es grave", -dijo el doctor después de auscultarme por segunda vez.
-"No lo será" -le dije-, "pero anoche casi no pude dormir, comí con desgana, me despierté triste, he estado todo el día agotado... Ni siquiera discuto".
-"Ya" -respondió-, "pero sus análisis son perfectos, siempre dentro de los parámetros normales. No tiene problemas con sus articulaciones ni con el corazón ni de memoria... La vista, bien; el oído, bien; los reflejos, bien... Por más que miro, no padece usted nada que yo sea capaz de detectar".
-"Pues doctor" -exclamé resolutivo-, "desde que me levanté esta mañana siento un terrible vacío en el estómago, como si me hubiera quedado hueco por dentro, como si se pudiera ver a través de mí. Es una sensación extraña, como que me pasa algo malo".
-"Con esos síntomas" -sonrió-, "podría ser soledad o hambre".
Indignado me levanté, me di la vuelta y entré en el ascensor que casualmente me esperaba. Mientras los números saltaban de forma descendente en el panel de botones, no pude evitar pensar en el tiempo que llevaba solo, en los años que no compartía una risa o una caricia, una noche, un beso, un minuto de ternura.
Salí del edificio y maldije al doctor. ¿Cómo se atrevía a cuestionarme?¿Cómo podía soltarme eso así?
Entré en un café y pedí un zumo y un bocadillo, -"el que usted me ponga"- le dije al camarero.
¿Me habría vencido la soledad?¿Podría sentirme tan vacío después de tanto tiempo?
-"¿Se encuentra usted bien? Tiene mala cara", -me preguntó el camarero con el pedido en la mano.
-"Sí. Gracias", -contesté a la vez que me recolocaba en la silla y volvía a la realidad.
Y mientras desayunaba y veía pasar a la gente, pensé en la vida que había tenido, lo que gané y lo que perdí, lo que me hizo sufrir y lo que me hizo más fuerte, en lo que esperé que no llegó y en lo que vino sin invitación previa... Y me di cuenta de que el doctor llevaba la razón: lo que tenía era hambre. Así que pedí una de calamares.
miércoles, 7 de mayo de 2014
lunes, 17 de marzo de 2014
Disparando al fantasma
Dispararé sin balas a un fantasma que no podía ver hasta que le acerté en el corazón.
Su presencia era evidente. Me impedía dormir, comer, concentrarme... vivir tranquilo. Me devolvía miradas que no le hacía y se negaba a darme las preguntas que necesitaban mis respuesta. Imposible vivir así.
Cansado de estar perdido me puse a correr hasta alcanzarme, y ahí fue cuando me identifiqué, porque el fantasma era yo mismo, o mejor dicho, mis miedos, mis temores, mis "qué dirán", mi vergüenza ajena, mis sueños rotos, mis oportunidades perdidas... Todas mis miserias pululaban por la casa, tomaban posiciones, arrastraban sus cadenas, vagaban entre el dormitorio y la cocina.
Mi primer disparo sin bala fue dejarme ver de nuevo por la luna, y que mi perra me paseara, y recuperar el encuentro con las personas que quería allí dónde las dejé, y devolver las sonrisas y los besos, y el tiro de vida: dejar escapar los monstruos que me habían atrapado.
A los pocos días el fantasma casi era humano.
Ahora sé que sigue ahí, pero no ejerce. Se sienta y mira la tele, esperando que vuelva a atrapar mis propios monstruos y a crear mis propias pesadillas.
Ahora que lo sé, reconozco que no lo alimento, pero sí es cierto que de vez en cuando compartimos unas cervezas y brindamos por aquellos tiempos.
martes, 11 de febrero de 2014
Llegamos a 30.000
Poco a poco esta página ha alcanzado las 30.000 visitas. Gracias a todas las personas que lo han hecho posible. Un abrazo por cada visita.
jueves, 6 de febrero de 2014
Piedras al sol
Tiré al sol piedras sólo por ver cómo se cubría de ondas toda su superficie. Las lanzaba con fuerza, pero las piedras caían sobre las azoteas y los transeúntes como una lluvia ácida.
A pesar de los gritos de la gente, de las quejas vecinales y de mi propia frustración, seguí lanzando piedras de todos los tamaños y formas convencido de que alguna vez daría de pleno en el centro del astro rey y entonces, sólo entonces, la gente que me gritaba y me maldecía sería capaz de entender la importancia del logro: tener el sol a tiro de piedra.
Lo hice una y otra vez. Cogía una piedra, miraba fijamente al sol, ponderaba fuerza y distancia y ejercía toda mi fuerza para alcanzarlo. Así una y otra vez hasta que me dí cuenta de que, de tanto mirar al sol, su fuego me había dejado ciego.
Entonces ya no encontré piedras para tirar, ni supe hacia dónde había que apuntar porque no veía el movimiento de la esfera luminosa sobre el firmamento. Sólo entonces me senté, y mientras trataba de superar mi frustración pude prestar atención a los gritos de la gente.
Contra todo pronóstico no se quejaban de la lluvia de piedras ni de los cristales rotos de las ventanas ni de los daños ocasionados a los coches. Sólo me advertían de que no mirara al sol, porque podía quedarme ciego. Eso era lo que me gritaban, pero yo no les escuchaba.
A pesar de los gritos de la gente, de las quejas vecinales y de mi propia frustración, seguí lanzando piedras de todos los tamaños y formas convencido de que alguna vez daría de pleno en el centro del astro rey y entonces, sólo entonces, la gente que me gritaba y me maldecía sería capaz de entender la importancia del logro: tener el sol a tiro de piedra.
Lo hice una y otra vez. Cogía una piedra, miraba fijamente al sol, ponderaba fuerza y distancia y ejercía toda mi fuerza para alcanzarlo. Así una y otra vez hasta que me dí cuenta de que, de tanto mirar al sol, su fuego me había dejado ciego.
Entonces ya no encontré piedras para tirar, ni supe hacia dónde había que apuntar porque no veía el movimiento de la esfera luminosa sobre el firmamento. Sólo entonces me senté, y mientras trataba de superar mi frustración pude prestar atención a los gritos de la gente.
Contra todo pronóstico no se quejaban de la lluvia de piedras ni de los cristales rotos de las ventanas ni de los daños ocasionados a los coches. Sólo me advertían de que no mirara al sol, porque podía quedarme ciego. Eso era lo que me gritaban, pero yo no les escuchaba.
lunes, 30 de diciembre de 2013
Limpieza general
Siempre llega un momento en el que ante el armario, la
zapatera, la cocina, el salón o la mesa
de trabajo, uno decide hacer una limpieza general. El detonante suele ser que
uno se da cuenta de que hay cosas que ya no tienen sentido en su vida si quiere
seguir avanzando.
Por mucho que seas ordenado o meticulosa, siempre queda una
lata que caducó, una camisa que hace años que no te pones, unos papeles que nunca
llegaste a resolver o un colchón en el que dormir se convierte en un tormento.
No hay plazo ni plan trazado, sólo se puede uno remangar y
mirar cosa por cosa para decidir qué va al cubo de la basura o al del reciclaje
y, por supuesto, qué salvamos de la quema. Es un trabajo intransferible. No hay cuestiones puramente
objetivas en todas y cada una de esas cosas, pues de una manera u otra son ya
parte de la vida y, sobre todo, de la historia propia.
Unas, las consideramos imprescindibles y no estamos dispuestos
a renunciar a ellas; otras son completamente prescindibles y no nos cuesta nada
apartarlas de nuestro lado; podríamos decir que otro grupo lo forman aquellos
elementos que no sabemos si se quedan o se van, ya que dudamos si nos harán
falta o nos supondrán una carga. Pero de todos los “paquetes”, el que más me
impresiona es el que se configura con las cosas que sobrevivieron a todas las
limpiezas anteriores y, sin embargo, ya han dejado de tener ese valor que las
hacían diferentes, dejaron de retener ese trocito de historia que tanto
significó para convertirse en algo que ya puede salir de nuestra vida.
Claro que hay gente que puede prescindir de cualquier cosa en
cuestión de segundos, que puede cambiar la fotografía de un portarretratos sin
esperar siquiera a que la que va a sustituirla esté impresa.
Yo no, yo cada cierto tiempo me enfrento a la cucharita de
plástico con que compartí mi primer helado con mi primera novia, unas cintas
que escuchaba con mis amigos en el coche recién sacado el carné, unas
servilletas con poemas, una camisa que me regaló una amiga antes de partir,
unos zapatistas de barro que han ido perdiendo brazos y piernas tras cada
mudanza, unas cámaras de fotografía que se jubilaron hace años y unas cientos
de cosas más que me recuerdan cuan buena ha sido la vida conmigo.
Claro que cuando uno la limpieza la hace en el alma, escoger
lo que uno deja en el camino es bastante más sencillo de decidir, pero mucho
más doloroso decidir sobre los sueños que apartamos y los odios que dejamos
hasta la próxima limpieza general.
PD: Que cada un de los días del 2014 les valga la pena vivirlo. Feliz año.
PD: Que cada un de los días del 2014 les valga la pena vivirlo. Feliz año.
viernes, 13 de diciembre de 2013
Una pareja de circo
No saben bien como fue, pero desde el momento en que los
presentaron la magia se hizo presente. Durante varias semanas estuvieron
escondiendo la bolita entre las copas que les servían de excusa para aparecer y
desaparecer de la vida del otro.
Los primeros meses vivieron el mejor espectáculo del mundo, y
daban triples mortales sin red seguros de que al otro lado estaba el otro para
atraparle. Era el tiempo en el que la frescura y la inconsciencia permitían retar
a la ley de la gravedad.
Pero no faltó mucho para que se pusieran a hacer
equilibrios en la cuerda floja.
Ella hacía malabares para que no cayera ni en la rutina ni en
el cansancio. Él sacaba del sombrero todas las sorpresas que escondían la
verdad en agujeros oscuros. Ambos se habían dado cuenta de que la mano era más
rápida que el ojo, pero el ojo más lento que el corazón, pero como buenos
artistas, mantuvieron sus secretos durante todo el espectáculo.
Cuando el payaso rozaba el ridículo, se dieron cuenta de que
había llegado el momento en el que las luces debían apagarse y las palomas y
los conejos, volver a sus jaulas, y ya no quedaron más cartas en las mangas ni
más mentalistas para tratar de adivinar los pensamientos del otro.
La despedida, como debía ser, también fue mágica. Echaron
unos polvos y desaparecieron para siempre.
jueves, 21 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
La despareja
Nunca había querido encontrar un príncipe
azul. De hecho, adoraba su independencia. Esa libertad para ser y hacer lo que
le apetecía en cada momento era impagable. Sin miedo a nada, sin problemas de
pareja, sin calenturas de cabeza, sin interpretaciones, sin “tú dijiste” ni “tú
sabrás”...
Si tenía ganas de salir, salía; si quería
quedarse en casa, se quedaba; si quería poner la radio, ver la tele, leer un
libro, estar sola o bien acompañada, no tenía que consultarlo, compartirlo,
discutirlo. Lo hacía si podía y ya está.
Así que hacía años que tenía claro que en
su mundo no había uno más uno sino una y otro, y ahí se acababa la cosa. Por
supuesto que sus amistades, la familia, los compañeros y compañeras de trabajo
le implicaban compromiso, buscaba encontrar lazos personales y se vinculaba con
ellos, pero otra cosa era proyectar un futuro, compartir el día a día, las
vacaciones, la cama, la casa y besos. No tenía sitio para otra decepción más.
El, por el contrario, buscaba una reina
para su mundo. Seguía creyendo que, a pesar de los desengaños, en alguna parte
debía encontrarse con alguien que tuviera ganas de compartir sus sueños. No se
trataba de soñar lo mismo, sino de que uno y otra u otro y una, hicieran
posible que el amor no fuera sólo una idea sino que fuera parte de su vida.
Entendía que cuanto pasa en la vida había
que compartirlo, y que la única forma de que esa realidad fuera plena consistía
en vivirla con alguien a quien abrazar por la noche, a quien mimar por las
mañanas, a quien ilusionar cada día.
Cuando se conocieron, sólo les costó tomar
dos cervezas y una copa para llegar a esa parte de la conversación en la que
los hombres y las mujeres marcan más miedos que diferencias. Y ya en el segundo
“mojito” de ella y el tercer cubata de él, se dieron cuenta de que para cada
conflicto que ella auguraba, él construía una solución, y que a cada solución
de él, ella enfrentaba un problema.
A la quinta copa se dieron cuenta de que
estaban a punto de ceder no sólo a sus convicciones sino que también a sus
cuerpos. Así que pagaron y fueron a complicarse la vida con soluciones o a solucionársela
con complicaciones, según hablara una u otro.
Al llegar a casa, la de él, encontraron un
punto de encuentro sobre su sofá, y otro más en la cocina, y un tercero en el
colchón, en donde dieron por terminada la discusión.
Por la mañana, ambos se miraron, se
besaron de nuevo, ella apoyó la cabeza sobre el hombro de él y pensó: “Tiene
razón. Ciertamente no creo en el Príncipe Azul, pero sí es posible que haya
alguien con quien pueda compartir mi vida”, y se alegró de tenerlo a su lado
porque ya sabía lo que pensaba y no se darían malas interpretaciones. Él,
mientras la abrazaba, también pensó que ella tenía razón, que no había ninguna
necesidad de complicarse la vida ni de establecer lazos que siempre terminaban
siendo frágiles, y se alegró de tenerla a su lado porque ya sabía lo que
pensaba y no se darían malas interpretaciones.
viernes, 8 de noviembre de 2013
A quién se le ocurre
Cuando la temperatura de los cuerpos comenzó a descender y sus pieles se separaron casi por completo, unidos sólo por las palmas de la mano, él le preguntó:
"Con una sola palabra ¿cómo me definirías?"
Ella, tumbada en el lecho boca arriba, lo miró. Él permanecía desnudo con los ojos perdidos entre las humedades del techo y con algunas gotas de sudor corriendo aún por su sien. Ella comprendió la trascendencia de su respuesta en aquellos momentos, después de que el amor y el gozo hubieran llenado la habitación. Así que se tomó su tiempo para contestar.
"En el fondo", pensó, "sólo necesita escuchar algo bonito, así que lo que debo decir debe ser directo y claro, algo no demasiado obvio pero sí claro, algo que le haga sentirse especial, que le diga que para mí no es uno más".
Sin dejar de mirarlo contestó: "Amor".
Él sonrió y, por primera vez, apartó la mirada del estucado para contemplarla desnuda y volver a sonreír.
"Y tú a mí", preguntó curiosa ella.
Sin apartar la mirada, él vio en ella a la mujer que siempre había esperado, el cuerpo en que siempre deseó sumergirse, el manantial donde se cumplían todos sus deseos, el lugar de encuentro de su presente y su pasado, el espacio donde celebrar la victoria sobre la vida y sobre la muerte, la alegría del agua brotando en su boca...
"Fuente", dijo él, "eres mi fuente".
Ella se dio la vuela y respondió: "Qué simple has sido siempre. Fuente. ¡A quién se le ocurre!".
"Con una sola palabra ¿cómo me definirías?"
Ella, tumbada en el lecho boca arriba, lo miró. Él permanecía desnudo con los ojos perdidos entre las humedades del techo y con algunas gotas de sudor corriendo aún por su sien. Ella comprendió la trascendencia de su respuesta en aquellos momentos, después de que el amor y el gozo hubieran llenado la habitación. Así que se tomó su tiempo para contestar.
"En el fondo", pensó, "sólo necesita escuchar algo bonito, así que lo que debo decir debe ser directo y claro, algo no demasiado obvio pero sí claro, algo que le haga sentirse especial, que le diga que para mí no es uno más".
Sin dejar de mirarlo contestó: "Amor".
Él sonrió y, por primera vez, apartó la mirada del estucado para contemplarla desnuda y volver a sonreír.
"Y tú a mí", preguntó curiosa ella.
Sin apartar la mirada, él vio en ella a la mujer que siempre había esperado, el cuerpo en que siempre deseó sumergirse, el manantial donde se cumplían todos sus deseos, el lugar de encuentro de su presente y su pasado, el espacio donde celebrar la victoria sobre la vida y sobre la muerte, la alegría del agua brotando en su boca...
"Fuente", dijo él, "eres mi fuente".
Ella se dio la vuela y respondió: "Qué simple has sido siempre. Fuente. ¡A quién se le ocurre!".
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