Los planetas, los astros, las galaxias... todo demuestra que nuestras vidas están flotando y en constante movimiento, pero preferimos vivir en la creencia de tener los pies sobre la tierra
miércoles, 27 de marzo de 2013
Más de 25.000 gracias
Pues poco a poco ya han llegado a 25.075 las visitas a este blog. De verdad, gracias por mirar estas cosas que a uno se le ocurren, a veces a horas extrañas, pero de mirar la vida, ya sea una imagen o un texto. Especialmente a quienes con sus comentarios me hacen saber que están ahí. Gracias una vez más.
viernes, 22 de marzo de 2013
El calor de la noche
Llevaba tantas noches abrazado a ella que había olvidado lo que era dormir solo. "Ya no siento nada por ti", le había dicho y, casi sin dar tiempo a reaccionar, hizo sus maletas y se marchó.
No la podía culpar. Él sabía que las cosas eran así, que hacía tiempo que se había perdido casi todo: las confidencias, los momentos cómplices, la pasión, los proyectos... Sólo se había salvado el respeto, las formas y los gastos. Evidentemente se habían perdido.
Durante sus vigilias en la cama pensaba por qué no podía pegar ojo. Al fin y al cabo ahora era un hombre libre, con capacidad de hacer y deshacer a su antojo, sin condiciones, con la posibilidad de rehacer su vida y encontrar con quién volver a tener confidencias, momentos cómplices, pasión y proyectos. Y aunque reconocía que todo había acabado, sin embargo, le era imposible dormir.
Desde entonces hasta ahora, había tenido alguna relación esporádica con mujeres, pero tampoco se había sentido cómodo ni había conciliado el sueño tan apaciblemente como con su ex. Sólo había una explicación: echaba de menos la temperatura corporal de quien fue su pareja.
Así, obsesionado por ello, decidió salir cada día con un termómetro en el bolsillo, y antes de comenzar cualquier relación pedía a la muchacha o mujer en cuestión que se tomara la temperatura. 36,7º era el calor ideal.
No es difícil imaginar que el proyecto rozaba la locura, y que muchas de las "candidatas" huyeron desde el primer momento, aunque algunas otras se prestaron a la prueba y suspendieron.
Y pasaron días y semanas, y él, en sus trece, o mejor en sus 36,7, dispuesto a no claudicar.
Habían pasado años cuando coincidió en un curso de formación laboral con una chica. No se podía decir que fuera encantadora ni guapísima ni que físicamente estuviera más allá de lo que podía considerarse normal, pero conectaron, algo les unía y eso les permitía establecer confidencias y momentos cómplices. También podía notarse cierta atracción física y ambos estaban dispuestos a llevar a cabo proyectos con otra persona.
Por primera vez en tanto tiempo, él tuvo la tentación de no sacar el termómetro, pero seguro de que si no lo hacía lo lamentaría, sacó el aparato y le pidió que se tomara la temperatura. Dos minuto después, ella se lo devolvía. El mercurio marcaba 36,7º.
Su rostro se iluminó, y apunto estaba de contarle lo que le había costado encontrarla cuando ella, de su bolso, sacaba otro termómetro y le pedía lo mismo.
Durante los pocos minutos que tardó el aparato en avisar que había llegado a la temperatura, él pensó que realmente era su alma gemela, que ambos podían compartir más que nadie y, sobre todo, dormir, por fin, a pierna suelta.
Cuando miró la temperatura, los número digitales indicaban 36,7º. Entonces él la miró y ella le dijo: Demasiado calor para la noche, yo pedía 36,2º.
No la podía culpar. Él sabía que las cosas eran así, que hacía tiempo que se había perdido casi todo: las confidencias, los momentos cómplices, la pasión, los proyectos... Sólo se había salvado el respeto, las formas y los gastos. Evidentemente se habían perdido.
Durante sus vigilias en la cama pensaba por qué no podía pegar ojo. Al fin y al cabo ahora era un hombre libre, con capacidad de hacer y deshacer a su antojo, sin condiciones, con la posibilidad de rehacer su vida y encontrar con quién volver a tener confidencias, momentos cómplices, pasión y proyectos. Y aunque reconocía que todo había acabado, sin embargo, le era imposible dormir.
Desde entonces hasta ahora, había tenido alguna relación esporádica con mujeres, pero tampoco se había sentido cómodo ni había conciliado el sueño tan apaciblemente como con su ex. Sólo había una explicación: echaba de menos la temperatura corporal de quien fue su pareja.
Así, obsesionado por ello, decidió salir cada día con un termómetro en el bolsillo, y antes de comenzar cualquier relación pedía a la muchacha o mujer en cuestión que se tomara la temperatura. 36,7º era el calor ideal.
No es difícil imaginar que el proyecto rozaba la locura, y que muchas de las "candidatas" huyeron desde el primer momento, aunque algunas otras se prestaron a la prueba y suspendieron.
Y pasaron días y semanas, y él, en sus trece, o mejor en sus 36,7, dispuesto a no claudicar.
Habían pasado años cuando coincidió en un curso de formación laboral con una chica. No se podía decir que fuera encantadora ni guapísima ni que físicamente estuviera más allá de lo que podía considerarse normal, pero conectaron, algo les unía y eso les permitía establecer confidencias y momentos cómplices. También podía notarse cierta atracción física y ambos estaban dispuestos a llevar a cabo proyectos con otra persona.
Por primera vez en tanto tiempo, él tuvo la tentación de no sacar el termómetro, pero seguro de que si no lo hacía lo lamentaría, sacó el aparato y le pidió que se tomara la temperatura. Dos minuto después, ella se lo devolvía. El mercurio marcaba 36,7º.
Su rostro se iluminó, y apunto estaba de contarle lo que le había costado encontrarla cuando ella, de su bolso, sacaba otro termómetro y le pedía lo mismo.
Durante los pocos minutos que tardó el aparato en avisar que había llegado a la temperatura, él pensó que realmente era su alma gemela, que ambos podían compartir más que nadie y, sobre todo, dormir, por fin, a pierna suelta.
Cuando miró la temperatura, los número digitales indicaban 36,7º. Entonces él la miró y ella le dijo: Demasiado calor para la noche, yo pedía 36,2º.
viernes, 8 de marzo de 2013
Por un segundo
Hasta ese momento su vida había sido una observación estricta de las normas y las leyes. Nunca nadie tuvo que reprocharle nada. No dejaba de reconocer que en alguna ocasión hubiera querido coger a alguien por el cuello, o mandar a callar a gritos a los conductores que perdían los papeles al volante, o decirle a su jefe cuatro cosas bien dichas. Pero nada de eso era correcto, al menos "políticamente correcto". Había sido educado para no hacer, para limitarse, para mantener el camino recto. Y así también había educado a sus hijos y se lo había exigido a su mujer. En su casa, todo era correcto y estricto. Las cosas eran como debían ser.
Hoy no sabe cómo ni por qué, el caso es que un día conoció a alguien que carecía de respeto por las normas. Se trataba de un tipo realmente curioso, simpático, con permanentes incursiones al territorio que él se había vetado. No se trataba sólo de drogas, de sexo o de cierto gamberrismo, realmente se trataba de otra forma de vida, exactamente de eso, de mirar la vida de otra forma, por la cara oculta.
Reconoce que le costó aceptarlo, pero una vez que lo hizo se descubrió el color en su vida de blancos y negros. "¡Ah!", confiesa, "¡cómo me costó dar el primer paso!". Pero lo dio. Una noche en la que estaba cenando con este -ya entonces- colega, se planteó la posibilidad de ir a un garito a tomar una copas.
"No", dijo, "tengo que volver a casa y además, ya he bebido lo suficiente". Pero la tentación fue creciendo a medida que crecían las expectativas de la noche. Compañeros que se sumaban con los que siempre quiso cambiar impresiones, pero con quienes no mantenía confianza para acercarse; compañeras a las que siempre quiso conocer mejor pero con las que no hablaba porque un hombre casado no debe intimar con la vida de otras mujeres; vecinos a los que alguna vez quiso demandar un respeto mínimo de la convivencia, pero se aguanto las ganas por evitar la confrontación; camareros con los que hubiera intercambiado chistes, aunque un hombre de su posición no debía estar en la barra de un bar...
Cuál fue el momento, quién o qué dio con el "clic", en qué segundo de su vida encendió la otra parte del mundo que había mantenido en penumbra, no lo sabe. Sólo recuerda imágenes aisladas, inconexas entre sí. Unos bailes en mitad de una pista, unas risas, unos abrazos, algún comentario de curro, dos o tres de sobre hombres y mujeres, y como llantos de su mujer y preguntas de la policía al llegar a su casa de día y sin corbata.
http://www.youtube.com/watch?v=YpfvXMiaCWo
Hoy no sabe cómo ni por qué, el caso es que un día conoció a alguien que carecía de respeto por las normas. Se trataba de un tipo realmente curioso, simpático, con permanentes incursiones al territorio que él se había vetado. No se trataba sólo de drogas, de sexo o de cierto gamberrismo, realmente se trataba de otra forma de vida, exactamente de eso, de mirar la vida de otra forma, por la cara oculta.
Reconoce que le costó aceptarlo, pero una vez que lo hizo se descubrió el color en su vida de blancos y negros. "¡Ah!", confiesa, "¡cómo me costó dar el primer paso!". Pero lo dio. Una noche en la que estaba cenando con este -ya entonces- colega, se planteó la posibilidad de ir a un garito a tomar una copas.
"No", dijo, "tengo que volver a casa y además, ya he bebido lo suficiente". Pero la tentación fue creciendo a medida que crecían las expectativas de la noche. Compañeros que se sumaban con los que siempre quiso cambiar impresiones, pero con quienes no mantenía confianza para acercarse; compañeras a las que siempre quiso conocer mejor pero con las que no hablaba porque un hombre casado no debe intimar con la vida de otras mujeres; vecinos a los que alguna vez quiso demandar un respeto mínimo de la convivencia, pero se aguanto las ganas por evitar la confrontación; camareros con los que hubiera intercambiado chistes, aunque un hombre de su posición no debía estar en la barra de un bar...
Cuál fue el momento, quién o qué dio con el "clic", en qué segundo de su vida encendió la otra parte del mundo que había mantenido en penumbra, no lo sabe. Sólo recuerda imágenes aisladas, inconexas entre sí. Unos bailes en mitad de una pista, unas risas, unos abrazos, algún comentario de curro, dos o tres de sobre hombres y mujeres, y como llantos de su mujer y preguntas de la policía al llegar a su casa de día y sin corbata.
http://www.youtube.com/watch?v=YpfvXMiaCWo
viernes, 1 de marzo de 2013
martes, 19 de febrero de 2013
No quiero ser "grande"
Supongo que como todos y como todas pensé que para disfrutar de las cosas había que tener. Me enseñaron que el dinero no daba la felicidad, pero ayudaba a conseguirla; y que el trabajo era la forma idónea de hacerme un hombre. También me explicaron que las grandes cosas del mundo se conseguían luchando, escalando, con esfuerzo. Que el sudor y la sangre nos hacía más fuertes...
En fin, me contaron que para disfrutar de la vida primero había que ganarla, había que llegar a nuestros propios límites, a defender lo mío frente al mundo entero que pretendía también disfrutar de la vida pero con mis cosas.
Tan convencido estaba que olvidé lo realmente importante, la felicidad que había en lo sencillo, en lo que la vida nos da totalmente gratis, en lo que siempre me hizo feliz... Y me convertí en un adulto.
domingo, 3 de febrero de 2013
Y ya estamos en febrero
Se había prometido un cambio de vida. Poner fin a las prisas,
disfrutar de la familia, más tiempo para leer, menos horas de trabajo,
practicar deporte, terminar el curso que había dejado a medias en la UNED,
mirarse más el ombligo y menos al espejo…
Ese iba a ser su regalo de Navidad. Una mujer madura, de
vuelta de casi todo y tras una eternidad trabajando sin descanso, ya tenía
derecho a “vivir la vida”, se decía. Había sabido superar una dura separación,
incluso, cuando vio que no había marcha atrás, aprovechó las circunstancias
para hacer que su ex marido se sintiera más culpable, y con ello había
conseguido controlar la relación en todo momento. Más culpable lo hizo sentirse
cuando los niños le hablaron de la “nueva novia de papá”. No le hizo falta más
que unas cuantas frases precisas en el momento oportuno para que su “ex” se
sintiera vil y asumiera que su papel era facilitarle la vida tanto como ella dispusiera.
A veces hasta le daba pena.
Pero ya entonces, y hasta ahora, su vida se limitaba al
trabajo, a los dos hijos que tenía y a mantener alguna que otra salida con
compañeros de la oficina o algún cliente, siempre sin mayores pretensiones que
convertir el trabajo en algo distendido.
Mientras esperaba el ascensor pensaba en ese cambio de vida
prometido, y sin embargo, allí estaba corriendo una vez más, entre el colegio
de los chicos y la reunión de primera hora con unas clientas que, temía, no
iban a facilitarle el trabajo.
Pensó que cuando se prometió en Navidad un futuro, tuvo que
posponerlo para Reyes, pues no podía dejar sin terminar lo que estaba pendiente.
Claro que las cosas se complicaron y trajeron más cosas que le hicieron pensar
que el día para romper con todo sería justo después de Carnaval. Pero el
Carnaval finalizó dando paso a la Semana Santa y ésta, al cierre fiscal, y ya
en estas fechas pasó a mirar hacia el verano, en donde entre el mes con los
niños y las vacaciones de los compañeros de despacho nada se podría hacer, y de
ahí, de nuevo se volvió a prometer el mismo regalo de Navidad.
Y así lleva un lustro, deseando cambiar lo que nunca cambia. “Y
ya estamos en febrero”, se dijo mientras miraba el reloj.
domingo, 13 de enero de 2013
Tiempo y espacio
La ciencia es la ciencia. Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales, dice el diccionario y la razón. Según esto, la relación entre el el tiempo y el espacio define la velocidad. Si invertimos "X" tiempo para "Y" distancia supone que tendremos "Y/X" de velocidad en metros por segundos, kilómetros por hora, metros por hora, kilómetros por segundo....
En buena lógica es así. Lo dice la ciencia cada vez que cogemos un metro y un cronómetro.
Claro que en casos como éste la experiencia no es la madre de la ciencia, a lo más una tía lejana, de cuarta o quinta generación. La experiencia nos dice que la distancia y el tiempo a lo que da lugar es a olvidos, a enfriamientos, a pérdidas... a nostalgia.
Y a tanto tiempo por días de distancia los metros y los kilómetros se multiplican aunque sean los mismos. Y 20 años es media vida, y Penélope se olvida por qué esperaba, y el mar nos alcanza y hasta nos cubre por mucho que creamos que somos más fuerte. Los abrazos perdidos se sienten, pero no se tienen; y los recuerdos dejan de estar en presente para "in" memoria; y los olores y los sabores se diluyen en el recuerdo, junto con los paisajes, los besos y la infancia.
De ahí que haya una "Teoría de la relatividad" mucho más antigua de lo que creemos, aunque con los años llegara Einstein y viera la luz, y decidiéramos olvidar que lo relativo, a veces, es absoluto.
https://www.youtube.com/watch?v=S22afP9wODE
En buena lógica es así. Lo dice la ciencia cada vez que cogemos un metro y un cronómetro.
Claro que en casos como éste la experiencia no es la madre de la ciencia, a lo más una tía lejana, de cuarta o quinta generación. La experiencia nos dice que la distancia y el tiempo a lo que da lugar es a olvidos, a enfriamientos, a pérdidas... a nostalgia.
Y a tanto tiempo por días de distancia los metros y los kilómetros se multiplican aunque sean los mismos. Y 20 años es media vida, y Penélope se olvida por qué esperaba, y el mar nos alcanza y hasta nos cubre por mucho que creamos que somos más fuerte. Los abrazos perdidos se sienten, pero no se tienen; y los recuerdos dejan de estar en presente para "in" memoria; y los olores y los sabores se diluyen en el recuerdo, junto con los paisajes, los besos y la infancia.
De ahí que haya una "Teoría de la relatividad" mucho más antigua de lo que creemos, aunque con los años llegara Einstein y viera la luz, y decidiéramos olvidar que lo relativo, a veces, es absoluto.
https://www.youtube.com/watch?v=S22afP9wODE
jueves, 10 de enero de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
martes, 1 de enero de 2013
jueves, 20 de diciembre de 2012
El monstruo
Regresé del sueño de la nada para despertar en la realidad
de la miseria. Había esperado tanto que se me olvidó que la vida tiene sus
propios planes en donde lo imposible ocurre y lo que más deseas es inalcanzable.
Es así. Traté de sobrevivir y ahora me anuncian que los Mayas ya auguraban el
fin del mundo para mañana, amé locamente hasta que descubrí que el compromiso
podía tomar forma, busqué mi soledad en los momentos en que más falta me hacía tener
compañía.
Creía en los milagros porque no ocurrían. ¿Qué interés podría
tener alcanzar lo que es posible? ¿Para qué sirve? Sólo lo contrario nos
permite descubrir la diferencia y sólo estirar los brazos hacia lo imposible
nos hace crecer.
No había más ni menos motivos. Los motivos no existían. El
monstruo nace de dentro y se alimenta de pasiones y de momentos, nunca de
razones. La razón es el argumento para atar a la fiera, pero la fiera no
deja de comer.
Pero los años pasan, y aprendí a dejar de comer carroña y a elegir sólo lo mejor del menú, y el monstruo interior ha aprendido a dormir
enroscado y a cambiar la pasión por la ternura. Y hay quien me mira y cree que
ya está controlado.
Claro que yo no olvido que ahí sigue el monstruo, y que sonríe
y le brillan los ojos cuando todo parece tranquilo.
https://www.youtube.com/watch?v=Fs841UgXMnY
sábado, 1 de diciembre de 2012
La diferencia
No mires atrás.
Corre todo cuanto puedas, sin medir fuerzas ni ganas. Corre como si te
persiguiera el mismo diablo. No dejes de mover las piernas a la velocidad que
puedas. Como si huyeras de un tsunami, de la caída de un meteorito, como si la
tierra se estuviera abriendo tras tus pasos. Corre sin parar de correr. No te
importe pisar a muertos y a heridos, a niños, a abuelos, a tullidos… No repares
en gritos ni en llamadas de auxilio, ni en las manos que se levantan, ni en el
ruido que hacen tus pisadas sobre las cabezas y los estómagos, ni en el bosque
que se quema tras de ti.
Claro que
también puedes permanecer y mancharte las manos y el espíritu. Trabajar. Dar
amparo y proteger a quienes son pisoteados, apagar el fuego, hacer zanjas y
desviar el agua, construir refugios cada vez más sólidos, acompañar a los moribundos
y sanar a los enfermos. Tocar las manos, poner y ponerte de pie, abrazar,
besar, sentir, soñar, vivir. Mirar la tragedia de frente como si la muerte no
respirara tras de ti, pero también al amor y a la ternura como si la vida
estuviera en juego.
Unos y
otros, el que corre y el que está, tienen en común que cada momento se
enfrentarán a lo mismo, o más carrera o más que hacer. Lo que les distingue es que,
el que corre, lo hace solo y no llega tan lejos.
martes, 27 de noviembre de 2012
Reencuentro
Alguien debía decirnos en dónde no deberíamos entrar, o salir, o subir, o bajar... Alguien se equivocó pensando que la intuición era un argumento suficiente para advertirnos, para encender las alertas, suficiente para evitar la desgracia. Pero a veces la intuición se confunde con atracción, se entiende como una llamada, se traduce en nuestra vida cotidiana como una curiosidad que normalmente se convierte en una mala experiencia.
Tenía edad suficiente para saberlo, pero allí entré convencido de que la vida me había dado cuatro ases para esa jugada. Así que acudí a la cena de empresa dispuesto a chasquear los dedos y que cayeran las cien puertas de Tebas, algo me decía que algo iba a ocurrir, y algo con alguien, dentro de mí una voz me avisaba de que sería el día.
Con ese espíritu me presenté dispuesto a vivir mi momento de gloria, vestido para la ocasión, perfumado para la ocasión, peinado para la ocasión, silbando para la ocasión, siguiendo el guión que se había escrito para mí en algún rincón del universo.
Todo apuntaba a que así era e iba a ser. Cada cosa que ocurría me acercaba un paso a mi triunfo sobre el bien y el mal. Y a punto estuve de tocarlo cuando, fuera de programa, apareció ella con la misma sonrisa que hacía 30 años. Quizá algo más madura, quizá con una mirada algo más nostálgica, pero la misma sonrisa.
30 años atrás nunca me había mirado, y en todos esos años nunca la vida nos había vuelto a cruzar, pero allí, en mi noche, aparecía ella como un misil a la línea de flotación.
A partir de ahí no hubo partitura que interpretar ni libreto que seguir, me convertí en un ser torpe, inseguro. Perdí las habilidades, la ropa se me volvió ancha, los zapatos me chancleaban y el verbo fluido se presentó absurdo y disperso.
Realmente se me escapaba al entendimiento todo lo que estaba ocurriendo. ¿A cuento de qué todo aquello? Al fin y al cabo se trataba de un antiguo amor de estudiante con quien nunca llegué a intercambiar una sola palabra. Creo que ni una sola frase. Pero 30 años después volvía a ser un niño por culpa de una mujer que, seguro, siquiera se acordaba de mí.
Trate de no mirarla, de no seguirla con la vista. Imposible. Allí estaba, con la misma risa encantadoramente discreta que iluminaba todo.
Decidí tranquilizarme y quise salir de allí, pero era imposible. Al tratar de levantarme las piernas me temblaban. Me quedé sentado como si supiera de qué estaban hablando mis compañeros y compañeras, pero con todos mis sentidos puestos en aquellos ojos y aquella boca, y así fue inevitable que nuestras miradas se cruzaran.
Yo quise esconderme pero ella hizo un gesto de sorpresa como si me hubiera reconocido. Quizá se acordara, quizá mi cara le sonaba, al fin y al cabo coincidimos varios años en el mismos colegio. Quizá, quizá y quizá, pero no. Al fin y al cabo, ¿quién era yo?
Afortunadamente se marchó pronto. Acompañada, por supuesto, con la misma sonrisa y la misma cadencia en sus caderas que yo recordaba tan nítidamente.
Pensando en ello estaba cuando una voz me sacó de aquella ausencia. "Cuánto tiempo. Qué tal va todo, qué es de tu vida...".
Reconocí a aquel hombre, también antiguo compañero, supuse que debía andar con ella pero que no le había visto obsesionado como estaba. "Bien, bien", contesté. "¿Qué tal tú?¿Qué haces por aquí?", pregunté.
Me contó que se trataba de la cena de navidad de la empresa en la que trabajaba y en la que coincidían con algunos compañeros del colegio, y en la escueta lista de nombres y apellidos aparecía el de ella.
No pude evitarlo, pregunté por ellos con la única intención de saber algo de ella. Y funcionó.
"Estaba aquí hace un momento", dijo. "Una pena. Se acaba de marchar. Estaba estupendamente pero al parecer vio a alguien a quien no esperaba y se ha puesto nerviosa y sentido indispuesta. No sé", añadió, "cosas de mujeres. ¿No serías tú?", comentó entre risas a las que yo respondí con la misma intensidad.
Y mi amigo se marchó, dejándome un abrazo y una pregunta que me quita el sueño.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Huelga general
Se levantaron como cada día. Habían quedado con sus
compañeros de trabajo para acudir a la convocatoria de manifestación que los
sindicatos y otras instituciones habían convocado para mostrar su
disconformidad con las propuestas de un Gobierno que parecía tan alejado de la
realidad como ausente de los problemas reales de las personas.
Se ducharon y se vistieron sin hablar demasiado, como si
estuvieran concentrándose para lo que iba a venir. Cruzaron sólo alguna frase
para saber dónde estaba alguna pieza de ropa y desayunaron por separado.
Bajaron al garaje y subieron al coche de ella. Se dirigieron
hacia la plaza de concentración y unas manzanas antes él se bajó para
encontrarse con sus compañeros y compañeras de trabajo y ella siguió para ir a
concentrarse con los suyos.
Se despidieron con un breve “cuando termine te llamo” por
parte de ella, y un “hasta luego” por parte de él. No estaban enfadados, sólo
distantes y preocupados porque lo que la vida les deparaba.
La plaza ya estaba casi llena y muchos manifestantes extendían
sus pancartas para definir posiciones dentro de la marcha. Él se saludó con sus
compañeros, intercambiaron unas palabras y, tras mirar a su alrededor,
auguraron un éxito de convocatoria.
Ella, junto a sus colegas de profesión, esperó la llegada de
la protesta ante la Delegación del Gobierno. A medida que la protesta se
aproximaba, sintió como los cánticos y arengas de entusiasmo se iban tornando
en tensión. Miró a sus compañeros y compañeras y en sus ojos leyó la misma
agresividad que ella empezaba a notar.
No obstante aguantaron hasta la llegada de la protesta. El
tumulto casi los engulle pero ya lo habían previsto y permanecieron unidos,
allí, en primera fila, cada vez más tensos y más nerviosos, bajo una presión
infinita que sólo se soltó cuando el jefe de policía dio la orden de disolver
la protesta.
Fue entonces, durante la carga, cuando ambos volvieron a
encontrarse. Él no pudo ser reconocido porque se encontraba boca a bajo
tratando de proteger a un compañero de la paliza que le estaba dando una
agente, a la que él tampoco reconoció parapetada tras el escudo y el casco de
los antidisturbios.
Para él y para ella, en ese momento, sólo eran una y uno más, respectivamente.
sábado, 3 de noviembre de 2012
domingo, 28 de octubre de 2012
A veces ganas
Contra todo pronóstico nunca llegué a saltar por la ventana. Cierto es que la vida se volvió gris oscura, las aceras crecieron por toda la ciudad y el dolor fue mi compañero durante meses. No encontré consuelo ni, si soy sincero, lo busqué. ¿Para qué? Mi dolor era lo único que me quedaba de ella, así que decidí vivirlo como Gollum persiguió el anillo. Mis miserias y mi vida era el relleno del vacío que me había creado su ausencia.
Y la verdad es que cuando ella me dijo: "Se acabó. Esta relación está agotada", yo pensaba lo mismo. No sólo lo sabía sino que se expresó utilizando las mismas palabras con que yo habría hablado. Pero no es lo mismo ver el final que vivirlo, y el valor que a mí me faltaba, a ella le sobraba.
No es que no nos quisiéramos -que ya no lo sé-, es que andábamos por caminos distintos. Nunca conseguimos hacer amor. Eso sí, gracias a que conseguíamos hacer sexo la cosa aguantó lo suficiente como para creer que teníamos algo más de lo que teníamos.
Creo que pasaron años para encontrar un día en que ella no fuera mi primer y mi último pensamiento, meses en encontrar un comentario que me arrancara una sonrisa, días en poder articular una palabra, horas para dejar de llorar...
Pero pasaron las horas, y los días, y los meses, y los años y dejé de llorar, y volví a hablar, y sonreí de nuevo, y hasta dejé de pensar en ella a todas horas, y hasta debo reconocer que hoy por hoy su imagen no transmite ningún sentimiento.
Ahora estoy aquí, sudado, abrazado a otro cuerpo, mirando a otros ojos, compartiendo recuerdos y secretos, hablando de amores y desamores, conociéndome y conociéndola, y esperando a que el tiempo pase para que el amor vuelva a hacernos más hombre y más mujer y más amantes. Aquí estoy, viviendo mi felicidad y abrazado a un nuevo camino (que tiene curvas de mujer). Aquí estoy feliz, recordando cómo la vida me ha traído hasta este punto, sabiendo que es dónde tenía que estar, pero siendo incapaz de recordar quien era aquella mujer que me mostró la parte más oscura de mi alma.
https://www.youtube.com/watch?v=SIzr-cl_SR4
Y la verdad es que cuando ella me dijo: "Se acabó. Esta relación está agotada", yo pensaba lo mismo. No sólo lo sabía sino que se expresó utilizando las mismas palabras con que yo habría hablado. Pero no es lo mismo ver el final que vivirlo, y el valor que a mí me faltaba, a ella le sobraba.
No es que no nos quisiéramos -que ya no lo sé-, es que andábamos por caminos distintos. Nunca conseguimos hacer amor. Eso sí, gracias a que conseguíamos hacer sexo la cosa aguantó lo suficiente como para creer que teníamos algo más de lo que teníamos.
Creo que pasaron años para encontrar un día en que ella no fuera mi primer y mi último pensamiento, meses en encontrar un comentario que me arrancara una sonrisa, días en poder articular una palabra, horas para dejar de llorar...
Pero pasaron las horas, y los días, y los meses, y los años y dejé de llorar, y volví a hablar, y sonreí de nuevo, y hasta dejé de pensar en ella a todas horas, y hasta debo reconocer que hoy por hoy su imagen no transmite ningún sentimiento.
Ahora estoy aquí, sudado, abrazado a otro cuerpo, mirando a otros ojos, compartiendo recuerdos y secretos, hablando de amores y desamores, conociéndome y conociéndola, y esperando a que el tiempo pase para que el amor vuelva a hacernos más hombre y más mujer y más amantes. Aquí estoy, viviendo mi felicidad y abrazado a un nuevo camino (que tiene curvas de mujer). Aquí estoy feliz, recordando cómo la vida me ha traído hasta este punto, sabiendo que es dónde tenía que estar, pero siendo incapaz de recordar quien era aquella mujer que me mostró la parte más oscura de mi alma.
https://www.youtube.com/watch?v=SIzr-cl_SR4
martes, 9 de octubre de 2012
El amante de las bestias
Amaba a los animales más que a nada. Trabajaba, comía y
compartía algún tiempo con sus amistades de siempre, pero su vida, lo más
importante de su vida, giraba en torno a las bestias. Daba lo mismo que
fueran de piel o de pluma, de escamas o de pelo… Cualquiera era un ejemplar
único aunque fueran de la misma especie.
Los amaba porque eran así, como eran, salvajes o domésticos,
ariscos o mimosos, violentos, ágiles, cariñosos, independientes…
Desde que pudo, se hizo con un perro. No era agresivo, de
hecho podría decirse que era especialmente tranquilo, pero de vez en cuando, muy
de vez en cuando, el chucho le llegaba a morder. “Le acaricié cuando estaba
comiendo”, dijo; “me mordió al llegar tarde”, justificó; “le pisé el rabo sin querer y reaccionó así”,
lamentaba mientras se curaba las heridas de los dientes sobre la piel.
Pero los ataques eran cada vez más seguidos y decidió cambiar
el perro por un gato. Claro que el gato era independiente. Salía de casa
durante días y cuando volvía sólo quería comer y recibir algunas caricias. De
pequeño no tanto, pero ya adulto, los arañazos eran comunes, incluso una vez
las uñas estuvieron a punto de sacarle un ojo. “Debí cogerlo mal y se puso
nervioso”, contó.
Las cicatrices eran cada vez más, pero se resistía a
abandonar el gato. Un buen día, el menino salió de casa y no volvió, aunque él
lo esperó siempre.
No pasaron muchos años y compró un caballo. Una vez
cepillándolo, recibió una coz que le reventó el hígado y le impidió montar más;
y después encontró una cría de cuervo que le sacó un ojo de un picotazo; en una
tienda de animales exóticos compró un cocodrilo que le arrancó un brazo; y con
una boa estuvo a punto de perder la vida…
Siempre le ocurría algo, y en cada visita al hospital
señalaba que los animales eran así. “Son bestias, es su instinto, su naturaleza…”.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Así es la vida
No sé cuántas veces me reencarné antes de encontrarla. Ciego
como estaba, reconocí sus labios nada más rozarlos con los míos. Sólo el dolor
de la alegría al verla sonreír me advirtió de que el desamor me causaría la
muerte. Pero, ¿quién tiene miedo a la muerte si sabes que sólo su recuerdo
aliviaría una eternidad en el infierno? Eso pensé aunque ahora lo dude.
Quizá fuera mi última esperanza de alcanzar la felicidad. No
de reírme entre amigos, o de pasar un rato agradable. Era la respuesta a
cientos de noches y de días en donde nadie llenaba los huecos vacíos de mi
corazón.
Pasamos unas semanas viviendo en la gloria. Abandoné todo
aquello que me había dado razones de vivir, porque nada había más bello ni más
importante que ella. Sin ella no había presente ni futuro, y el pasado sólo fue
algo necesario para alcanzarla.
Fueron unos cuantos días, semanas, algunos meses, hasta que
llegué a casa y la vi haciendo la maleta.
“¿Qué haces?” –Pregunté.
“Me voy” –Contestó
ella.
“¿A dónde?”
“Lo he encontrado”
“¿A quién?”
“No
sé cuántas veces me reencarné para encontrarlo. Ciega como estaba, reconocí sus
labios nada más rozarlos con los míos. Sólo el dolor de la alegría al verlo
sonreír me advierte de que el desamor me causaría la muerte. No sé si lo
entiendes, pero me tengo que ir”.
Ya no dije nada. Cómo no iba a entenderlo. Me senté en el
sillón y pasé varios días sin moverme, dando cabezazos de vez en cuando en el mismo sillón.
Volví al trabajo, y un poco más tarde a retomar una vida que
no me llenaba, pero me mantenía en la vida.
Un año más tarde la encontré en una parada de taxis. Nos
saludamos con cortesía y traté de mantener cierta distancia, pero no pude. A
pesar de intentarlo tuve que preguntarle por su relación, por cómo le iba.
“Me
dejó. Apareció la mujer de su vida y me dejó”.
Yo le contesté que lo sentía, que esas cosas pasan, y me
despedí de ella con una mirada solidaria.
Al dar la vuelta me sonreí, “así es la vida de caprichosa”,
recuerdo que pensé y comencé a tararear una canción de "Elefantes". Desde entonces vivo mucho más feliz, más relajado y hasta
sonrío con más ganas que nunca.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Casiopea
Sólo cuando
perdí el timón de la nave me di cuenta de que los años de preparativos no
habían servido para nada. De nada, los cursos de primeros auxilios ni de
mecánica; de nada, la señalización de las salidas de emergencia ni la
disciplina; de nada, los meses estudiando las cartas de navegación, las corrientes
y los flujos; de nada, las estrellas ni el sol; de nada los aplausos a mi
salida ni los augurios ni las buenaventuras prometidas. Desde mi salida todo han
sido sorpresas y despropósitos.
Nadie me
advirtió que con un barco no se debe intentar llegar a Casiopea, pero me
vendieron el barco y un fin de semana en la luna, y yo compré. Necesitaba la
meta, el objetivo, el destino final en donde mi felicidad habita.
Desde que
perdí el timón tampoco puedo dar la vuelta, ni maldecir a quienes me miran
desde la costa porque tampoco ellos saben cómo debía hacerlo. Quizá sólo
admiran que alguien trate de alcanzarla una constelación, pero nunca se han
planteado navegar sobre las nubes porque los pies de plomo les recuerdan que no
tienen otro destino que mirar a quienes intentan dar pasos en el espacio a
gravedad cero.
Debí darme
la vuelta desde que el velero perdió el mascarón de proa, pero no sé si me
faltó valor para descender, o para defraudar a quienes creyeron en mí o es que prefiero perderme en el fracaso a reconocerlo. El caso es que saludo
asomado a estribor mirando unos puntitos que no sé siquiera si tienen ojos,
oídos o cabeza, sin saber qué estoy haciendo.
Pinchar: http://www.youtube.com/watch?v=qXR94CQBm0U
lunes, 10 de septiembre de 2012
Un agujero negro llamado ombligo
La incorporación al trabajo de Paco tras las vacaciones de
verano le trajo de nuevo a su realidad cotidiana. Las cosas no habían cambiado
demasiado. La mayor parte de sus compañeros y compañeras ya habían llegado y
sólo alguno que por motivos organizativos había retrasado su salida, también
dilataba su llegada.
Tras los protocolarios saludos y el intercambio de anécdotas
vacacionales, su jefa le señaló sus tareas inmediatas. Al empezar a
despacharlas no pudo más que llenarse de mala leche. Siempre le tocaba a él la
tarea más compleja “mientras estos no hacen más que tocarse los cojones”,
pensó.
Miró por encima de su ordenador y comprobó que sus 16
compañeros y sus 9 compañeras se observaban pensando lo mismo. Sólo uno, el
único que no había podido tomar vacaciones por exceso de trabajo, mantenía su
mirada fija entre la documentación y el ordenador.
Juan no era de los que se ponían al volante después de beber,
pero allí estaba soplando ante la Guardia Civil después de haberse tomado unas
cervezas para celebrar el nacimiento del primogénito de una pareja amiga. “Tiene
que dejar aquí su vehículo o avisar a alguien que pueda llevárselo”, le dijo el
agente mientras rellenaba el formulario de la multa que debería pagar y que le
acarreaba la pérdida de unos cuantos puntos.
Cuando bajó del coche maldijo su mala suerte. Nunca conducía
si bebía, pero “para una vez que lo hago”, se dijo, “tienen que pararme a mí”. Tan
absorto iba preguntándose por qué esas cosas sólo le pasaban a él, que ni cuenta
se dio de que pasaba entre una docena de coches y otros tantos conductores que,
como él, maldecían su mala suerte.
Nunca pensó Lucía que su marido le pidiera el divorcio. Las
cosas no parecían ir tan mal, no más crisis ni más dificultades que las que
podía presentar cualquier matrimonio después de ocho años nadando entre lo
bueno y lo malo. No recordaba nada que hubiese hecho para merecer ese
desprecio, ese abandono. Él le juraba y perjuraba que no había otra ni que la
decisión se debiera a algo que hubiese hecho o dicho. “Entonces, qué. Por qué.
A cuento de qué”, espetó una y otra vez a su todavía marido, para nada.
Cuando él cerró la puerta de casa llevándose una maleta con
parte de su ropa y de sus años más felices, ella se derrumbó en el sofá.
Prácticamente no durmió en toda la noche. Por la mañana telefoneó a su jefa
para contarle que no estaba en condiciones de trabajar, que algo terrible le
había sucedido, que los expedientes de desahucio y los de abandono familiar
estaban listos para enviar. También dio instrucciones para recordar que de las
60 familias que iban a quedarse en la calle, la mayoría tenían menores a su
cargo y que había que llamar a los Servicios Sociales por si era conveniente
separarlos de sus padres si estos no tenían a donde ir. En cuanto a los de
abandono familiar, se trataba de unos hermanos, el mayor de ellos de 12 años,
que llevaban casi un año viviendo solos en una cueva, sostenidos por la
solidaridad de los vecinos y la mendicidad.
Tras colgar, volvió a su mar de lágrimas odiando al mundo por
lo que le había hecho a ella.
sábado, 1 de septiembre de 2012
martes, 28 de agosto de 2012
viernes, 24 de agosto de 2012
Pies de barro
Tres horas
de espera en aquella oficina del paro fue tiempo suficiente para repasar su
vida. Ella nunca había estado sin trabajo. Desde que terminó sus estudios de
económicas tuvo la suerte de entrar con un contrato de prácticas en una multinacional
en la que meses después le propusieron quedarse a trabajar. Desde la firma
hasta hoy habían pasado 22 años, 7 meses y 3 días.
Pasó de ser
la chica en prácticas a la máxima autoridad contable, cargo que ejerció durante
casi la mitad del tiempo. Hasta que las cosas empezaron a desmoronarse hacía
unos meses, para muchos era el ejemplo de la mujer triunfadora: Jefa en su
trabajo con un sueldo envidiable, pareja de un reputado doctor que dejó la
medicina pública para atender su consulta privada, madre de tres criaturas que
estudiaban en un colegio bilingüe, chalet en las afueras, cambio de coche cada
dos o tres años, inversiones en bolsa, vacaciones en la Rivera Maya,
escapaditas a cualquier capital de Europa, y un vestidor en el que se podía
jugar a la escondite. Una triunfadora.
Pero eso no
le iba a interesar al funcionario o funcionaria de turno. “Señorita, llevo más
de una hora esperando”, había espetado a una trabajadora de la oficina. “Pues
todavía le queda un rato. Si tiene prisa”, le contestó, “vuelva mañana más
temprano”.
Quizá fue
ese desplante, ese desabrimiento mostrado hacia ella lo que le hizo
recapacitar. Hasta ese momento era ella la que podía mostrarse cortante y seca,
la que tenía la última voz, la que disfrutaba cumpliendo con el deber de colocar
a cada uno en su sitio. Pero esta vez, después de tantos años, no le gustaba
estar al otro lado del mostrador siendo una más entre miles.
Hacía menos
de un mes que el director nacional la había llamado para decirle que era una
magnífica profesional, que nunca podrían pagarle el trabajo y la dedicación a
la empresa pero que los tiempos son los tiempos; las crisis, crisis; y que con
mucho dolor había que reconvertirse o morir, y que como no iban a morir la
reconversión pasaba por cerrar delegaciones y poner al personal en la calle.
Así, sin más. En la calle.
Como los
ciclistas con los tranvías, el golpe no lo vio venir. Pensó que hablaba de
empleados de tercer o cuarto nivel, quizá hasta de segundo, pero ella estaba
entre los primeros del primer nivel, ella era persona de confianza, era la jefa
de “las perras”, la que conocía todos los secretos, las cuentas, los
chanchullos fiscales… Ella estaba a salvo hasta que pasó el tranvía y la estampó
junto a los ciclistas que ya se había llevado por delante. “Tenemos que
prescindir de ti”, le dijo, “en Canarias sólo dejaremos un delegado y dos
personas que se encarguen del papeleo. Todo se resolverá desde Sevilla o desde
Madrid, veremos como quedan tras la restructuración”.
Fue tal el
golpe que no atinó a decir nada. ¿Qué podía decir? Lo primero que pensó fue que
no le costaría encontrar trabajo. Una mujer con su experiencia, su carisma y
sus contactos no necesitaba estar ahí.
Pero desde
ese día hasta hoy todo su mundo comenzaba a desmoronarse. La crisis había
acabado con gran parte de sus ahorros que en plena fiebre de inversiones
fáciles con mucho beneficio, había dejado enterrados en la bolsa. Ya hacía
cierto tiempo que la consulta de su marino no contaba con lista de espera,
realmente no contaba con lista ninguna, hasta el punto de que tuvo que
dedicarse a trabajar con seguros, sabiendo que estos apretarían cada vez más,
pero era imposible regresar a la pública tal y como estaban las cosas. Los
problemas económicos habían llevado a la pareja a ciertas tensiones y, por si
fuera poco, el próximo curso los niños debían de cambiar de colegio dadas las
condiciones, lo que había supuesto una ruptura generacional en casa, incluso la
mayor, que tenía previsto comenzar la carrera en Estados Unidos, tendría suerte
si conseguía entrar por nota en alguna de las facultades nacionales.
Pero lo que
más le había dolido era la respuesta de lo que hasta ahora eran sus amigos de
cenas lujosas en restaurantes exclusivos. Muchos ánimos, mucho “lo que
necesites”, mucho “cuenten con nosotros”, pero ni un solo vente a trabajar a mi
empresa, o “yo conozco a fulano y esto lo solucionamos en un rato”. De hecho,
incluso dejó de sonar el teléfono para cenas o fines de semana en el barco de
Zutano o Mengano.
Se convenció
de que era una mujer fuerte, que a su edad no iba a dejarse derrumbar, que aún
tenía vida por delante, que esto sólo era una cuestión de tiempo, y casi se
odió a sí misma cuando empezó a llorar.
Miró a su
alrededor y por primera vez se dio cuenta de que la gente que le rodeaba estaba
llena de historias, de proyectos frustrados, que otras muchas y otros muchos se
sentían tan perdidos como ella, y pensó cuántas veces ella había pasado de esas
mismas miradas y de todos esos rostros.
En ello estaba
cuando en el “turnomatic” saltó su número. Se acercó a la mesa correspondiente
y trató de ser cortés, pero el trabajador de la oficina de desempleo rellenó su
ficha sin siquiera mirarle a la cara, tal y como tantas veces había hecho ella.
jueves, 16 de agosto de 2012
domingo, 12 de agosto de 2012
jueves, 9 de agosto de 2012
20.004 gracias
Pues esta mañana, al entrar al blog para comprobar si alguien había comentado algo y responderle, me he encontrado con la grata sorpresa de que ya se superan las 20.000 entradas, exactamente 20.004. Gracias por cada una de ellas y gracias especialmente a quienes siguen con cierta constancia estas líneas que se escriben con más afán que lucimiento.
Especialmente quiero darle las gracias a quien(es) leen esta página desde sitios tan lejanos como Alemania, Estados Unidos y Rusia, que según el registro estadístico del blog entran con una periodicidad que me anima a seguir con esto.
Por otra parte, y como es uso y costumbre cuando ocurren estas cosas, sería un buen momento para vernos quienes quieran y puedan. Una oportunidad podría ser el martes 14 de agosto, que en Vegueta (casco histórico de Las Palmas de Gran Canaria, para los de fuera de la Isla) se celebra una fiesta de fin de año en la que se pide ir vestido de blanco y negro. ¿Podemos?
Un beso a todos y todas y gracias, una vez más.
Especialmente quiero darle las gracias a quien(es) leen esta página desde sitios tan lejanos como Alemania, Estados Unidos y Rusia, que según el registro estadístico del blog entran con una periodicidad que me anima a seguir con esto.
Por otra parte, y como es uso y costumbre cuando ocurren estas cosas, sería un buen momento para vernos quienes quieran y puedan. Una oportunidad podría ser el martes 14 de agosto, que en Vegueta (casco histórico de Las Palmas de Gran Canaria, para los de fuera de la Isla) se celebra una fiesta de fin de año en la que se pide ir vestido de blanco y negro. ¿Podemos?
Un beso a todos y todas y gracias, una vez más.
lunes, 6 de agosto de 2012
El pino
Durante demasiados años las condiciones le fueron precisas
para crecer por encima de todos los demás árboles del bosque. No fue sólo una
cuestión de suerte. Un biólogo con ganas de trascender en aquel espacio de la
naturaleza plantó las semillas de pino en el mejor sitio y cuidó de él hasta
que su copa sobrepasó la mayoría de los congéneres de su entorno.
No pasó mucho tiempo para que el pino se diera cuenta de que
no había árbol más alto ni tronco más fuerte que el suyo. Sus ramas se
extendían sobre todas las plantas que le rodeaban y su tamaño aumentaba
llevándose a su paso todo lo que podía tener cerca.
Hartos de vivir bajo la sombra del pino y de sufrir las
terribles consecuencias de la acides de la tierra que las grandes cantidades de
pinocha provocaba, los representantes del bosque trataron de convencer al “gigante”
de las consecuencias de su falta de respeto hacia los demás.
El pino, que para entonces ya medía más de 70 metros, casi ni
escuchó sus voces, y las peticiones de convivencia las interpretó como quejas
de unos insensatos incapaces de valorar la suerte que tenían de estar junto a
él.
Las primeras consecuencias no se hicieron esperar: la cantidad
de pinocha se multiplicó y él trató de seguir creciendo sin importarle las
demás especies ni las el consumo de territorio que su enorme tamaño exigía.
El pino, cada vez más aislado ya que la inmensa capa de
pinocha impedía que nada creciera en su entorno, decidió sólo mirar hacia
arriba y persistir en su idea de crecer y crecer.
No le faltaba aduladores, especialmente hormigas, ardillas y
algunas aves que buscaron entre sus ramas un lugar seguro donde anidar. Para el
pino era suficiente compañía.
Una noche de agosto, la chispa de
un cable de alta tensión que atravesaba el bosque prendió la pinocha seca que el
pino iba acumulando bajo él. El viento y las altas temperaturas convirtieron
aquellas hojas en pólvora, y en pocos minutos el tronco del pino se vio
envuelto en llamas.
Las hormigas que le habían adulado durante tanto tiempo
trataron de huir tronco arriba. Mejor suerte corrieron algunos de los pájaros, que
si bien perdieron sus huevos, sus nidos y todo cuanto poseían, lograron salvar
sus vidas.
El pino, que ya había decidido no mirar nunca más hacia
abajo, empezó a oler el humo y a sentir el calor. “El bosque se quema. Ellos se
lo habrán buscado”, se dijo a sí y trató de estirarse un poquito más para ganar altura.
viernes, 3 de agosto de 2012
La duda
“No seré yo quien te lo cuente”, me dijo antes de salir de
la habitación dejando el eco de un portazo retumbando entre las paredes desconchadas. También
oí la puerta de la calle cerrarse con la misma fuerza y sus pasos hasta el
ascensor. La imaginé caminando por la acera hasta su coche y esperé mirando al techo que el motor del Toyota arrancara.
Tras unos segundos de silencio me levanté, caminé hasta la nevera y me prometí no pensar más en ello esa noche. Saqué una cerveza, la abrí y me senté frente al televisor pensando en qué tenía que haberle dicho para convencerla.
Tras unos segundos de silencio me levanté, caminé hasta la nevera y me prometí no pensar más en ello esa noche. Saqué una cerveza, la abrí y me senté frente al televisor pensando en qué tenía que haberle dicho para convencerla.
“Daba igual. Hiciera lo que hiciera ella tenía otro guión. Quería una pregunta porque tenía estudiada la respuesta”, traté de convencerme.
Todo había comenzado hacía pocas semanas durante una
cena con sus amigos sin mayores pretensiones que las de pasar
el rato y tener un acercamento a un círculo de gente que yo aún
desconocía, entre los comensales algunas de las caras me sonaban y con otras, sí que había logrado un cierto trato cercano, pero el conjunto, en su
mayoría, estaba formado por antiguas compañeras y compañeros de universidad y
sus parejas desconocidos para mí salvo por alguna referencia.
Todo estaba dentro de los parámetros de la normalidad. Hasta
el punto de alcohol era previsible en estas circunstancias, y las permanentes
referencias a anécdotas mil veces repetidas en estos reencuentros
post-universitarios parecían guardar un orden establecido. Todo estaba escrito en la hoja
de ruta. Todo menos el comentario de una de sus mejores amigas recordando el
día en que ella, mi pareja, llegó a clase enamorada hasta los huesos, casi
levitando, hablando de un joven profesor que había conocido en la biblioteca de
la facultad.
Al parecer, el mengano destacaba por sus aptitudes físicas -su asignatura era, dentro del mundo de la gimnasia, “suelo”-. Capaz de
hacer cientos de flexiones y abdominales, más fibroso que una caja de mueslis y
tan alto como la luna, no necesitó poner sus encantos sobre la mesa de
estudios, sólo le bastó un chiste para que cayera rendida a sus pies.
Cierto es que el tiempo pasó, que las cosas no fueron como
esperaban y que de la juventud a la madurez los criterios y los valores cambian
al menos de orden, especialmente algunos. El caso es que no llegó a
más que un par de años de lujuria y desenfreno que se fueron frenando solos
hasta que no hubo ni lujuria ni nada que frenar.
Yo, prudente, no quise preguntar ni hacer ningún comentario.
Me negué a mostrarme como el típico curioso que desea conocer los
detalles de anteriores relaciones, ni ante sus amigos y amigas ni ante ella,
pero no pude evitar que ahí se quedara en un rincón de mi cabeza la pregunta.
Traté de restar importancia, pero cada vez que la miraba, cogidos de la mano intercambiábamos sonrisas, y la pregunta venía a mi mente, la duda
se reflejaba en mis ojos. Y ella lo notó.
Tardamos cierto tiempo en despedirnos. Durante el trayecto a
mi casa hablamos de banalidades que habían ocurrido durante la noche, nada trascendente.
Pero al llegar a casa, tras quitarnos los abrigos y después de que me
preguntara por décima vez qué me pasaba, no pude callar: “Dime”, le dije, “¿Cuál
fue el chiste que te contó?”
Ella pensó que la estaba vacilando, que trataba de reírme por celos, pero la realidad es que me mataba de curiosidad
saber qué chiste puede conquistar a una mujer.
Aún hoy no me lo ha contado, y cuando se habla de celos
o de las cosas que influyen en la pareja, ella aprovecha siempre el mismo ejemplo.
En un caso argumenta que pasé la noche de mal humor y después no fui capaz de
reconocerlo y salí con una bobería; en el otro, mi cabezonería de no saber
reconocer que me molestó que saliera con el hermano pequeño del David de Miguel
Ángel. Yo escucho, callo y otorgo, porque sé que insistir en mi realidad es
reafirmar la suya. Y la verdad es que tampoco eso me importaría si
al menos supiera cuál era el chiste.
lunes, 23 de julio de 2012
martes, 17 de julio de 2012
Decir no
Dejó su casa convencida de que ya contaba con la madurez
suficiente para enfrentarse a la vida y vencerla. Con su metro ochenta de
estatura, sus ojos verdes, su título de ingeniera informática y el
convencimiento de que nada malo podía esperarle, se despidió de su madre, su
padre y sus hermanos en el mismo aeropuerto con destino a una capital europea.
Su formación en idiomas le daba alas y su juventud, un horizonte lejano al que
no había porqué mirar.
Como esperaba, no le fue difícil encontrar trabajo. No era
como informática, pero no iba a ser la primera ni la última licenciada que comenzara
una carrera de azafata en una compañía de bajo coste. Viajar y conocer mundo
cuando tienes toda la vida por delante es una oportunidad a la que no puedes
decir no.
Los primeros vuelos estuvieron marcados por la novedad y el
aprendizaje. Claro que hubo algún pasajero que trató de sobrepasarse, algún jefe
que escondió sospechosas intenciones tras bromas de dudoso gusto y compañeras
que marcaron territorio antes de que ella siquiera llegara a la frontera. Pero
nada de eso importaba. Su sonrisa era un escudo demasiado grueso para que lo
perforaran los francotiradores de la desilusión y la tristeza.
Tardo poco más de un mes en decir “no” por primera vez. Un
piloto maduro con el que ya había volado en una docena de ocasiones, cambió la
palmadita en el culo por un manoseo más que desagradable para ella. La reacción
pareció desagradar al hombre que se burló de ella para restar importancia a su
acción. “¡Por Dios!”, dijo, “hay que ver cómo te pones por una broma. ¿Estamos
en esos días…?”, y se rió buscando la solidaridad de sus compañeros y de las
azafatas más dispuestas al peloteo.
Se sintió mal. Extrañamente también se sintió responsable de
no haber sabido aguantar una broma, pero lo cierto es que ya estaba harta de
que la trataran como un amuleto con el que jugar.
Durante el vuelo nadie hizo un solo comentario al respecto,
sólo al salir de la cabina tras llevar algo de comer a los pilotos, el capitán
masculló algo así como: “A ver si cambias de humor que trabajas de cara al
público”.
La cosa empeoró tras tomar tierra. La invitación para que
toda la tripulación se viera para cenar no le llegó a ella. Le sentó
francamente mal. Hasta entonces todo habían sido risas y bromas picantes, pero
ahora el mundo parecía hostil sólo porque se negó a que le cogieran el culo.
Dadas las circunstancias asumió que si no quería ser
rechazada debía permitir ciertas gracias, hacer la vista gorda a gestos y
hechos que, aunque desagradables para ella, no dejaban de ser una broma (se
dijo).
En el viaje de regreso sacó a relucir su mejor sonrisa, y la
mantuvo cuando el capitán diagnosticó su cambio de humor y, como para
comprobarlo probó de nuevo con otra prolongada nalgada. Ella mantuvo la sonrisa
y él le respondió con un “esa es mi chica”.
Por desgracia no fue éste el único. En viajes posteriores
vinieron más compañeros que se sobrepasaron en sus gestos y acciones, pero ante
el temor a ser desplazada de nuevo, ella mantuvo las formas, la sonrisa y el
brillo de sus ojos.
Sus compañeras veían en ella una mujer fácil que pretendía
ascender sin méritos profesionales, y las que habían pasado por lo mismo no
estaban dispuestas a evitarle un solo segundo de martirio, pues era un camino
obligado. “Por ahí pasamos todas, bonita”, le llegaron a decir.
Un mes después, un cliente habitual de la compañía, amigo de
varios pilotos y azafatas, la invitó a cenar a uno de esos restaurantes de lujo
que aparecen en las revistas de los aviones y en los que comer es más un placer
para la vista y el paladar que para el estómago. Después vinieron las copas y
las insinuaciones, que ella permitió hasta la puerta de su habitación.
En un sí-no-tomemos la última en tu habitación y un mundo que
daba vueltas de pura borrachera, ella no tuvo fuerzas para oponerse ni de
palabra ni de obra, así que el hombre hizo y deshizo a pesar de las lágrimas
que ella no podía controlar.
Por la mañana, para volver al avión necesitó un par de tragos
de whisky, y esa noche, para olvidar lo sucedido, no dudó en agarrarse al
primer compañero que se le insinuó, y al día siguiente a un piloto para olvidar
al segundo, y a otro más la noche posterior para olvidar a los tres anteriores.
Y así sucesivamente.
Hace unos pocos días la vi. Con apenas 30 años tiene ya la mirada
de quien ha visto el infierno. Habla con rapidez pero sin articular bien las
palabras. Se toca la nariz y respira hondo a cada momento, como un acto
reflejo, pero habla de su profesión como la mejor forma de conocer mundo.
No obstante yo sé que hace años que no visita su casa, la de
sus padres, y que sólo habla por teléfono con sus hermanos porque cuando lo
hace con su madre, no para de llorar. Le gusta decir que ha tenido suerte, pero
cuando te mira, ella sabe que tú sabes que miente. Pero sonríe y vuelve al baño
a “empolvarse” la nariz.
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