lunes, 25 de junio de 2012

Calima


Semanas llevaban anunciando cambios, que el viento sur traería calima, polvo en suspensión proveniente del desierto más asolado. A pesar de las noticias y las advertencias, mis hábitos no cambiaron ni un ápice y pasé de adoptar precauciones seguro que los malos tiempos no serían tan malos ni durarían tanto tiempo. ¿Para qué? Ya había vivido tiempos de calima y nunca me había hecho falta nada especial para sobrevivir y ver salir el sol a las pocas horas.
            Despreciando los malos augurios salí a la calle como siempre, quizá mirando de reojo a un cielo que se tornaba invisible y lanzando maldiciones contra el viento sur, me senté en el coche dispuesto a llegar a mi destino.
            No había recorrido demasiados kilómetros cuando  el mundo comenzó a borrase ante mis ojos, sólo las líneas de la carretera me permitieron circular unos centenares de metros más, hasta que el polvo en suspensión fue cayendo al suelo para taparlas y hacerlas desaparecer.
            Oí los golpes de las colisiones, frenazos que no llegaron a tiempo, gritos que se apagaban en una lejanía difícil de precisar. Pensé que el coche no era un lugar seguro, cualquier camionero atrevido a circular sin visión podría arrastrarme y ni siquiera se daría cuenta. Pero salir del vehículo podría acarrear más problemas. No sabía ni dónde estaba ni si otros vehículos pasaban cerca.
            Pasaron las horas mientras decidía. Por fin mis pensamientos me dejaron escuchar el silencio del exterior. Nada pasaba ni lejos ni cerca de mí. Salí del coche y comprobé que a duras penas podía ver mis propios zapatos.
            Tras andar unos metros, los ojos y la nariz ya estaban completamente cubiertos de tierra, complicando aún más la visión y obligándome a respirar por la boca. Me habría gustado que no fuera así. Mi primer instinto fue volver al coche a esperar que el mismo viento que había traído estos polvos, se los llevara. Pero al volverme fui incapaz de encontrarlo.
            Perdido y desorientado traté de gritar pidiendo ayuda, pero el polvo había secado mi garganta y mis cuerdas vocales y fue imposible articular una sola palabra. Traté de buscar un lugar para cobijarme, pero hacia dónde, qué dirección tomar. Allí, en medio de no sabía dónde ni por cuánto tiempo, debía tomar una decisión, pero cuál.
            Si la tormenta de arena duraba sólo unas horas, lo más prudente era quedarme allí. No debía estar muy lejos del coche. Pero si por el contrario aquello se dilataba, la cosa era muy distinta, pues podría morir allí asfixiado o deshidratado.
            Definitivamente había que moverse. Buscar un refugio, un portal, un bar en el que pudiera tomar un vaso de agua siquiera.
            Caminé sin rumbo. Choqué con otros coches abandonados y pisé cadáveres de personas con una salud más delicada que la mía, supongo. Tropecé con raíces de árboles que no veía y perdí los zapatos en cuanto el polvo y la nada se apropiaron de ellos.
            Aunque no había sol, supe que la noche llegaba en cuanto la oscuridad se apropió del entorno. Las luces de las farolas no daban para ver el camino, pero al menos me sirvieron para orientar mis pasos y alcanzar un entorno urbano.
            Caminé pegado a una de las paredes para tratar de alcanzar una oquedad que me permitiera descansar protegido del polvo y el viento. El primero de los portales estaba ya ocupado por varios cuerpos, no sé si con vida o inertes. Ellos ni levantaron la cabeza y yo no pude articular palabra con la garganta absolutamente seca. Lo mismo pasó con el segundo, el tercero, el cuarto….
            Había perdido la cuenta de los portales que había pasado cuando me di cuenta de que estaba dando vueltas a la misma manzana. No parecía que tuviera demasiadas posibilidades de sobrevivir. La sed y el cansancio me derrotaban y pensé en los cadáveres sobre los que había caminado y no me pareció tan mal final.
            Me senté en medio de ningún lugar y dejé que la arena me fuera cubriendo sin importarme nada. Derrotado estaba cuando una bocanada de aire frío me hirió la cara. No sé de dónde saqué las fuerzas para ir hacia él ni qué fue lo que me hizo seguirlo, pero ahora sé que aquel soplo de aire me salvó. Por algún motivo la puerta de un centro comercial abandonado se abría y se cerraba dejando salir el aire acondicionado. Allí estaba, junto a mí, y casi muero a pocos metros de su puerta por no poder verlo.
            Hoy todo no es más que un mal recuerdo, pero cada vez que el viento del sur sopla, yo me cierro puertas y ventanas, coloco trapos bajo la puerta de la calle y lleno la nevera de agua y cerveza. Y aunque no ha hecho falta, he comprado un aparato externo de aire acondicionado que he puesto junto a la entrada, por si algún día alguien lo necesitara para saber que allí hay alguien. Eso sí, de casa no salgo.

martes, 19 de junio de 2012

Los mortales y el frío



Comenzaron a dormir juntos por temor al frío. Aunque era difícil de explicar, no se trataba ni de sexo ni de violencia, sólo trataban de matar el frío de las noches sintiendo el calor de un cuerpo ajeno.

         Por supuesto, dadas las circunstancias, nunca hubo promesas de amor eterno. Tampoco sentían la necesidad de enseñar al otro, mundos desconocidos ni cumplir con las fechas indicadas por los grandes almacenes. Se conformaban con estar ahí, abrazados cuando llegaba la noche, a la hora en que la soledad se apropiaba de las almas sin compañía.

         Así fue durante todo el invierno y los meses de primavera, sintiéndose cada vez más unidos en sus titiriteras, que para estas alturas ya necesitaban de besos y roces para aplacarlos con efectividad.

         Poco días antes de la llegada del verán, el calor derritió todas las excusas que habían inventado y la mujer, sin hacer un solo gesto ni dejar escapar un solo suspiro –aunque los hubiera-, hizo su maleta y recogió el cepillo de dientes que tanto tiempo había permanecido junto al de él.

         Se despidieron sin más, con un escueto: “hasta el próximo invierno” dicho, eso sí, entre sonrisas melancólicas y miradas que pretendían ser indiferentes, ocultando lo que realmente habían llegado a sentir.

         Durante las primeras semanas ambos intentaron provocar los encuentros fortuitos visitando lugares habituales y quedando con amigos comunes con la esperanza de que unos les llevara al otro, pero a pesar del frío que ambos sentían al verse, él nunca se atrevió a contar lo ancha que resultaba ahora su cama, y ella no supo cómo explicarle las noches de insomnio buscando su pecho para refugiarse del frío y de la vida.

         Ambos, está de más decirlo, evitaron cualquier referencia al invierno, intentando transmitir cierto estado de felicidad, creando en el otro sentimientos contrapuestos que les provocaba escalofríos, pero esto tampoco se lo dijeron.

         Una noche en que la luna apretaba, él sintió un intenso frío y ella, que contaba con esa intuición que tanto caracteriza a la mayoría de las mujeres, unas irresistibles ganas de abrazarlo, y por eso, cuando el hombre dijo “ven”, ella ya lo había rodeado con sus brazos, y fue tan fuerte e intenso el encuentro de ambos cuerpos que sintieron como desde los pies a la cabeza el frío los invadía hasta límites nunca antes vividos.

         Los amigos de uno o de otra no entendieron, como tampoco entendieron los científicos que estudiaron el caso, y que no pudieron explicar cómo, en pleno mes de agosto, en la noche más calurosa del año, dos personas murieran por congelación en medio de la calle, y sonriendo.

lunes, 11 de junio de 2012

El salto


Había oído hablar tanto de las maravillas del salto, que la primera vez que lo intenté sólo sabía que había que pisar fuerte sobre el trampolín e impulsarme extendiendo las manos hacia el plinto para, tras apoyarme en su extremo, caer sobre una colchoneta.
            En principio no tenía por qué hacerme daño, ni había motivo alguno para sospechar que el salto podía ser más peligroso que cualquier otro deporte. No en vano había visto a muchos hacerlo, y a alguno de ellos caerse y levantarse, todo en una misma secuencia.
            Es cierto. Yo era joven y un salto era más un reto que un compromiso.
            Recuerdo mi carrera hacia el trampolín midiendo los pasos, con la mirada puesta en el extremo donde debía apoyarme y la confianza en que mediría de reojo el último paso que debía llevarme hasta el aparato que me impulsaría lo suficiente como para completar el ejercicio con éxito. Pero nunca me había impulsado en un trampolín de estos. Quizá porque boté muy al borde, o porque iba con demasiada velocidad,  quizá sólo porque no sumé el impulso de mis piernas con el del trampolín… El caso es que por debajo de mí vi pasar el plinto, la colchoneta y las primeras baldosas del suelo que le seguía, y aunque el golpe fue duro, el vuelo fue una sensación inolvidable, tan intensa que después de tantos años no recuerdo el golpe sino el “vuelo”, ese sentimiento de total descontrol en el aire, de despegue sin retorno, de temor-emoción-experiecia…
            Casi no me había mirado los cardenales de la caída cuando ya estaba de nuevo dispuesto a un nuevo salto. Esta vez sabía que el impulso debía ser moderado, que debía alejarme un poquito del aparato para enfrentarme a él con más capacidad de maniobra, y emprendí una carrera que ya conocía por un camino que ya había recorrido para enfrentarme a un plinto que aún no había tocado. Esta vez, todo fue mejor. El salto casi perfecto, me llevó hasta la colchoneta, pero a la hora de apoyar los pies no flexioné las rodillas, lo que me llevó de nuevo al suelo y de boca, aunque esta vez sobre blando, provocándome una leve lesión en la rodilla.
            He de reconocer que el salto no estuvo mal, que a diferencia del primero sentí mucho más mío el trampolín, el plinto, la colchoneta y hasta más dueño de mis propios movimientos.
            Pensé que el tercer salto sería ya perfecto. Así que con la experiencia adquirida y tomando las precauciones necesaria de rodillera, codera y la protección de un casco, emprendí de nuevo la carrera, aunque esta vez mucho más concentrado y mucho más pendiente de lo que hacía en  cada momento, con cada paso, en cada movimiento. Realmente no disfruté del vuelo y es cierto que caí de pie, y que aunque no fue perfecto el ejercicio, para ser la tercera vez no había estado nada mal. El único detalle de relevancia fue que en mis ganas porque hacerlo todo bien, el “ataque” al aparato se tornó demasiado agresivo, cargando demasiado el peso del cuerpo sobre las manos, lo que me provocó una inflamación en la muñeca.
            Lo intenté muchas veces más con distinta fortuna. Con el tiempo se me han ido quitando las ganas saltar. Sé que lo puedo hacer y que conozco los tiempos, pero también he aprendido que a medida que me voy cargando con años, las lesiones tardan más en curarse. Y aunque no he olvidado esa sensación de “vuelo”, cuando encuentro un plinto que me “provoca”, soy de los que antes de iniciar la carrera se pone el casco, las muñequeras, se venda los talones, se pega varios dedos, mide la distancia, comprueba que la colchoneta tiene la altura reglamentaria y durante la carrera no piensa tanto en la mecánica del salto como en dónde me voy a llevar el leñazo esta vez y si me va a doler. Y una vez en el médico pienso: “Quién me mandará…”
            Eso sí, quiero creer que cualquier día salto por encima del cajón y la colchoneta y vuelvo a revolcarme por el suelo aunque sólo sea por ver si soy capaz de levantarme.

jueves, 24 de mayo de 2012

A descubierto


Lo conocí una noche de lluvia. Muy probablemente lo debía haber conocido antes, pero al fin y al cabo sólo era uno más entre tantos, ni mejor ni peor que nadie a simple vista. Fue la primera noche de tormenta cuando se reveló diferente.

            Ahí, bajo la lluvia, cubierto por un cielo tenebroso, el hombre caminaba, saltaba, corría, abría los brazos, tragaba agua, miraba al cielo dejándose empapar como si aquello fuera parte de un parque de atracciones.

            No fue difícil reparar en él. El resto del mundo se refugiaba del aguacero bajo los toldos y las marquesinas, mirábamos el mundo desde nuestras ventanas, al otro lado del cristal, sobre seco.

            Por el contrario, él permaneció allí durante horas, con la ropa tan empapada que parecía haberla sacado del río. Todos y todas le mirábamos y nos mirábamos, y en nuestras caras y nuestros gestos parecía que coincidíamos en el diagnóstico: No estaba bien de la cabeza.

            Había pasado algo más de una hora cuando llegó el coche de la policía. Al parecer alguien había llamado a las fuerzas del orden para que pusieran orden a la fuerza, y dos armarios vestidos de uniforme salieron del vehículo con premura. Sin mediar palabra lo tomaron de los brazos e hicieron hueco entre un grupito de personas que nos agolpábamos en un soportal.

            Los agentes empezaron a hacer las preguntas de rigor sobre dónde vivía, si tenía familiares, si estaba recibiendo algún tratamiento… “No, nada de eso”, les contestó el hombre. “Ustedes creen que estoy loco porque me dejo mojar por la lluvia mientras ustedes se esconden, y creen que es malo andar bajo el agua porque se sienten vulnerables, por eso han elegido quedarse en seco, ahí, bajo ese techo que creen que les protege pero que alguien que también tenía miedo a mojarse lo puso para evitar enfrentarse a la lluvia”.

            Ciertamente allí estábamos todos y todas escuchándole, mirando al techo y asegurándonos a nosotros mismos que el hombre estaba peor de lo previsto.

            “Yo no les he pedido que salgan a mojarse. Cada uno ha elegido si quiere cubrirse o descubrirse, estar a cubierto o al descubierto… Y sí, estar al descubierto implica que me voy a mojar y estar al descubierto significa que gente como ustedes, señores agentes, me van a ver, pero también muchos otras personas, y que yo y el mundo nos encontremos en muchas formas”.

            Los agentes no esperaron más. Lo metieron en el coche y desaparecieron con él. Los demás, nos quedamos allí y esperamos a que escampara.

            Días después, otro chaparrón descargó su ira sobre la ciudad. La primera intención fue correr hacia una parada de guaguas cercana a refugiarme, pero recordé a este hombre y decidí seguir caminando bajo la lluvia. Entonces sentí la misma sensación de estar descubriéndome, la misma sensación de estar al descubierto, y salté sobre los charcos y canté bajo la lluvia, y no tuvo que pasar mucho tiempo para sentir la misma sensación de estar detenido por los mismos policías.

martes, 15 de mayo de 2012

Calor

Por tercera vez salgo de la ducha. No me seco. El agua fría me da un respiro y mientras se evapora de la piel el cuerpo lo agradece, pero sólo un ratito. Demasiado calor para que dure. Están todas las ventanas abiertas y nada se mueve ni dentro ni fuera de casa. No ha viento ni corrientes de aire ni nada más que calor y la música de una radio que suena desde otra ventana abierta.

Me tumbo en una hamaca desde la que diviso la ciudad. No hay nadie en la calle. El asfalto ha dejado su estado sólido para convertirse en una especie de río de regaliz.

El calor agobia, me agota. Bebo de una lata recién sacada del congelador pero que ya se ha calentado. Trato de pensar en ti, pero también tu imagen se derrite. Por suerte no hay nadie en casa. Tampoco lo espero.

Temo que la noche siga igual y me siento náufrago.

La nevera está a unos pocos metros y la ducha unos pasos más allá. Los miro con deseo desde mi hamaca pero las ganas de moverme también se han evaporado con el calor.

"Quizá puedo dormir aquí", pienso, y vuelvo a mirar a la calle pensando quién será el primero que se atreva a salir y cruzarla.

De la radio salen las primeras notas de "Turn me on", y la voz de Norah Jones me trae de nuevo tu recuerdo que pasa tan rápido como llegó. Y decido abandonarme al termómetro.

lunes, 7 de mayo de 2012

La casa


He de reconocer que me extrañó la prisa con la que los propietarios abandonaron la casa. Prácticamente no se llevaron nada más que la ropa y fotos familiares que el día que visité la vivienda por primera vez, adornaban algunos muebles y una pequeña repisa sobre una falsa chimenea.

            También me sorprendió que no entraran a negociar el precio. A mi entender, un chalé de tres habitaciones, dos baños, un salón de casi 90 metros cuadrados y una cocina de otros 60 metros, debía costar más de los 200.000 euros que me pedían, máxime cuando se incluía un terreno con frutales y un pequeño estanque vacío pero en perfectas condiciones. Aún así, como comprador tenía que intentar conseguir mejor precio, y utilicé la crisis y la mala marcha de la economía personal para ofrecer 150.000 euros, con el propósito de poder bajar hasta los 175.000 ó 180.000 euros. Ni lo pensaron. Dijeron que sí, firmaron, tomaron el dinero y les vi desaparecer en un familiar gris metalizado con más prisa por ir que yo por llegar.

            Los primeros días fueron difíciles. Demasiado ruidos nuevos, demasiadas maderas crujiendo, demasiados proyectos en la cabeza para poder conciliar el sueño, y la ilusión por hacer los pequeños arreglos que hacen que una casa se convierta en tu hogar.

            Durante esos días pasaron cosas poco explicables. Por ejemplo, resultaba imposible llenar el estanque. Daba igual que abriese la tubería por las mañanas. Al día siguiente la tubería de abasto estaba cerrada; la de salida, abierta y el estanque vacío. O el perro, que nunca entraba a los dormitorios, amanecía debajo de mi cama.

            Di por supuesto que lo del estanque se debía a algún vecino desquiciado y lo del perro, a un periodo de adaptación. No le di mayor importancia.

            Fue la noche del decimoctavo día cuando desperté sobresaltado. Literalmente me sentaron en la cama lo que parecían unos petardos, quizá unos tiros de postas, realmente me asusté y corrí hacia la ventana para mirar. Quise salir a fuera, y fue entonces cuando me percaté que el perro no salía de debajo de la cama. Traté de calmarlo para que dejara su escondrijo y me acompañara, pero cada vez que le agarraba el lomo o las patas delanteras para tirar de él, el animal se ponía a temblar. Así que decidí dejarlo y, a la vez, pensé que igual no era buena idea salir yo solo de casa.

            Me fui a la cocina, tomé un cuchillo especialmente grande, y comprobé que las ventanas y las puertas estuvieran cerradas.

            A medida que el tiempo pasaba, la situación me iba acojonando más y más. Ya no sabía si era autosugestión o realmente comenzaba a sentir pasos y hasta voces en el exterior de la casa. Decidí llamar a la policía.

            -“Buenas noches”, dije. “Le llamo porque me ha despertado un ruido que bien podían ser tiros o petardos, pero tengo la sensación de que hay gente fuera. Oigo voces y ruidos. La casa está cerrada, pero la verdad es que estoy bastante asustado, porque si la gente que está fuera tiene armas, yo estoy aquí indefenso, ¿sabe?”.

            -“Tranquilo, señor”, me dijo la voz desde el otro lado. “Comience por darme su dirección”.

            -“Sí, claro, disculpe”, le contesté cayendo en la cuenta de que no le había dicho nada. Al explicarle dónde estaba la casa el agente me dio una nueva sorpresa:

            -“Conocemos la casa, conocemos los ruidos, hay muchas denuncias sobre ello, pero es algo que se nos escapa. No sólo no podemos hacer nada sino que órdenes superiores nos impiden que acudamos a las llamadas por ese motivo”.

            -“¡Cómo!”, exclamé sobresaltado. “¿Qué quiere decir que no vendrán?¿Qué significa eso de que conocen los ruidos?¿De qué denuncias habla?”.

            Quise seguir preguntando, pero el agente desde el otro lado de la línea me interrumpió.

            -“Trate de tranquilizarse. Esta noche no podemos hacer nada, pero venga mañana por aquí y trataremos de explicarle las cosas. ¿Nadie le ha contado nada?¿Cómo compró usted esa casa?”.

            -“Disculpe, pero no sé qué tienen que ver estas preguntas con lo que está sucediendo”.

            Quise decir algo más, pero los cristales de la ventana del salón saltaron por los aires regando el piso de cristales.

            -“Sigue ahí, sigue ahí”, oí a través del teléfono.

            Tardé en contestar lo que tardó el corazón en colocarse en su sitio. Sólo atiné a decir eso de: “Lo ha oído, lo ha oído”.

            -“Sí. Pero tranquilícese. Hoy no tiene porqué pasarle nada. Son fenómenos extraños. Venga mañana y se lo explicamos con detalle”.

            No me preocupó tanto oír lo de fenómenos extraños o que me pidiera tranquilidad en estas condiciones. Lo que realmente me dejó atónito fue eso de “hoy no tiene que pasarle nada”. Me fui al dormitorio y cerré la puerta.

            Sobre las seis de la mañana los ruidos cesaron. A veces se oyeron gritos desgarradores, otras como si alguien arrastrara algo, las más de las veces llantos e incluso algún portazo que no quise ir a comprobar.

            No pude descansar. A las siete en punto estaba en la puerta de la comisaría del pueblo.

            Puede que fuera mi disposición a ver cosas raras, pero lo cierto es que cuando llegué y me presenté como el propietario de la vivienda, la mirada de los agentes se transformó en algo que no sé si estaba más cerca de la burla o del miedo. Me pidieron que esperar la llegada del comisario, “como una media hora”, señaló el oficial de guardia.

            La espera fue entretenida, pues cada agente que pasaba era informado puntual y discretamente por alguno de los compañeros de quien era yo, y continuaba con una mirada menos discreta.

            “Pase por aquí”, me dijeron, y atravesando las mesas me llevaron hasta una sala presidida por una gran mesa en donde esperaban cuatro hombres y una mujer uniformados. Nada más pasar la puerta, el de mayor edad se me acercó con la mano extendida y se presentó como el comisario.

            “Durante muchos años la casa que usted compró estuvo deshabitada”, me explicó otro de los agentes que daba la impresión de ser el que mejor conocía la materia. “Durante la Guerra Civil esa casa fue el cuartel de la Guardia Civil. Según se cuenta en el pueblo, todos los detenidos por los falangistas y por el ejército golpista eran llevados allí y torturados. La gente mayor asegura que los gritos se oían durante días y noches durante semanas. No se sabe cuánta gente pudo morir allí, pero se veía entrar camiones con presos que nunca salieron”.

            Hizo una pequeña pausa para asegurarse que iba digiriendo todo lo que me decía. “Como sabe, la casa cuenta con muchísimos metros de finca y muchos árboles frutales. Según cuentan algunos, obligaron a los presos vivos a plantarlos sobre las fosas de los compañeros y compañeras que morían en los interrogatorios o fusilados”.

            “Terminada la guerra, el cuartel fue trasladado a otra zona y la casa, abandonada. Fue con la llegada de la democracia cuando el Ministerio del Interior decidió enajenar la finca junto a la casa, pero nadie del pueblo quiso comprarla por muy barata que fuera, ya que se hablaba de ruidos y visiones inexplicables”.

            La charla siguió explicando que toda esta historia había hecho que la Guardia Civil tuviera que abandonar la región y que la fuerza del orden encargada era la Policía Nacional, que a partir de estos hechos las leyendas sobre las cosas que ocurrían allí o estaban relacionadas con gente que había vivido en la casa se multiplicaba y me advirtieron que no podían hacer nada más por mí que informarme.

            Les di las gracias y di la mano a cada uno de ellos, creando en mí el sentimiento de que algo me ocultaban. Salí del despacho acompañado de aquel hombre que parecía haber estudiado el caso.
            “Qué puedo hacer”, le dije. “No puedo vender como han hecho conmigo, pero tampoco puedo quedarme. Usted parece conocer este asunto mejor que nadie. ¿Qué me aconseja?”

            El hombre calló durante unos segundos, y esperó hasta alcanzar la misma puerta de la comisaría para hablar. Mientras bajábamos una pequeña pendiente que iba hasta el aparcamiento dijo:

            “Hay una parte que no le hemos contado. De hecho, no se lo debo contar como policía, pero creo que tiene derecho a saberlo. Todos los propietarios desde que se enajenó del patrimonio nacional, han muerto en circunstancias violentas y extrañas. Incluso el propio ministro que firmó la venta, falleció en un atentado. No sabemos si es casualidad o tiene algo que ver, pero así ha sido. Sin ir más lejos, el accidente de tráfico ocurrido hace unas semanas a la salida del pueblo en el que murió una familia completa a ser arrolladas por un tren en un paso a nivel, fueron los vendedores al que usted compró. Como nadie se ha quedado, no sabemos qué puede pasar, pero tampoco quiere decir que si vende usted tenga que morir. Sólo se lo digo porque a mí me habría gustado que me lo dijeran si estuviera en su lugar”.

            Ya junto a mi coche volvió a estrecharme la mano. Antes de soltarla dijo: “Cuente con nosotros para lo que necesite, salvo que se la compremos”, y se despidió con la mirada con que un médico trata de tranquilizar a un enfermo con las horas contadas.

lunes, 23 de abril de 2012

Crisis? What crisis?


Antes de acostarse ya había lavado y planchado todas sus camisas, la ropa de cama, las toallas, calcetines y ropa interior. Siempre había sido muy ordenado y escrupuloso en cuanto a la higiene y el orden. Sus 45 años como farmacéutico ayudaron a ello, pero antes incluso de pisar la universidad, él ya estaba obsesionado con todo ello.

            En casa, llamaba la atención la forma casi obsesiva por mantener su cuarto en perfectas condiciones. Esa fijación por doblar, colocar, preparar, dejar hecho… Hasta que enviudó, su propia mujer reconocía que era imposible encontrar algo fuera de sitio por cualquier lugar que su marido hubiera pasado.

            Así que al levantarse no tuvo nada más que hacer que la cama. Ni siquiera quiso desayunar. Había calculado la comida que iba a necesitar hasta el día que cobrara su pensión –no era difícil- y no quiso ensuciar nada, pues platos, vasos y cubiertos, se quedaban en perfecto orden.

            Cogió un maletín marrón de piel bastante trasnochado signo de un pasado opulento y salió de casa asegurándose con una última mirada que no dejaba nada fuera de sitio.

            De paso hacia el banco dejó en la parroquia un paquete de arroz que guardaba por si el hambre apretaba, y dos bolsas de garbanzos que había recogido de una institución benéfica.

            Al ver los garbanzos recordó la tristeza que sintió al tener que ir a buscarlos. Al fin y al cabo había sido farmacéutico durante más de 40 años, y sabía que hubo un tiempo en el que era él quien dejaba comida y alguna limosna para que otros pudieran sobrevivir, sin importarle mucho la dignidad con la que sobrevivían.

            Él no estaba dispuesto a vivir sin lo que él consideraba “DIGNIDAD” , así, en grande y con mayúsculas: “DIGNIDAD”. Por tanto, no podía permitir que otros le trataran con la displicencia que él había mostrado por otros. “Sé lo que siente la gente al verme”, solía pensar, “porque yo lo he sentido por otros”.

            En el banco sacó todo el dinero que le quedaba en la cuenta. Un sobre con apenas 380 euros. Al cerrar la cuenta el director de la sucursal salió a despedirlo. Lo trató de usted y lamentó que después de más de 30 años dejara de trabajar con ellos.

            Él no dijo nada más que algunas palabras de agradecimiento y no hizo ningún gesto más allá que el de estrecharle la mano y gesticular cortésmente a los trabajadores más antiguos de la sucursal.

            Se dirigió al mejor restaurante de la ciudad. Pidió un vermut extraseco, y unos entrantes basados en verduras a la plancha sobre una tosta con aceite de oliva y sal del Tibet. Después sólo tomó un plato: cebiche de atún rojo que regó con un reserva de la Rioja Alta. A pesar de su diabetes, tomó una tartaleta de mus de chocolate con crujiente de fresas y cerró la cuenta con una copa generosa de Zacapa.

            Pidió la cuenta y esbozó una sonrisa. Hacía muchos años que no pisaba aquel restaurante, prácticamente desde que la crisis se había asomado a las cuentas de los pensionistas y arruinado a los medianos inversores que confiaron sus ahorros a la bolsa.

            Pagó con una sonrisa que no se asomaba a su boca desde hacía meses, dejó una buena propina y salió tarareando un viejo bolero que solía cantar con la mujer en los ratos en que eran especialmente felices.

            Caminó como si la calle hubiera sido puesta especialmente para él. Se vio en alguno de los escaparates y se gustó. Fue ahí cuando comenzó a pensar en su mujer y en sus dos hijos y nietos. A ella la echaba de menos cada día desde su muerte. También a los niños, pero sabía que estaban bien casados, que habían logrado ser felices y que, con cierta modestia, estaban situados económicamente dadas las circunstancias. “Hasta para esto tengo que ser ordenado”, pensó.

            La tarde era soleada y el paseo le sentó bien. Llegó a la Plaza de la Esperanza y se sentó bajo un enorme laurel de indias que ocupaba el centro.

            No había demasiada gente. Miró al cielo azul y se distrajo con las palomas que lo cruzaban sin rumbo. Hizo un ligero recorrido con la vista a su alrededor y comprobó que no había niños. Abrió la maleta y sacó un bolígrafo y una pequeña libreta en la que recogía frases e ideas que hacía suyas. Fue a la última página escrita, trazó una raya y miró de nuevo al cielo antes de escribir: “No rebuscaré en la basura para encontrar comida”.

            Cerró la libreta y la colocó junto al bolígrafo en su sitio. Tomó una pistola que se puso sobre el banco pegada a su pierna derecha y cerró la maleta. Respiró y agarró la pistola sin levantarla. Se sorprendió a él mismo al notar que no temblaba y volvió a pensar en su mujer y sus hijos. “Si hay cielo”, se dijo a sí mismo como si hablara con ellos, “nos veremos en un ratito. A ustedes”, dijo pensando en los niños, “les libero de la carga que les supongo”.

            Volvió a mirar a su alrededor para comprobar que no había gente cerca, inclinó la cabeza hacia atrás y se quedó viendo las hojas del árbol y escuchando el canto de los pájaros, cerró los ojos e inmediatamente introdujo el cañón de la pistola en la boca.

            “Pal carajo”, pensó antes de que las palomas echaran a volar asustadas por el ensordecedor ruido del disparo.

miércoles, 11 de abril de 2012

El viaje

Desperté, no sé cómo, en una nave. De esto fui consciente más tarde, porque al principio no sabía ni dónde estaba ni para qué.
            Mis primeros días los dediqué a investigar dónde estaba la comida, dónde el agua, si había baño, si el agua estaba fría o caliente... Cuando el cansancio me pudo, preparé un rincón en el que dormir, pero al despertar volví a escudriñar los entresijos del espacio en el que habitaba: las puertas que había, las luces, los botones para qué servían, de qué trataban los libros que me iba encontrando… Y leí con especial atención aquellos manuales de uso. Así fue como comprendí que viajaba en una nave.
            No fue hasta el décimo o undécimo día cuando miré por primera vez por la ventana. Allí vi el espacio, pero también vi otras naves, cada una distinta a la otra. En algunas, podía ver a otras personas que también miraban y más de una que se atrevía a gesticular a través de los cristales.
            Casi tardé un mes en descubrir la radio. Eso me permitió ponerme en contacto con el exterior de la nave. Y sí, conocí gente que, como yo, había despertado en otras naves y que también trataban de orientarse.
            He de reconocer que con algunos y algunas la comunicación podía ser más fluida, mientras que con otros y otras, más incómoda. Así que había veces que transmitías por obligación, por responsabilidad o por compartir.
            Como el espacio era infinito, algunos con los que contacté siguieron otro rumbo, y con ellos mantuve comunicación mientras las ondas tuvieron alcance. Cierto es que si unos se iban, otros se incorporaban.
            Tardé unos años en aprender a manejar la nave. Para entonces, muchos y muchas ya habían perdido contacto o supimos cómo marcar distancias para que nuestras conversaciones no se encontraran con asiduidad. . Evidentemente en otros casos la comunicación era cotidiana, maravillosa y hasta fundamental para vivir.
            Para entonces, ya podíamos apreciar el espacio en su inmensidad, veíamos pasar planetas, asteroides, cometas… Conocimos la existencia de agujeros negros, historias sobre naves que se perdían o explotaban, de la posibilidad de aterrizar en algunos cuerpos celestes… Aprendimos a mantenernos en órbita, a movernos sin gravedad, a ahorrar combustible…
            He de reconocer que para todo fue fundamental conocer lo que otros que habían partido antes descubrieron. Hasta navegar por el espacio nos resultó más fácil cuando supimos que había estrellas fijas en el firmamento, y que si algún día pudiéramos alcanzarlas, tras ellas habrían otras más que precederían a más y más y más estrellas que ni siquiera íbamos a poder ver como puntitos colgados del espacio.
            En este viaje también comprendí que sólo viajábamos, y que a veces el que más guardaba lo que encontraba en el espacio, en el mejor de los casos se perdía la salida de los soles o el color de los planetas, y en el peor, chocaba contra una masa de materia cósmica perdiendo su vida, su nave y todo lo atesorado.
            Por el contrario, quien no se ocupaba nunca de mantener en buen estado su nave y de aprovisionarse, terminaba casi siempre a merced de la influencia de las fuerzas gravitatorias de los planetas, sin combustible y sin rumbo.
            Perdido en aprender y observar, tuvieron que pasar muchos años para preguntarme a dónde iba en realidad, cuál era mi destino. La respuesta se fue desvelando al verme a mí y al ver a los demás. Mi misión era sólo dejar constancia de lo aprendido para que otras personas que viajaban en naves más modernas y más rápidas, pudieran llegar más lejos, aunque ni ellas ni yo ni quienes dejaron el legado que yo heredé, tuviéramos la más mínima intención de llegar a ningún sitio.

domingo, 1 de abril de 2012

Los cuentistas

Ella le aseguró que no había en la tierra nadie como él, que nada había más fuerte sobre la tierra que el amor que sentía y que, pasara lo que pasará, siempre estaría a su lado.

Él respondió que más que a nada y más que a nadie, que moriría de desconsuelo si ella no estuviera junto a él, que nunca había querido de aquella forma y que no había día en el que su pensamiento no fuera sólo para ella.

Y así se acostaron juntos, abrazados, besándose la nuca, los hombros y los labios.
Despertaron unos años más tarde, abrazando otro cuerpo pero repitiendo casi lo mismo y casi con las mismas palabras, sin recordar siquiera que se habían olvidado.

domingo, 25 de marzo de 2012

Palabras y hechos

Da lo mismo la forma. El caso es que llegaron a la conclusión de que las palabras no hacían más que entorpecer la relación. Ninguno estaba dispuesto a creer en promesas y sentimientos que no se constatara en hechos.

“No quiero que me digas que me quieres”, dijo ella, “necesito que me demuestres que me quieres”.

Claro que él aseveró que de nada le servían sus  juramentos de amor eterno: “sólo el que me das segundo a segundo puedo aceptarlo como mío”, aseveró.

Y los días pasaron, así como los meses y los años, sin más interpretación que los hechos en sí mismos. 

Nada de celos ni extrañas interpretaciones. Si había ganas de abrazarse, se abrazaban. Que las había de besarse, pues beso que había. Sexo, quejas, caprichos… Todo cabía sin necesidad de explicar nada. Todo tenía hueco siempre que los deseos tomaran forma de hechos consumados.

Un día que ella se despertó en la cama de él y, al levantarse, se puso su pijama, él no pudo decirle lo hermosa que estaba allí, junto a la puerta de la cocina, viéndolo terminar de exprimir unas naranjas. 

Ella, por su parte, tampoco dijo una palabra del tremendo sentimiento de ternura que le despertaba verle casi desnudo preparando un desayuno que, para los dos, era lo de menos.

A medida que la relación avanzaba, cada uno comenzó a pensar en el hecho de que se callaba demasiadas cosas, pero también era verdad que los hechos demostraban que los momentos de “locura” transitoria se distanciaban cada vez más, y que en los encuentros no tenían nada realmente importante que decirse, lo que provocó que el vacío de las palabras comenzara a dejar un hueco en ellos como pareja.

No fue difícil que ella se sintiera terriblemente atraída por un hombre que le recitaba poesía al oído, a pesar de que sólo fueran palabras, ni tampoco que él la viera partir constatando el hecho de que la había perdido.

sábado, 17 de marzo de 2012

domingo, 4 de marzo de 2012

Historia en la piel

Cuando se metió en la cama, ella ya estaba dormida. Desde que se jubiló hacía ya 15 años, tenía como hábito antes de ir a la cama, tomar un té con dos galletas mientras echaba un ojo a los artículos de las revistas que había dejado pendiente el fin de semana. Su mujer le acompañaba leyendo la biografía de algún personaje histórico, y no había día que no le interrumpiera la lectura con algún comentario que siempre comenzaba por “¿Sabías que…?”
            Pero esa noche ella se encontraba indispuesta y fue a encontrarse con Morfeo antes que él. Así que la rutina varió. Ya no sólo era que se quedara solo con su té y sus lecturas, se quedaba también huérfano de comentarios y de reflexiones esporádicas que realizaba en voz alta sin esperar respuesta pero sabiéndose acompañado.
            Preparó su mesita en el salón, pero a diferencia de otros días no tuvo ganas de tomar té ni galletas ni tampoco de leer. Así que reflexionó un poco sobre cómo aquella mujer había compartido más de cuarenta años de su vida, y allí seguían estableciendo rutinas.
            Es cierto, se dijo, que al principio la pasión solucionaba los desencuentros con reencuentros en la cama y en la cocina, y los intercambios de reproches se tornaban pronto en intercambio de besos y saliva. Hoy ya no había reproches, a lo más, silencios que ambos sabían interpretar y respetar en su justa medida, pero no eran habituales. Tampoco tenían ya categoría de reproche, más bien era sólo una forma de expresar disconformidades hacia ciertas actitudes.
            Se dio cuenta de cuánto la echaba de menos y pensó cómo podrían ser sus días sin ella. Se fue al dormitorio. Ella, ya dormida, le había dejado la luz de pared de su lado encendida. Se quitó el batín con mucho cuidado, se metió entre las sábana y la abrazó.
            Casi instintivamente ella respondió al abrazo recolocando su cuerpo para encajar mejor en el suyo. Después de tantos años, en la cama se acoplaban como piezas de un Lego. Él no pudo evitar recorrer la piel de ella con la yema de los dedos, intentando alejar de su mente ese pensamiento de que quizá un día la vida le dejara solo.
            Comenzó por el vientre, un vientre que había parido cuatro hijos y que a sus casi 80 años seguía siendo el lugar al que siempre quiso volver. Era evidente que no tenía ni la rigidez ni la tersura de cuando se conocieron con treinta años, pero su calidez era la misma. “Realmente su ombligo es mi ombligo”, pensó.
            Los muslos siempre fueron su debilidad. Así que al plantearse el tour por el cuerpo de su mujer, pensó que podía dejarlo para el final. Quizá entre ellos había pasado alguno de los mejores momentos de su vida y no convenía llegar tan pronto.
            Así que subió hacia el pecho. También allí había cosas incontables, pero una pequeña cicatriz recordaba que la muerte la había rondado. Afortunadamente el tumor había sido cogido a tiempo. Todavía eran jóvenes, apenas habían superado los cuarenta años cuando en una exploración rutinaria le detectaron un bulto que podía ser cualquier cosa, pero que fue lo peor.
            Quizá había sido el momento más difícil de su vida, aunque nunca se lo había dicho a ella. Nunca le contó las noches en vela ni el esfuerzo por tratar de dar normalidad a un asunto que no era nada normal sabiendo que el fiel de la balanza podía cambiar en cualquier momento. Qué más daba ahora. Lo había superado y hoy podía abrazarla.
            Al llegar a los labios recordó a Miguel Hernández y recitó para sí: “Boca que arrastra mi boca, boca que me has arrastrado...”.
            Tampoco su pelo conservaba la densidad que mantuvo hasta bien entrada en los 60 años. Por algún motivo recordaba con especial emoción la tarde en que hicieron el amor después de su primera separación  tras casarse. Él había tenido que acudir a un congreso y durante casi una semana durmieron separados. Al llegar a casa trataron de aprovechar el tiempo perdido y tras varias horas de revolcones en la cama, casi extenuados, ella colocó su cabeza sobre su vientre y le besó por debajo del ombligo. Él metió sus dedos entre el pelo intentando masajearle el cuero cabelludo. El pelo caía por su costado. Recordaba cómo el cabello se deslizaba entre sus dedos y cómo aquel trocito del lateral de su cuerpo cubierto con el pelo de ella, le producía una agradable sensación de calor. Ambos se quedaron dormidos y ambos despertaron en la misma posición. No podría jurar qué fue lo primero que se dijeron, pero sí sabía lo que pensaba mientras pasaba los dedos entre sus cabellos y no distaba nada de lo que sentía ahora.
            Había comenzado a descender por la espalda cuando ella se dio la vuelta. “¿Qué haces?¿No puedes dormir?”, le dijo. “No”, contestó el, “estoy recorriendo mi vida”.
            No hizo falta que le explicara más. Ya ella sabía de qué iba todo.
            A oscuras, él notó como se le escapaba una lágrima al besarle en la boca y ella, que él sonreía con la misma ternura que le había demostrado los últimos cuarenta y tantos años. Y volvieron a encajar como dos piezas de Lego para quedarse dormidos abrazados como dos adolescentes.

martes, 21 de febrero de 2012

La experiencia, un grado

Es lo que tiene la experiencia. Al contrario de lo que se suele entender, la experiencia no se traduce necesariamente en “mala experiencia”.
            Es lo que tiene. Por lo general, salvo en raras ocasiones, solemos asociar la experiencia a “malas experiencias”, o lo que es lo mismo, somos el ejemplo más cercano y más sencillo para contar lo malo que nos ha pasado en la vida.
            Pero contra todo pronóstico, la experiencia nos da la posibilidad de valorar lo que tenemos, lo que hemos vivido, en resumen, la experiencia nos sirve para valorar lo vivido sobre cualquier otra cosa.
Todos, al menos a partir de cierta edad que puede estar entre los 25 y los 130, aprendemos el significado de cada cosa por la experiencia que establecemos con ello.
            Por ejemplarizar: nuestra experiencia como hijos es limitada. Nos dicen lo que nos puede pasar, de qué camino resulta complicado salirse y lo complicado que es la vida en su andar. Y sí, lo escuchamos mil y una vez sin entender nada o casi nada, pero he aquí que de pronto, somos padres, y esos consejos que nada nos decían comenzamos a entenderlos, y sabemos que el deseo no es etéreo sino que se lleva dentro, y que estudiar no es un capricho sino un paso hacia el futuro, y que el amor y el sexo ni es lo mismo ni es igual.
            Y esa experiencia es la que nos dice que hemos vivido, y lo que es mucho mejor, nos conmueve cuando nos hace comprender realidades que se nos escapaban. Y así, con tiempo, encuentros y desencuentros, uno y otra aprende a valorar lo que nunca valoró.
            Por eso cuando alguien nos acompaña al médico o nos va a ver a un acto que para nosotros es importante, o simplemente se tumba a nuestro lado sin decir nada que nos reclame más amor del que damos, nos parece bonito, pero nunca tan bonito como cuando lo hacemos nosotros y recordamos lo que entonces significó.
            No somos pocos los que criticamos la forma de haber sido abandonados y meses o años después comprendemos todo el amor que escondía ese abandono, y entendemos que no fue fácil tomar cierta decisión y, por el contrario, reconocemos que no hay plan B sobre lo que nos ocurrió.
          Por decir algo que lo aclare: Nadie valora mejor un postre que aquel que se ha pringado las manos en harina, ha preparado el hojaldre, ha montado la nata, ha batido el chocolate al baño maría o ha utilizado el horno a diferentes temperaturas para encontrar el punto justo. Y no valora igual un pase de 60 metros en un campo de fútbol el que lo ve simplemente como el que lo ha intentado cientos de veces y, quizá sólo le haya salido en un par de ocasiones. O el que ha estudiado piano, por ejemplo, no tiene la misma visión de un concierto que el que no ha tocado nunca un instrumento.
         Recuerdo la vez que una antigua novia montó una casa y quiso que yo participara en su decoración. No entendí todo el contenido que su propuesta planteaba hasta que yo compré una casa y sentí la necesidad de que la persona que quería me aportara su visión, porque con ella, con su visión, mi casa pasaba a ser parte suya, y allí estaría ella. Y comprendí lo importante que fue para la primera ese “tú qué opinas”. Años después, viví una situación similar, pero ella ni me miró al montar su nueva casa. También eso, gracias a la experiencia, dio más respuestas que preguntas.
         Por todo ello, no es extraño que los más viejos lloremos con cierta facilidad. No se trata de que nos hagamos viejos, se trata de que en la medida en que vivimos y experimentamos, lo que nos ocurre tiene mucho más sentido, y eso, el corazón, también lo sabe. Y si alguien más joven lo duda, que no olvide que la experiencia es un grado.

lunes, 13 de febrero de 2012

domingo, 12 de febrero de 2012

En piragua

El vaivén de las olas me hipnotizó desde que descubrí al mar. El olor, el sonido del agua al caer sobre sí misma, la espuma en la orilla, la sumisión al llegar a la costa y su rebeldía en la profundidad… Era sólo cuestión de tiempo que me comprara el más bello delos barcos para surcarlo.

         Era un velero de cuatro palos, con camarotes, dos baños, equipo de sonido, una cocina que ya quisiera el Bulli. No había nave más bonita sobre el mar ni hombre más feliz sobre la tierra. Mi buque y yo, ahí, juntos.

         Claro que pronto descubrí que subir y bajar tanta vela me agotaba, y hasta algún susto tuve las tardes de tormenta cuando, sin motivo aparente, el viento parecía ponerse en mi contra y casi no daba tiempo de recoger velas y por largos ratos el barco quedaba en manos de corrientes de aire que lo llevaban a zonas más profundas y peligrosas.

         Tantas veces tuve que recoger velas y amarrarme al timón que el navío terminó por no parecerme tan hermoso, y comencé a envidiar a los que con naves más pequeñas y manejables, volaban sobre el mar, disfrutaban más que yo al no tener que limpiar tanto, reparar tanto, correr tanto de un lado para el otro…

         No fue fácil despedirme de él, pero terminé vendiéndolo a un comprador que me recordó a mí unos años antes. La misma emoción, su primer barco y la misma mirada buceando en el mar.

         Convencido de que había aprendido la lección, invertí lo ganado en una nave de apenas seis metros. Sí, sólo un baño y un dormitorio, pero una cocina digna y un espacio habilitado para usar de comedor-sala de trabajo-espacio lúdico. No necesitaba más. Desde cubierta miraba con displiciencia a los navegantes que viajaban en buques como el que yo había tenido, convencido de que pronto se darían cuenta de su error y comprenderían que mi barco era el mejor.

         Fue una sorpresa descubrir que si bien era más manejable y veloz, quizá no era tan seguro, y con el embate del mar el barco era una cáscara de nuez en el océano, así que podía ser ideal para zonas costeras, pero en el mar profundo se volvía peligroso navegar.

         Al llegar a puerto me decidí por un balandro, pues para estar cerca de la costa no necesitaba ni camarotes ni baños ni cocina, y así comprendí que si bien no estaba mal, sólo con que lloviera o las olas fueran ligeramente altas, la incomodidad dentro era demasiada. No tardé demasiado en alquilar un piso en tierra firme para pensar bien qué y cómo hacer.

         Con el tiempo me acomodé a estar en tierra firme, eso sí, junto al mar y con vistas. Cierto es que no navegaba ni vivía aventuras por mares y océanos, pero estaba cómodo y feliz, y decidí vender el balandro y comprar una piragua, una de esas de plástico, con unas palas también de plástico, pero que dicen que son insumergibles.

         Con ella me voy a la playa los días en que la hipnosis me obliga a acudir al agua. Eso sí, siempre cuando el océano es un plato y mi piragua va dejando esa estela que me marca también el camino a casa.

martes, 31 de enero de 2012

sábado, 21 de enero de 2012

La casita de la playa

Los conocí una mañana de no sé que mes. El sol trataba de escapar del horizonte y yo de un buen puñado de kilos de más que había ganado desde que terminé la universidad. Para ello, cada mañana hacía varios kilómetros por la costa, hollando la arena de una playa que cada día amanecía virgen.

Fue allí donde me los encontré tratando de construir una casa. Ambos, más jóvenes que yo, se habían casado hacía pocos días y se enamoraron del lugar hasta el punto de decidir que se quedarían a vivir allí para siempre.

“Tengan cuidado”, les advertí. “Por algún motivo, nadie se ha puesto a vivir en este espacio, aunque todo el que llega se queda impresionado por el paisaje, el entorno, el silencio... Pero nadie ha logrado vivir aquí al menos por mucho tiempo”.

“Nosotros sí lo haremos”, contestaron casi al unísono convencidos de que su unión hacía más fuerza que cualquier fuerza de la naturaleza.

Allí los dejé y allí los encontraba cada día amontonando maderas, cañas, hojas de palmera y todo tipo de materiales útiles para su propósito. He de reconocer que cada día aquel espacio parecía cada vez más una casa, y cada día aquel proyecto se asentaba en aquel paraje como si hubiera esta allí instalado toda la vida.

Es cierto que hubo días de lluvia y viento, pero ambos parecían cada vez más y más convencidos de que no había lluvia que empapara su empeño ni viento que se llevaran sus ganas.

Casi habían terminado la fachada cuando un huracán arrancó el techo y derribó parte de la parte trasera de la casa. Allí me los encontré intentando recoger los restos que el huracán había dejado a su paso. Por fuera, la casa seguía teniendo ese aspecto de vivienda, si bien no se sabía con certeza si en ruina o en proceso de construcción. Pero también me encontré a los dos convencidos de que con un techo más fuerte y unas paredes más resistentes no habría huracán que los derrotara. Por tanto, dentro del dolor había mucha esperanza, “porque juntos no nos vamos a dejar vencer por un poco de viento”.

Utilizaron madera en lugar de palmas para el techo y clavos en vez de cuerdas, pero fueron entonces las altas mareas las que llegaron a golpear una y otra vez la fachada y los pilares del porche. No necesitó más que una horas para arrastrar la arena, dejar unos cimientos que contaban con más ilusión que hormigón al aire y arrastrar gran parte de la casa mar a dentro.

Los hallé sentados frente al mar, distanciados, ella sostenía una pintura que había arrebatado a la marea y él no encontraba dónde poner la vista. Esta vez no había restos que recoger. El mar se lo había llevado y punto. No lo esperaban, creían que habían pensado en todo, pero los detalles inesperados fueron fundamentales. No obstante decidieron que aún seguían juntos, y que eso era suficiente para intentarlo de nuevo.

Quizá fue él el que lo decidiera ya que ella no tenía tan claro que el sitio fuera tan bonito ni que su amor tuviera poderes sobrenaturales que les permitiera vivir en donde nadie lo había logrado, pero el argumento de “ya sabemos cómo, ya sabemos dónde”; el miedo a tener que buscar un nuevo lugar; y la pena de ver como la mar y el viento dejaba sin ilusiones a su pareja, la convencieron de seguir en el empeño.

Alejaron un poco más la casa de la orilla; utilizaron materiales más caros y mejores, pero menos rústicos y agradables al tacto y a la vista; utilizaron más piedra y menos madera; hicieron las ventanas más pequeñas y las puertas más estrechas y los muros más anchos; y cierto es que la casa resistió algunos vientos y las olas llegaron con menos fuerza, pero el no veía el mar desde el interior de la casa y ella no reconocía entre aquellas paredes el hogar que había soñado.

No hizo falta que la casa se la llevara el viento o el agua, bastó con que hicieran presencia las humedades y algún que otro desperfecto en la fachada para que ambos reconocieran que tampoco le apetecía vivir allí, en tierra de nadie, ni tan cerca del mar para disfrutarlo ni tan lejos como para no sufrir sus consecuencias.

La última vez que los vi él iba vestido de buzo y corría hacia la orilla, ella llevaba una mochila a la espalada y un billete para el Himalaya en el bolsillo. Ellos no se dieron cuenta de mi presencia: ninguno miró hacia atrás.

sábado, 14 de enero de 2012

Y el pelo que pierde

Comparto piso con Frida, una labradora blanca, espectacularmente buena, fiel, bonita como no hay otra, tranquila cuando hay que serlo, juguetona si está en espacios abiertos, nunca hace sus necesidades en lugares inadecuados, no hay que gritarle, acepta a todos y a todas como son, si se siente mal en un sitio sólo da la vuelta y se coloca en otro sin molestar a nadie y sin hacerse notar, exige el mínimo de mimos, acepta todos los cariños que le ofrezcas sin mala cara... Lo dicho: es la perra perfecta.

De hecho, nunca me defino como su dueño, porque no sé bien quién tiene a quien. Tampoco es mi perra, ya que, salvo raras excepciones, ella va suelta y se podría ir con quien quisiera, así que estamos juntos porque nos queremos así, sin condiciones.

Claro que como todos los seres, especialmente los humanos, tiene sus cosas. Muda pelo para hacer un colchón en pocas semanas, hay que dejarla salir a estirar las patas y a meter el hocico en todos los matos que encuentra en el parque, se para en todas las esquinas como si estuviera haciendo un tesis de olores en la ciudad, y algunas pocas cosas más.

Hay un montón de personas cercanas y no tan cercanas que reconocen los valores de Frida, incluso gente que le tiene miedo a los perros y que gracias a la paciencia de Frida lo han superado en parte o totalmente. Amigos que se ofrecen a quedarse con ella si yo tengo que viajar, niños que vienen a casa a buscarla para jugar con ella, vecinos que se ofrecen a pasearla o sacarla si yo no pudiera hacerlo... Es, y no por pasión de compañero de piso, un encanto.

Sin embargo, sé de personas que, reconociendo todos sus valores, no pueden evitar que le dé asco por la cantidad de pelo que pierde, o porque la chucha tiene que hacer sus necesidades, o porque camina a cuatro patas sin zapatos pisando toda la calle. O sea, simplemente no quieren tener cerca a un perro o a una perra, o a ningún animal, y no es porque sea o no Frida sino porque tenga los valores que tenga y sea lo buena que sea, al final, lo que condiciona su relación es que no le gustan los animales y punto. Y está bien. El mundo no tiene por qué tener que aceptar a Frida por ser de lo mejor que ha pasado por mi vida.

Cuento esto porque, en demasiadas ocasiones (para mi gusto), uno se encuentra con amigos y amigas que me cuentan lo maravillosas que son sus parejas, pero... “es que deja la ropa sobre la cama cuando se la quita”, “tiene el baño lleno de pinturas”, “no puedo llegar a ningún sitio puntual”, “sólo piensa en él/ella”, “nunca encuentra tiempo para estar conmigo”, “se pasa el día trabajando”.... Y uno les escucha y dice “y hay que ver el pelo que pierde Frida”.

Por lo general nadie entiende lo que les intento decir, y aunque uno lo explique, en la mayoría de las ocasiones se sigue pensando que el fallo está en que el otro o la otra no es capaz de adaptarse a lo obvio, olvidando que lo obvio es que Frida muda pelo y que lo que no les gusta son los animales.

martes, 10 de enero de 2012

jueves, 5 de enero de 2012

Volumen

Hace tiempo que vengo pensando en que nuestra actitud ante las cosas de la vida es una cuestión de volumenes. No como medida de audio sino de capacidad. Creo que por algún motivo -yo desconozco cuál- los seres vivos estamos dispuestos a aguantar cualquier cosa por incomprensible que sea, siempre que tengamos volumen para ello.

Por ejemplo: aspirar a un empleo determinado. Podemos pasar tres años sin salir de casa para preparar una oposición, o estamos dispuestos a tragar lo que nos echen para ascender a un puesto que nos apetece, o aguantamos un millón de sinsabores con tal de lograr un cargo que consideramos que merecemos haciendo lo que hacemos. Al final, si no lo logramos, no es cuestión de un año, seis meses, una década, es cuestión de si el cajón de "estudia", "traga" o "sin sabores" laborales es más amplio o más pequeño. De pronto, un día que no se diferencia en nada del anterior, decidimos que no, que ya no nos interesa.

Pasa lo mismo con las parejas. Podemos perdonar una o mil veces, intentar que las cosas funcionen diez o diez mil, pero careciendo de un argumento definido, claro, objetivo, un buen día o una buena tarde, decidimos que no más, que la historia se acabó ahí, en ese preciso momento en que la gota rebozó el vaso o, como se dice en mi tierra, llenamos la cachimba.

Con un amigo o una amiga, con quien hemos sido comprensivos hasta límites insospechados. De pronto, sin saber por qué, decidimos que nos tiene harto, decidimos que la vida nos llevó juntos hasta un punto, y no somos capaces de dar ni un paso más junto a él o ella. Y quizá por algo menos duro, cruel, comprensible que otras cuestiones que pasamos por alto o justificamos en su momento.

El perro que nunca ha mordido al niño que le tira todos los días del rabo, la planta que florece una vez más al borde de la carretera después de que la guagua le arranca por enésima vez las flores al pasar, la orca que siempre hizo caso a su cuidador...

Somos así. Funcionamos por volúmenes, y una vez que está lleno ese cajón no hay lágrimas ni recuerdos ni promesas que nos permita meter ni un solo elemento más, e intentarlo sólo consigue que la porquería rebose y manche lo poco que podemos salvar.

No sabemos el mecanismo, pero así funciona, y lo que es más curioso, así lo sentimos. No quiero estudiar más, no quiero seguir más con una persona, no quiero que me cuenten otra batalla para justificar algo que me ha dolido, no quiero que las cosas sean como han sido... Y ese sellado repentino del compartimento correspondiente no es explicable para nadie, siquiera para nosotros, pero se nos hace tan patente que es imposible abstraerse de él, y nos resulta tan, pero tan evidente, que no necesitamos ni buscar una justificación.

Claro que, como todo, tiene un problema, y es cuando en los volúmenes ajenos, somos nosotros los que dejamos caer la última gota, y entonces sí necesitamos que nos lo expliquen. Y menudo.