lunes, 4 de julio de 2011

La deuda

Comenzamos a querernos de niños, durante las clases de piano en el viejo conservatorio con viejos profesores que se empeñaban en enseñarnos viejas melodías de viejos compositores (con 10 años recién cumplidos, todo lo que te rodea parece viejo). Quizá por eso sus dedos blancos destacaban sobre el fondo amarillo y negro del viejo (como no) teclado del piano, y su mirada aportaba vida a unas aulas despobladas de cualquier signo de humanidad.

         Debo decir que sólo me daba cuenta de esas cosas los días que ella no asistía. Esas horas eran casi tan infinitas como los días de la semana que transcurrían entre una clase y otra.

         Lo que en principio no era más que un acercamiento al sexo contrario fue convirtiéndose, con el paso de los años, en el descubrimiento de la pasión, el deseo y el amor. El primer amor. El amor que carece de prejuicios y de miedos, del que cuanto más damos, más recibimos, y del que, por supuesto, guardamos como un secreto en el que nos jugamos la vida.

         Con 16 años las clases de piano terminaron, y con ellas la excusa que dos veces por semana nos unía un ratito antes de entrar y un largo tiempo después de salir.

         El último acorde del “Claro de luna” de Debussy, la pieza que interpreté en el examen final, puso en marcha el cronómetro de la despedida. Por primera vez en seis años, se abría un abismo entre nosotros. El tiempo que hasta ahora sólo marcaba las horas para reencontrarnos se agotaba para siempre. Así que lo que era un secreto revelado por las miradas y algunos sonrojos, tenía que materializarse o perderse para siempre.

         -“Bueno, entonces ya no nos veremos más”, dije yo.
         -“¿Por qué?”, respondió ella.
         -“Se acabaron las clases…”.
         -“¿Y..?”
         -“Que no tenemos más motivos para vernos”.
         -“¿No?”
         -“Bueno… A mí me gustaría pero…”
         -“Es muy sencillo. Te doy mi teléfono y me llamas cuando quieras. Yo estaré encantada de que me llames. Es más, estaré esperando que me llames”.

         Y así transcurrieron los meses siguientes. Ella encantada y yo, encantadísimo.

         No sólo aprendimos a besar. Aprendimos a querer, a echarnos de menos, a prometernos cosas imposibles, a descubrir la vida. Sin duda, fue un tiempo feliz.

         Con casi 17 años no faltaron momentos en el que el deseo nos pusiera en el límite entre lo malo y lo mejor, pero decidimos que sólo habría sexo cuando ambos fuéramos mayores de edad, o lo que es lo mismo, cuando ella –unos meses más joven que yo- fuera mayor de edad.

         “Ya sólo queda un año”, bromeaba al cumplir los 17 un 14 de febrero. El 14 de marzo ya anunciaba, sin decir yo nada, que 11 meses, y el 14 de abril, mayo y junio, que 10, 9 y 8, respectivamente.

         El 10 de julio, un camión de reparto no la vio venir en bicicleta y se saltó un stop, llevándose por delante a ella y a toda la vida que nos quedaba.

         Recuerdo aquellos días como los más tristes de mi vida.

         Los meses siguientes fueron un permanente sufrimiento. Aunque nuestra relación era conocida, nadie podía imaginar hasta qué punto se había roto mi vida, mis sueños, mi propia juventud.

         Nada tenía sabor ni color, nada era divertido ni entretenido, nada tenía interés, y yo no tenía interés por nada.

         Así pasaron los meses, yo cada vez más en mí y sin ella. Y llegó el 14 de febrero, el día en que debía haber cumplido 18 años si el puñetero repartidor no hubiera tenido tanta prisa en terminar el trabajo de la mañana.

         Al caer en fin de semana, mis padres decidieron irse a una casa rural en familia, pero yo aduje exámenes y demasiado trabajo. Todos lo entendieron, “dale tiempo, dale tiempo a tu hijo”, oí comentar a mi madre al hablar con mi padre. Así que los despedí con cierta premura, deseando quedarme sólo con mis miserias y mis soledades.

         Me fui a la cama pronto. Intenté leer algo, pero fue imposible. Desde el accidente tampoco podía concentrarme en la lectura, y me veía obligado a releer los párrafos hasta cuatro o cinco veces para poder comprenderlos.

         Apagué la luz e intenté dormir.

         Acababa de cerrar los ojos cuando me pareció oír la ducha. “La dejé abierta”, pensé, y me acerqué hasta el baño. El plato estaba mojado, pero la llave estaba perfectamente cerrada, y me volví a la cama.

         Al cerrar los ojos de nuevo, el ruido se transformo en pasos por el pasillo. Encendí la luz, me levanté y me asomé a la puerta de la habitación. No había nadie.

         Traté de buscar alguna explicación lógica. Miré en todas y cada una de las habitaciones, debajo de las camas, de la mesa del comedor, tras las puertas y en todos y cada uno de los rincones en donde pudiera esconderse una persona. No encontré a nadie.

         Antes de acostarme revisé mi habitación. Tardé cierto tiempo en apagar la luz, y unos minutos más en cerrar los ojos, pensando qué podría provocar esos sonidos que parecían venir del interior de la casa.

         Me quedé boca arriba aguzando el oído. Esta vez, el ruido fue la puerta de mi cuarto, y la presencia de alguien se hizo palpable. Abrí los ojos y encendía la luz temiendo recibir algún golpe o que alguien tratara de inmovilizarme. Pero no pasó nada ni había nadie. Miré bajo la cama. No había ni polvo. Realmente estaba asustado y sentía frío, así que me arropé bien y apagué de nuevo la luz, si bien no quise cerrar los ojos esperando a que se adaptaran a la oscuridad para intentar vislumbrar algo.

         Logré distinguir las formas de los objetos, pero ningún movimiento, y aunque la razón me decía que no había nadie, la sensación de alguna presencia que me observaba era inevitable.

         Cerré los ojos y al segundo sentí como algo o alguien se sentaba a los pies de la cama. Seguí inmóvil boca arriba escuchando como la sangre corría por las venas y el corazón bombeaba con más fuerza que velocidad esperando algún nuevo movimiento.

         Tuve que hacer un esfuerzo para sacar el brazo y encender la luz de nuevo, comprobando una vez más que no había nadie, pero al otro lado de la cama el edredón estaba hollado.

         “Joder, que obsesión”, pensé. “Tengo que rehacer mi vida o terminaré en un psiquiátrico”.

         Apagué de nuevo la luz, me tapé lo justo con el plumón y me di la vuelta dispuesto a dormir pasara lo que pasara.

         Cuando aún podía sentir el pulso golpeando en mis muñecas, el colchón se hundió tras de mí, como si un cuerpo de algo o de alguien se hubiera acomodado a mi espalda, y casi al instante no tuve ninguna duda de que un brazo me rodeaba hasta cogerme el tórax.

         No era un abrazo para inmovilizarme, al contrario, fue un abrazo lleno de ternura pero no me tranquilizó, al contrario, el corazón se me salía del pecho. Aún así, no fui capaz de intentar zafarme, siquiera intenté abrir los ojos.

         “Tranquilo mi amor. Soy yo”, susurró una voz que reconocí. “Estoy aquí para cumplir mi promesa”.

         A esta altura, las pulsaciones ya habían superado todos los límites de la lógica, y recé para que todo aquello sólo fuera fruto de mi imaginación.

         La mano que me abrazaba se deslizó por debajo del edredón pasando la palma por mi espalda, el glúteo derecho y llegando hasta el hueco poplíteo a la altura de la rodilla. Al ascender, la mano repitió el recorrido pero por delante, subiendo por el muslo, la cadera y parándose sobre el corazón que seguía desbocado. “Tranquilo. No va a pasar nada que no quieras”, dijo.

         Apreté aún más los ojos. No sabía que tenía que querer. Fruto o no de mi imaginación, allí estaba ella, tal y como nos habíamos prometido.

         Con muchísima delicadeza me colocó boca a bajo, y sentí que sus piernas se colocaban a la altura de mis muslos atrapándolos. Su pubis lo sentía sobre mis nalgas y sus manos dibujaban líneas sin sentido sobre mi espalda.

         Sin decir nada estiró los pies y las manos colocándose en la misma posición que yo estaba, entrelazando sus dedos con mis dedos y sus pies buscar el calor de los míos.

         Por primera vez sentí su pecho sobre mí, su pelo caer sobre mi hombro y su mejilla apoyarse entre mis omóplatos. Lloré.

         He de reconocer que a partir de ahí los recuerdos se confunden. Sus labios sobre los míos, mis manos recorriendo un cuerpo que no había podido olvidar, una erección, mis muslos entre sus muslos, girar, girar y girar sobre la cama, las manos enlazadas, mis dedos clavados en su espalda y la sensación de estar atravesando todos los océanos sin escafandra.

         Al día siguiente desperté sólo. La cama no presentaba signos de que hubiera pasado nada. Todo estaba en su sitio.

         Todo lo había soñado. Sí, tenía que volver a mi vida, tenía que olvidar o, al menos, tenía que seguir viviendo.

         Me levanté y al abrir las cortinas observé varias manchas de sangre sobre las sábanas. Me asusté y pensé que debía haber una explicación lógica. Fui al baño y me observé en el espejo. En la espalda tenía algunos arañazos que no tenía al acostarme.

domingo, 26 de junio de 2011

Corto de vista, larga de piernas

Él era corto de vista y ella, larga de piernas. Quiso el destino que sus vidas se cruzaran en un breve instante. Su tacón de aguja no resistió toda la noche, y la obligó a tambalearse hasta agarrarse a él, dejando sus caras a pocos centímetros.

         Hasta entonces, ella sólo era una sombra con figura femenina. Pero de cerca, ahora que podía contemplarla, se le antojó la mujer más bella que hubiera conocido. Con la excusa de ayudarla con el zapato, se arrodilló para sujetarle el pie, pasando sus ojos a pocos centímetros de su cuello, su pecho, su ombligo, sus muslos, sus rodillas, para terminar clavando la mirada en un tobillo perfecto que sobresalía de un zapato sin tacón.

         Ella, que no había reparado en su presencia, se vio sorprendida por la fuerza del brazo masculino al sujetarla, la calidez de su voz al calmarla y la delicadeza con que la trataba. Sin tacón, él había crecido los centímetros suficientes como para convertirlo en un hombre más que atractivo.

         Inseguro de sí, pensó que una mujer como aquella nunca se fijará en él, que no se podía aspirar a que la vida le diera una sola oportunidad con ella, y como era corto de vista no se dio cuenta de que ella lo miraba como no había mirado nunca a otro, así que una vez arreglado el calzado, se despidió y la condenó de nuevo al mundo de las sombras con figuras femeninas.

         Ella, segura de sí, temió enamorarse como no lo había hecho hasta entonces, y cansada de desengaños y frustraciones que no le habían llevado a ningún lugar, aprovechó sus largas piernas para poner tierra de por medio.

jueves, 23 de junio de 2011

No quiero

El día que nació ya todo el mundo supuso que el bebé quería ir con su madre. En la infancia, decidieron que el niño quería jugar al ajedrez. Ya en la adolescencia era evidente que el muchacho quería estar solo. En la juventud se supuso que el joven quería ser arquitecto. Al cumplir los treinta y tantos, los que le rodeaban coincidieron al afirmar que sentaría cabeza con una muchacha. Ya convertido en señor, los demás presumieron que quería retirarse y disfrutar de sus nietos lo que no había disfrutado de sus hijos.

De viejo, hizo memoria, y apuntó en una hoja:
"De bebé no quería estar cabeza abajo recibiendo golpes en las nalgas, así que extendí mis brazos hacia la primera persona que vi tumbada. De niño no quise estar en el equipo de baloncesto, demasiado esfuerzo físico. Como adolescente no quería que me estuvieran preguntando a cada rato qué me pasaba, y me escondí de todos. Ya más joven, no quise ser médico como mi padre; y con treinta y tantos, con todos mis amigos casados, no quise quedarme solo. Cuando fui ya un señor, no quise perderme la infancia de mis nietos como perdí la de mis hijos.

Ahora ya viejo, puedo decir que todos interpretaron las señales, pero no correctamente. Mi vida" -escribió- "no estuvo marcada por lo que quise, como se cree, sino por lo que no quise.

A simple vista puede parecer lo mismo, pero no es igual. Y ahora escribo no porque me apetezca, sino por que no quiero repetir los mismos errores".

domingo, 19 de junio de 2011

Bendito el árbol

Bendito sea el árbol, que tiene como único objetivo en su vida crecer. Ni necesita ni quiere ir más allá. Sólo crece. En el único saliente de un acantilado, en la valla de un cementerio, en la periferia del bosque, en el centro del prado…

            Allí donde esté, echa raíces y se sitúa para el mundo.

            Dará sombra para la siesta sin importarle a quién, cobijo a los nidos sin escuchar las historias sobre otros pagos que pueden contarle las aves migratorias, descanso a los caminantes sin interesarle a dónde van ni de dónde vienen, palabra al viento del norte y al del sur sin escucharles.

            Bendito sea el árbol, que soluciona sus problemas a base de tesón, abriéndose paso en el asfalto o en la roca, que cede ante el viento y se inclina hacia la luz por pura supervivencia.

            Bendito sea el árbol, que cierra sus propias heridas, que no corre frente al fuego, que se hace más grande con el paso del tiempo, que ni sonríe ni llora ante nada ni ante nadie.

            Bendito sea el árbol, que nos enseña la suerte que tenemos de aprender,

            de soñar,

                        de sentir

                                    y de amar bajo su sombra.

viernes, 17 de junio de 2011

Mil gracias

Contra todo pronóstico, este blog que nació con la intención de compartir algo con alguien, alcanzó recientemente el millar de visitas mensuales. Mi propuesta sería que nos viéramos cuantos pudieran en Gran Canaria y además de conocernos y compartir un ratito, compartiéramos unas copas y hasta algunos pensamientos.
Como no conozco a la mayoría y sé que hay gente que entra a la página de lugares lejanos (es lo que tiene Internet), de momento me conformo ("de momento") con darles mil gracias por estar a ese otro lado de la pantalla, con nombres o anónimamente.
Un abrazo

El cielo que espero

Uno, que es como es, no cree en el cielo. Al menos no cree en el cielo como espacio físico atemporal en el que se premia a los buenos sobre los malos. En cambio sí creo en el cielo que vivimos, en las experiencias que nos hacen experimentar sentimientos que nos sobrepasan, que nos hacen crecer tanto que los límites del cuerpo se convierten en una maldición, momentos en los que dejamos de ser nosotros para sentirnos parte de algo infinitamente mayor.

            Así, por ejemplo, toqué el cielo en el parque nacional de Yosemite, tumbado al sol en un pico, con cientos de kilómetros cuadrados de pinos y secuoyas cubriendo la distancia entre mi lugar de descanso y el horizonte. Sobre nosotros (andaba con Rubén recorriendo la costa oeste de EEUU), volaba un águila de dimensiones mesozoicanas. Mientras la veía deslizarse entre corrientes de aire, un lejano silbido se fue acercando, haciéndose más fuerte cada milésima de segundo, y convirtiéndose en una autentica manifestación de cientos de miles de millones de hojas agitadas por el viento.

            De pronto, ese aire, ese ruido, esa canción de la naturaleza que había comenzado hacía un minuto en la lejanía, alcanzó la cima y siguió hasta el águila. Durante una decena de segundos, secuoyas, pájaro y nosotros, formamos parte de un todo, nos convertimos en aire, volamos y echamos raíces…El viento nos atravesó, por ósmosis o por empatía, el viento penetró por las botas, la camisa, la piel los pulmones, el hígado, las vísceras, la médula, tímpanos, lagrimales, y cada pelo que me cubre…

            Fueron sólo unos pocos segundos, pero me llevaron a un extremo de paz y de comunión con lo que me rodea cercano a la promesa celestial.

            También atravesándome por completo me acercaron al cielo leer a Benedetti, las conversaciones con Isabel, las cenas con Emilio, los ratitos con “romeros sin frontera”, la partida anual de mus con Rafa, Víctor y Yeyo; el canon & gigue de Pachelbel; los mimos de Frida cuando llego a casa destrozado, algunos abrazos con mis hermanos y mi madre, y algunos despertares junto a ángeles sin alas que han compartido parte de mi vida.

            Pero he de reconocer que todos esos cielos que me aguardan a la vuelta de cualquier esquina, no son comparables con la tibieza del vientre de la persona amada junto a mi mejilla. Este es el único cielo que se convierte en una estancia en el paraíso con tooooodos los gastos pagados.

domingo, 12 de junio de 2011

Ojos de gata

Seguir a flote

Navego en un barco que hace agua, tanta que a veces estoy más seguro fuera que dentro. Pero el barco flota, se resiste a sumergirse en el abismo azul.
Hay veces, incluso, que parece navegar a gran velocidad, pero normalmente es sólo la sensación en la cara del viento.
A simple vista es sólo un cascarón, sí, pero por ahora inhundible. Junto a él han pasado veleros, canoas, catamaranes, barcos de guerra y hasta esos que preparan paellas a bordo para los turistas. Cuando no estoy achicando agua, veo pasar muchas veces los restos de sus naufragios cuando, en su afán por ser más de lo que son, terminan chocando contra arrecifes y peñas.
Mi barco, también fue una gran nave, y está como está porque en su tiempo también chocamos contra arrecifes, peñas y hasta algún que otro iceberg, pero logramos seguir a flote a pesar de nuestras heridas.
Conscientes de la debilidad, procuramos no ir siempre contra corriente, ni acercarnos demasiado a la costa, pero tampoco buscamos desafíos mar a dentro ni vientos huracanados que nos hagan volar. Realmente navegamos por el puro placer de navegar, de sentir el bramido del mar en la proa y el silbido del viento al rozar los cabos del mástil.
Jugamos con los delfines, damos de comer a las gaviotas, nos dejamos mecer por el mar y tratamos de no quemarnos al sol más allá de lo aconsejable.
Quién nos ve siempre a medio flotar, con remiendo en las velas y con la ausencia de un palo perdido en un temporal y que nunca volvimos a poner, piensa que nos queda poco, que la cosa pinta mal, muy mal, en un futuro inmediato. Mi barco lo sabe y yo lo sé, pero no podemos evitar disfrutar mientras sigamos a flote.

viernes, 10 de junio de 2011

Mi reino no es de este mundo

-¿Sabes que eres raro?
- No, no lo sé, estoy seguro. ¿Pero por qué lo dices?.
- Porque eres raro.
- ¿Pero lo dices por algo?
- Claro, no hay forma de hablar contigo.
- ¿Y qué estamos haciendo?
- Hablar, pero no de lo que yo quiero.
- ¿Y de qué quieres hablar?
- No te lo voy a decir.
- Pues va a ser difícil que hablemos de lo que tú quieres si no me lo dices.
- Es que no me dejas.
- ¿No te dejo qué?
- Decir lo que quiero.
- Ya me dirás cómo te lo impido.
- No me lo impides pero no quieres escucharlo.
- No sé qué quieres que escuche si no me lo cuentas.
- Te lo contaría si tuviera confianza.
- Pues nada. Ya hablaremos cuando tengas confianza y me lo quieras decir.
- ¡Lo ves!
- ¿El qué?
- Cómo no tienes ningún interés.
- En qué.
- En nada.
- Perdona, hay mil o treinta mil cosas que me interesan, pero no sé de qué estás hablando.
- Como todos los hombres. Si tienes un problema, a darle la espalda y a correr.
- Está bien. Lo acepto. Pero me costaría menos si supiera de qué problema hablamos.
- Como si no lo supieras.
-...
- Claro, ahora no dices  nada.
- Es que no sé de qué hablamos.
- ¡Lo ves!
-...
- Si es que escribes muchas cosas, pero después, en la realidad, no eres capaz de asumir lo que dices.
- A ver. Organicémonos. ¿Qué es lo que he escrito o dicho que no sea capaz de asumir?
- Tú sabrás.
- ...
- Ves como lo sabes.
- ...
- Claro. Ahora no dices nada porque tengo razón.
- Por Dios. Estoy seguro de que sí, de que tienes razón, pero dime en qué.
- Como si fueras tonto.
- (Ni una palabra pero lágrimas de desesperación)
- No, si es la salida fácil, hacer como si no te enterases de nada.
- (Más lágrimas y algo de desesperación).
- Bueno, entonces ¿qué haces?
- Qué hago de qué, con qué o para qué...
- Tú, con tal de humillarme...
- !!¡¡???¿¿??¡¡¡!!!
- No, si es lo que esperaba de ti...
- (Dios mío, por qué me has abandonado)
- Nada. Vete para tu casa. Para estar así...
-....
- No, si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú... Si tú...
- (Me dirijo a la persona que hay dentro de mí, ¿hay alguien al otro lado?)...
- Y tú... y tú... y tú... y tú... y tú... y tú... y tú... y tú... y tú...
- Camarero, una copita...
- Porque tú... porque tú... porque tú... porque tú... porque tú... porque tú... porque tú.....................

lunes, 6 de junio de 2011

Sentidos y sensibilidad

Asumimos con naturalidad, y con razón siempre que estemos en posesión de todos los sentidos, que la vista es el primero de ellos que se pone en marcha cuando conocemos a alguien. La presencia, la forma de vestir, los rasgos de la cara, el color de los ojos, etcétera, son los primeros datos que procesamos y de ellos dependen las primeras valoraciones.

            No obstante, parece curioso que, por lo general, sea precisamente el sentido de la vista el que menos tiene que ver con el amor, quizá por ser tan vital en la primera impresión, lo que lo descalifica a medida que vamos poniendo en uso otros sentidos.

            Personas que según el sentido de la vista resultan poco estéticas, terminan en muchos casos siendo hermosas en cuanto las conocemos más, y si bien lo estético prima en un primer momento, las demás características que los sentidos pueden percibir van colocándose delante de ella.

            Un hombre o una mujer bellísima, si desprende un olor que no nos resulta agradable, o el tacto de su piel produce cierto rechazo, o sólo escuchamos idioteces, o el sabor que detectamos en su cuerpo nos impide acercarnos tanto como quisiéramos, la relación amorosa (y no hablo sólo de sexo) resulta especialmente complicada.

            En cambio, el caso contrario lo vemos de forma habitual. No todos los o las que conocemos son físicamente Venus o Adonis, pero recordamos de ellos y de ellas el olor de si piel, el sabor de su boca, la calidez de sus manos o las conversaciones compartidas.

            Somos capaces de reconocer una voz en un tumulto y hasta podríamos decir la temperatura corporal de la persona que se levanta a nuestro lado. Al final, cuando una relación (sea de la profundidad que sea) se termina, probablemente, el sentido de la vista no es el que más nos cuesta que se adapte a la nueva situación.

            Quizá por eso, para evitar distraernos, cerramos los ojos cuando queremos sentir algo más profundamente.

            Esto, que en principio es una teoría que puede tener cierto fundamento, cada vez sirve para menos, ya que hay que ver la cantidad de gente que vive de las apariencias. 

viernes, 3 de junio de 2011

El frío

Acababa de llover y la humedad aumentaba la sensación de estar a una temperatura muy baja. La noche se acentuaba por culpa del apagón que varias filas de farolas sufrían, dando un toque siniestro a la calle, donde el silencio amplificaba cualquier ruido.

         Hacía sólo algunas semanas que me había mudado a la nueva casa, y aún tenía que llegar y pasear a los perros que habían estado todo el día sin salir y sin comer.

         Al pasar a la altura del número 25, como de la nada aparecieron unos pies descalzos. Me asusté. Al mirarlos descubrí que pertenecían a una mujer joven, con un traje demasiado corto y demasiado fino para la noche de perros que hacía.

         No quise entretener mucho la mirada, me pareció hermosa, quizá demasiado pálida y tan mojada que parecía haber estado bailando bajo la lluvia.

         Superada la primera impresión y mientras el corazón recuperaba su ritmo vital, saludé con un escueto “buenas noches”, a lo que la muchacha contestó con educación.

         Llegué a mi portal, subí hasta mi piso, abrí la puerta y fui recibido por Tolo y Tola –diminutivo de Bartolo y Bartola-, una pareja de beagle que convertían cada llegada en una fiesta.

         Sin sacarme de la cabeza a la chica y el susto del pecho, tras comprobar si los animales tenían agua y que no había ningún estropicio en la casa, me asomé a la ventana a comprobar si la joven seguía en el portal del número 25. No estaba, o al menos yo no la vi.

         Cogí un jersey y salí a la calle de nuevo con los chuchos.

         Por alguna extraña razón Tolo y Tola se resistieron a seguirme, y estaba pendiente de ellos cuando volví a pasar por el 25 de la calle. Allí estaba ella, en la misma postura en que la había dejado.

         Pensé que debía tratarse de una vecina que habría discutido con su pareja o con sus compañeras de piso. Como ya le había dado las buenas noches intenté dar cierta normalidad al encuentro advirtiéndole de que los perros, aunque andaban sueltos, no eran peligrosos. Ella los miró y dijo con evidente carga de pena: “No te preocupes. Mis primeros encuentros con animales no suele ser muy buenos. Después todo cambia”.

         No le di mayor importancia, aunque el tono me confirmó que había tenido una discusión hacía poco o que algo le preocupaba mucho.

         Algo había en ella que me resultaba especial, y no eran sus facciones, que también. Era algo más espiritual, algo que no terminaba de saber si era atracción o rechazo. Un sentimiento que costaba discernir entre “cuídate de ella” o “acércate a ella”. Fuera como fuese, cuando volví a casa del paseo con los perros, lo hice por el mismo camino. Al verla de nuevo no pude resistirme.

         -¿No tienes frío?-, pregunté.
         -No, la verdad-, contestó.
         -¿Vives por aquí? Es que con la que está cayendo no sé si deberías abrigarte un poco.
         -No, yo vivo en un trastero de la calle de Lord Bayron. Una casa muy coqueta con jardín y perro. Un animal muy agresivo. Al dueño no le gusta que la gente se acerque demasiado.

         Supuse que debía tener una habitación alquilada o algo así. Un viejo trastero ubicado en el jardín que había sido arreglado para alquilar o para acoger al personal del servicio que trabajaba en la casa, estudiantes...

         - ¿Y no estás un poco lejos o es que tienes por aquí familia o amigos?-, dije mientras observaba con más atención sus gestos.
         -Viven mis padres-, dijo ella.
         -Perdona que insista-, le dije, intentando dejar claro que no trataba de presionarla, -pero, ¿no sería conveniente que si quieres estar aquí, subieras, te pusieras algún abrigo y unos zapatos?
         -De verdad-, dijo, -no me importa. No puedo subir a casa de mis padres aún, y aquí estoy bien”.

         Dentro del plano de situaciones que me iba creando en la cabeza, encajé una riña familiar que había terminado con un portazo y que ahora tocaba esperar que las aguas volvieran a bajar mansas. Extendiéndole el jersey que había cogido para mí, le dije: “ponte esto, no cojas frío y te vayas a poner mala”. Ella alargó el brazo y al tomarlo, también tomó mi mano.

         Me impresionó la temperatura a la que estaba. No era una mano fría, era una mano helada, como si hubiera tenido que cargar hielo. La sensación me recordó a la que tienes cuando, en invierno, entras en la ducha recién levantado y esperas que llegue el agua caliente.

         Ciertamente me preocupó hasta el punto de pensar en obligarle a subir a casa de sus padres. Pero la tristeza que trasmitía y el dolor que se escondía en su voz, no lo aconsejaba.

         -Oye-, le dije, -estás helada. Si no quieres subir a casa de tus padres vente a la mía. Vivo solo, con estos dos-, dije señalando a los perros que ya estaban increíblemente quietos a sus pies. –Es aquí al lado-, proseguí, -y por lo menos, podrás tomarte algo caliente y no estarás en la calle. No creas que soy un tío raro ni que estoy pensando en nada extraño.

         Ella sonrió y pareció pensárselo.

         -Venga, vamos-, dije yo para animarla y me puse a caminar hacia mi portal.

         Hasta que ella no se levantó, Tolo y Tola ni se inmutaron.

         En el ascensor hablé de que le dejaría ropa, una toalla y que si quería bañarse con agua caliente, que podía hacerlo. –Es que estás helada-, le insistí, -vas a ponerte mala seguro-.

         Le dejé un chándal de invierno, unos calcetines gruesos de lana, unas zapatillas y me fui a la cocina a calentar un tazón de leche de soja, saqué unas galletas y puse todo sobre una bandeja.

         Al llegar al salón ella ya estaba de pie delante del sofá con el modelito, que debía ser seis tallas por encima de la suya.

         -Tómate esto-, le dije colocando la bandeja sobre la mesa.
         -No gracias, no tengo hambre-, me dijo.
         -Venga muchacha, si estás muerta de frío.

         Ella sonrió con cierta melancolía, y tuve la sensación de que lo hacía pensando en otra cosa.

         Mientras tomaba la leche y las galletas, la conversación fue casi un monólogo mío aderezado por pequeñas matizaciones que ella aportaba. No obstante, ese tiempo me permitió contemplarla con mayor detenimiento y mucha más luz que en la calle.

         Quizá era algo más joven de lo que imaginaba, pero tenía una languidez en la mirada poco común. Sus manos parecían firmes, pero sus movimientos eran casi gaseosos, demasiado continuos, redondos, yo diría que irreales para una persona.

         Transmitía una extraña tristeza, pero no daba la sensación de ser la típica pesimista que te puede joder una fiesta, casi lo contrario, si no fuera por su blancura y un cierto atractivo a la hora de fijar la mirada, pasaría desapercibida.

         -Igual me meto donde no debo-, le dije, -pero me parece que no estás en tu mejor momento.
         -No-, dijo y sonrió por segunda vez.
         -Si quieres contarme algo o puedo ayudarte con algo, cuenta conmigo-, le propuse.

         Me miró, suspiró, y cuando parecía que iba a decir algo, se derrumbó sobre el sofá y antes de echarse a llorar sólo logré entenderle: “No sé ni por dónde empezar”.

         Me senté junto a ella y la abracé. Seguía helada. La envolví en una manta y nos tumbamos en el sofá.

         No sé cómo ni cuándo, pero lo cierto es que me dormí. Al despertar ella ya no estaba. Supuse que se habría ido a casa de sus padres y que ya la vería por la zona en algún otro momento. Pensé que quizá se habría ofendido, bien por quedarme dormido bien por abrazarla. Miré por la ventana hacia el portal donde la había descubierto, pero allí no había nadie ya.

         Llegué al trabajo como siempre. Tomé el periódico y al abrirlo por la sección de Sociedad quedé petrificado. La foto de la joven con la que había estado durmiendo y hablando se encontraba a dos columnas bajo un titular que advertía que tras dos años de pesquisas, la policía seguía sin rastro de una joven que había desaparecido.

         “Coño, como se parece”, recuerdo que pensé, pero a medida que devoraba la información, vi que las piezas encajaban. La calle en la que vivían los padres, la edad, pequeños detalles que demostraban que no se trataba de un parecido sino de un hecho: era ella.

         Llamé a un amigo de la policía nacional y le conté lo que había pasado. “Sé que no te lo vas a creer, pero…”, y le detallé datos sobre dónde me había dicho que vivía ahora, la calle, el trastero, el perro…

         -Joder, si tienes razón y la localizamos te doy una medalla-, prometió. –Llevamos dos años con este caso y no teníamos ni una pista. De hecho, pensamos que estaba muerta y enterrada en cualquier barranco.

         -Bueno-, expliqué, -miren primero a ver si se trata de ella, porque supongo que no seré yo el único que la ha visto en el periódico y alguien le habrá dicho que la buscan.
         -Venga, vale. Te llamo con lo que haya y te cuento.

         Dos días después sonó mi teléfono.

         -Oye, puedes venirte a Comisaría-, me dijo Ramón, el colega madero.
         -¿Qué, era la chica que buscaban?-, pregunté.
         -Vente para Comisaría y te cuento.
         -Vale, pero por lo menos dime si era.
         -Que vengas, joder. Que te cuento aquí.
         -Vale, vale-, dije antes de colgar, coger mi chaqueta y salir para la Comisaría.

         Cuando llegué me esperaba Ramón con el comisario jefe y dos personas más que me presentaron como el inspector encargado del caso y el jefe de no sé que departamento de investigación.

         -Tenemos un problema-, me dijo el comisario. –Ramón nos ha contado la conversación que habías tenido con él. ¿Puedes contarnos a nosotros la historia?

         -Bueno, historia historia no hay ninguna-, dije mientras intentaba encontrar una explicación a todo aquello. –Me encontré a una chica en la calle, estaba empapada por la lluvia, me pareció que había discutido en casa y, viendo que estaba helada, la invité a subir a mi casa para que se cambiara de ropa y tomara algo caliente.

         Obviamente me salté las conversaciones y los abrazos. Recuerdo que en ese momento me di cuenta de que si le hubiera pasado algo a la muchacha, que por entonces ya sabía que se llamaba Laura, llevaría puesta mi ropa.

         -Pero ella, ¿qué te dijo?-, preguntó el inspector.
         -La verdad es que no hablamos mucho. Me dio la impresión de que tenía problemas con sus padres y tampoco me los quiso contar. Sólo dónde vivía y que los perros y ella, al principio, no encajaban bien, pero que después eran inseparables. Era tarde, yo estaba cansado y me quedé dormido enseguida.
         -Y ella se quedó a dormir en tu casa,- afirmó el inspector a la espera de mi confirmación.
         -Sí. Bueno, no. No lo sé. Ya les digo que yo me acosté y me dormí. Por la mañana no estaba. No sé si durmió o se levantó y se fue.

         Los tres seguían mirándome fijamente, como quien está atrapado en una novela de misterio. Aquel era el primer silencio desde que había llegado y era evidente que sólo era incómodo para mí.

         -Supongo que todo esto tiene una explicación, y si me cuentan qué pasa, igual les puedo aclarar algo, pero les confieso que ahora estoy un poco perdido-, dije con franqueza.

         Por primera vez desde que nos diéramos las manos al llegar, Ramón se incorporó en su silla y se apoyó en la mesa para hablar.

         -Tenemos un problema-, dijo. Antes de seguir miró al comisario que asintió mientras se quitaba las gafas y se frotaba los ojos. Ahora era yo el que se encontraba atrapado en la novela de misterio.

         -Tenías razón. Era la chica que buscábamos y estaba donde dijiste-. Intencionado o no, hizo un pequeño parón en su explicación. –El asunto es que la hemos encontrado muerta.

         En otras circunstancias habría pensado que se trataba de una broma, pero por muy amigos que fuéramos Ramón y yo, el comisario y aquellos señores no se iban a prestar a una parodia de esta índole.

         -Joder-, dije. –¿Pero muerta cómo? Asesinada, un infarto… la verdad es que estaba helada, igual estaba enferma y no me di cuenta.

         De lo que sí me había dado cuenta es que al decir la última frase, los cuatro se miraron. La situación me acojonó por primera vez desde que había llegado. Aquel intercambio de miradas podía interpretarse como “lo hemos pillado. Excusatio non petita accusatio manifesta”.

         -No estarán pensando que yo…
         -No, no, tranquilo-, me interrumpió Ramón. –La cosa es mucho más complicada. Estaba muerta y enterrada.
         -¿Cómo?
         -Si, muerta y enterrada.
         -Pero enterrada en su casa-, intenté aclarar.
         -No, no era su casa. El trastero donde tú dijiste que vivía, era eso, un trastero.
         -Pero entonces, enterrada en el trastero.
         -Sí, enterrada en el trastero-, confirmó Ramón.
         -Mira-, dijo el comisario tomando la iniciativa, -la chica estaba muerta y enterrada en el sitio que tú nos dijiste, pero el laboratorio nos ha demostrado que fue asfixiada hace dos años, o sea, la mataron a los pocos días de su desaparición. ¿Entiendes ahora el problema?

         No supe que decir. Pasé la mirada por cada uno de los cuatro rostros que había frente a mí. Era evidente que las cosas no podían ser así, algo fallaba, pero a ellos parecía importarles menos que a mí.

         -Mira-, repitió el inspector rompiendo el silencio de la sala, -vamos a terminar con los análisis. Estamos también tomando declaración al propietario de la casa y vamos a excavar en el jardín porque tenemos sospechas de que pueden haber más cadáveres enterrados. Cuando ya tengamos esto avanzado, nos citamos de nuevo e intentamos encontrarle una explicación lógica a todo esto. Hasta entonces, Ramón estará en contacto contigo por si te necesitamos.

         Nos levantamos, nos dimos la mano y salimos todos de la habitación.

         Ramón, se adelantó para comentar algo con el comisario jefe, que le dio algunas indicaciones que no oí, y volvió hasta donde yo estaba.

         -¿Estás bien?-, preguntó.
         -Sí, creo que sí-, dije.
         -Joder, pues tienes cara de haber visto un fantasma-, rio.
         -Cabrón-, reí yo.
         -Traquilo, yo siempre he dicho que tú mujer no podía ser de este mundo.

         No dije nada.

         -Si te apetece, quedamos mañana a tomar algo y hablamos un rato de todo esto. Ya te contaré lo que se pueda contar-, dijo Ramón.
         -Venga, sí, hablamos-, dije sin saber qué decía. –Ya sé la salida, no hace falta que me acompañes a la puerta.
         -Hecho. Te llamo mañana-, dijo y nos despedirnos con un abrazo.

         No busqué taxi. Fui caminando hasta casa. Al pasar a la altura del número 25 me detuve. No había nada, evidentemente, pero me quedé un rato mirando aquel trozo de portal.

         Al llegar a casa, Tolo y Tola vinieron a recibirme, pero no hubo fiesta. Me extrañó. Al llegar al sofá, sobre el mismo estaba doblado el chándal, con los calcetines y las zapatillas que Laura llevaba la última vez que la vi.

         Nunca conté esto a la policía, ni siquiera a Ramón.

         Ahora evito sentarme siempre en la parte del sofá en el que estuvo sentada Laura, pero curiosamente, se ha convertido en el rincón preferido de los perros para echarse a los pies, y tengo la sensación de que no estoy solo.

sábado, 28 de mayo de 2011

Compañera

No es la primera vez que me siento solo, pero a diferencia de otras soledades hoy me ocupa una soledad especialmente hiriente, una soledad personalizada, pasional, descubridora de todas mis soledades, una soledad tristemente sola, angustiosa, casi un maltrato (sin casi: un maltrato).
Hoy mi soledad se ha hecho solidaria conmigo y ha compartido todo su vacío aplastando mis pocas defensas, mis trampas anti-soledad, mis bombas contra el desaliento. No vino hasta mí, estaba dentro de mí y ahora es cuando ha decidido presentarse.
Sin quererlo, yo he ido alimentando a mi soledad, cuidándola, dejándola crecer creyendo que estaba simplemente desolada, cuando el desolado era yo.
Así que no se trata de una soledad ahuyentable (siquiera en el mejor de los augurios). Es más bien una soledad plomiza, de punto y principio, acompañante, extrovertida, perenne, sólo soledad, que brota, intrasplantable.
Hoy me he sentido SOLO, así, en mayúscula, ni siquiera estaba mi yo para hacerme compañía. Así que decido quedarme con mi soledad, que es lo único que verdaderamente tengo, a la que no podré vencer y con la que tendré que aprender a vivir acompañado.

viernes, 27 de mayo de 2011

Gata

Vivo en un lugar curioso. Realmente no está en ninguna parte, pero prácticamente puedo asegurar que se encuentra en medio de todo. A la misma distancia del casco histórico que de la zona comercial, de la costa que de la montaña, de un bar de copas que de otro bar de copas.

            Vivo en una urbanización que tiene su encanto. Encajada en la ladera de un barranco  tiene por encima un barrio considerado humilde, pero por debajo… por debajo le defiende la zona más cara de todo el suelo urbano de la ciudad.

            Tiene vistas a la bahía, el tráfico es mínimo, los vecinos se respetan y los pasillos entre casas que entre semana son espacios de encuentro vecinal, los fines de semana se convierten en campo de juegos de media docena de niños y niñas a los que ves evolucionar y hasta despertar a los instintos más primitivos.

            Al barranco le han tapado el cauce con una escalera de cemento que se adapta perfectamente a la orografía del terreno. Como todas las escaleras, tiene un doble sentido, pero a diferencia de otras, no une dos extremos. Permite bajar a la gente humilde que vive en la parte alta a trabajar a la parte rica y, más tarde, les permite volver a casa. Pero, curiosamente, debe ser el único camino que los de abajo nunca utilizan para llegar arriba.

            En este barrio, en esta escalera y en este barranco vive una gata. Fue abandonada hace algo más de un año (no abandonada en el sentido humano sino en esos parámetros animales en los que la madre deja que sus crías buscarse la vida). Por sus ojos podría ser la reencarnación de Elizabeth Taylor, por su color y su andar podría ser siamesa, pero tiene las patas blancas, una mancha (también blanca) perfectamente simétrica en el hocico, y un maullido que casi parece una oración.

            La gata, pasa los días subiendo y bajando las escaleras como buscando dueño, siguiendo a los personajes que atraviesan su territorio a cierta distancia. Por lo general, huye de la gente, y especialmente de mí.

            Por algún motivo desconocido, sólo se queda conmigo cuando llego tarde a casa, de madrugada, a esas horas en las que la noche se retira a otra parte del mundo. Entonces, por algún motivo desconocido (repito), la gata aparece en cualquier rincón del camino, como si fuera don Gonzalo de Ulloa esperando a don Juan, y se deja acariciar.

            Allí mismo me siento. Ella se acurruca a mi lado y ronronea (a veces pienso que si yo tomara whisky, whiskyronearía), y mientras yo comparto mi soledad, ella comparte sus pulgas, y no sé bien quién de los dos se siente más incomodo, pero ahí permanecemos durante un puñado de minutos, los justos para asegurarnos que el sol sale de nuevo y que la escalera vuelve a tomar vida.

            Entonces nos despedimos. Yo recojo mi soledad y ella, la mayoría de sus pulgas, y nos emplazamos para la próxima curda. Hasta ese nuevo encuentro, cuando nos cruzamos nos miramos como si no hubiera pasado nada entre nosotros.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La rubia y el moreno

Era rubia. Vestía sólo de marca hasta para pintar un techo. Su mayor problema era cómo gastar el dinero que había heredado de unos padres que nunca se reconocieron en ella. Su tema de conversación favorito era ella, y su mundo interior acababa en donde terminaba su epidermis. Desde que había terminado la carrera sólo había leído dos libros: “Mi Yo interior” y “Cómo ser Yo”. Nunca fue capaz de asistir a un concierto al aire libre y la única vez que se atrevió a ir al teatro, se quedó dormida. Para la música, sorda; para la poesía, muda; para el arte, ciega. Pero eso sí: metro ochenta (con tacones), rubia (con minifalda), los ojos verdes (sin lentillas) y volúmenes que no se encontraban en ninguna biblioteca.

         El amor no era una excepción, y siempre lo condicionaba a la cartera y el aspecto físico, o viceversa.

         Él era moreno. Le costaba quitarse el vaquero hasta para ir a la ducha. Su mayor problema era llegar a final de mes y encontrar tiempo para acompañar a sus padres, que se veían en él más que en ninguno de sus hijos. Tenía capacidad para hablar de todo porque estaba abierto al mundo. Nunca terminó la carrera, a pesar de que no podía evitar devorar todos los libros que llegaban a sus manos. Le encantaba la música en directo, desde Claudio Monteverdi hasta Maldita Nerea. No concebía nada más hermoso que la ópera, le embelesaba la poesía y cualquier disciplina artística suponía el secuestro de todos sus sentidos durante horas. Pero eso sí: Más ancho que largo (por el abdomen), moreno (con entradas) y unos ojos marrones oscuro que escondía bajo las gafas (de culo de botella).

         Se podía decir que le salvaba su infinita capacidad para relacionarse, para escuchar, para dar más que para recibir, para mimetizarse con el otro y con la otra, y su incomprensible capacidad de enamorarse.

         El destino quiso que sus vidas se cruzaran. Ella trataba de olvidar y él, de encontrar.

         Contra todo pronóstico, ella que nunca iba más allá, vio en él más que en ningún otro; claro que él, capaz de ponerse en cualquier piel, no encontró ningún aliciente que le acercara al corazón de ella.

         Por eso, ella provocó lo que entendió como una cita. Canceló una importante reunión para ese día, compró traje y zapatos nuevos, pasó varias horas en la peluquería y otras tantas en la playa, para que la piel tuviera ese tono brillante que tanto favorecía a sus ojos y a su melena rubia.

         Él, que creyó que “te llamo el sábado y quedamos” era sinónimo de “si podemos nos tomamos una copa el sábado”, salió al mediodía con sus amigos, y entre copa y risa y risa y copa, le dieron las tres, las cuatro y las nueve de la noche.

         La llamada de ella no le extrañó. La respuesta de él sí que fue rara. “¿A qué hora quedamos?”, dijo ella con cierta ilusión. “Vente cuando quieras, que estamos por aquí”, contestó él.

         Cuando ella llegó, la borrachera de él era evidente, pero consideró que con sus “armas” podía dar la vuelta a la situación, incluso que podía beneficiarse de ello.

         Así que se lo llevó a cenar a un local de moda en busca de un poco de intimidad y con la intención de alejarlo de sus amigos, que ya en su cabeza comenzaban a ser amigotes.

         Lo consiguió, pero sólo en parte. Él accedió a la cena y al local, pero se llevó a los compañeros de farra. Ella se dio cuenta de que no era el momento de marcar diferencias, pero siguió confiando en ganar pequeñas batallas que le permitieran la victoria final.

         Sabía que le gustaba el vino, así que consultó en Internet alguna guía actualizada sobre caldos y se autoeligió portavoz del grupo  para mostrar sus conocimientos. Quizá en otras circunstancias él habría valorado la iniciativa, pero estaba demasiado entretenido dibujando rayas y círculos explicando los ritmos del péndulo de Foucault en una de esas conversaciones sin finalidad alguna que solía mantener con sus amigos.

         En el fragor de la explicación, tampoco se dio cuenta de que el camarero llenaba la copa, y con el séptimo vaivén, el codo chocó con la mano del servidor desviando la botella lo suficiente como para tirar la copa y derramar el Rioja sobre el vestido nuevo.

         Las reiteradas disculpas no tranquilizaron mucho a la rubia, que sólo pensaba en correr al baño para intentar evitar la mancha. Al verse en el espejo dudó si estaba en el lugar oportuno, pero al verse, se convenció de que tarde o temprano tendría su oportunidad, y volvió a la mesa, en donde continuaron las disculpas, a las que ella correspondió repartiendo sonrisas y encantos.

         Se habían olvidado ya de todo cuando llegaron los postres: Una variedad de lo mejor de la casa.

         Que el camarero pasara la bandeja sobre la cabeza de uno de los amigotes, que el susodicho se levantar y que los postres fueran a repartirse entre el pelo, la cara y el traje de la muchacha, fue todo uno.

         Hasta el camarero fue incapaz de contener la risa. Salió el cocinero de la cocina, la camarera de la barra, algunos comensales del reservado... No pudo ser peor.

         Vuelta al baño, a mojar el traje nuevo, a pedir agua caliente, y cuando ya estaba a punto de convertirse en Miss camiseta mojada del verano, se volvió al espejo y se contempló con su traje nuevo. “Aún así”, pensó, “tengo mis armas”.

         Cuando volvió a la mesa, ya habían servido una ronda de copas y aún había quien se secaba las lágrimas de la risa.

         Ya fuera, se las arregló para separarlo de los amigos argumentando que no todos cabían en un taxi. Él entró y ella se sentó al otro extremo del sillón, no sin asegurarse de cruzar las piernas para dejarlas aún más al descubierto.

         Dado que él no parecía haberse dado cuenta, ella preguntó: “Has visto mis zapatos nuevos”. Y claro, fue bajar la cabeza, mirar y vomitar sobre ellos.

         No podía ser. Entrantes, plato y postre cubrían su calzado de supermarca, y lo que era peor, al ser sandalias el viscoso líquido filtró por todos los sitios posibles.

         Ya no pudo más. Mandó a parar y se bajó indignada. Él intentó disculparse, pero no lograba articular ninguna palabra entre arcada y arcada.

         Ella quiso insultarlo, decirle que era un irresponsable, un desalmado, un hediondo, un canalla, un hijo de la gran puta… pero no pudo, tan sólo dijo: “No me vuelvas a llamar”.

         Al día siguiente, más relajada, ella pensó que quizá había sido demasiado brusca, y que la puerta debía mantenerse abierta. Al recibir la llamada, él aún estaba en la cama. “Oye, perdona. Me puse nerviosa porque no todo salió bien. Quería pasar un buen rato contigo y demostrarte que soy algo más de lo que parezco. Creo que podíamos quedar otro día, si a ti te parece y no estás enfadado”.

“Claro, claro, claro…”, contestó él antes de cortar. Y antes de volver a dormirse, miró al techo y se preguntó, “con quién habré salido yo anoche”. 

martes, 17 de mayo de 2011

Limitaciones

El Elefante y la Hormiga quedaban cada viernes para hablar. Su relación se remontaba ha varios años. Una vez a la semana, el paquidermo salía de su casa hacia la orilla del río en el que solía verse con la hormiga. A su paso, observaba los cambios que se producían a su alrededor. Hacía tiempo que los cazadores furtivos no se atrevían a asomar sus rifles ante la vigilancia a la que había sido sometida la reserva y eso le permitía relajarse.

        Pensaba en cómo había visto pasar los años, irse a los amigos, llegar a su hijo y a su hija, y casi lamentó la buena fortuna de su excelente memoria. Eso también le hizo pensar.

        El camino duraba poco más de 10 minutos. No tenía mayores problemas, los demás animales le respetaban y no le afectaban los juncos que crecían a la orilla de la ribera. Sus más de 900 kilos le facilitaban entrar por cualquier sitio sólo con avanzar.

        Algunas veces durante el paseo, disfrutaba de la lluvia. El agua resbalando por su gruesa piel y corriendo por los pliegues de su cuello solían hacerle sentir más vivo.

        La Hormiga, por contra, tardaba casi un día en llegar al sitio de reunión. Sus cortos pasos le impedían ir tan rápido como quisiera. La hierba que crecía en invierno le obligaba a ir siempre en zig zag, y en verano, la tierra calentaba demasiado su barriga y su cabeza.

        La lluvia era incluso peor, cada gota multiplicaba las posibilidades de terminar siendo arrastrada.

        Aunque no era la comida favorita de ningún habitante de la sabana, su insignificante tamaño le obligaba ir con la máxima cautela para no ser pisada, enterrada o lanzada a metros de distancia por algún golpe fortuito.

        Lo peor llegaba cuando tenía que cruzar el río. Debía preparar con mucho cuidado una especie de balsa formada con juncos y hojas impermeables. Después, calcular bien la corriente y lanzarse al agua esperando que la mala suerte no le cruzara con ningún animal que le provocara el hundimiento de la nave.

        Su fragilidad era tal que, el pequeño viaje le obligaba a estar atenta a todo cuanto ocurría, lo que le impedía cavilar. Todos sus sentidos tenían que estar puestos en cada paso que daba. Parientes, amigos, vecinos... la mayoría de sus congéneres morían por un despiste, por una duda en el momento equivocado, por estar en el sitio inoportuno... Sólo cuando estaba con su amigo el Elefante podía sentirse segura.

        Ese viernes, cuando ella llegó, él ya estaba esperando mirando a lo lejos una inmediata puesta de sol. Como era normal, hasta que la Hormiga no habló el Elefante no se percató de su presencia.

        "Buenas tardes", dijo ella mientras se acomodaba para descansar del largo viaje. "Buenas tardes", dijo él para añadir a continuación: "la vida es más complicada de lo que parece".

        La hormiga asintió y pensó: "Qué sabio es el Elefante. Será un gran hombre".

martes, 10 de mayo de 2011

Las cosas no son como uno quiere

Me habría gustado que el casero le hubiera cortado el agua a Pilatos, o que Pandora tuviera que viajar en avión con su cajita, o que Nerón hubiera soñado ser bombero, que Little Boy  y Enola Gay nunca se hubieran conocido, que los carros y los carretones no vinieran juntos, que no hiciera falta pasar por la tempestad para encontrar la calma, que el amor y el odio no compartieran jardín, que la política fuera el arte de servir, que Romeo y Julieta se hubieran entendido, que a Mateo le hubieran robado la guitarra y que Vicente supiera estar solo.

            Me habría gustado cambiar muchas cosas, la puntería de Lee Harvey Oswald, la velocidad del Titanic, las elecciones del 33 en Alemania, el descubrimiento de la pólvora por occidente, el acierto del primer ballenero…

            Sé que la historia es interpretable, pero los hechos inmutables. Me duele ver que el presente también, que nada puedo hacer por los 61 inmigrantes que murieron de hambre y sed en el Mediterráneo porque un buque militar les negó auxilio. Habría preferido el naufragio de la fragata, o el portaaviones, o lo que fuera, porque sé que entonces recordarían que la solidaridad no tiene pasaporte y que la muerte casi nunca es dulce. Que todo es interpretable, pero los hechos, inmutables.

lunes, 2 de mayo de 2011

Lo que no parece

Los conocí en una cena oficial de la cámara de comercio. Teníamos amigos comunes y no fue difícil que congeniáramos. Ella no era especialmente hermosa, pero tenía ese atractivo que a los hombres nos hace analizar los gestos, los movimientos, y fijar la mirada en sus ojos. Él, era un hombre menos atractivo a simple vista, pero en la distancia corta, divertido, entrañable, prudente y preocupado por mantener la imagen física de no tan vieja gloria deportiva.

            Juntos daban la impresión de pareja perfecta, salvo por la cuestión cultural de que ella era ligeramente más alta que él, por lo que por prudencia, ella procuraba no ponerse tacones y, en las ocasiones que casi se exigía, por pura coquetería, él procuraba mantener unos metros de distancia.

            A medida que pasaron los meses, la relación con ellos fue cada vez más intensa. Coincidimos en eventos, en comidas con amigos e incluso varias veces quedamos para cenar.

            Se querían, se respetaban y compartían una complicidad difícil de encontrar.

            Aunque son pocas las cosas que me sorprenden, casi me dolió enterarme que ella tenía un amante, y fue una cachetada saber que no era el primero ni el segundo. El asunto no me cuadraba. No correspondía con su mirada.

            Sabía, porque alguna vez había salido alguna conversación sobre los engaños, lo que ambos opinaban, o al menos decían que opinaban. Habría jurado que eran sinceros.

            No quise dudar, pero a las pocas semanas pude comprobar por una amiga íntima suya, lo cierto de la historia.

            Inconscientemente fui marcando distancia. No quería ser partícipe de la farsa. No podía sentarme delante de un amigo y su mujer, también amiga, sabiendo que lo que veía no era lo que había, y aunque siempre mantuvimos cierto contacto, lo cierto es que la relación se fue enfriando.

            Hace unos meses me encontré con ella. Había bajado bastantes kilos y su mirada era triste. La reconocí, pero no me resultaba atractiva, es más, lo que antes era brillo ahora era sombra.

            Tras el protocolario saludo, me contó que había enterado que su marido la había engañado con otra, “después de todo lo que decía, después de todo lo que le he querido, el muy cabrón me engañó con otra”, me dijo.

            La invité a tomar algo para que se calmara y hablara. Y habló, y lloró, y habló, y habló. Que él estaba arrepentido, que la llamaba, que lo había metido en abogados, que no quería hablar con él, que había decepcionado a sus hijos, a su familia, a sus amigos…

            No era el momento de cuestionar nada ni de culpar a nadie. Sólo le hice una pregunta: ¿No tiene solución? “Me da lo mismo”, respondió. “Yo no puedo confiar en alguien que es capaz de hacer esto, de mentirme así, de ser tan cabrón. No voy a perdonarle nunca”.

            Nos despedimos, no sin antes ofrecerme a lo que necesitara.

            Al día siguiente no pude evitar llamar a él, no por curiosidad sino por inquietud.

            “Sí, es verdad”, me dijo. “Un día, hablando de cosas que quisieramos resolver antes de morir, le confesé que hace ya varios años, dos veces, había mantenido relaciones con una mujer, y que no fue más porque quería demasiado a mi mujer y no era justo para nadie. Así que no tuvo más importancia, es más, gracias a eso me di cuenta que no había nada ni nadie más importante en mi vida que ella”.

            Estaba tan destrozado que por un momento pensé en decirle algo. Pero para qué. Quizá sólo aumentara el rencor entre ellos, o quizá yo no quería meterme en una guerra de la que era mero espectador.

            Finalmente han vuelto. Él ya no es el que era, su carga se marca en el gesto de su cara y los meses de separación le han aclarado el pelo. Ella, vuelve a lucir. A mí no me resulta atractiva, pero no ha dejado de encontrar amantes.