viernes, 3 de junio de 2011

El frío

Acababa de llover y la humedad aumentaba la sensación de estar a una temperatura muy baja. La noche se acentuaba por culpa del apagón que varias filas de farolas sufrían, dando un toque siniestro a la calle, donde el silencio amplificaba cualquier ruido.

         Hacía sólo algunas semanas que me había mudado a la nueva casa, y aún tenía que llegar y pasear a los perros que habían estado todo el día sin salir y sin comer.

         Al pasar a la altura del número 25, como de la nada aparecieron unos pies descalzos. Me asusté. Al mirarlos descubrí que pertenecían a una mujer joven, con un traje demasiado corto y demasiado fino para la noche de perros que hacía.

         No quise entretener mucho la mirada, me pareció hermosa, quizá demasiado pálida y tan mojada que parecía haber estado bailando bajo la lluvia.

         Superada la primera impresión y mientras el corazón recuperaba su ritmo vital, saludé con un escueto “buenas noches”, a lo que la muchacha contestó con educación.

         Llegué a mi portal, subí hasta mi piso, abrí la puerta y fui recibido por Tolo y Tola –diminutivo de Bartolo y Bartola-, una pareja de beagle que convertían cada llegada en una fiesta.

         Sin sacarme de la cabeza a la chica y el susto del pecho, tras comprobar si los animales tenían agua y que no había ningún estropicio en la casa, me asomé a la ventana a comprobar si la joven seguía en el portal del número 25. No estaba, o al menos yo no la vi.

         Cogí un jersey y salí a la calle de nuevo con los chuchos.

         Por alguna extraña razón Tolo y Tola se resistieron a seguirme, y estaba pendiente de ellos cuando volví a pasar por el 25 de la calle. Allí estaba ella, en la misma postura en que la había dejado.

         Pensé que debía tratarse de una vecina que habría discutido con su pareja o con sus compañeras de piso. Como ya le había dado las buenas noches intenté dar cierta normalidad al encuentro advirtiéndole de que los perros, aunque andaban sueltos, no eran peligrosos. Ella los miró y dijo con evidente carga de pena: “No te preocupes. Mis primeros encuentros con animales no suele ser muy buenos. Después todo cambia”.

         No le di mayor importancia, aunque el tono me confirmó que había tenido una discusión hacía poco o que algo le preocupaba mucho.

         Algo había en ella que me resultaba especial, y no eran sus facciones, que también. Era algo más espiritual, algo que no terminaba de saber si era atracción o rechazo. Un sentimiento que costaba discernir entre “cuídate de ella” o “acércate a ella”. Fuera como fuese, cuando volví a casa del paseo con los perros, lo hice por el mismo camino. Al verla de nuevo no pude resistirme.

         -¿No tienes frío?-, pregunté.
         -No, la verdad-, contestó.
         -¿Vives por aquí? Es que con la que está cayendo no sé si deberías abrigarte un poco.
         -No, yo vivo en un trastero de la calle de Lord Bayron. Una casa muy coqueta con jardín y perro. Un animal muy agresivo. Al dueño no le gusta que la gente se acerque demasiado.

         Supuse que debía tener una habitación alquilada o algo así. Un viejo trastero ubicado en el jardín que había sido arreglado para alquilar o para acoger al personal del servicio que trabajaba en la casa, estudiantes...

         - ¿Y no estás un poco lejos o es que tienes por aquí familia o amigos?-, dije mientras observaba con más atención sus gestos.
         -Viven mis padres-, dijo ella.
         -Perdona que insista-, le dije, intentando dejar claro que no trataba de presionarla, -pero, ¿no sería conveniente que si quieres estar aquí, subieras, te pusieras algún abrigo y unos zapatos?
         -De verdad-, dijo, -no me importa. No puedo subir a casa de mis padres aún, y aquí estoy bien”.

         Dentro del plano de situaciones que me iba creando en la cabeza, encajé una riña familiar que había terminado con un portazo y que ahora tocaba esperar que las aguas volvieran a bajar mansas. Extendiéndole el jersey que había cogido para mí, le dije: “ponte esto, no cojas frío y te vayas a poner mala”. Ella alargó el brazo y al tomarlo, también tomó mi mano.

         Me impresionó la temperatura a la que estaba. No era una mano fría, era una mano helada, como si hubiera tenido que cargar hielo. La sensación me recordó a la que tienes cuando, en invierno, entras en la ducha recién levantado y esperas que llegue el agua caliente.

         Ciertamente me preocupó hasta el punto de pensar en obligarle a subir a casa de sus padres. Pero la tristeza que trasmitía y el dolor que se escondía en su voz, no lo aconsejaba.

         -Oye-, le dije, -estás helada. Si no quieres subir a casa de tus padres vente a la mía. Vivo solo, con estos dos-, dije señalando a los perros que ya estaban increíblemente quietos a sus pies. –Es aquí al lado-, proseguí, -y por lo menos, podrás tomarte algo caliente y no estarás en la calle. No creas que soy un tío raro ni que estoy pensando en nada extraño.

         Ella sonrió y pareció pensárselo.

         -Venga, vamos-, dije yo para animarla y me puse a caminar hacia mi portal.

         Hasta que ella no se levantó, Tolo y Tola ni se inmutaron.

         En el ascensor hablé de que le dejaría ropa, una toalla y que si quería bañarse con agua caliente, que podía hacerlo. –Es que estás helada-, le insistí, -vas a ponerte mala seguro-.

         Le dejé un chándal de invierno, unos calcetines gruesos de lana, unas zapatillas y me fui a la cocina a calentar un tazón de leche de soja, saqué unas galletas y puse todo sobre una bandeja.

         Al llegar al salón ella ya estaba de pie delante del sofá con el modelito, que debía ser seis tallas por encima de la suya.

         -Tómate esto-, le dije colocando la bandeja sobre la mesa.
         -No gracias, no tengo hambre-, me dijo.
         -Venga muchacha, si estás muerta de frío.

         Ella sonrió con cierta melancolía, y tuve la sensación de que lo hacía pensando en otra cosa.

         Mientras tomaba la leche y las galletas, la conversación fue casi un monólogo mío aderezado por pequeñas matizaciones que ella aportaba. No obstante, ese tiempo me permitió contemplarla con mayor detenimiento y mucha más luz que en la calle.

         Quizá era algo más joven de lo que imaginaba, pero tenía una languidez en la mirada poco común. Sus manos parecían firmes, pero sus movimientos eran casi gaseosos, demasiado continuos, redondos, yo diría que irreales para una persona.

         Transmitía una extraña tristeza, pero no daba la sensación de ser la típica pesimista que te puede joder una fiesta, casi lo contrario, si no fuera por su blancura y un cierto atractivo a la hora de fijar la mirada, pasaría desapercibida.

         -Igual me meto donde no debo-, le dije, -pero me parece que no estás en tu mejor momento.
         -No-, dijo y sonrió por segunda vez.
         -Si quieres contarme algo o puedo ayudarte con algo, cuenta conmigo-, le propuse.

         Me miró, suspiró, y cuando parecía que iba a decir algo, se derrumbó sobre el sofá y antes de echarse a llorar sólo logré entenderle: “No sé ni por dónde empezar”.

         Me senté junto a ella y la abracé. Seguía helada. La envolví en una manta y nos tumbamos en el sofá.

         No sé cómo ni cuándo, pero lo cierto es que me dormí. Al despertar ella ya no estaba. Supuse que se habría ido a casa de sus padres y que ya la vería por la zona en algún otro momento. Pensé que quizá se habría ofendido, bien por quedarme dormido bien por abrazarla. Miré por la ventana hacia el portal donde la había descubierto, pero allí no había nadie ya.

         Llegué al trabajo como siempre. Tomé el periódico y al abrirlo por la sección de Sociedad quedé petrificado. La foto de la joven con la que había estado durmiendo y hablando se encontraba a dos columnas bajo un titular que advertía que tras dos años de pesquisas, la policía seguía sin rastro de una joven que había desaparecido.

         “Coño, como se parece”, recuerdo que pensé, pero a medida que devoraba la información, vi que las piezas encajaban. La calle en la que vivían los padres, la edad, pequeños detalles que demostraban que no se trataba de un parecido sino de un hecho: era ella.

         Llamé a un amigo de la policía nacional y le conté lo que había pasado. “Sé que no te lo vas a creer, pero…”, y le detallé datos sobre dónde me había dicho que vivía ahora, la calle, el trastero, el perro…

         -Joder, si tienes razón y la localizamos te doy una medalla-, prometió. –Llevamos dos años con este caso y no teníamos ni una pista. De hecho, pensamos que estaba muerta y enterrada en cualquier barranco.

         -Bueno-, expliqué, -miren primero a ver si se trata de ella, porque supongo que no seré yo el único que la ha visto en el periódico y alguien le habrá dicho que la buscan.
         -Venga, vale. Te llamo con lo que haya y te cuento.

         Dos días después sonó mi teléfono.

         -Oye, puedes venirte a Comisaría-, me dijo Ramón, el colega madero.
         -¿Qué, era la chica que buscaban?-, pregunté.
         -Vente para Comisaría y te cuento.
         -Vale, pero por lo menos dime si era.
         -Que vengas, joder. Que te cuento aquí.
         -Vale, vale-, dije antes de colgar, coger mi chaqueta y salir para la Comisaría.

         Cuando llegué me esperaba Ramón con el comisario jefe y dos personas más que me presentaron como el inspector encargado del caso y el jefe de no sé que departamento de investigación.

         -Tenemos un problema-, me dijo el comisario. –Ramón nos ha contado la conversación que habías tenido con él. ¿Puedes contarnos a nosotros la historia?

         -Bueno, historia historia no hay ninguna-, dije mientras intentaba encontrar una explicación a todo aquello. –Me encontré a una chica en la calle, estaba empapada por la lluvia, me pareció que había discutido en casa y, viendo que estaba helada, la invité a subir a mi casa para que se cambiara de ropa y tomara algo caliente.

         Obviamente me salté las conversaciones y los abrazos. Recuerdo que en ese momento me di cuenta de que si le hubiera pasado algo a la muchacha, que por entonces ya sabía que se llamaba Laura, llevaría puesta mi ropa.

         -Pero ella, ¿qué te dijo?-, preguntó el inspector.
         -La verdad es que no hablamos mucho. Me dio la impresión de que tenía problemas con sus padres y tampoco me los quiso contar. Sólo dónde vivía y que los perros y ella, al principio, no encajaban bien, pero que después eran inseparables. Era tarde, yo estaba cansado y me quedé dormido enseguida.
         -Y ella se quedó a dormir en tu casa,- afirmó el inspector a la espera de mi confirmación.
         -Sí. Bueno, no. No lo sé. Ya les digo que yo me acosté y me dormí. Por la mañana no estaba. No sé si durmió o se levantó y se fue.

         Los tres seguían mirándome fijamente, como quien está atrapado en una novela de misterio. Aquel era el primer silencio desde que había llegado y era evidente que sólo era incómodo para mí.

         -Supongo que todo esto tiene una explicación, y si me cuentan qué pasa, igual les puedo aclarar algo, pero les confieso que ahora estoy un poco perdido-, dije con franqueza.

         Por primera vez desde que nos diéramos las manos al llegar, Ramón se incorporó en su silla y se apoyó en la mesa para hablar.

         -Tenemos un problema-, dijo. Antes de seguir miró al comisario que asintió mientras se quitaba las gafas y se frotaba los ojos. Ahora era yo el que se encontraba atrapado en la novela de misterio.

         -Tenías razón. Era la chica que buscábamos y estaba donde dijiste-. Intencionado o no, hizo un pequeño parón en su explicación. –El asunto es que la hemos encontrado muerta.

         En otras circunstancias habría pensado que se trataba de una broma, pero por muy amigos que fuéramos Ramón y yo, el comisario y aquellos señores no se iban a prestar a una parodia de esta índole.

         -Joder-, dije. –¿Pero muerta cómo? Asesinada, un infarto… la verdad es que estaba helada, igual estaba enferma y no me di cuenta.

         De lo que sí me había dado cuenta es que al decir la última frase, los cuatro se miraron. La situación me acojonó por primera vez desde que había llegado. Aquel intercambio de miradas podía interpretarse como “lo hemos pillado. Excusatio non petita accusatio manifesta”.

         -No estarán pensando que yo…
         -No, no, tranquilo-, me interrumpió Ramón. –La cosa es mucho más complicada. Estaba muerta y enterrada.
         -¿Cómo?
         -Si, muerta y enterrada.
         -Pero enterrada en su casa-, intenté aclarar.
         -No, no era su casa. El trastero donde tú dijiste que vivía, era eso, un trastero.
         -Pero entonces, enterrada en el trastero.
         -Sí, enterrada en el trastero-, confirmó Ramón.
         -Mira-, dijo el comisario tomando la iniciativa, -la chica estaba muerta y enterrada en el sitio que tú nos dijiste, pero el laboratorio nos ha demostrado que fue asfixiada hace dos años, o sea, la mataron a los pocos días de su desaparición. ¿Entiendes ahora el problema?

         No supe que decir. Pasé la mirada por cada uno de los cuatro rostros que había frente a mí. Era evidente que las cosas no podían ser así, algo fallaba, pero a ellos parecía importarles menos que a mí.

         -Mira-, repitió el inspector rompiendo el silencio de la sala, -vamos a terminar con los análisis. Estamos también tomando declaración al propietario de la casa y vamos a excavar en el jardín porque tenemos sospechas de que pueden haber más cadáveres enterrados. Cuando ya tengamos esto avanzado, nos citamos de nuevo e intentamos encontrarle una explicación lógica a todo esto. Hasta entonces, Ramón estará en contacto contigo por si te necesitamos.

         Nos levantamos, nos dimos la mano y salimos todos de la habitación.

         Ramón, se adelantó para comentar algo con el comisario jefe, que le dio algunas indicaciones que no oí, y volvió hasta donde yo estaba.

         -¿Estás bien?-, preguntó.
         -Sí, creo que sí-, dije.
         -Joder, pues tienes cara de haber visto un fantasma-, rio.
         -Cabrón-, reí yo.
         -Traquilo, yo siempre he dicho que tú mujer no podía ser de este mundo.

         No dije nada.

         -Si te apetece, quedamos mañana a tomar algo y hablamos un rato de todo esto. Ya te contaré lo que se pueda contar-, dijo Ramón.
         -Venga, sí, hablamos-, dije sin saber qué decía. –Ya sé la salida, no hace falta que me acompañes a la puerta.
         -Hecho. Te llamo mañana-, dijo y nos despedirnos con un abrazo.

         No busqué taxi. Fui caminando hasta casa. Al pasar a la altura del número 25 me detuve. No había nada, evidentemente, pero me quedé un rato mirando aquel trozo de portal.

         Al llegar a casa, Tolo y Tola vinieron a recibirme, pero no hubo fiesta. Me extrañó. Al llegar al sofá, sobre el mismo estaba doblado el chándal, con los calcetines y las zapatillas que Laura llevaba la última vez que la vi.

         Nunca conté esto a la policía, ni siquiera a Ramón.

         Ahora evito sentarme siempre en la parte del sofá en el que estuvo sentada Laura, pero curiosamente, se ha convertido en el rincón preferido de los perros para echarse a los pies, y tengo la sensación de que no estoy solo.

sábado, 28 de mayo de 2011

Compañera

No es la primera vez que me siento solo, pero a diferencia de otras soledades hoy me ocupa una soledad especialmente hiriente, una soledad personalizada, pasional, descubridora de todas mis soledades, una soledad tristemente sola, angustiosa, casi un maltrato (sin casi: un maltrato).
Hoy mi soledad se ha hecho solidaria conmigo y ha compartido todo su vacío aplastando mis pocas defensas, mis trampas anti-soledad, mis bombas contra el desaliento. No vino hasta mí, estaba dentro de mí y ahora es cuando ha decidido presentarse.
Sin quererlo, yo he ido alimentando a mi soledad, cuidándola, dejándola crecer creyendo que estaba simplemente desolada, cuando el desolado era yo.
Así que no se trata de una soledad ahuyentable (siquiera en el mejor de los augurios). Es más bien una soledad plomiza, de punto y principio, acompañante, extrovertida, perenne, sólo soledad, que brota, intrasplantable.
Hoy me he sentido SOLO, así, en mayúscula, ni siquiera estaba mi yo para hacerme compañía. Así que decido quedarme con mi soledad, que es lo único que verdaderamente tengo, a la que no podré vencer y con la que tendré que aprender a vivir acompañado.

viernes, 27 de mayo de 2011

Gata

Vivo en un lugar curioso. Realmente no está en ninguna parte, pero prácticamente puedo asegurar que se encuentra en medio de todo. A la misma distancia del casco histórico que de la zona comercial, de la costa que de la montaña, de un bar de copas que de otro bar de copas.

            Vivo en una urbanización que tiene su encanto. Encajada en la ladera de un barranco  tiene por encima un barrio considerado humilde, pero por debajo… por debajo le defiende la zona más cara de todo el suelo urbano de la ciudad.

            Tiene vistas a la bahía, el tráfico es mínimo, los vecinos se respetan y los pasillos entre casas que entre semana son espacios de encuentro vecinal, los fines de semana se convierten en campo de juegos de media docena de niños y niñas a los que ves evolucionar y hasta despertar a los instintos más primitivos.

            Al barranco le han tapado el cauce con una escalera de cemento que se adapta perfectamente a la orografía del terreno. Como todas las escaleras, tiene un doble sentido, pero a diferencia de otras, no une dos extremos. Permite bajar a la gente humilde que vive en la parte alta a trabajar a la parte rica y, más tarde, les permite volver a casa. Pero, curiosamente, debe ser el único camino que los de abajo nunca utilizan para llegar arriba.

            En este barrio, en esta escalera y en este barranco vive una gata. Fue abandonada hace algo más de un año (no abandonada en el sentido humano sino en esos parámetros animales en los que la madre deja que sus crías buscarse la vida). Por sus ojos podría ser la reencarnación de Elizabeth Taylor, por su color y su andar podría ser siamesa, pero tiene las patas blancas, una mancha (también blanca) perfectamente simétrica en el hocico, y un maullido que casi parece una oración.

            La gata, pasa los días subiendo y bajando las escaleras como buscando dueño, siguiendo a los personajes que atraviesan su territorio a cierta distancia. Por lo general, huye de la gente, y especialmente de mí.

            Por algún motivo desconocido, sólo se queda conmigo cuando llego tarde a casa, de madrugada, a esas horas en las que la noche se retira a otra parte del mundo. Entonces, por algún motivo desconocido (repito), la gata aparece en cualquier rincón del camino, como si fuera don Gonzalo de Ulloa esperando a don Juan, y se deja acariciar.

            Allí mismo me siento. Ella se acurruca a mi lado y ronronea (a veces pienso que si yo tomara whisky, whiskyronearía), y mientras yo comparto mi soledad, ella comparte sus pulgas, y no sé bien quién de los dos se siente más incomodo, pero ahí permanecemos durante un puñado de minutos, los justos para asegurarnos que el sol sale de nuevo y que la escalera vuelve a tomar vida.

            Entonces nos despedimos. Yo recojo mi soledad y ella, la mayoría de sus pulgas, y nos emplazamos para la próxima curda. Hasta ese nuevo encuentro, cuando nos cruzamos nos miramos como si no hubiera pasado nada entre nosotros.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La rubia y el moreno

Era rubia. Vestía sólo de marca hasta para pintar un techo. Su mayor problema era cómo gastar el dinero que había heredado de unos padres que nunca se reconocieron en ella. Su tema de conversación favorito era ella, y su mundo interior acababa en donde terminaba su epidermis. Desde que había terminado la carrera sólo había leído dos libros: “Mi Yo interior” y “Cómo ser Yo”. Nunca fue capaz de asistir a un concierto al aire libre y la única vez que se atrevió a ir al teatro, se quedó dormida. Para la música, sorda; para la poesía, muda; para el arte, ciega. Pero eso sí: metro ochenta (con tacones), rubia (con minifalda), los ojos verdes (sin lentillas) y volúmenes que no se encontraban en ninguna biblioteca.

         El amor no era una excepción, y siempre lo condicionaba a la cartera y el aspecto físico, o viceversa.

         Él era moreno. Le costaba quitarse el vaquero hasta para ir a la ducha. Su mayor problema era llegar a final de mes y encontrar tiempo para acompañar a sus padres, que se veían en él más que en ninguno de sus hijos. Tenía capacidad para hablar de todo porque estaba abierto al mundo. Nunca terminó la carrera, a pesar de que no podía evitar devorar todos los libros que llegaban a sus manos. Le encantaba la música en directo, desde Claudio Monteverdi hasta Maldita Nerea. No concebía nada más hermoso que la ópera, le embelesaba la poesía y cualquier disciplina artística suponía el secuestro de todos sus sentidos durante horas. Pero eso sí: Más ancho que largo (por el abdomen), moreno (con entradas) y unos ojos marrones oscuro que escondía bajo las gafas (de culo de botella).

         Se podía decir que le salvaba su infinita capacidad para relacionarse, para escuchar, para dar más que para recibir, para mimetizarse con el otro y con la otra, y su incomprensible capacidad de enamorarse.

         El destino quiso que sus vidas se cruzaran. Ella trataba de olvidar y él, de encontrar.

         Contra todo pronóstico, ella que nunca iba más allá, vio en él más que en ningún otro; claro que él, capaz de ponerse en cualquier piel, no encontró ningún aliciente que le acercara al corazón de ella.

         Por eso, ella provocó lo que entendió como una cita. Canceló una importante reunión para ese día, compró traje y zapatos nuevos, pasó varias horas en la peluquería y otras tantas en la playa, para que la piel tuviera ese tono brillante que tanto favorecía a sus ojos y a su melena rubia.

         Él, que creyó que “te llamo el sábado y quedamos” era sinónimo de “si podemos nos tomamos una copa el sábado”, salió al mediodía con sus amigos, y entre copa y risa y risa y copa, le dieron las tres, las cuatro y las nueve de la noche.

         La llamada de ella no le extrañó. La respuesta de él sí que fue rara. “¿A qué hora quedamos?”, dijo ella con cierta ilusión. “Vente cuando quieras, que estamos por aquí”, contestó él.

         Cuando ella llegó, la borrachera de él era evidente, pero consideró que con sus “armas” podía dar la vuelta a la situación, incluso que podía beneficiarse de ello.

         Así que se lo llevó a cenar a un local de moda en busca de un poco de intimidad y con la intención de alejarlo de sus amigos, que ya en su cabeza comenzaban a ser amigotes.

         Lo consiguió, pero sólo en parte. Él accedió a la cena y al local, pero se llevó a los compañeros de farra. Ella se dio cuenta de que no era el momento de marcar diferencias, pero siguió confiando en ganar pequeñas batallas que le permitieran la victoria final.

         Sabía que le gustaba el vino, así que consultó en Internet alguna guía actualizada sobre caldos y se autoeligió portavoz del grupo  para mostrar sus conocimientos. Quizá en otras circunstancias él habría valorado la iniciativa, pero estaba demasiado entretenido dibujando rayas y círculos explicando los ritmos del péndulo de Foucault en una de esas conversaciones sin finalidad alguna que solía mantener con sus amigos.

         En el fragor de la explicación, tampoco se dio cuenta de que el camarero llenaba la copa, y con el séptimo vaivén, el codo chocó con la mano del servidor desviando la botella lo suficiente como para tirar la copa y derramar el Rioja sobre el vestido nuevo.

         Las reiteradas disculpas no tranquilizaron mucho a la rubia, que sólo pensaba en correr al baño para intentar evitar la mancha. Al verse en el espejo dudó si estaba en el lugar oportuno, pero al verse, se convenció de que tarde o temprano tendría su oportunidad, y volvió a la mesa, en donde continuaron las disculpas, a las que ella correspondió repartiendo sonrisas y encantos.

         Se habían olvidado ya de todo cuando llegaron los postres: Una variedad de lo mejor de la casa.

         Que el camarero pasara la bandeja sobre la cabeza de uno de los amigotes, que el susodicho se levantar y que los postres fueran a repartirse entre el pelo, la cara y el traje de la muchacha, fue todo uno.

         Hasta el camarero fue incapaz de contener la risa. Salió el cocinero de la cocina, la camarera de la barra, algunos comensales del reservado... No pudo ser peor.

         Vuelta al baño, a mojar el traje nuevo, a pedir agua caliente, y cuando ya estaba a punto de convertirse en Miss camiseta mojada del verano, se volvió al espejo y se contempló con su traje nuevo. “Aún así”, pensó, “tengo mis armas”.

         Cuando volvió a la mesa, ya habían servido una ronda de copas y aún había quien se secaba las lágrimas de la risa.

         Ya fuera, se las arregló para separarlo de los amigos argumentando que no todos cabían en un taxi. Él entró y ella se sentó al otro extremo del sillón, no sin asegurarse de cruzar las piernas para dejarlas aún más al descubierto.

         Dado que él no parecía haberse dado cuenta, ella preguntó: “Has visto mis zapatos nuevos”. Y claro, fue bajar la cabeza, mirar y vomitar sobre ellos.

         No podía ser. Entrantes, plato y postre cubrían su calzado de supermarca, y lo que era peor, al ser sandalias el viscoso líquido filtró por todos los sitios posibles.

         Ya no pudo más. Mandó a parar y se bajó indignada. Él intentó disculparse, pero no lograba articular ninguna palabra entre arcada y arcada.

         Ella quiso insultarlo, decirle que era un irresponsable, un desalmado, un hediondo, un canalla, un hijo de la gran puta… pero no pudo, tan sólo dijo: “No me vuelvas a llamar”.

         Al día siguiente, más relajada, ella pensó que quizá había sido demasiado brusca, y que la puerta debía mantenerse abierta. Al recibir la llamada, él aún estaba en la cama. “Oye, perdona. Me puse nerviosa porque no todo salió bien. Quería pasar un buen rato contigo y demostrarte que soy algo más de lo que parezco. Creo que podíamos quedar otro día, si a ti te parece y no estás enfadado”.

“Claro, claro, claro…”, contestó él antes de cortar. Y antes de volver a dormirse, miró al techo y se preguntó, “con quién habré salido yo anoche”. 

martes, 17 de mayo de 2011

Limitaciones

El Elefante y la Hormiga quedaban cada viernes para hablar. Su relación se remontaba ha varios años. Una vez a la semana, el paquidermo salía de su casa hacia la orilla del río en el que solía verse con la hormiga. A su paso, observaba los cambios que se producían a su alrededor. Hacía tiempo que los cazadores furtivos no se atrevían a asomar sus rifles ante la vigilancia a la que había sido sometida la reserva y eso le permitía relajarse.

        Pensaba en cómo había visto pasar los años, irse a los amigos, llegar a su hijo y a su hija, y casi lamentó la buena fortuna de su excelente memoria. Eso también le hizo pensar.

        El camino duraba poco más de 10 minutos. No tenía mayores problemas, los demás animales le respetaban y no le afectaban los juncos que crecían a la orilla de la ribera. Sus más de 900 kilos le facilitaban entrar por cualquier sitio sólo con avanzar.

        Algunas veces durante el paseo, disfrutaba de la lluvia. El agua resbalando por su gruesa piel y corriendo por los pliegues de su cuello solían hacerle sentir más vivo.

        La Hormiga, por contra, tardaba casi un día en llegar al sitio de reunión. Sus cortos pasos le impedían ir tan rápido como quisiera. La hierba que crecía en invierno le obligaba a ir siempre en zig zag, y en verano, la tierra calentaba demasiado su barriga y su cabeza.

        La lluvia era incluso peor, cada gota multiplicaba las posibilidades de terminar siendo arrastrada.

        Aunque no era la comida favorita de ningún habitante de la sabana, su insignificante tamaño le obligaba ir con la máxima cautela para no ser pisada, enterrada o lanzada a metros de distancia por algún golpe fortuito.

        Lo peor llegaba cuando tenía que cruzar el río. Debía preparar con mucho cuidado una especie de balsa formada con juncos y hojas impermeables. Después, calcular bien la corriente y lanzarse al agua esperando que la mala suerte no le cruzara con ningún animal que le provocara el hundimiento de la nave.

        Su fragilidad era tal que, el pequeño viaje le obligaba a estar atenta a todo cuanto ocurría, lo que le impedía cavilar. Todos sus sentidos tenían que estar puestos en cada paso que daba. Parientes, amigos, vecinos... la mayoría de sus congéneres morían por un despiste, por una duda en el momento equivocado, por estar en el sitio inoportuno... Sólo cuando estaba con su amigo el Elefante podía sentirse segura.

        Ese viernes, cuando ella llegó, él ya estaba esperando mirando a lo lejos una inmediata puesta de sol. Como era normal, hasta que la Hormiga no habló el Elefante no se percató de su presencia.

        "Buenas tardes", dijo ella mientras se acomodaba para descansar del largo viaje. "Buenas tardes", dijo él para añadir a continuación: "la vida es más complicada de lo que parece".

        La hormiga asintió y pensó: "Qué sabio es el Elefante. Será un gran hombre".

martes, 10 de mayo de 2011

Las cosas no son como uno quiere

Me habría gustado que el casero le hubiera cortado el agua a Pilatos, o que Pandora tuviera que viajar en avión con su cajita, o que Nerón hubiera soñado ser bombero, que Little Boy  y Enola Gay nunca se hubieran conocido, que los carros y los carretones no vinieran juntos, que no hiciera falta pasar por la tempestad para encontrar la calma, que el amor y el odio no compartieran jardín, que la política fuera el arte de servir, que Romeo y Julieta se hubieran entendido, que a Mateo le hubieran robado la guitarra y que Vicente supiera estar solo.

            Me habría gustado cambiar muchas cosas, la puntería de Lee Harvey Oswald, la velocidad del Titanic, las elecciones del 33 en Alemania, el descubrimiento de la pólvora por occidente, el acierto del primer ballenero…

            Sé que la historia es interpretable, pero los hechos inmutables. Me duele ver que el presente también, que nada puedo hacer por los 61 inmigrantes que murieron de hambre y sed en el Mediterráneo porque un buque militar les negó auxilio. Habría preferido el naufragio de la fragata, o el portaaviones, o lo que fuera, porque sé que entonces recordarían que la solidaridad no tiene pasaporte y que la muerte casi nunca es dulce. Que todo es interpretable, pero los hechos, inmutables.

lunes, 2 de mayo de 2011

Lo que no parece

Los conocí en una cena oficial de la cámara de comercio. Teníamos amigos comunes y no fue difícil que congeniáramos. Ella no era especialmente hermosa, pero tenía ese atractivo que a los hombres nos hace analizar los gestos, los movimientos, y fijar la mirada en sus ojos. Él, era un hombre menos atractivo a simple vista, pero en la distancia corta, divertido, entrañable, prudente y preocupado por mantener la imagen física de no tan vieja gloria deportiva.

            Juntos daban la impresión de pareja perfecta, salvo por la cuestión cultural de que ella era ligeramente más alta que él, por lo que por prudencia, ella procuraba no ponerse tacones y, en las ocasiones que casi se exigía, por pura coquetería, él procuraba mantener unos metros de distancia.

            A medida que pasaron los meses, la relación con ellos fue cada vez más intensa. Coincidimos en eventos, en comidas con amigos e incluso varias veces quedamos para cenar.

            Se querían, se respetaban y compartían una complicidad difícil de encontrar.

            Aunque son pocas las cosas que me sorprenden, casi me dolió enterarme que ella tenía un amante, y fue una cachetada saber que no era el primero ni el segundo. El asunto no me cuadraba. No correspondía con su mirada.

            Sabía, porque alguna vez había salido alguna conversación sobre los engaños, lo que ambos opinaban, o al menos decían que opinaban. Habría jurado que eran sinceros.

            No quise dudar, pero a las pocas semanas pude comprobar por una amiga íntima suya, lo cierto de la historia.

            Inconscientemente fui marcando distancia. No quería ser partícipe de la farsa. No podía sentarme delante de un amigo y su mujer, también amiga, sabiendo que lo que veía no era lo que había, y aunque siempre mantuvimos cierto contacto, lo cierto es que la relación se fue enfriando.

            Hace unos meses me encontré con ella. Había bajado bastantes kilos y su mirada era triste. La reconocí, pero no me resultaba atractiva, es más, lo que antes era brillo ahora era sombra.

            Tras el protocolario saludo, me contó que había enterado que su marido la había engañado con otra, “después de todo lo que decía, después de todo lo que le he querido, el muy cabrón me engañó con otra”, me dijo.

            La invité a tomar algo para que se calmara y hablara. Y habló, y lloró, y habló, y habló. Que él estaba arrepentido, que la llamaba, que lo había metido en abogados, que no quería hablar con él, que había decepcionado a sus hijos, a su familia, a sus amigos…

            No era el momento de cuestionar nada ni de culpar a nadie. Sólo le hice una pregunta: ¿No tiene solución? “Me da lo mismo”, respondió. “Yo no puedo confiar en alguien que es capaz de hacer esto, de mentirme así, de ser tan cabrón. No voy a perdonarle nunca”.

            Nos despedimos, no sin antes ofrecerme a lo que necesitara.

            Al día siguiente no pude evitar llamar a él, no por curiosidad sino por inquietud.

            “Sí, es verdad”, me dijo. “Un día, hablando de cosas que quisieramos resolver antes de morir, le confesé que hace ya varios años, dos veces, había mantenido relaciones con una mujer, y que no fue más porque quería demasiado a mi mujer y no era justo para nadie. Así que no tuvo más importancia, es más, gracias a eso me di cuenta que no había nada ni nadie más importante en mi vida que ella”.

            Estaba tan destrozado que por un momento pensé en decirle algo. Pero para qué. Quizá sólo aumentara el rencor entre ellos, o quizá yo no quería meterme en una guerra de la que era mero espectador.

            Finalmente han vuelto. Él ya no es el que era, su carga se marca en el gesto de su cara y los meses de separación le han aclarado el pelo. Ella, vuelve a lucir. A mí no me resulta atractiva, pero no ha dejado de encontrar amantes.

jueves, 28 de abril de 2011

El último cuento

Lo malo de buscar es que encuentras. No siempre lo que necesitas o lo que ansiabas, pero siempre, algo que alguna vez guardaste para no perder pero que tampoco querías tener presente.

            Por eso no me extrañé cuando te vi de nuevo, casi helada, sobre el Puente de Carlos, perdida entre las siluetas de la Ciudad Vieja de Praga, tratando de adecentar aquel sombrero horrible con el que te tapabas hasta donde alcanzaba el cuello de tu pelliza.

            Recuerdo tu voz gritándome que esperara a que estuvieras preparada para sonreír, y tu simulado enfado cuando disparé varias veces ante tu incredulidad.

            Sí. Se me viene a la memoria que un instante antes nos habíamos besado y que, como venganza, unos momentos después calentaste tus manos por debajo de mi tres cuartos, mi pulóver y mi camisa térmica, frotando tus dedos y tus palmas por mi tripa.

            No podré olvidar aquella infusión, para mí, y aquel chocolate, para ti, con el que intentamos entrar en calor, ni las carreras hacia el hotel cuando se puso a nevar.

            Pero a diferencias de otras veces, no sentí tus labios sobre los míos ni tus dedos helados erizándome la piel. Y parece que hasta ayer recordaba la conversación que tuvimos en aquella cafetería que nos cobijó por un rato. Siquiera recuerdo ya si al llegar al hotel nos abrigamos en un cuerpo a cuerpo.

            Así me di cuenta de que no era tu foto la que quería esconder, sino mis sentimientos, la terrible sensación de haber perdido una parte de mi historia para siempre, el miedo a comprender que la vida nos arrebata las pequeñas cosas que un día nos hicieron felices y que nunca volverán.

            Y aunque sé que, como las golondrinas de Bécquer, los sentimientos volverán, también sé que serán otras las oscuras aves que veremos, como otros serán también los sentimientos a los que he de despertar.

            Pensando en ello estaba cuando apareció lo que realmente buscaba: a Neruda y sus “20 poemas de amor y una canción desesperada”. Y como en un espectáculo de ilusionismo, el libro resbaló entre mis dedos, cayó al suelo y se abrió solo por el último poema.
           
            Lo releí y comprendí que también tenía que haber un último cuento, y que tu foto podía volver al mundo.

sábado, 23 de abril de 2011

jueves, 21 de abril de 2011

El barco de Espronceda

Cansado de andar cansado de andar solo, decidí poner fin a mis principios y comenzar a escribir nuevos finales en mí vida. Así que, tras un cuarto de siglo criticando las estupideces con las que un hombre se aproxima a una mujer para que ésta se acerque, ordené un listado de banalidades en mi cabeza que sólo me podían llevar a ningún sitio.

            El plan era perfecto según el manual “la noche me confunde”: Hombre simpático y agradable busca mujer agradable y simpática. El físico debía depender de la hora –cuanto más tarde menos tenía que importar- y el grado de compromiso, según dictaran las circunstancias –mujer muy liberal, ninguno; mujer poco liberal, mogollón-.

            Así que decidida la muchacha, fue fácil hablar de lo difícil que me resultaba dejar de mirarla, de pedirle disculpas por el atrevimiento, de asegurarle que mis pretensiones no eran las que imaginaba, que sus ojos decían algo que no decían ninguno más en todo el local, que tenía un qué se yo que yo qué sé, que su boca…, que su nariz…, que lo poco que la habían valorado…

            Y poco a poco fui rengando de mis poetas, y cambié mis libros y mis películas por programas de televisión que nunca vi, y enterré mis miserias para no hablar de las suyas, y transcurrió la noche entre miradas y sonrisas que nunca apuntaban al corazón.

            Todo iba según lo previsto. Mi imagen era tan falsa como la suya, pero los dos reíamos y hasta se podría decir que lo estábamos pasando bien. Por fin yo era uno más en el mundo del engaño con nocturnidad y alevosía.

            Todo iba según lo previsto. Pero una conversación de última hora sonó a cachetada.

            -En una noche de calma chicha, tus ojos rielarían sobre el mar tanto como la luna, parafraseando a Espronceda en su Canción del pirata-, dije yo.
            -No conozco a ese cantante-, afirmó ella.
            -El de “con diez cañones por banda”-, insistí inocente.
            -¡Ah!, es un músico alternativo-, dejó caer.
            -Noooo, el del “velero bergantín”- dije rozando la desesperación.
            -Claro, es que a mí los barcos no me gustan. Dónde lo tiene, ¿en el Náutico?

            En menos de un segundo volví a valorar mi soledad y no me pareció que estuviera tan sola. Ahí estaban mis libros, mis recuerdos, mis sueños y, sobre todo, mis principios y mis finales. Me despedí amablemente, reconocí que mi reino no era de ese mundo, y regresé a mis cuarteles de invierno, donde las mayores estupideces corren de mi cuenta.

sábado, 16 de abril de 2011

De tapa en tapa

Ella era vegetariana y él, odiaba las anchoas. Así que cuando pidió una tapa de hígado encebollado, ella lo miró con la misma cara que él al escucharle pedir  otra de pimientos y anchoas.

            A partir de ahí, entre un local y otro fueron coincidiendo varias veces e, irremediablemente, no podían evitar que sus ojos se cruzaran por momentos pensando cada uno cómo alguien de apariencia tan interesante, podía comer algo que realmente le provocaba.

            Unos minutos antes de las doce de la noche, la escalivada los unió por fin, y siendo la última tapa que quedaba en el bar, él quiso ser más caballero cediéndosela, y ella demostró ser más señora rechazando la invitación. Pero dado que sus miradas habían coincidido tantas veces, a él, como hombre, no le importó compartir media tapa con ella que, como mujer, asintió encantada.

            Y entre la tapa, la cerveza y el vino, ambos comenzaron a destapar sus virtudes y a tapar sus defectos; y unas copas más tarde, se encontraron taponando sus heridas; y unas horas después, destapando la cama y sus cuerpos; y pasaron de los vinos a los besos y de las tapas… a los montaditos.

lunes, 11 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

Invita la vida

El timbre de su puerta nunca fue una maravilla. Sus amigos, y mucho más sus amigas, se quejaban siempre de tener que tocar insistentemente para que les abriera, hasta el punto de que a los más allegados había preferido darles la llave para que pudieran entrar y salir sin problemas.
Con el tiempo perdió la costumbre de estar pendiente de quién entraba y salía porque después de tanto tiempo, se conformaba con saber que la vida y él mantenían tablas, lo que le permitía no desesperar esperando ni mirando con desconfianza cuanto se movía a su alrededor.
Por alguna extraña razón, aquella tarde él acudió a la puerta antes incluso de que ella hubiera tocado, y ambos se extrañaron cuando uno abrió la puerta en el momento en el que la otra se disponía a apretar el timbre. Fue tras el intercambio de sonrisas provocado por la situación cuando él la invitó a entrar en su casa: "No te quedes ahí, mujer. Pasa, es tu casa".
Ella no entendió la magnitud del mensaje, y en realidad él tampoco se dio cuenta de que aquella invitación había salido de algún rincón inexplorado del corazón.
"¿No le molesto?", preguntó ella sin asumir realmente la profundidad de la pregunta. "Sólo vengo a entregar esto", explicó mientras levantaba sus brazos mostrando un paquete con la forma de una de esas cajas que guardan grandes reservas.
"No parece nada urgente. Puede esperar", dijo él. "¿Te tomas algo?".
Entre una copa y otra ambos confesaron que sus rostros les eran conocidos, y algunas copas más tarde decidieron comprobar si sus manos y sus labios también se reconocían. Y sí, se reconocieron. Así que decidieron besarse sin usura y hacer del tacto la literatura con la que escribir un Nuevo Testamento en el que creer.
Aquella noche, en su casa, que ya era la de ella, la última copa fue de ternura, y se sirvieron con derroche, conscientes de que el amanecer llegaba y con él los malos augurios de una realidad a los que ambos, sin decírselo, comenzaban a temer.
Cuando el amor y el vino les derrotó, ella cayó sobre él y se recostó a su lado haciéndose un huequito en su pecho, que estaba hecho para eso. Él la miró constantemente y por primera vez se sintió seguro y tranquilo. Se sorprendió de verse sorprendido y comprendió que su timbre (el de él) funcionaba a la perfección, y que su casa (la de ambos) estaba hecha para acogerla a ella, y que su corazón (el de ella) junto al de él componían las más hermosas sinfonías.
Fue justo en el momento en que se preguntó cómo sería la vida de aquel trocito de cielo cuando recordó el peregrino motivo de la visita. Aquel paquete tan inesperado como anónimo con forma de caja para botellas. Se levantó sin hacer ruido, regresó al salón, y recogió el paquete de la misma mesa donde ella lo había dejado.
No se percató en ese momento del escaso peso del paquete, pero al abrirlo se encontró que aquella caja de vino sólo contenía una tarjeta. En ella pudo leer:

"No es normal, pero a veces sucede. Que la disfrutes.
 Fmdo: La Vida".

viernes, 1 de abril de 2011

Dibujo miradas en el aire

Dibujo miradas en el aire,
miradas perdidas que encajan en una cara que no he visto.
Dibujo sonrisas,
e intento verlas en bocas que no me dicen nada.
Dibujo manos que me tocan,
voces que me gritan,
risas que me alegran,
noches en vela,
columpios,
heridas de juego,
preocupaciones ficticias…
Dibujo rostros,
jopos,
orejas,
hoyitos
y cicatrices que besar.
Dibujo al hijo que nunca tuve
y a la hija que nunca tendré.
Dibujo los sentimientos que me despiertas,
aunque tú estés tan lejos
que mi pincel no puede imaginarte.

sábado, 26 de marzo de 2011

Principio y fin

Cada fin de semana coincidían en el mismo local. Ambos eran conscientes de la existencia del otro. Sabían que estaban ahí pero nunca se dirigieron la palabra, ella porque prefería soñar a verse decepcionada por una realidad adversa; él, por temor, se preguntaba cada día qué podía aportar a quien podía aspirar a todo.
Con los años, las miradas se cruzaron tantas veces que se atrevieron a establecer guiños cómplices desde la distancia, incluso a sonreírse abiertamente si se cruzaban a la entrada o salida del local.
Si alguna vez uno de los dos faltaba, los ojos del otro no podían permanecer quietos intentando encontrar el rostro de ella o de él en cada cara, y ninguna conversación podía tener interés sin el bálsamo de su presencia.
Ambos comenzaron a sentirse atados a pesar de no haber hablado nunca, y sufrían auténticos celos por ciertas compañías, y la sangre hervía de impotencia cuando alguno bailaba agarrado a una cintura ajena.
Evidentemente, nada podían exigirse, ni pedirse, pero tanto por una parte como por otra comenzaron a ser conscientes de lo que sentían y, como los matrimonios que se quieren, procuraban no incomodarse contestando con monosílabos o cortando cualquier posible relación entre aquellas paredes repletas de luces, música y vasos a medio terminar.
Fue un lunes, día de la pareja en las salas de cine, cuando ambos coincidieron en la misma cola para ver la misma película. El saludo, sin beso, fue escueto y tímido, pero pudieron percibir la alegría del otro por aquel encuentro fortuito.
La coincidencia en la película les dio pie para entablar la primera conversación de su vida; y la película, la excusa para alargar el encuentro en un restaurante cercano. La hora, aún temprana, fue el argumento para tomar la primera copa; y el silencio, el motivo de que se pusieran a hablar de sus vidas; y una miga junto al labio de ella, justificó que se rompiera la distancia entre sus cuerpos, que por primera vez se tocaron.
Ya en la calle, el frío provocó que ella tiritara, y él, que era un caballero, le dejó su chaqueta y su abrazo. Ella, que era una dama, se dejó abrazar y supo acurrucarse entre su cuerpo y el brazo con que le ceñía la cintura.
Después, como si el cielo y el infierno hubieran decidido darse una tregua, el tiempo se paró mientras paseaban rumbo a ningún lugar.
“Mira que hace tiempo que soñaba con esto”, se atrevió a decir ella.
“Mira que hace tiempo que no soñaba”, se atrevió a responder él.
“Vente a casa”, dijo ella.
“Te quiero. Siempre te he querido”, dijo él.
Y mientras esperaban el ascensor, sus manos y sus labios no supieron estarse quietos, y se perdieron en un sinfín de abrazos y besos, y cuando la puerta del apartamento se cerró, cayeron todos los miedos, todas las faldas, todos los pantalones, las camisas…, y sólo hubo espacio para dos cuerpos y mil risas, para sus besos y sus miradas, para él y para ella.
Cuando el amor les llevo al sexo y el sexo a la extenuación, él le cubrió la espalda de besos y rayas sin sentido dibujadas con la punta de los dedos. Ella, se acomodó el pelo a un lado dejando a la vista toda su piel, desde la nuca hasta los pies.
Fue ahí cuando por primera vez, él vio el pequeño tatuaje que ella guardaba en la base de la cabeza. Se fijó y vio que eran dos letras griegas, la alpha y la omega, y comprendió que aquella espalda era, desde ese momento, su principio y su fin, y que nunca tendría otra historia que no se escribiera sobre aquella piel que ardía más que el fuego.

Don Adiós y doña Hola

Don adiós y doña Hola se encontraron una tarde lluviosa de verano. Doña Hola esperaba a alguien. No a cualquiera ni tampoco a alguien en concreto, esperaba al ser que de verdad supiera quererla, y por ello y para ello siempre estuvo dispuesta a amar y a ser amada. Por eso se llamaba doña Hola.
Fue fácil que ambos encontraran mil excusas para reencontrarse en todos los lugares, así que poco a poco la relación fue creciendo hasta llegar a ese estallido en donde los cuerpos y las almas son una sola cosa.
Tras los primeros estremecimientos, la sangre y las manos le dijeron a doña Hola que la búsqueda había terminado, que aquel era su hombre sin ningún tipo de dudas.
Al despertar, él se había marchado. Por eso se llamaba don Adiós.

lunes, 21 de marzo de 2011

domingo, 20 de marzo de 2011

La segunda vez

La segunda vez que la vi no recordé que hubo una primera. Aquello había pasado hacía tanto tiempo que ya no recordaba su cara ni sus manos ni su nombre, pero bastó una mirada y una sonrisa para saber que algo de ella había quedado en mí.

         Probablemente ella no lo supiera. Al fin y al cabo, todo había ocurrido hacía algunos años y tampoco yo lo supe desde el principio. Sólo cuando empezó a desnudar mi corazón, recordé que sólo una vez, en tan pocos minutos, una mujer había logrado rendir todas mis armas y mis miedos.

         Fue entonces cuando reconocí esa mirada y esa boca, y de nuevo todos mis escudos cayeron dejando mi alma desnuda.
        
         Sí, el destino nos volvía a cruzar.

         Y recordé que la primera vez se fue borracha, a diferencia de la segunda, que se fue con otro. Y como hiciera unos cuantos años antes, comencé de nuevo a reorganizar mis defensas contra los amores a primera vista.

domingo, 13 de marzo de 2011